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domingo, 22 de abril de 2012

PENSAD COMO POLÍTICO Y ENTENDERÉIS


 Tal parece que desde que los pueblos han tenido la oportunidad de elegir a sus dirigentes, la figura del político se ha venido trastocando en la forma de un orador de turno, afanoso por el poder y entusiasta de las parafernalias. Esto, incluso hasta llegar a deformar el concepto mismo de la política; y en vista de ello, no es despreciable ese creciente número de personas que, víctimas de la impronta reduccionista que define el semblante de los tiempos actuales, asocian todo lo referente a la política, rápida y tajantemente, con la peor inmundicia del ser humano. Y en ocasiones, hay que decirlo, no les faltan razones. 


 Pero cabría preguntarse, ya que es el ciudadano el que elige a su gobernante, quién es el verdadero responsable de las inconvenientes consecuencias de los gobiernos nefastos. No obstante, acusar enteramente al ciudadano de los desmanes ocasionados al otorgar, de buena fe, un cheque en blanco a una persona que promete ser un digno representante del pueblo, no es del todo justo. A fin de cuentas, para la persona promedio siempre será difícil prever si las promesas políticas por fin caerán del abstracto mundo de las ideas a la palpable realidad.


 A todas estas, quizás sea oportuno introducir una tercera variable en este problema de dilatada data. En el caso ideal en el que el ciudadano elija a su representante bajo las mejores premisas posibles, y que a la vez este representante sea congruente en acciones con lo que se espera de él, ¿existiría la posibilidad de que el gobierno de este hombre aún fuese desfavorable? La respuesta, aún en esta idealidad, es afirmativa. 


 Lo que falla, aún en condiciones ideales, es el sistema democrático en sí mismo. Ya en ensayos previos, como el "Fundamentalismo Democrático", se han expuesto cuáles son las razones más limitantes para que el sistema democrático sea susceptible de perfección, pero rescatando la más importante se recuerda que es la apología fundamentalista a la falacia del argumentum ad populum. En pocas palabras, la democracia se sostiene bajo la errónea premisa de que las mayorías siempre tienen la razón. 


 Lo que sucede con esto es que, por un lado, se deja la decisión en las mayorías que, por naturaleza simple, siempre han de ser espontáneamente gregarias e inacabadas; y por otro lado, el político, aún estuviendo preñado de buenas intenciones, se convierte en mercader de popularidades, pues intenta convencer de sus promesas o de su gestión a la mayor cantidad de personas posibles, centrando toda su atención a ello. En el sistema democrático actual, solo esto es lo que lo legitima como representante del pueblo. 


 Alejándose ya de las idealidades expuestas y remitiéndonos a la realidad, toca evaluar el caso en donde la población adolece de educación y en donde el político persigue algo mucho más que la satisfacción de sus coterráneos. En la praxis, contrario a lo que Platón ya había manifestado claramente en "La República" respecto al carácter de lo que debería ser un político, se observa cómo los que aspiran a ser representantes de todos, aún buscando la prosperidad de los suyos, embargan deseos de trascendencia, prestigio, poder y comodidad, tanto para ellos como para los suyos. Esto, que no tiene porqué ser peyorativo en sí mismo, hace, sin embargo, que el conseguir el cargo político y mantenerse en él sea el apetito principal del aspirante. En el proceso suele olvidarse que ejercer política es un servicio público y no la adquisición de un escalafón de superioridad. 


 En el mismo orden de ideas, cuando la masa votante es inculta o adolece de la educación suficiente, es exageradamente susceptible a los sofismas, a las soluciones inmediatas, a la inconsciencia histórica, a la poca memoria y a la emocionalidad del momento. 


 En este sentido y con este panorama (un sistema que favorece la cantidad y no la calidad del votante y unos votantes anodinamente educados), ¿qué posición debe tomar el político para llegar al cargo que anhela? Evidentemente, debe procurar a toda cosa la popularidad, la simpatía de la mayoría. 


