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domingo, 13 de enero de 2013

ENTREVISTA CON EL ÚLTIMO QUE APAGÓ LA LUZ


Antes de invocarle en cada situación política que le desagrade, tal vez sea necesario que sepa que el famoso "último que apague la luz", en efecto, ya la apagó. Más aún, está bien lejos. A continuación una entrevista que le han hecho:


-¿Es usted la última persona que quedaba de Venezuela, y que cuando vio todo perdido apagó la luz?

Así es, soy yo.

-¿Pero cómo es posible? Es decir, todavía hay muchas personas que están en Venezuela…

No. Ustedes creen que Venezuela aún existe, pero el país ya dejó de ser tal. En este momento ustedes se encuentran en otro lugar completamente distinto, que denominan “Venezuela”, pero por simple inercia o costumbre. Eventualmente le conseguirán otro nombre.

-¿Quiere decir usted que Venezuela ya fue?

Sí, exactamente. Corvo escribió algo sobre eso.

-¿Y quién es Corvo?

No sé. No se le ve muy a menudo. Pero me llegó su artículo y me pareció simpático.

-Bien- ¿Y usted no está con los demás venezolanos? Es que ha respondido con un “ustedes están en otro lugar…”

No, no estoy en la otrora Venezuela. Ahora estoy en Australia.

-¿Y eso?

Bueno, apagué la luz y me fui. Además, aquí es chévere. Me la paso en bermudas todo el tiempo, y todos los días conozco insectos nuevos. Es como estar en Apure en las noches de lluvia, pero sin chavistas, ni paramilitares, ni asesinatos. Y la gente por acá, además, sabe quién es Andy Warhol, por ejemplo.

-¿Cómo es eso de “apagar la luz”? Explíquenos.

Es muy sencillo. ¿Recuerda los continuos apagones regionales que le achacaban a las iguanas o al sabotaje? Era yo, pero solo estaba avisando. Estaba apagando y encendiendo la luz intermitentemente, informando que pronto apagaría todo definitivamente y me iría.

-Pero todavía tenemos luz…

¿Le parece? ¿Y tienen presidente?

-Oh…

¿Ve? El “último que apague la luz” es como el piloto que sabe que su avión se va a estrellar y decide dejar el mando y saltar en paracaídas. Es exactamente mi caso. Ustedes no se han dado cuenta, pero ya están con el cuarto a oscuras.

-Es decir, ¿usted “apagó la luz” cuando Venezuela se quedó sin presidente?

Así es. Aunque no tanto por quedarse sin presidente, sino por violentar la Constitución de manera tal que ya no hay estado de derecho que valga. Con esa ilegalidad mayúscula quedando impune, todas las demás infracciones a la ley son permisibles.

-Pero, ¿por qué apagar la luz?

Bueno, seguramente ha visto usted cómo entra la gente, a los golpes, en el Metro. Y sin necesidad.

-Sí.

Y seguramente también ha visto como sobre abundan las señoritas que afirman que “la envidia les fortalece”.

-También.

¿Y ha notado cómo Venevisión sigue transmitiendo “El Chavo” luego de treinta años, como “programación de estreno”? Probablemente también ha visto cómo la Asamblea Nacional parece un “reality show” de esos de MTv, al estilo “White Trash”.

-Sí, también lo he notado.

Pues, en este orden de ideas, no puedo evitar mencionar el curioso sincretismo de los socialistas católicos-santeros, o de bolivarianos que asumen la doctrina marxista, o de las protestas opositoras tuiteras. Esto último es muy cómico, porque estas personas opositoras son del estilo “¡Libertad y democracia! ¡Cacerolazo! ¡Cadena de oración! ¡Lucio Quincio presidente! ¡Adriana Azzi primera dama!”.

-Ciertamente, va de la mano. ¿Pero no tiene esperanza en el país? ¿Apagó la luz y nos dejó así?

Mire. Hagamos un experimento. Imagine que metemos en una licuadora a todos estos personajes que he mencionado- Los batimos. En el jugo que saldrá habrá de todo, pero, tal y como ocurre con los batidos que combinan varias frutas, ese jugo resultante probablemente tendrá que colarse y edulcorarse. Quizás hasta haya que esperar que se asiente un poco, para que agarre textura.

-Es posible, pero, ¿y entonces?

Bueno, pensemos en tiempos históricos. Un batido se hace en minutos, pero, ¿cuánto tarda la madurez social? ¿Cuánto tarda en cuajar una identidad nacional? ¿Ve? Si eso nos ocurre, pues perfecto, pero a mi no me queda mucha vida como para sentarme y verlo; esto es un asunto que tomará generaciones.

-¿Y como cuántas generaciones cree que tome?

Considerando que nuestra generación de relevo se considera “apolítica”, solo conoce del chavismo, y es una esponja esnobista de todos los desperdicios mediáticos extranjeros, pues… unas cuantas. Pero alguna de ellas encenderá la luz otra vez.

-¿Y cómo hizo para ir Australia? Ya sabe, por el asunto de la divisa…

Pues, como le he comentado, yo venía avisando que me iba, apagando intermitentemente la luz. Desde ese entonces comencé a ahorrar en moneda extranjera. El tiempo me dio la razón: ahora que Hugo no aparece y que el gobierno no va a tomar más riesgos políticos, la devaluación necesaria de nuestra moneda se ve lejana, lo que hace que las “lechugas afrodescendientes” hayan incrementado su precio muchísimo. Y lo seguirán haciendo.

-¿Y se siente bien por allá?

