domingo, 20 de mayo de 2012

REFLEXIONES DESDE EL EXILIO

                           "Monumento al Emigrante". Tenerife, España.


Los venezolanos que vivimos en el extranjero, a diario recibimos críticas por haber “abandonado” el país (aunque este no sea el mejor término, algunos lo describen así). En muchas ocasiones, se nos pide que no opinemos si no nos encontramos en Venezuela. Se les olvida a quienes critican que aunque no estemos, en primer lugar: nacimos, crecimos y vivimos allí; en segundo lugar: el hecho de no encontrarnos en Venezuela, no implica que no nos importe o que nos importe menos lo que allí suceda; en tercer lugar: tenemos gente en el país que nos importa mucho (familia, amigos, conocidos). Encontrarse en el exilio (entendiendo al término como la “separación de una persona de la tierra en que vive”) no es fácil. Hay muchos detalles que se deben tomar en cuenta al comenzar una vida nueva en otro país:

  • Diferencias culturales de toda índole: las costumbres del país que te acoge son completamente diferentes a las de tu país de origen. Por ende, si deseas adaptarte, tienes que aceptarlas y en algunas ocasiones involucrarte en ellas. Se sorprenderían de la cantidad de diferencias culturales que existen: desde la hora de apertura de un comercio hasta la celebración de un cumpleaños. Y si menciono la forma de hablar, dedicaría un artículo entero. 

  • Adaptación al horario y al clima: situaciones climáticas extremas (olas de frío, olas de calor, nevadas, vientos fortísimos, tormentas de arena provenientes del Sáhara, ciclogénesis explosiva –todas estas situaciones verídicas-, y un sinfín de fenómenos meteorológicos a los que no estás acostumbrado y que inclusive, por experiencia propia, pueden afectar tu salud y tu cuerpo). Asimismo, el cambio de horario afecta, y mucho. En España, por ejemplo, hay una época del año en la que oscurece cerca de las 10 de la noche, los días son extremadamente largos y como consecuencia de ello, se pueden sufrir alteraciones del sueño. 

  • Adaptación a otras lenguas: en mi caso particular, al gallego. En otros casos –encontrándose en España-, al euskera y al catalán. Inclusive, si buscas empleo, te pueden exigir que domines la lengua local. De modo que en muchos casos debes estudiarla, así no la utilices en otras localidades fuera de España. 

  • Alejamiento de la familia, amigos y demás seres queridos: en lo personal, una de las situaciones más duras del exilio. Saber que estás lejos y que tu país de origen está mal, que tu familia y amigos están pasando situaciones realmente difíciles, y, peor aún, que pierdas a un ser querido y que no puedas estar allí, o que no puedas compartir momentos tan importantes como bodas, nacimiento de nuevos miembros de la familia, etc. es, en mi opinión, lo más duro que nos toca vivir a quienes nos radicamos en el extranjero. 

  • Situaciones de xenofobia, racismo e intolerancia: en pleno siglo XXI, aunque sea difícil de creer, el colectivo extranjero aún sufre vestigios de intolerancia por razones de raza y procedencia. En muchas ocasiones, se escuchan comentarios desagradables como “la crisis fue provocada por los extranjeros”, o si se refiere a un determinado crimen, “seguramente fue un extranjero”. Términos como “sudaca” dan cuenta de ello. Que apenas hables y te pregunten “no eres de aquí, ¿verdad?”. Lo notan y te lo hacen saber: no perteneces a este lugar. No siempre es así, pero ocurre aisladamente. 

  • Comenzar de cero: aunado a lo anteriormente expuesto, se debe comenzar de cero. Esto implica, entre otras cosas, estudiar nuevamente si es necesario para que tu nivel educativo sea reconocido u homologado; conseguir empleo, que en ocasiones resulta difícil por el hecho de ser extranjero (falta de confianza y “mala fama”); adquirir vivienda; adquirir vehículo; familiarizarse con el lugar en el que ahora vives –transporte público, calles principales, avenidas, organismos públicos, hospitales, consulados… etc.-; tramitar la documentación respectiva, y mucho más.