 El discurso político se torna entonces para tales fines en el que ya conocemos: un discurso vacío, resonante, de ideas poco trabajadas y simples. El político debe mentir de forma inevitable. Una retórica emocional, llena de sofismas, que apunta siempre a las conciencias más básicas de la masa votante. El lenguaje será predominantemente sencillo, e incluso el político mismo intentará mimetizarse con el más humilde o representativo de la masa. Esta es la clase de discurso, y no otro, que funciona adecuadamente para los estratos poco cultivados y de limitados recursos económicos. Una referencia obligada de esta clase de lenguajes nos las da el mismísimo Goebbels de la Alemania Nazi. 


 Vale destacar que los medios de comunicación, estén o no a favor de este político, deben manejar un criterio editorial que sea complaciente con su público, de tal manera que perviva sobre todas las cosas la existencia del negocio del medio comunicacional como tal. Por este motivo, y por las mismas razones que el político, no toda la información debe ser conocida con todos. Huelga decir, también, que existe un criterio ético muy razonable en esta filtración informativa, pero no suele ser el principal factor. 


 Todo lo anterior conduce a la conclusión de que el político, necesariamente, inevitablemente, debe mentir. Como corolario inmediato, pues, se observa que la verdadera política es la que opera subrepticiamente, entre las personas selectas y directamente involucradas, e independientemente de la matriz informativa. El pueblo, la masa, el votante, nunca sabrá qué es lo que sucede a ciencia cierta. No puede y (no debe) saberlo en este sistema. 


 Cuando el político alcanza el cargo que desea, está obligado a mantener la misma estrategia de apología a la popularidad el mayor tiempo posible. Esto significa que cada aparición mediática, que cada discurso y cada acto de este representante no busca la satisfacción de los suyos como esencia, sino que busca mantener la legitimidad suya en el sistema. Busca votos, votos a través de actos que en el mejor de los casos redundan en el efecto colateral (más no principal) del beneficio de los ciudadanos. 


 Sería legítimo preguntarse: ¿y no es la mejor solución a la popularidad y a la anuencia de la masa que el político haga correctamente lo tiene que hacer? ¿Un buen gobierno no es garantía de un pueblo feliz que recompensará debidamente al político? En primera instancia, pareciera que así lo dicta la lógica. No obstante, es de lo más frecuente conseguirse con que el camino correcto en la guía y cuidado del Estado es impopular. 


 Si el político opta por lo correcto, en algún momento deberá tomar decisiones que no complacerán a la mayoría de los votantes, al mismo tiempo de tener el problema de las soluciones a mediano y a largo plazo, las cuales pueden requerir mucho más allá del período del cargo. Soluciones dilatadas beneficiarán la estampa de la magistratura de los políticos futuros, y decisiones impopulares aumentarán el descontento en la gente, lo que repercutirá en la reducción de esa sacrosanta mayoría. Lastimosamente, toda legitimidad en el sistema democrático se excusa en la libre determinación de los pueblos, independientemente de cuál sea esa determinación. Al político le toca complacer al circo, si pretende asirse bien en el cargo que ostenta. 


 Confluyendo las ideas, se tiene que la responsabilidad política de cada gobierno es una carga compartida entre ciudadano, sistema político y gobernante. Con el fundamentalismo democrático actual, mucho faltará aún para que los votos tengan “calidad” y no solo se les mire en cantidad, mientras mutemos a un nuevo sistema mejorado de representatividad. Quedan por mejorar los actores restantes: el ciudadano y el gobernante. 


 Como se ha dicho hasta la saciedad que la educación de calidad en los ciudadanos es el mejor vehículo hacia una mejor dirección del Estado, no valdrá la pena remarcarlo nuevamente en estas líneas. Pero además de ello, será asertivo saber elegir a nuestros gobernantes. 