Sí, bueno. Aquí hay areperas. Y hay arepas dentro de ellas, es decir, hay Harina Pan. Los vecinos son muy respetuosos, y no colocan música a todo volumen en las madrugadas. Algo importante es que esto no está politizado, y que, además, no hay "Sábado Sensacional". Lo único es que la gente me ve raro cuando tranco la puerta de la casa con doble llave y cadena, pero es que ellos nos entienden. Es por si acaso.

-¿Qué consejos puede darle a la gente que se quedó dentro del cuarto oscuro?

Ese país al que ustedes aún llaman Venezuela, para mi, es un gran puerto. Si desea sobrevivir, vuélvase comerciante. Compre afuera, venda adentro; así de sencillo. Por lo demás, solo podría recomendar que no se meta en problemas. Al final de su vida, verá que todas esas calenteras políticas, que le perjudican la salud, fueron inútiles. En ese país la política es otra rama de la farándula. No se la tome en serio, pero no olvide nunca que usted es, esencialmente, un animal político.

-Pero ese es un consejo muy desolador, casi como una resignación.

Bueno, si lo prefiere, podemos editar esta parte de su entrevista. Bien puedo reformular mi respuesta, no hay problema, aunque no será sincera.

-¿Y qué podría decir entonces?

Que Venezuela es el mejor país del mundo, que los venezolanos tienen en la sangre el sentido cívico y democrático; las mujeres bellas, sus playas, lo alegre de su gente… El béisbol, la Vinotinto. Ya sabe, ¡vida y más na’! Por favor, permítame levantarme el cuello de la chemise y colocarme una gorra “Bass Pro Shops”, para que mi respuesta sea más creíble.

-Bueno. La última pregunta: ¿planea usted regresar y encender la luz de nuevo?

Le comentaba que el encargado de encender la luz otra vez será alguien de alguna generación venidera. La verdad es que, a pesar de todo, me gustaría volver. Pero si lo hago, mucho sospecho que la patria de mis recuerdos ya ha desaparecido. No quiero desilusionarme. Prefiero mantener ese recuerdo bonito de lo que era Venezuela. Además, me han dicho que en Maiquetía están robando.

-Pues, muchas gracias por sus palabras, señor.

Gracias a usted. 





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sábado, 31 de marzo de 2012

LA ÉPOCA DE ORO MASCULINA


¿Cuál es el mejor momento de la vida de un caballero? ¿Será acaso cuando puede caerse innumerables veces de la bicicleta sin apenas sufrir daños serios? ¿Será, por el contrario, cuando ha acumulado toda la sabiduría y experiencia de una vida? Acá se os muestra, a continuación, un (nada serio) análisis pseudocuantitativo y cualitativo acerca de esta (muy seria) cuestión. Quizás sirva para forjar un posterior canon ético en el caballero.

Basándonos en el estereotipo de un hombre promedio, y si todo le sale bien a lo largo de la vida, es posible hacer una extrapolación y convenir que, en efecto, es la medianía de la vida en la que los mayores goces se experimentan. La razón es que el ciclo de la existencia, que va desde el nacimiento hasta la muerte, posee semejanza con una parábola vital, en la cual en la etapa de infantes y ancianos reconocemos nuestras máximas limitantes.

Habría que comenzar, por ejemplo, con observar cómo se desenvuelve la belleza física y la salud a lo largo de la vida masculina:

salud vs tiempo lecorvomecanique

El hombre, a despecho de la realidad de la mujer, va forjando su rostro con los años, teniendo su semblante definitivo en la adultez madura. No obstante, la disfunción eréctil es la marca por antonomasia de la decadencia de los últimos años. La falta de fortaleza física, así como los largos vellos ramificados en las orejas, con los dolores de rodilla y coxis, también son factores importantes en la última etapa.

Y de la adolescencia, con la lozanía del acné, una líbido recién descubierta y la estética propia de la hambruna, mejor ni hablar.

Respecto a la independencia y autonomía, típicamente relacionable con el dinero (bien o mal) habido, se tiene:

independencia vs tiempo lecorvomecanique

Pues bien, si todo sale como se estila en estas sociedades, el caballero incrementará su patrimonio, y por ende su independencia económica, a medida que los años vayan transcurriendo. En el caso ideal, la curva siempre será ascendente, aún con los esperados traspiés que cualquiera puede tener en algún momento de la vida. Por supuesto, siempre habrá un tope, o un decremento en la tasa de ascendencia de la riqueza. Los impuestos siempre serán el mejor método de robo por parte del Estado.

Por último, es menester observar qué sucede con la lucidez mental:

inteligencia vs tiempo lecorvomecanique

A medida que se desenvuelve el devenir se puede ser más sabio, pero no siempre más lúcido. Se puede ser de mente profunda y analítica, y mientras la biología lo permita, las ideas del caballero en cuestión serán forjadas con lo mejor de la sabiduría acumulada y su flexibilidad mental. No obstante, es inevitable que en la vejez, aunque se sepa mucho, se ahonde poco.

Es particularmente frecuente asociar al ocaso de la vida con olvidarse del nombre de los hijos, con la tosquedad de una mente ya rígida, y sostener anodinas conversaciones sin sustancia con los vecinos. Nada muy sensual, en verdad.