  • “Ni de aquí, ni de allá”: acostumbrarse a los cambios que supone vivir en el extranjero, te hace ver las cosas de una forma distinta. Influye tanto en el comportamiento como en la estética, las costumbres, las formas. La influencia es tal que cuando regresas a tu país de origen, te ven como una persona extraña. Algunos van más lejos y te critican que los aires europeos (en mi caso) te han “sofisticado”. Entonces surge una inquietud adicional: en el extranjero, no encajas propiamente en el país que te acoge. Siempre serás extranjero. En tu país de origen, ya no te sienten que pertenezcas a él, te ven como a un europeo (o norteamericano, o canadiense, o australiano –por poner ejemplos-). Luego, no puedes más que inferir: “No soy de aquí, ni de allá”.

Todas estas situaciones, sin duda alguna, te hacen madurar y verlo todo desde otra óptica. Quienes critican u opinan acerca de los venezolanos en el exterior no tienen idea de las experiencias, en algunos casos extraordinarias, en otros casos desagradables, que nos toca vivir. Adicionalmente, no puede ser condenable que queramos una mejor calidad de vida, que queramos brindarles a nuestros hijos un mejor futuro, que a pesar de los inmensos sacrificios que nos toca asumir, queramos vivir en tranquilidad, seguridad y paz. Hacer comparaciones es inevitable, sobre todo cuando viajas a otro lugar y percibes que hay orden, hay seguridad de toda índole, hay respeto a las leyes. Ocurre que nos acostumbramos tanto a la anarquía, al caos, a la agresividad, al desorden, al irrespeto, que no somos capaces de abrir los ojos y ver que hay otro mundo mejor allá afuera. Consejo: viajen, conozcan, observen, comparen y luego, saquen sus propias conclusiones. Y, partiendo de allí, critiquen. Pero critiquen siempre con fundamento.






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viernes, 27 de abril de 2012

BREVES CONSIDERACIONES ANODINAS DEL TIEMPO



Una entrañable amiga me ha preguntado qué opino, filosóficamente hablando, acerca del tiempo. Mucho me temo que solo podía darle una respuesta desde mis pocas entrenadas convicciones, y en un rápido denuedo silogista le he dicho lo siguiente:

"Te diré lo que pienso.

El tiempo, en sí mismo, no existe, pues parte de dos arbitrariedades innatas en el ser humano para entender mejor la realidad: a saber, el inicio de un evento y las unidades en las que se mide ese evento.

Supongamos que acontece un evento A, y luego de una cadena de causas y efectos, un evento B. La cadena de causas y efectos bien puede ser irrelevante entre A y B. Simplemente acontece entre un evento y el otro. Con esto evitamos que el evento A sea simultáneo al evento B en este ejercicio que estoy proponiendo.

El mundo no comienza cuando sucede el evento A, sin embargo, para estimar cuantitativamente un lapso entre A y B, suponemos, arbitrariamente, que el tiempo en A es un tiempo cero, y que el tiempo en B, luego de algunas sucesiones, vale algo. 

Pero el tiempo, en términos absolutos, no vale cero ahí. Como te dije, el universo no comienza ahí. Sería, en el mejor de los casos, un tiempo relativo.

¿Pero entonces significa que el tiempo sí comenzó a existir desde que el universo comenzó? Tampoco.

Lo que sucedió al principio del universo fue el Big Bang, que devino en nebulosas, que produjeron planetas, que luego albergaron vida. Digamos que lo que en realidad sucedió fue una cadena infinitamente gradual de acontecimientos (y que aún sucede). Nosotros, ahora mismo, somos el universo explotado convertido en seres humanos; todo en un eterno presente. Se podría hablar, con absoluta propiedad, que así como no hay futuro, no hay pasado.