 Los heraldos de la educación y el sentido común concluirán que en el perfil de un buen candidato (y por ende de un buen gobernante) comulgan una serie de características vitales, cuyo análisis se invita a discretizar como sigue: 


 • Una historia de vida afín a la dirección que desean tomar los ciudadanos. Sobre todo, la educación del gobernante debe ser conveniente para la dirección del cargo al que se postula. Hay que recordar que el político elegido será el ícono del pueblo que lo eligió. 
• Su prontuario laboral en los asuntos públicos. Es de especial interés el número de logros conseguidos, ponderados con tiempo y recursos utilizados. 
• Mientras menos familiares y allegados directos hayan conseguido cargos de poder a través del político, mejor. 
• Evaluar las ideas y argumentos del político, no desde la emocionalidad, sino desde la mayor objetividad posible. Si se puede, con data estadística y cuantitativa como respaldo. 
• Verificar su sensatez, amabilidad y educación con sus adversarios, así como su despreocupación ante las invitaciones a debate. 


 La vida bien pudiera manejarse con reduccionismos, pero al manejarla así, sin la paleta de colores necesaria para describirla y hacerle frente de forma correcta, poco se puede esperar de los resultados. En política, embadurnar al político de toda nuestras miserias es susceptible de esta misma carencia de sutilezas. Piénselo con detenimiento si opina que toda la responsabilidad es del gobernante de turno. 


 Saludos.





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jueves, 3 de noviembre de 2011

MANUAL DE DEMAGOGIA PARA PRESIDENTES NOVELES


¡Por fin! ¡Por fin, luego de una extenuante campaña, besando niños de dudosa higiene, abrazando ancianas que no sobrevivirán a su mandato, y gritando consignas como si fueran argumentos válidos para defender ideas, al fin, Ud. se ha hecho con la presidencia de su país! ¡Muy bien! Ese logro, si bien es de lo más reconocible, solo es el comienzo; pues como pulula en boca de la sabiduría popular (que bien sabe Ud. que de sabia no tiene nada), “lo difícil no es haber llegado, sino mantenerse”.

El poder del voto lo ha dejado justo en donde quería, pero la democracia es solo un truco, una quimera, para que la plebe juegue a ser importante por un día; ya lo sabe bien. Ahora lo que concierne es no separarse del poder, o por lo menos durar lo suficiente como para tener la posibilidad de extraer una buena tajada monetaria para su merced y los suyos sin que tenga que trabajar seriamente más nunca en su vida.

El primer año de mandato será el tiempo que deberá usar para planificar todas las excusas, eufemismos y subterfugios que le ayudarán a atornillarse en el trono nacional. Durante este período, siempre podrá excusar su inacción bajo el pretexto de que no es posible hacer cambios en la realidad del país en tan poco tiempo. No se preocupe, que la gente siempre es muy condescendiente en esta etapa, y la popularidad que lo llevo a la presidencia aún necesita de un buen pretexto para comenzar a disminuir.

A partir del segundo año, cuando le corresponda dirigirse a la nación para presentar el saldo de su incipiente mandato, o simplemente porque ya es hora de afrontar al pueblo, es el momento de ejecutar las ideas que yacían preconcebidas durante el año anterior para estas circunstancias. Tome sus cuartillas planificadas, colóquese en la tribuna, aclare su voz, y comience.

Anuncie, para dar una certera estocada inicial, un aumento de salario. ¿A quién no le gustaría que se le aumentase el sueldo? Por supuesto, vuestra merced y los de su gabinete saben que dicho aumento cumple la doble finalidad de amortiguar la corrosiva y voraz inflación que carcome todo lo consumible, al mismo tiempo de alegrar a las masas. Pero nadie tiene que enterarse de eso. De hecho, si la inflación de su nación es de las más altas de la región, el sueldo de los lacayos que le eligieron ha de ser relativamente alto también (no más que la inflación, tenga cuidado en no subir los emolumentos demasiado). Si es así, jáctese, y con el pecho henchido vocifere que el salario básico en su país es uno de los más altos de la región. Y eso será, para su beneplácito, cierto.