Pues bien, ya que hay circunstancias favorables para cada momento de la vida, ¿cuál es el mejor momento de toda ella? Es sencillo suponer que será la época en donde la suma de belleza, fortaleza, independencia y juventud sean un máximo. Superponiendo las gráficas, se encuentra entonces una particular región sombreada:

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Este especial momento de la vida de todo hombre (promedio), es, mis estimados, su época de oro. Algunas ventajas de este rango áureo en las circunstancias del hombre son las siguientes:

• El hombre se encuentra en el espectro más amplio de ataque, pues dentro de sus objetivos románticos y/o lascivos, muy bien puede optar por las inocentes damiselas recién llegadas a la veintena de años, o bien puede darse el excelente lujo de mantener vínculos de esta especie con damas de dilatada experiencia, que circunden los 40 años de edad y que anhelen revivir momentos de carne febril.

• Si alcanza una lucidez suficientemente buena, el hombre de esas edades sopesará con más detenimiento las posibilidades vitales transcurridas y por transcurrir, muy especialmente las que conciernen a la juventud. En este sentido, sabiéndose en pleno cenit jovial y esperando de la vida no más que un gran tobogán descendiente para los disfrutes de ella, el caballero muy probablemente se dedicará al hedonismo concienzudo de su existencia, aprovechando cada minúsculo espacio para ello.

• La moral, como constructo relativamente caprichoso de cada época y contexto social, mantiene el nivel más bajo de influencia sobre un hombre que, a buen seguro, se ve enmarcado a sí mismo en el poder físico, monetario y mental máximos de su vida.

• Si muere en este rango de edades, se puede contar con la certeza de que se será recordado en belleza. Ideal si el caballero ha realizado algo medianamente importante como para documentársele, retrato incluido, en la educación de las generaciones venideras.

• Es el momento ideal para cometer puntuales infantilidades bajo la excusa de mantener aún las mejores reminiscencias de los momentos de la niñez; esto en contraste, por ejemplo, con la segura tacha de inmadurez que le sería otorgada a un adolescente, o el seguro estigma de “viejo trasnochado” que categorizan a los ancianos que cometen niñerías a destiempo.

• Si se desean, tener hijos en este momento sería los más conveniente, por razones que se clarifican a sí mismas en vista de lo anterior. Tampoco sería prudente tenerlos, por las mismas razones: se acabará lo dorado de la época.

En este breve análisis esencialmente cualitativo, pues, he puesto de manifiesto por qué un caballero que circunda las tres o cuatro décadas, bajo ciertas condiciones, es el rey de su vida. Que sirva esto entonces a los hombres desprevenidos ante su mejor época, y a las damiselas también, para que sepan aprovechar las circunstancias que aquí se han descrito.

Por cierto, damas mías, que es menester decir que un hombre treintañero no es de noviazgos. O se casa o mantiene “affairs” (o ambos), pero sobrellevar ese período de prueba llamado noviazgo, ante el panorama treintañero de la inminente decadencia de la vida, es de personas de descuidado horizonte. A esas alturas no se está para estar tanteando ni tonteando.

Un saludo.






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jueves, 3 de noviembre de 2011

MANUAL DE DEMAGOGIA PARA PRESIDENTES NOVELES


¡Por fin! ¡Por fin, luego de una extenuante campaña, besando niños de dudosa higiene, abrazando ancianas que no sobrevivirán a su mandato, y gritando consignas como si fueran argumentos válidos para defender ideas, al fin, Ud. se ha hecho con la presidencia de su país! ¡Muy bien! Ese logro, si bien es de lo más reconocible, solo es el comienzo; pues como pulula en boca de la sabiduría popular (que bien sabe Ud. que de sabia no tiene nada), “lo difícil no es haber llegado, sino mantenerse”.

El poder del voto lo ha dejado justo en donde quería, pero la democracia es solo un truco, una quimera, para que la plebe juegue a ser importante por un día; ya lo sabe bien. Ahora lo que concierne es no separarse del poder, o por lo menos durar lo suficiente como para tener la posibilidad de extraer una buena tajada monetaria para su merced y los suyos sin que tenga que trabajar seriamente más nunca en su vida.

El primer año de mandato será el tiempo que deberá usar para planificar todas las excusas, eufemismos y subterfugios que le ayudarán a atornillarse en el trono nacional. Durante este período, siempre podrá excusar su inacción bajo el pretexto de que no es posible hacer cambios en la realidad del país en tan poco tiempo. No se preocupe, que la gente siempre es muy condescendiente en esta etapa, y la popularidad que lo llevo a la presidencia aún necesita de un buen pretexto para comenzar a disminuir.

A partir del segundo año, cuando le corresponda dirigirse a la nación para presentar el saldo de su incipiente mandato, o simplemente porque ya es hora de afrontar al pueblo, es el momento de ejecutar las ideas que yacían preconcebidas durante el año anterior para estas circunstancias. Tome sus cuartillas planificadas, colóquese en la tribuna, aclare su voz, y comience.

Anuncie, para dar una certera estocada inicial, un aumento de salario. ¿A quién no le gustaría que se le aumentase el sueldo? Por supuesto, vuestra merced y los de su gabinete saben que dicho aumento cumple la doble finalidad de amortiguar la corrosiva y voraz inflación que carcome todo lo consumible, al mismo tiempo de alegrar a las masas. Pero nadie tiene que enterarse de eso. De hecho, si la inflación de su nación es de las más altas de la región, el sueldo de los lacayos que le eligieron ha de ser relativamente alto también (no más que la inflación, tenga cuidado en no subir los emolumentos demasiado). Si es así, jáctese, y con el pecho henchido vocifere que el salario básico en su país es uno de los más altos de la región. Y eso será, para su beneplácito, cierto.