El concepto de tiempo esta hermanado con el concepto de ritmo, o con el de repetitividad. Nosotros somos seres "rítmicos", y tenemos la ilusión del tiempo en la sangre. Vivimos bajo los ciclos de la respiración, del día y la noche, del nacimiento y la muerte, de las estaciones, del latido del corazón. Incluso creamos música. Todo eso es rítmico, es periódico, y cuando afirmamos inocentemente que hay tiempo entre A y B, en verdad lo que afirmamos es que los sucesos entre A y B pueden ser divididos equitativamente entre un número de cuestiones rítmicas a las que estemos acostumbrados.

Es como decir: ¿cuántos latidos de corazón caben entre A y B? ¿O cuántos aleteos de colibrí? ¿O cuántos segundos? ¿O cuántos años? ¿O cuántos "ratos" de motel? ¿Sabes cómo se define un segundo según el Sistema Internacional de Unidades? Así:

'Un segundo es la duración de 9 192 631 770 oscilaciones de la radiación emitida en la transición entre los dos niveles hiperfinos del estado fundamental del isótopo 133 del átomo de cesio (133Cs), a una temperatura de 0 K'.

Pura arbitrariedad. De hecho, esta es la segunda arbitrariedad humana en estos asuntos del tiempo: las unidades en las cuales se mide.

Tan efímero es este asunto del tiempo como el del "espacio", cuestión que al igual que la mismísima "causa y efecto", es susceptible de toda duda. Tanto es así, que hasta espacio-tiempo llaman a esa invisible e impalpable telaraña que abriga a todas las cosas en el universo. ¿Para qué llamarla espacio-tiempo si en el fondo es la misma cosa? Pero estas son otras menudencias que no vienen al caso.

Lo que se esconde detrás del tiempo es la conjugación de otras "propiedades" o "facultades": Una cadena de hechos, una capacidad adecuada para ordenar el mundo, la memoria, diferencias entre la magnitud de impulsos perceptivos y la finitud de estos, nuestra propia finitud, nuestra inherente concepción del espacio, nuestra mala crianza con la "causalidad"; todo ello confluye a que inventemos el tiempo. 

Por otro lado, ¿qué podemos saber nosotros del tiempo, si para saber de él estamos inmersos en sus entrañas? Eso es como opinar de la vida sin habernos muerto primero.

Un abrazo".

Dejé de escribir y me sometí de nuevo al esquema de ritmos.









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domingo, 22 de abril de 2012

PENSAD COMO POLÍTICO Y ENTENDERÉIS


 Tal parece que desde que los pueblos han tenido la oportunidad de elegir a sus dirigentes, la figura del político se ha venido trastocando en la forma de un orador de turno, afanoso por el poder y entusiasta de las parafernalias. Esto, incluso hasta llegar a deformar el concepto mismo de la política; y en vista de ello, no es despreciable ese creciente número de personas que, víctimas de la impronta reduccionista que define el semblante de los tiempos actuales, asocian todo lo referente a la política, rápida y tajantemente, con la peor inmundicia del ser humano. Y en ocasiones, hay que decirlo, no les faltan razones. 


 Pero cabría preguntarse, ya que es el ciudadano el que elige a su gobernante, quién es el verdadero responsable de las inconvenientes consecuencias de los gobiernos nefastos. No obstante, acusar enteramente al ciudadano de los desmanes ocasionados al otorgar, de buena fe, un cheque en blanco a una persona que promete ser un digno representante del pueblo, no es del todo justo. A fin de cuentas, para la persona promedio siempre será difícil prever si las promesas políticas por fin caerán del abstracto mundo de las ideas a la palpable realidad.


 A todas estas, quizás sea oportuno introducir una tercera variable en este problema de dilatada data. En el caso ideal en el que el ciudadano elija a su representante bajo las mejores premisas posibles, y que a la vez este representante sea congruente en acciones con lo que se espera de él, ¿existiría la posibilidad de que el gobierno de este hombre aún fuese desfavorable? La respuesta, aún en esta idealidad, es afirmativa. 


 Lo que falla, aún en condiciones ideales, es el sistema democrático en sí mismo. Ya en ensayos previos, como el "Fundamentalismo Democrático", se han expuesto cuáles son las razones más limitantes para que el sistema democrático sea susceptible de perfección, pero rescatando la más importante se recuerda que es la apología fundamentalista a la falacia del argumentum ad populum. En pocas palabras, la democracia se sostiene bajo la errónea premisa de que las mayorías siempre tienen la razón. 