¡Ah! Siempre hay posibilidades de que un opositor que quiera hacerse las veces de astuto lo interpele y le acuse de la gigante inflación que Ud. no ha podido manejar. Descuide. Para estos casos, los culpables perfectos son los especuladores: esa raza maligna de comerciantes que elevan los precios desmesuradamente, sin ningún tipo de respeto más que al que le deben a sus bolsillos. Exactamente eso es lo que debe decirle al pueblo; y le creerán, pues, después de todo, ¿quién tendría entre ellos el conocimiento y la lucidez para culpar al banco central de su país por tal desmán? La inflación la causa totalmente el especulador, la fórmula es sencilla y fácil de digerir.



Algo ventajoso adicional que le puede sacar a la inflación es que como los precios aumentan, aumentan también las importaciones (algunos pillos traidores a la patria comprarían bienes en el extranjero a un precio más bajo). Mientras más “movimiento” económico haya, independientemente de cómo sea ese movimiento, más aumentará el indicador de crecimiento económico. ¡Pues enhorabuena! Ante el incremento desmesurado de las importaciones, infórmele a la plebe que está aumentado el crecimiento económico de la nación. Un indicador que crezca económicamente y que no tenga explícitamente el nombre de “deuda”, no puede ser dañino, claro que no.

Otro tema que siempre engatusa, al igual que los sempiternos dogmas de la democracia y la libertad, es la educación. Es verdad, es de lo más irónico que gente no educada simpatice por esquemas políticos en donde se avale la educación, pero es que hay que entender que este concepto simplemente suena bien. Para el pueblo, tener educación es algo agradable, algo así como el camión de basura que pasa a buscar los desechos frecuentemente, o como que se pueda calentar la comida rápidamente en el microondas. Todo el mundo dice que es algo bueno, así que hay que tenerla. Y si tiene Ud. la audacia de acompañar el concepto “educación” con el calificativo “gratuita”, se los meterá a todos en un bolsillo. Garantizado.

No obstante, es más que evidente que una buena dosis de educación sería contraproducente para sus fines. Nada más valioso para sus proyectos que un pueblo inculto. ¿Cómo hacer entonces que el vulgo y que los organismos internacionales certifiquen que Ud. ha invertido en educación, por un lado, y que la población se mantenga ignorante, por otro? Pues, el secreto está en las variables “calidad” y “cantidad”.

Verá: tome parte del presupuesto nacional (menos del 1% está bien), e inviértalo en abrir todas las escuelas que pueda. Construya varias, pero solo enfóquese en la cantidad. De ninguna manera pretenda mejorar el pensum de estudios, o adaptar la enseñanza con base en la actualidad del mundo; ni pretenda tampoco mejorar el sistema docente, ni fomentar el pensamiento crítico. Produzca hombrecillos hábiles para el trabajo, pero que no piensen. De hecho, estipule como fuerte sugerencia que el trabajo es una virtud, expréselo emocionado en todos sus discursos.



Nadie podrá quejarse luego de que Ud. sea un mecenas de la educación. Capitalice ese agradecimiento de la gente y ese aval internacional en popularidad, y disfrute un poco más de los dividendos de ser presidente.

¡Un momento! ¿Qué ocurriría si las empresas privadas, en vista de la situación económica nacional, deciden irse del país? ¿Cómo quedará usted? Pues sin duda, no solo tendrá que importar bienes e insumos desesperadamente, sino que también es bastante probable que deba producir bajo el manto y subsidio de los fondos públicos lo que antes era producido por ese cobarde y malagradecido sector privado. Pues sáquele provecho, y cuando su voz se escuche en el eco de los micrófonos delante de las multitudes, explote el chovinismo, ocurra a la patria, y manifieste con alegría que la soberanía nacional es la causa de que todo ahora se produzca en el país. ¡Aplique el nacionalismo a ultranza! Ese que a la gente sin méritos propios le encanta usar para sublimarse y creerse importante. Suelen ser mayoría.