¡Ah! Siempre hay posibilidades de que un opositor que quiera hacerse las veces de astuto lo interpele y le acuse de la gigante inflación que Ud. no ha podido manejar. Descuide. Para estos casos, los culpables perfectos son los especuladores: esa raza maligna de comerciantes que elevan los precios desmesuradamente, sin ningún tipo de respeto más que al que le deben a sus bolsillos. Exactamente eso es lo que debe decirle al pueblo; y le creerán, pues, después de todo, ¿quién tendría entre ellos el conocimiento y la lucidez para culpar al banco central de su país por tal desmán? La inflación la causa totalmente el especulador, la fórmula es sencilla y fácil de digerir.



Algo ventajoso adicional que le puede sacar a la inflación es que como los precios aumentan, aumentan también las importaciones (algunos pillos traidores a la patria comprarían bienes en el extranjero a un precio más bajo). Mientras más “movimiento” económico haya, independientemente de cómo sea ese movimiento, más aumentará el indicador de crecimiento económico. ¡Pues enhorabuena! Ante el incremento desmesurado de las importaciones, infórmele a la plebe que está aumentado el crecimiento económico de la nación. Un indicador que crezca económicamente y que no tenga explícitamente el nombre de “deuda”, no puede ser dañino, claro que no.

Otro tema que siempre engatusa, al igual que los sempiternos dogmas de la democracia y la libertad, es la educación. Es verdad, es de lo más irónico que gente no educada simpatice por esquemas políticos en donde se avale la educación, pero es que hay que entender que este concepto simplemente suena bien. Para el pueblo, tener educación es algo agradable, algo así como el camión de basura que pasa a buscar los desechos frecuentemente, o como que se pueda calentar la comida rápidamente en el microondas. Todo el mundo dice que es algo bueno, así que hay que tenerla. Y si tiene Ud. la audacia de acompañar el concepto “educación” con el calificativo “gratuita”, se los meterá a todos en un bolsillo. Garantizado.

No obstante, es más que evidente que una buena dosis de educación sería contraproducente para sus fines. Nada más valioso para sus proyectos que un pueblo inculto. ¿Cómo hacer entonces que el vulgo y que los organismos internacionales certifiquen que Ud. ha invertido en educación, por un lado, y que la población se mantenga ignorante, por otro? Pues, el secreto está en las variables “calidad” y “cantidad”.

Verá: tome parte del presupuesto nacional (menos del 1% está bien), e inviértalo en abrir todas las escuelas que pueda. Construya varias, pero solo enfóquese en la cantidad. De ninguna manera pretenda mejorar el pensum de estudios, o adaptar la enseñanza con base en la actualidad del mundo; ni pretenda tampoco mejorar el sistema docente, ni fomentar el pensamiento crítico. Produzca hombrecillos hábiles para el trabajo, pero que no piensen. De hecho, estipule como fuerte sugerencia que el trabajo es una virtud, expréselo emocionado en todos sus discursos.



Nadie podrá quejarse luego de que Ud. sea un mecenas de la educación. Capitalice ese agradecimiento de la gente y ese aval internacional en popularidad, y disfrute un poco más de los dividendos de ser presidente.

¡Un momento! ¿Qué ocurriría si las empresas privadas, en vista de la situación económica nacional, deciden irse del país? ¿Cómo quedará usted? Pues sin duda, no solo tendrá que importar bienes e insumos desesperadamente, sino que también es bastante probable que deba producir bajo el manto y subsidio de los fondos públicos lo que antes era producido por ese cobarde y malagradecido sector privado. Pues sáquele provecho, y cuando su voz se escuche en el eco de los micrófonos delante de las multitudes, explote el chovinismo, ocurra a la patria, y manifieste con alegría que la soberanía nacional es la causa de que todo ahora se produzca en el país. ¡Aplique el nacionalismo a ultranza! Ese que a la gente sin méritos propios le encanta usar para sublimarse y creerse importante. Suelen ser mayoría.

Después de uno o dos años más, la contracción económica reinante se hará sentir de tal manera que será palpable en las calles la decadencia social y el aumento de la pobreza. Prepárese, pues algunos organismos internacionales entrometidos intentarán cuestionarle. No obstante, existe una manera de tomar ventaja del asunto, pues bien se sabe que estos organismos se mueven por las cifras estadísticas y no por la profundidad de los acontecimientos.

La solución es de lo más simple. Diga: “ha aumentado el índice de igualdad”. Y ya, es así de sencillo. Si los estratos B y C de su población disminuyen su poder de ingreso, y si sus políticas son esencialmente populistas, manteniendo por lo tanto a los estratos D y E en donde estaban; pues, traducido todo esto a cifras, se habrá reducido la brecha entre clase media y clase humilde. ¡Igualdad para todos! Pero recuerde que nadie debe enterarse que la cucharada rasa de la igualdad se ha hecho hacia abajo y no hacia arriba.

Y si aún no le creen con lo de la riqueza, apele siempre a la cantidad monetaria de sus reservas internacionales. Pronuncie cualquier cifra que termine en “millardos de dólares” al referirse a ellas, y no tendrá que angustiarse de que lo acusen de catalizador para la miseria. Evidentemente, bajo ninguna circunstancia mencione el gasto nacional de sus importaciones, ni mucho menos el monto de la deuda pública, pues corre el riesgo de que su pueblo sepa sumar y restar y saque así conclusiones inconvenientes para su proyecto.