 Lo que sucede con esto es que, por un lado, se deja la decisión en las mayorías que, por naturaleza simple, siempre han de ser espontáneamente gregarias e inacabadas; y por otro lado, el político, aún estuviendo preñado de buenas intenciones, se convierte en mercader de popularidades, pues intenta convencer de sus promesas o de su gestión a la mayor cantidad de personas posibles, centrando toda su atención a ello. En el sistema democrático actual, solo esto es lo que lo legitima como representante del pueblo. 


 Alejándose ya de las idealidades expuestas y remitiéndonos a la realidad, toca evaluar el caso en donde la población adolece de educación y en donde el político persigue algo mucho más que la satisfacción de sus coterráneos. En la praxis, contrario a lo que Platón ya había manifestado claramente en "La República" respecto al carácter de lo que debería ser un político, se observa cómo los que aspiran a ser representantes de todos, aún buscando la prosperidad de los suyos, embargan deseos de trascendencia, prestigio, poder y comodidad, tanto para ellos como para los suyos. Esto, que no tiene porqué ser peyorativo en sí mismo, hace, sin embargo, que el conseguir el cargo político y mantenerse en él sea el apetito principal del aspirante. En el proceso suele olvidarse que ejercer política es un servicio público y no la adquisición de un escalafón de superioridad. 


 En el mismo orden de ideas, cuando la masa votante es inculta o adolece de la educación suficiente, es exageradamente susceptible a los sofismas, a las soluciones inmediatas, a la inconsciencia histórica, a la poca memoria y a la emocionalidad del momento. 


 En este sentido y con este panorama (un sistema que favorece la cantidad y no la calidad del votante y unos votantes anodinamente educados), ¿qué posición debe tomar el político para llegar al cargo que anhela? Evidentemente, debe procurar a toda cosa la popularidad, la simpatía de la mayoría. 


 El discurso político se torna entonces para tales fines en el que ya conocemos: un discurso vacío, resonante, de ideas poco trabajadas y simples. El político debe mentir de forma inevitable. Una retórica emocional, llena de sofismas, que apunta siempre a las conciencias más básicas de la masa votante. El lenguaje será predominantemente sencillo, e incluso el político mismo intentará mimetizarse con el más humilde o representativo de la masa. Esta es la clase de discurso, y no otro, que funciona adecuadamente para los estratos poco cultivados y de limitados recursos económicos. Una referencia obligada de esta clase de lenguajes nos las da el mismísimo Goebbels de la Alemania Nazi. 


 Vale destacar que los medios de comunicación, estén o no a favor de este político, deben manejar un criterio editorial que sea complaciente con su público, de tal manera que perviva sobre todas las cosas la existencia del negocio del medio comunicacional como tal. Por este motivo, y por las mismas razones que el político, no toda la información debe ser conocida con todos. Huelga decir, también, que existe un criterio ético muy razonable en esta filtración informativa, pero no suele ser el principal factor. 


 Todo lo anterior conduce a la conclusión de que el político, necesariamente, inevitablemente, debe mentir. Como corolario inmediato, pues, se observa que la verdadera política es la que opera subrepticiamente, entre las personas selectas y directamente involucradas, e independientemente de la matriz informativa. El pueblo, la masa, el votante, nunca sabrá qué es lo que sucede a ciencia cierta. No puede y (no debe) saberlo en este sistema. 


 Cuando el político alcanza el cargo que desea, está obligado a mantener la misma estrategia de apología a la popularidad el mayor tiempo posible. Esto significa que cada aparición mediática, que cada discurso y cada acto de este representante no busca la satisfacción de los suyos como esencia, sino que busca mantener la legitimidad suya en el sistema. Busca votos, votos a través de actos que en el mejor de los casos redundan en el efecto colateral (más no principal) del beneficio de los ciudadanos. 