Después de uno o dos años más, la contracción económica reinante se hará sentir de tal manera que será palpable en las calles la decadencia social y el aumento de la pobreza. Prepárese, pues algunos organismos internacionales entrometidos intentarán cuestionarle. No obstante, existe una manera de tomar ventaja del asunto, pues bien se sabe que estos organismos se mueven por las cifras estadísticas y no por la profundidad de los acontecimientos.

La solución es de lo más simple. Diga: “ha aumentado el índice de igualdad”. Y ya, es así de sencillo. Si los estratos B y C de su población disminuyen su poder de ingreso, y si sus políticas son esencialmente populistas, manteniendo por lo tanto a los estratos D y E en donde estaban; pues, traducido todo esto a cifras, se habrá reducido la brecha entre clase media y clase humilde. ¡Igualdad para todos! Pero recuerde que nadie debe enterarse que la cucharada rasa de la igualdad se ha hecho hacia abajo y no hacia arriba.

Y si aún no le creen con lo de la riqueza, apele siempre a la cantidad monetaria de sus reservas internacionales. Pronuncie cualquier cifra que termine en “millardos de dólares” al referirse a ellas, y no tendrá que angustiarse de que lo acusen de catalizador para la miseria. Evidentemente, bajo ninguna circunstancia mencione el gasto nacional de sus importaciones, ni mucho menos el monto de la deuda pública, pues corre el riesgo de que su pueblo sepa sumar y restar y saque así conclusiones inconvenientes para su proyecto.

Por lo demás, trabaje siempre, y en paralelo con todo lo anterior, en mimetizarse con la gente. No solo le ayudará a mantener la popularidad, sino que también es una inversión a largo plazo. Inevitablemente tendrá que entregar la presidencia en algún momento, y no hay nada más beneficioso para volver al poder que dejar un vínculo emocional importante en la gente. Poco importan sus logros si su carisma natural saltando charcos en las barriadas cala en el corazón de más de uno. Sonría siempre que le de la mano a otros presidentes, vístase alguna que otra vez con el traje típico de país y procure que esté confeccionado por una humilde señora. Decretar días feriados siempre será uno de los mejores obsequios, y contar chistes en las alocuciones será agradecido con sonrisas. Nunca olvide la inclusión de todos los protagonistas de su séquito; haga énfasis en ello con una buena introducción discursiva, imprima pasión en el exordio, bajo el estilo “ciudadanos, ciudadanas; trabajadores, trabajadoras; ingenieros, ingenieras; caballos, caballas…”


En fin, siga estas sugerencias, que si bien no son todas, son algunas de las más importantes para poder hipnotizar tranquilamente a su gente. En su retiro, habiendo sido ya vuestra merced un capítulo histórico del camino de su nación, podrá contar además con una merecida fortuna que le permitirá disfrutar de su vejes con dignidad.

“Saber es poder”. Auguste Comte.






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viernes, 10 de diciembre de 2010

"LA REPÚBLICA". PLATÓN. Comentarios.


E
ntre la fecunda obra concebida en la madurez de Platón, “La República” es uno de aquellos escritos que deberían ostentar alguna posición no solo en filosofía sino también en los ámbitos estéticos. Es difícil no elevarse, como si de una literatura hecha arte se tratase, al deambular por las líneas escritas por Aristocles (Platón), y casi comulgar con la idea de la existencia un bien inmanente y absoluto, de donde el cual provenimos y hacia el cual deberíamos dirigirnos.

Mucho de la belleza, de la verdadera belleza, se encuentra impregnada en los textos de esa otrora Grecia de oro, y la herramienta que usa Platón en este libro para elevar al lector es la dialéctica; la cual a su vez constituía un arte sublime para acometer las conversaciones y razonamientos por aquel entonces. Sócrates, a través de un Platón ventrílocuo, hace un uso excelso de dicho arte, y hace ver lo basto, tosco y lleno de bruzas que pueden ser las comunicaciones y el arte de la palabra en tiempos actuales.