Por lo demás, trabaje siempre, y en paralelo con todo lo anterior, en mimetizarse con la gente. No solo le ayudará a mantener la popularidad, sino que también es una inversión a largo plazo. Inevitablemente tendrá que entregar la presidencia en algún momento, y no hay nada más beneficioso para volver al poder que dejar un vínculo emocional importante en la gente. Poco importan sus logros si su carisma natural saltando charcos en las barriadas cala en el corazón de más de uno. Sonría siempre que le de la mano a otros presidentes, vístase alguna que otra vez con el traje típico de país y procure que esté confeccionado por una humilde señora. Decretar días feriados siempre será uno de los mejores obsequios, y contar chistes en las alocuciones será agradecido con sonrisas. Nunca olvide la inclusión de todos los protagonistas de su séquito; haga énfasis en ello con una buena introducción discursiva, imprima pasión en el exordio, bajo el estilo “ciudadanos, ciudadanas; trabajadores, trabajadoras; ingenieros, ingenieras; caballos, caballas…”


En fin, siga estas sugerencias, que si bien no son todas, son algunas de las más importantes para poder hipnotizar tranquilamente a su gente. En su retiro, habiendo sido ya vuestra merced un capítulo histórico del camino de su nación, podrá contar además con una merecida fortuna que le permitirá disfrutar de su vejes con dignidad.

“Saber es poder”. Auguste Comte.






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domingo, 11 de septiembre de 2011

JOSÉ GREGORIO Y EL EXTRAÑO ARTEFACTO MÓVIL ARROLLADOR


Respecto a la muerte, a título personal, son varias las ideas que bien pudiera barajar inspirándome en ella. Uno morirá eventualmente, y tal vez sea sano ir considerándola como una certeza que puede llegar sorpresivamente. Con el tiempo, cuando la aceptamos como una amiga (de hecho, una de las mejoras amigas de la vida), ya no causa tanto temor recrear el fallecimiento de uno mismo. Puede que incluso se convierta en nuestra musa, en algunas circunstancias.

Pero persiste un pequeño pavor en mi persona, que no depende ya de la patente mortalidad de todo lo que vive, ni de la extinción definitiva del “yo” (que según las creencias de cada quien, puede este “yo” ser, incluso, uno post mortem). No. El temor del cual todavía no me zafo es el del cómo. ¿Cómo moriré? –me pregunto en ocasiones. Y aunque podría aceptar con entereza una muerte dolorosa, no podría hacer lo propio, empero, con una muerte absurda.

¿A qué denomino una muerte absurda? A, más precisamente, lo que se estila como una muerte ridícula: morirse si nos caemos en la ducha, si nos atragantamos con la comida, si nos resbalamos con excremento de paloma, si nos ahorcamos sin querer con una bufanda atorada, si nos da un infarto haciendo la pirueta sexual del “canguro apocalíptico”, si morimos en una colisión en la autopista por enseñar el trasero por la ventanilla mientras hacemos de chofer...

Uno pudiera tener una vida heroica, intachable, ser un guía legendario destinado a la inmortalidad. De generación en generación cantarían nuestro nombre y recitarían los momentos épicos de nuestra existencia. Eso hasta que, después de toda una vida de lucha y respeto bien conseguido, te dispones a bajar al gato de una mata del jardín, te caes y te fracturas el pescuezo con la ponchera de la tortuga. Que nadie se olvide, por ejemplo, de la muerte sin honor del gran Vito Corleone;  ¡que más vale que lo hubieran matado bajo esa lluvia de disparos del atentado, hombre! Afortunadamente, y en contraste con Don Vito, hay varios ejemplos de vidas y muertes honorables, que son las que persigo:

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En esta línea de pensamientos, imaginen por breves instantes que están en la Venezuela de un incipiente siglo XX, en 1919 para ser exactos. Juan Vicente Gómez apenas tenía 9 años como dictadorcillo, el país era mucho más rural que el de ahora (¡imagínense!), la población estaba diezmada después de poco más de cien años de guerra, y se podría decir que los hombres no abundaban mucho por la misma razón.

Con ese contexto, José Gregorio Hernández iba caminando por la calle tranquilamente, pensando en quién sabe qué (aunque el vulgo le atribuya la más pura de las elucubraciones), cuando de repente, ¡pum! ¡Lo arrolló un Ford-T modelo de 1918, nuevo de paquete! Debo aclarar rápidamente, sin embargo, que lo de “de repente” no es más que un recurso narrativo, porque, si nos volcamos al análisis de los hechos, el impacto tuvo que haber sido precedido por un tiempo bastante considerable como para poder hacer efectivo un esquive del vehículo.

En efecto, José Gregorio, mientras caminaba por las calzadas de La Pastora, tuvo, en primer lugar, que haber sido alertado por un curioso ruido no muy frecuente. Como es de suponer bajo el manto del sentido común, los automóviles no eran muy conocidos en aquellos días y de seguro cualquiera de ellos llamaba mucho la atención, cuadras a la redonda -y con lo esnobista que ha sido el venezolano siempre, ni hablar.

Si estas no tan extravagantes conjeturas, según mi opinión, son ciertas, el Ford T se acercaba con chirridos rechinantes y temblorosos, y a la velocidad vertiginosa y alucinante de 30 kilómetros por hora…, según lo que se encuentra documentado por testigos del suceso. Sí, todo un peligro. Pero por si fuera poco, si la siempre notoria curiosidad de los transeúntes cercanos no hizo mayor mella en la atención del buen doctor, y si las pulsiones cíclicas de un cachivache con ruedas y Parkinson tampoco fueron dignas de alerta, no se justifica que el protagonista de este accidente haya tenido la posibilidad de ver el automóvil y darse el tupé de exclamar “¡Vírgen Santísima!” en vez de agilizar el paso.