 Sería legítimo preguntarse: ¿y no es la mejor solución a la popularidad y a la anuencia de la masa que el político haga correctamente lo tiene que hacer? ¿Un buen gobierno no es garantía de un pueblo feliz que recompensará debidamente al político? En primera instancia, pareciera que así lo dicta la lógica. No obstante, es de lo más frecuente conseguirse con que el camino correcto en la guía y cuidado del Estado es impopular. 


 Si el político opta por lo correcto, en algún momento deberá tomar decisiones que no complacerán a la mayoría de los votantes, al mismo tiempo de tener el problema de las soluciones a mediano y a largo plazo, las cuales pueden requerir mucho más allá del período del cargo. Soluciones dilatadas beneficiarán la estampa de la magistratura de los políticos futuros, y decisiones impopulares aumentarán el descontento en la gente, lo que repercutirá en la reducción de esa sacrosanta mayoría. Lastimosamente, toda legitimidad en el sistema democrático se excusa en la libre determinación de los pueblos, independientemente de cuál sea esa determinación. Al político le toca complacer al circo, si pretende asirse bien en el cargo que ostenta. 


 Confluyendo las ideas, se tiene que la responsabilidad política de cada gobierno es una carga compartida entre ciudadano, sistema político y gobernante. Con el fundamentalismo democrático actual, mucho faltará aún para que los votos tengan “calidad” y no solo se les mire en cantidad, mientras mutemos a un nuevo sistema mejorado de representatividad. Quedan por mejorar los actores restantes: el ciudadano y el gobernante. 


 Como se ha dicho hasta la saciedad que la educación de calidad en los ciudadanos es el mejor vehículo hacia una mejor dirección del Estado, no valdrá la pena remarcarlo nuevamente en estas líneas. Pero además de ello, será asertivo saber elegir a nuestros gobernantes. 


 Los heraldos de la educación y el sentido común concluirán que en el perfil de un buen candidato (y por ende de un buen gobernante) comulgan una serie de características vitales, cuyo análisis se invita a discretizar como sigue: 


 • Una historia de vida afín a la dirección que desean tomar los ciudadanos. Sobre todo, la educación del gobernante debe ser conveniente para la dirección del cargo al que se postula. Hay que recordar que el político elegido será el ícono del pueblo que lo eligió. 
• Su prontuario laboral en los asuntos públicos. Es de especial interés el número de logros conseguidos, ponderados con tiempo y recursos utilizados. 
• Mientras menos familiares y allegados directos hayan conseguido cargos de poder a través del político, mejor. 
• Evaluar las ideas y argumentos del político, no desde la emocionalidad, sino desde la mayor objetividad posible. Si se puede, con data estadística y cuantitativa como respaldo. 
• Verificar su sensatez, amabilidad y educación con sus adversarios, así como su despreocupación ante las invitaciones a debate. 


 La vida bien pudiera manejarse con reduccionismos, pero al manejarla así, sin la paleta de colores necesaria para describirla y hacerle frente de forma correcta, poco se puede esperar de los resultados. En política, embadurnar al político de toda nuestras miserias es susceptible de esta misma carencia de sutilezas. Piénselo con detenimiento si opina que toda la responsabilidad es del gobernante de turno. 


 Saludos.





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domingo, 8 de abril de 2012

LA SUPERFICIALIDAD Y LA BANALIDAD

Cuando el carácter de la persona exige un rigor en lo que le rodea, se convierte en una suerte de perfeccionista, siempre ávido de sustancia, de calidad, de belleza. Algo que marca tajantemente la inflexión y distinción en esta clase de individuos es que no solo son amigos de la utilidad, sino que necesitan más que eso. Ya no se trata de que su mundo y las herramientas que lo tienden hacia él sean efectivas, sino que se trata de que, además, sean perfectas. En la gran mayoría de estos eventos, esta perfección es eufemismo de belleza.