“La República” es un tratado compuesto de 10 libros, a lo largo de los cuales la idea principal es la justicia. Sócrates, como custodio de tal virtud, se ve acorralado por algunos de sus más elocuentes amigos, defensores de las (aparentes) ventajas que obtiene la gente cuando se obra injustamente; e inquirido a explicar el porqué de su “romántica” posición, argumenta lenta y didácticamente el porqué la justicia y la idea del bien es la mejor opción en esta vida y en la próxima. Sorprendente es cómo en este devenir, Sócrates parte de lo más simple en el hombre, es decir, de sus necesidades más básicas como el hambre y la seguridad, para terminar en una majestuosa república concebida (a sus ojos) perfectamente.

En ese elocuente trayecto se nos intenta demostrar, no sin estar exento de mucha ingenuidad pero con mucho de verdad también, que una sociedad perfecta es aquella que resulta de la extrapolación de los hombres perfectos que la componen. Dividiendo en términos rasos, si se quiere, a los ciudadanos en artesanos y obreros, guerreros y filósofos, una perfecta república debe ser la manifestación de las tres partes fundamentales de cada persona, a saber las pasiones, la templanza y la razón. Es sencillo adivinar que así como es beneficioso guiar la conducta por medio de la razón, será beneficioso, en esta república platónica, que el Estado esté guiado por filósofos.

El contenido es rico en diversidad de argumentos que mantienen una lectura activa, de mitosLa república perfecta es la extrapolación de un hombre dominado por la razón. y fábulas explicativas, de referencias, lisonjeos y críticas a Homero, de modelajes pitagóricos, de la sempiterna idea metafísica de Platón del paralelo mundo de las ideas, y por supuesto, como ya se ha mencionado, de mucha belleza oratoria. Extractos famosos de este gran libro son el Mito de la Caverna, la Fábula de Er (que explicita la cosmogonía griega en la metafísica), y el increíble cálculo matemático de cuán alejado se puede estar de la verdad, que establece, por cierto, que un tirano está 729 veces más distante del bien verdadero que un monarca filósofo.

Encomiendo su lectura como obligatoria en todas las aulas de clase. Este tipo de libros ennoblece el alma, aún prescindiendo de la inocente idea de la inmanencia del bien. No es una fe, sino la razón, la que guía, aunque a veces de forma especulativa, todo el hilo argumentativo de la obra. No solamente deriva en un buen sabor ante el paladar de lectores diestros en el oficio del pensar, sino que en ojos actuales, en medio del panorama que ahora nos embarga, “La República” en particular sería de alto provecho, en son de abrir el entendimiento ante los gobiernos democráticos (eufemismo de primitivos), elevando la conciencia mucho más allá de los fundamentalismos demócratas, y dándole su justa medida a estas concepciones políticas atrasadas y tan solo mejores, si acaso, que las tiranías y dictaduras.

Muchos saludos






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lunes, 29 de noviembre de 2010

¿POR QUÉ SOMOS COMO SOMOS? Según Francisco Suniaga.


E
n la última novela de Francisco Suniaga, “El pasajero de Truman”, se destapa la imaginación del venezolano procedente de las generaciones anteriores a Pérez Jiménez (y de interesados y curiosos posteriores), jugando con gracia con el famoso mito criollo del qué hubiera sido de Venezuela si Diógenes Escalante la hubiera gobernado desde la primera magistratura. El relato del libro es altamente recomendable, pero en esta ocasión deseo extraer parte de la investigación que el autor usó para darle sustento a su historia.

Y un aspecto importante de dicha investigación fue, sin ninguna duda, la idiosincrasia del venezolano, la cual, cabe decir, juega un papel importantísimo en la trama de la novela. Para sorpresa de muchos, el venezolano “vivo”, ese portador del “criollismo feo”, frase que tomo prestada y que me ha gustado para denominar así este fenómeno, no se originó recientemente como producto de una mala práctica política de los últimos años. Ese venezolano feo ha sido así durante toda la vida, y el asunto cobra (quizás de repente) un sentido bastante congruente, en vista de que los tan achacados políticos de hoy y de siempre no han provenido de otros países ni de otros planetas; han provenido, justamente, del pueblo venezolano y de su idiosincrasia inmanente. Entonces, ante una pregunta tentativa del tipo “¿por qué los políticos venezolanos son malos políticos?, la respuesta inmediata sería: “porque somos como somos”.