Así es señores, el automóvil se avecinaba con su escándalo vibratorio de piezas flojas, y José, en vez de librarse del peligro con un salto ágil, se queda ahí, lelo, hipnotizado, viéndolo acercarse e invocando a la Vírgen de la impresión. ¿No te digo yo? Hay una película de Austin Powers en donde, estoy convencido de ello, una de sus escenas está inspirada en el arrollamiento de José Gregorio: 



Pero la historia no termina allí, es peor. Después de que el doctor, a causa del impacto, saliera despedido cual muñeco de trapo, es menester recordar la tercera Ley de Newton, que para los no entendidos reza así:  

*Isaac Newton es igualito a Christopher Lambert.
"A toda acción siempre ocurre una reacción idéntica en sentido contrario. Que destaque esta conclusión como ley física y no como justificativo para karmas, o para presuntuosas y farsantes leyes de un universo que cumple deseos humanos."


A lo que voy con esto, es que el topetazo que José Gregorio recibió fue exactamente igual al que recibió el auto. Ahora bien, esos autos de antes no eran como los de ahora, que por razones de seguridad son de carrocería deformable, para que sea ella la que absorba el choque en vez del piloto. No. Los autos de antes tenían carrocería de hierro y acero, y eran tan amigables ante los choques como lo es el guantazo de un boxeador recibido en la quijada.

José Gregorio salió bombeado, es verdad, pero dificulto que el Ford T y su chofer salieran ilesos del accidente. Dada la rigidez del sistema, la energía del impacto fue transmitida muy seguramente, y casi sin pérdidas, al conductor, que sin ningún tipo de protección moderna (cinturón de seguridad, airbags, ergonomía avanzada, carrocería deformable) con certeza le clavó la boca al volante y cuyo sombrero aún debe estar buscándose como reliquia del suceso.

¿Y cómo habrá quedado el coche? Pues probablemente con el radiador hecho trizas, cosa que es más dolorosa cuando recordamos que los vehículos eran entonces una novedad y que los repuestos tenían que traerse del extranjero (y con la cortesía de los barcos a vapor). A ese precio, era mejor comprarse varios burros y montar una línea de transporte.

Para el cenit de los colmos, el infortunado, arruinado y desdentado chofer obedecía al nombre de Fernando Bustamante Morales, quien iba a ser, antes del siniestro, nada más y nada menos que compadre del mismísimo José Gregorio. ¡Sería su compadre! Resulta ser que el buen doctor había tratado con éxito a la madre y hermana de Fernando, y pues, tal parece que habían fraguado amistad y confianza suficiente como para pactar ser familia de alguna manera. Bueno, sí así son los amigos agradecidos, José, ¿qué os puedo decir?

Así, pues, es como ilustro uno de mis pavores: a través de la tragedia del Dr. Hernández. Una vida pulcra (desde el punto de vista católico) terminada en una tragicomedia digna de guión de novela. Como diría mi amigo Once-Once: “Leonardo Padrón, tírate un paso”

En lo que a mi respecta, invoco al Ánima de Taguapire para que mi fin coincida bajo las ardientes llamas del aliento de un dragón, bajo una lluvia de flechas envenenadas que transformen el día en noche mientras silban en su parábola, o quizás simplemente rodeado de conejitas Playboy en la mansión de Hugh. Las cosas hay que terminarlas bien.

Cordiales saludos. No olviden que son soberanos de su vida y de su muerte. Cuidado con la ponchera de la tortuga.
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martes, 3 de mayo de 2011

DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DERECHOS VIRILES DEL HOMBRE


C

iudadanos del mundo; hombres maltratados e incomprendidos; machos alfa que son obligados a reprimir su supremacía natural sobre los comunes y gregarios; seres vitalistas, amantes de la realidad y de todo lo grande, hermoso y terrible que hay en ella; defensores de la verdad, sea que acaricie o lastime; espartanos, mayas, vikingos, caribes, legionarios, cosacos, sarracenos, samuráis; guerreros honorables todos. Para ustedes, las siguientes ideas.

Se nos ha instruido desde tierna edad, y no con mentira, que ese ser que nos complementa llamado mujer merece la más sublime de nuestras atenciones. Sin desdeñarla o atribuirle falsas debilidades, es menester entender que, siendo diferente a nosotros, le necesitamos y le queremos como a una igual, y que también entendemos y admiramos las habilidades con que la naturaleza les ha bendecido y que nosotros reconocemos carecer.

No obstante, mucho me temo que la armonía entre sexos apropiada, en los tiempos que transcurren, se ha visto más que amenazada, afectada ya, por una anodina comprensión del papel que espontáneamente el hombre y la mujer han debido cumplir.

Generación tras generación, la enseñanza empírica que nos ha dejado la historia desde que la humanidad comenzó a ser tal, es que la vida del hombre, desde que nace hasta que muere, se resume en tres fases destacables y más o menos solapadas: la búsqueda de sexo, la búsqueda de poder y la búsqueda de salud.

La búsqueda de sexo comienza desde su pubertad hasta que culmina su completa experimentación y necesidad biológica-evolutiva instintiva de diseminar su semilla lo más posible. La fase suele ser dominante y destacable entre los 15 y 30 años. La búsqueda de poder, típicamente representada por un auto-refinamiento de la personalidad, del porte físico, del rango laboral que practica entre los demás hombres y de la acumulación de dinero y bienes; es la etapa más duradera en su vida, comenzando típicamente desde los 18 hasta los 60 años, aproximadamente. Por último, la búsqueda de la salud, la etapa más corta, es producto de la decadencia natural de la vida. Se caracteriza por una concentración de esfuerzos en el entendimiento y necesidad de medicinas y curas varias. Se da, típicamente entre los 60 años hasta el final de sus días.