Después de una profunda cavilación o después de una muy desarrollada sensibilidad (bien puede que ésta sea consecuencia de aquella), la persona de gusto exigente se exilia a sí misma, se condena (gustosamente) a sí misma a la soledad, a la incomprensión y a la poco frecuente satisfacción de sus más acabados apetitos. Un círculo reducido, una proto élite, es la consecuencia inmediata de lo que ocurre cuando esta clase de espíritus se reúnen en sociedad entre personas de similares inquietudes e intereses. Y es que lo que ha necesitado desarrollo y perfección no abunda ni puede ser popular.

Es importante remarcar que la persona de este talante persigue el único fin de satisfacer ese profundo anhelo de acercarse a lo bello, al arte, a lo sublime, al nivel máximo y más acabado de expresión de sí mismo y de su entorno. La exclusividad, en todas sus vertientes, es solo un corolario y no la meta en las acciones. El dinero nunca es fin, sino es el puente por antonomasia que permite el acercamiento entre este ser sensible y lo acabado.

La moral de esta persona, como es de suponer, proviene de una pensada resolución propia. Es un canon individual que tuvo que ser fraguado en momentos de necesaria introspección. El supremo respeto y dignidad que siente hacia sí mismo, pues se sabe único y exclusivo, le produce el mismo sentimiento hacia cualquier otro tipo de manifestación individual, aunque sea diametralmente opuesta. Su ética proviene de este hecho. No obstante, sabe reconocer lo no-acabado y se aleja de ello, pues se reconoce a sí mismo ahí, en estadios anteriores de su desarrollo estético interno. Esto, que es distinto a la discriminación, es más bien una huida de lo primitivo y de lo tosco.

La simpleza de lo complejo suele ser el sino aquí. La búsqueda aforística, la síntesis sin sincretismos, los absolutos menudos y flexibles. En la elevación del espíritu, el camino se estrecha; y las ideas y emociones, en conjunto con el despertar estético, comienzan a estar repletos de sutilezas y delicadezas, cual ramas ulteriores y finas de un árbol del conocimiento. Curiosamente, en este camino ascendente y delgado, como si de verdad existiera una idea absoluta, estos artistas se encuentran entre sí, incluso deambulando cada uno en su camino individual, sin premeditación; y pareciera entonces que la máxima que reza que “la belleza está en los ojos de quien la mira” es una inocente falacia.

Este acto de elevación y estrechez, que implica una profunda y transitoria transformación interior, un refinamiento y un filtro en lo que satisface los apetitos, alcanza su mejor expresión en lo que a partir de ahora se llamará superficialidad. Es la superficie ese estrato final que se consigue luego de ese viaje que parte desde los abismos más profundos y recónditos del desarrollo estético en el humano. La superficialidad, pues, requiere de una previa profundidad de espíritu. Toda capa requiere un sustrato. “Solo los superficiales se conocen a sí mismos”, decía Oscar Wilde.

En contraste con el movimiento ascendente de la persona superficial, el banal es descendente. Incluso, más que descendente, podría decirse es una caída libre; no ya desde un estrato superior, sino desde un plano ajeno a lo sublime al plano de lo bello. Todo esto, abrupta y artificialmente.

La brusquedad de la banalidad se debe a que a través de la persona de este carácter no ocurre ningún proceso de interiorización ni el pulir de elementos estéticos. El banal copia al superficial, saltándose todo el tramo del autoconocimiento y desarrollo del gusto.

Como se mencionó antes, el superficial no deviene en dinero, sino en lo que puede conseguir con él para llegar a lo que pretende, que es la satisfacción de sus más individuales y refinadas querencias. Es posible que el superficial, en cuanto a su apariencia y costumbres, ofrezca muestras inequívocas de exquisitez y lujo; pero este asunto solo es la inevitable expresión exterior de lo que en su interior alberga. Esta expresión es orgánica, pues si sus necesidades estéticas e ideales son exigentes, natural y espontáneamente exigentes serán, en ocasiones, sus necesidades de vestimenta, alimentación y entorno.