El por qué somos como somos es lo que os invito a investigar a continuación, desde la perspectiva planteada en la novela de Suniaga.

Entre los antecedentes de la vida de Diógenes Escalante nos encontramos al país recién salido del siglo XIX. Este asunto actual de las revoluciones no es nuevo, pues el país en aquel entonces no paraba de ser una montonera de caciques post independentistas; y en 1899 la Revolución Restauradora, muy nacionalista (y ridículamente chovinista como la Revolución Bolivariana), comandada por Cipriano Castro, detentó en un movimiento armado para llegar al poder presidencial en Caracas. Así lo hizo, y en el nombre de Bolívar, de la patria y de los venezolanos, Castro instauró así su dictadura. Aquí tenemos rápidamente una primera faceta de la venezolanidad: el desdeño por la historia, o lo que algunos llaman corta memoria. Lo que ocurre actualmente en Venezuela, increíblemente similar con lo acontecido en su mismo territorio hace un siglo, sería mera ficción si recordásemos los eventos Castristas.

Y es así cómo los autócratas en Venezuela, desde 1830, es decir, desde que el país fue tal, han sido exactamente la misma cosa hasta nuestros días. Militares sin fundamento filosófico, sin profundidad de pensamiento, enamorados de sí mismos, dueños del país como si se tratase de su hacienda, centralizadores, mesiánicos, megalómanos, fácilmente lisonjeables por el vulgo, reacios y hasta vengativos ante las sugerencias, consejos y protestas. Desde el mismo Bolívar hasta Hugo Chávez, todos cortados por la misma tijera. Como recoge Suniaga en sus explicaciones, no eran (y no son) más que caudillos criollos que ostentan, eso sí, un aura irresistible, capaces de darse el lujo de decir y hacer disparates y encontrar aún seguidores que darían la vida por las más inverosímiles tonterías.

Mucho se dice y desdice acerca del genoma democrático del venezolano, pero la realidad es que de 181 años de historia patria, más de 100 años han sido regidos bajo dictadura. Simplemente nos hicimos un país a juro, por una moda latinoamericana independentista en donde hasta nos calcamos la Constitución de los Estados Unidos. Los próceres patrios no eran fecundos como los ilustrados de la Revolución Francesa (una de las contadísimas revoluciones de verdad), a excepción de Francisco de Miranda y sus seguidores que sí contaban con una base y certeza genuinas acerca de lo que querían para este terruño.

Farfullar palabras como libertad, igualdad, fraternidad, bondad, justicia, tal y como lo hacen los demagogos de hoy, siempre ha sido muy fácil y útil para engolosinar al pueblo común y llevarlo a seguir una causa. ¿Pero de dónde proviene la justicia?, ¿por qué todos los hombres han de ser iguales?, ¿qué es la libertad? Ninguno conoce los principios básicos de lo que se suele pronunciar sin denuedo. A Cipriano Castro le interesaba más portar y colocar de moda un pañuelo amarillo al cuello, y ahora están de moda las boinas rojas y los sincretismos marxistas-bolivarianos-cristianos.

Francisco Suniaga

Y así como nos calcamos una movida independentista y nos importamos una constitución, también emulamos, a la fuerza, una democracia que no tenía su momento para cuando Rómulo Betancourt la quería imponer. Suerte tuvo Escalante (y nunca lo supo) al no poder gobernar este terruño salvaje, que de democracias griegas solo tenía la etimología de la palabra, y que cuyos mejores portentos ciudadanos y defensores sólo debían su talento a los estudios europeos realizados en su juventud.