El amor, perfectamente entendido por el hombre espartano como una espiritualización humana del apareamiento animal y de un (posible) posterior cuidado de las crías, es un aspecto de la vida de éste disfrutado a plenitud, cuando así corresponda, en el momento indicado. Es, sin duda, una fase importante en la existencia de todo hombre, pero tiene su momento y su espacio; y nunca suprime las búsquedas masculinas que ya se han mencionado. Simplemente, es un aspecto más de la vida, no el único.

En el caso de las féminas, y también recogiendo evidencia empírica e histórica, el amor es muy distinto al del hombre. Es el único aspecto de su vida, el más importante, y todo lo demás, sea sexo, sea la autorrealización profesional, sea la apariencia personal, sea la familia, sea las decisiones de envergadura a tomar, todo, gira en torno a ese epicentro llamado amor. Y este amor no es entendido a la usanza del caballero, sino que es ideal, es afín al romance neoclásico, es una reacción ante la crudeza del mundo, es una extrapolación de lo físico. En resumidas cuentas, por lo anterior, es irreal.

Esta realidad femenina, que bien puede parecer digna de los infiernos de Dante para el guerrero de raza pura, debe ser entendida como algo que sucede, independientemente de los gustos viriles. Y como se ha dicho al principio, como amantes de la verdad, así rasguñe con garras de crudeza, se le acepta con cuerpo firme y mirada al horizonte, sin musitar reproches.

Con todo lo anterior aclarado, se observa, pues, que ante tres fases predominantes en la masculinidad se contrapone una única fase en la femineidad. Por ello, si bien pudiera ser cierto el pretendido razonamiento popular que dice que la mujer es más madura que el hombre, esto está limitado de acuerdo a la fase en la que se encuentre viviendo el caballero.

Durante la fase de búsqueda sexual, remarcada en la adolescencia y adultez temprana del hombre; la mujer, que por ser experta idealizando sopesa con mayor finura algunos aspectos de la vida en comparación con el mozuelo de esta etapa, es en efecto, más madura que éste. Ciertamente, el hombre temprano es tosco, impulsivo, inocente y muy primitivo. Es esclavo de sus hormonas, y sobretodo, de su inexperiencia.

Pero en vista de que el hombre va desarrollando otras necesidades y perspectivas con el tiempo, y de que la mujer tradicional se encapsula sempiternamente en el amor idealizado, la madurez del primero supera con creces la de la segunda eventualmente. Típicamente esto ocurre a partir de los 20 otoños masculinos.

Así, por ejemplo, mientras un hombre de 23 años finaliza sus estudios universitarios y piensa cuáles negocios podrían hacerse en el futuro, una mujer de la misma edad piensa que tiene posibilidades de conseguirse un príncipe azul muy pronto. Mientras un hombre de 31 años ha emprendido su empresa propia y piensa en posibles mercados internacionales, una mujer de 30 años piensa que la edad para casarse está llegando a su término. Mientras un hombre de 40 años invierte en bienes raíces y le preocupa la caída del dólar, una mujer contemporánea piensa que todos los hombres son iguales y son básicos. Mientras un hombre de 53 años, con familia, comienza a organizar las cosas para sus herederos, la mujer de esa edad comienza a sublimar la carencia de amor en libros de autoayuda y “metafísica”. Cuando un hombre de 65 años comienza a estudiar los nuevos avances médicos en contra del cáncer de próstata, una mujer de su misma edad, también va al médico, pero reza al amor de Dios y va a donde la bruja, por si acaso.

Las féminas, por lo general, son muy ineficientes en verse en perspectiva, y por esto se amerita tan larga y justa introducción. Pero centrando el asunto que concierne en la presente declaración, y tomando en cuenta que la mujer en general, en ignorancia de su propia naturaleza y de la naturaleza del hombre, incurre en:

  • Decirle “perro” al hombre que busca, de forma abierta y sincera, una oportunidad para copular con ella, en conformidad con lo que le ha sido programado por biología.
  • Decirle “gafo”, “baboso”, “afeminado” o “gay” al hombre cuya sensibilidad es mayor a su naturaleza reproductiva, y que se ofrece en consecuencia a ser un buen amigo y a protegerla.
  • Hacer esperar al hombre que le propone cópula, aún cuando ella lo desea, como si se tratase de una tortura realizar el acto sexual, o como si ella no fuera a disfrutar del momento.
  • Decirle “intenso” o “fastidioso” al hombre profundo y de ideas trascendentales, más allá de las teleseries y telenovelas de las que ella habla.
  • Decirle “niño” o “bobo” al hombre de mente alegre que no habla de ideas profundas y trascendentales.
  • Aburrirse en una de esas escasas veces en las que un hombre necesita ser escuchado, y decirle inutilidades como: “Tranquilo, todo pasa por algo”.
  • Exigir atención y ofenderse si uno se aburre de escuchar por enésima vez la historia de desamor, insensibilidad e injusticia que solo le pasa a ella.
  • Juzgar peyorativamente al hombre que hace eficientemente su papel en la intimidad, tildándolo de “bicho que seguro se coge a todas y por eso sabe.”
  • Juzgar peyorativamente al hombre que no sabe aún hacer su papel en la intimidad, tildándolo de “mequetrefe mala cama, contigo más nunca.”
  • Esperar que el hombre tome la iniciativa en todos los aspectos del cortejo, pero al mismo tiempo denominarse progresistas, inteligentes y con derechos.
  • Clasificar artificial y estúpidamente a los hombres en amigos, amigos con “derecho”, comprometidos, novios, esposos, y así sucesivamente; delimitando con una rigidez ridícula y sin fundamento el papel que cada uno debe cumplir con ella, y forzando la espontaneidad natural que las personas tienen en sus interacciones.
  • Hablar de problemas sentimentales, amorosos o inútiles con el hombre, durante horas, para luego decirle “gracias, te quiero mucho”; midiendo la naturaleza del hombre desde la misma perspectiva femenina, y por ende, olvidando una justa y masculina compensación por los servicios.
  • Hablar de Osho, Chopra, Coelho o Arjona, contestar en la sección de citas favoritas cosas como: “en la playa, caminando a la luz de la luna”, pensar que las películas de Disney y la cultura Barbie pueden ser realidad; pensar que las divinidades o el universo son genios de los deseos; y esperar, ante todo esto, que el hombre inteligente le tenga respeto.
  • Pensar que “todos los hombres son iguales” y al mismo tiempo elegir cuidadosamente con quien involucrarse.
  • Reprimirse ante el “qué dirán”, ante el “deber ser” y sublimarse en la “moralidad y buenas costumbres”, y al mismo tiempo exigir “hombres con experiencia, interesantes y con malicia.”
  • Decir estupideces magnas sin fundamento como “mientras más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”, evidenciando su incompleta capacidad para no moralizar humanamente los eventos y seres naturales no humanos.
  • Demás vejaciones, torturas y crímenes de lesa humanidad producto de la ignorancia y falta de sentido crítico femenino; o producto de cualquier idealización, irrealidad, aprehensión falaz femenina, ilusión y sueños que, por ser tales, son imposibles de llevar a cabo en la práctica y condenan al hombre a una conducta innatural, sin fundamento y miserable.

Se proclama, con anuencia universal, que todo macho, varón y guerrero se opone contundentemente a esta ola de crímenes contra-natura, que adversan el espontáneo cauce de los géneros y que alienan la realidad supeditándola a las ilusiones irracionales femeninas, fecundas en temor e ignominia. Por tanto, fundado en razonamientos avalados por la lógica, por la experiencia empírica y por el repetido devenir de la historia, se postulan, irreversiblemente, los siguientes estatutos como la Declaración Universal de los Derechos Viriles del Hombre, los cuales se consignan a continuación:

1) El hombre tendrá el derecho y el deber de actuar conforme a lo que su naturaleza biológica le dicte, independientemente de todas las pretensiones e idealizaciones románticas y moralistas que no estén fundadas en el espontáneo devenir de los apareamientos.

2) El hombre tendrá el derecho de colgar las llamadas, ignorar los mensajes y dejar con la palabra en la boca a cualquier fémina que, después de fastidiarlo y quitarle su valioso tiempo con problemas y comentarios inútiles, no honre el servicio del varón a la manera que el varón destine.

3) La siguiente tabla regulará las recompensas justas que ameritan los caballeros en función del tiempo de amistad que le hayan proveído a una fémina en particular:

Años de amistad

Compensación

De 0 a 1

Topless o foto en hilo

De 1 a 2

Un baile erótico sin tocar

De 2 a 3

Dejarse meter mano

De 3 a 4

Una pajita

De 4 a 5

Una rusa (boobies o butt)

De 5 a 6

Un pete

De 6 a 7

Un buen pete grabado en video

De 7 a 8

Sexo rapidito

De 8 a 9

Sexo normal estándar

De 9 a 10

Sexo medieval

De 10 en adelante.

Sexo medieval con ella y otra amiga

4) La compensación respectiva se repetirá cada vez que la fémina fastidie al hombre con problemas insulsos, amorosos o inútiles.

5) El hombre podrá colocar en el escarnio y mofa pública a toda fémina que tenga pretensiones intelectuales basándose en las incongruencias de Arjona, Coelho, Osho y Chopra, así como todas aquellas que se tomen en serio el horóscopo y las predicciones.

6) El hombre tendrá el derecho de execrar a toda fémina fanática de la serie Crepúsculo, de Disney, del estilo de vida Barbie o que profiera las siguientes imbecilidades: “todo pasa por algo”, “el tiempo de Dios es perfecto”, “el universo conspira a tu favor”, “de que vuelan, vuelan”, “los sueños se hacen realidad”, “mientras más conozco a los hombres, más quiero a los animales”.

7) El hombre se reserva el derecho de tener amigas, así como también es de su libre elección ser buen amigo solamente y ya. Sin embargo, la fémina quedará igualmente en deuda, y cuando el varón lo requiera, deberá ser justamente recompensado por los servicios pasados.

8) El hombre, independientemente de si hay compensación o no, tendrá el derecho de decirle a la fémina fastidiosa: “¿Por qué no piensas un momento?”, “¿Cuándo es que vas a crecer? Vamos tarde…” o simplemente “Tu si jodes mujer”.

9) El hombre debe honrar a la mujer distinta, digna, noble, aristócrata, estética, independiente, inteligente, intrépida, divertida, inmoral, profunda, interesante, creativa, virtuosa, segura, libre y ajena de todo dogma, “deber ser” y “qué dirán”. A ellas, la admiración y un profundo respeto.


Expuestos así los estatutos fundamentales de la presente declaración, léanse, entiéndanse y ejecútense, a los tres días del mes de mayo de dos mil once, o fecha de la liberación masculina.






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