El banal, sin previo proceso reflexivo, no es capaz de deducir un canon ético propio, e imita entonces el del superficial. Pero no es capaz –nunca lo será- de copiar la ejercitada interioridad del superficial, y solo copia entonces su apariencia, sus gastos, su consumo. El banal es aquel que, como no siente mayor inquietud de espíritu hacia la belleza, confunde lo sublime con el valor monetario, convirtiendo así el dinero en el fin mismo. Procura, desde luego, lo más costoso, lo más exuberante y llamativo, la mayor cantidad, lo más ostentoso y hasta exagerado.

En la banalidad no hay delicadezas, porque aún intentando disfrazarla en las formas (por ejemplo, El banal es un remedo del superficial.cuando se ciñe a la fórmula de protocolo y etiqueta de las “altas clases”), se nota la tosquedad en el manejo y desenvolvimiento de las ideas. El banal cree vehementemente en las fórmulas y en las soluciones prêt-à-porter, y en contraste con el superficial, nunca se pregunta el “por qué” de los asuntos. En todo caso, se pregunta el “para qué”, siempre en aras de una búsqueda de utilidad. Los superficiales saben que la utilidad de las cosas es apenas un estadio primitivo en el proceso de aprehensión de ellas.

En la tosca banalidad se discrimina. No hay respeto a la individualidad del diferente, sino que más bien hay un sectarismo que es una mala copia del natural elitismo del superficial. Por eso el banal se siente superior, cuando es, sin sospecharlo, el estrato más desfavorecido de gracia. De aquí se deduce que lo que históricamente se ha llamado aristocracia no ha sido más que el disfraz costoso del chandala. De aristocracias y noblezas verdaderas, que son las del espíritu, sabían muy bien Nietzsche y Ortega & Gasset.

La diferencia entre superficialidad y banalidad se hace muy necesaria en los tiempos del hoy, en donde precisamente el pensamiento de lo inmediato, de las cápsulas y de las soluciones en cajas parece estar por doquier. Que no haya reduccionismos en afirmar que el arte es perfectamente inútil, y que el superficial, quien es su heraldo, es por lo tanto, un banal.

Un saludo.





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sábado, 31 de marzo de 2012

LA ÉPOCA DE ORO MASCULINA


¿Cuál es el mejor momento de la vida de un caballero? ¿Será acaso cuando puede caerse innumerables veces de la bicicleta sin apenas sufrir daños serios? ¿Será, por el contrario, cuando ha acumulado toda la sabiduría y experiencia de una vida? Acá se os muestra, a continuación, un (nada serio) análisis pseudocuantitativo y cualitativo acerca de esta (muy seria) cuestión. Quizás sirva para forjar un posterior canon ético en el caballero.

Basándonos en el estereotipo de un hombre promedio, y si todo le sale bien a lo largo de la vida, es posible hacer una extrapolación y convenir que, en efecto, es la medianía de la vida en la que los mayores goces se experimentan. La razón es que el ciclo de la existencia, que va desde el nacimiento hasta la muerte, posee semejanza con una parábola vital, en la cual en la etapa de infantes y ancianos reconocemos nuestras máximas limitantes.

Habría que comenzar, por ejemplo, con observar cómo se desenvuelve la belleza física y la salud a lo largo de la vida masculina:

salud vs tiempo lecorvomecanique

El hombre, a despecho de la realidad de la mujer, va forjando su rostro con los años, teniendo su semblante definitivo en la adultez madura. No obstante, la disfunción eréctil es la marca por antonomasia de la decadencia de los últimos años. La falta de fortaleza física, así como los largos vellos ramificados en las orejas, con los dolores de rodilla y coxis, también son factores importantes en la última etapa.

Y de la adolescencia, con la lozanía del acné, una líbido recién descubierta y la estética propia de la hambruna, mejor ni hablar.

Respecto a la independencia y autonomía, típicamente relacionable con el dinero (bien o mal) habido, se tiene:

independencia vs tiempo lecorvomecanique

Pues bien, si todo sale como se estila en estas sociedades, el caballero incrementará su patrimonio, y por ende su independencia económica, a medida que los años vayan transcurriendo. En el caso ideal, la curva siempre será ascendente, aún con los esperados traspiés que cualquiera puede tener en algún momento de la vida. Por supuesto, siempre habrá un tope, o un decremento en la tasa de ascendencia de la riqueza. Los impuestos siempre serán el mejor método de robo por parte del Estado.

Por último, es menester observar qué sucede con la lucidez mental:

inteligencia vs tiempo lecorvomecanique

A medida que se desenvuelve el devenir se puede ser más sabio, pero no siempre más lúcido. Se puede ser de mente profunda y analítica, y mientras la biología lo permita, las ideas del caballero en cuestión serán forjadas con lo mejor de la sabiduría acumulada y su flexibilidad mental. No obstante, es inevitable que en la vejez, aunque se sepa mucho, se ahonde poco.

Es particularmente frecuente asociar al ocaso de la vida con olvidarse del nombre de los hijos, con la tosquedad de una mente ya rígida, y sostener anodinas conversaciones sin sustancia con los vecinos. Nada muy sensual, en verdad.

Pues bien, ya que hay circunstancias favorables para cada momento de la vida, ¿cuál es el mejor momento de toda ella? Es sencillo suponer que será la época en donde la suma de belleza, fortaleza, independencia y juventud sean un máximo. Superponiendo las gráficas, se encuentra entonces una particular región sombreada:

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Este especial momento de la vida de todo hombre (promedio), es, mis estimados, su época de oro. Algunas ventajas de este rango áureo en las circunstancias del hombre son las siguientes:

• El hombre se encuentra en el espectro más amplio de ataque, pues dentro de sus objetivos románticos y/o lascivos, muy bien puede optar por las inocentes damiselas recién llegadas a la veintena de años, o bien puede darse el excelente lujo de mantener vínculos de esta especie con damas de dilatada experiencia, que circunden los 40 años de edad y que anhelen revivir momentos de carne febril.

• Si alcanza una lucidez suficientemente buena, el hombre de esas edades sopesará con más detenimiento las posibilidades vitales transcurridas y por transcurrir, muy especialmente las que conciernen a la juventud. En este sentido, sabiéndose en pleno cenit jovial y esperando de la vida no más que un gran tobogán descendiente para los disfrutes de ella, el caballero muy probablemente se dedicará al hedonismo concienzudo de su existencia, aprovechando cada minúsculo espacio para ello.

• La moral, como constructo relativamente caprichoso de cada época y contexto social, mantiene el nivel más bajo de influencia sobre un hombre que, a buen seguro, se ve enmarcado a sí mismo en el poder físico, monetario y mental máximos de su vida.

• Si muere en este rango de edades, se puede contar con la certeza de que se será recordado en belleza. Ideal si el caballero ha realizado algo medianamente importante como para documentársele, retrato incluido, en la educación de las generaciones venideras.

• Es el momento ideal para cometer puntuales infantilidades bajo la excusa de mantener aún las mejores reminiscencias de los momentos de la niñez; esto en contraste, por ejemplo, con la segura tacha de inmadurez que le sería otorgada a un adolescente, o el seguro estigma de “viejo trasnochado” que categorizan a los ancianos que cometen niñerías a destiempo.

• Si se desean, tener hijos en este momento sería los más conveniente, por razones que se clarifican a sí mismas en vista de lo anterior. Tampoco sería prudente tenerlos, por las mismas razones: se acabará lo dorado de la época.

En este breve análisis esencialmente cualitativo, pues, he puesto de manifiesto por qué un caballero que circunda las tres o cuatro décadas, bajo ciertas condiciones, es el rey de su vida. Que sirva esto entonces a los hombres desprevenidos ante su mejor época, y a las damiselas también, para que sepan aprovechar las circunstancias que aquí se han descrito.

Por cierto, damas mías, que es menester decir que un hombre treintañero no es de noviazgos. O se casa o mantiene “affairs” (o ambos), pero sobrellevar ese período de prueba llamado noviazgo, ante el panorama treintañero de la inminente decadencia de la vida, es de personas de descuidado horizonte. A esas alturas no se está para estar tanteando ni tonteando.

Un saludo.






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