Hasta el Palacio de Miraflores es un edificio que refleja ese contraste criollo hilarante, eso de ser nacionalistas importando todo. Comenzado por arquitectos italianos, continuado por españoles y terminado por venezolanos, Miraflores, al contrario de la unidad que suelen conformar los palacios de gobierno en sus respectivas capitales, es un monumento al mestizaje que no encaja en lo absoluto con Caracas, pero, como lo hace notar Escalante a través de un Suniaga ventrílocuo, justamente por ello es que calza con nosotros, que no somos ni españoles ni italianos, ni africanos ni indios.

Sí, no sabemos lo que somos, en presente, pero tampoco sabemos lo que hemos sido con seguridad, y por lo tanto, nunca sabremos lo que seremos. Salta a la vista otro de nuestros defectos: la falta de identidad. Nos identificamos con la confusión, con la mezcolanza, con ese híbrido caribeño que resultó después de la América Colonial, pero esa desarmonía justamente es lo que nos ha mantenido dando tumbos, de aquí para allá; siendo católicos pero creyendo en santeros y en María Lionza, siendo marxistas pero bolivarianos, siendo cálidos pero desestimando la forma de ser escueta del extranjero, siendo demócratas pero teniendo militares en el poder. Hemos sido indios de extrema inocencia e ignorancia, invadidos por españoles saqueadores y compensados ulteriormente con esclavos africanos, reconducidos luego a una Ilustración francesa bruscamente (que ni siquiera hoy entendemos), para ser envueltos ahora en una maraña comunistoide de la vieja escuela rusa; y en donde solo nos queda afirmar, falazmente, que “somos el mejor país del mundo” y la “mejor gente de todas”, porque sí. Como si supiéramos a dónde vamos y qué hacer con lo que tenemos.

No sabemos quiénes somos, pero reconozco que es muy difícil saberlo. De forma pragmática, lo que sugiero que hagamos es enlistar las ventajas y desventajas de ser venezolanos, y a partir de allí, conocernos y definirnos. La educación, por supuesto, que sea la herramienta constante y principal en todo momento.

El pasajero de Truman nos aporta aún más data que podemos correlacionar con los tiempos que transcurren. En la Venezuela de Diógenes Escalante, era vívida cierta animadversión hacia la cultura. En esa tumultuosa patria, cuyos gobernantes estaban más preocupados por amasar poder que por dirigir a la nación, entre esos caudillos que nunca han sabido, ni ayer ni hoy, la diferencia entre mandar y gobernar, sólo los sensatos afortunados podían mandar a sus hijos a los colegios. Ser bachiller era un gran mérito por aquel entonces, lo suficiente como para ser secretario de la república o ministro. Y todavía no faltan abuelos que afirman que un bachillerato de antes era más sólido que una carrera universitaria de ahora.

Lamentablemente, no fuimos educados para el mérito. Si un bachiller tenía la oportunidad de ejercer un buen cargo es porque había un haloEl venezolano, como ciudadano, es un infante. de admiración hacia esa persona estudiada, un aura diferente, que muy bien podía ser sustituida por una de poder e influencias y no por una de cultura. No había una admiración genuina por el saber. Lo que había, y lo que hay hoy, es ese “parejerismo”, es ese pavonearse y sobresalir en las formas y no en el fondo. Algo que es muy distintivo de los políticos venezolanos, por ejemplo, y que denota ese criollismo fétido y de espíritu de pavo real que se ha inmiscuido hasta en eso, son sus discursos. Hay que observar detenidamente la técnica oratoria de los políticos venezolanos (que no ha cambiado desde López Contreras): esa lectura o decires lentos, resonantes, de las palabras, completamente antinatural, estudiada, fingida; palabras diseñadas solo para que el vulgo diga “ese tipo es arrecho”, “púyalo” o “¡así es cará!”, que casi siempre termina en un tono de voz mucho más alto, en un grito estúpido, ideal para que la gente sepa que tiene que aplaudir en ese momento.

Un político que se sienta orgulloso de ser un “dirigente político” ya está embalsamado en ese hedor del venezolano promedio, amante de lo mediático. Bien lo explica la novela, cuando se menciona que los presidentes en Venezuela “no tienen vocación de jarrones chinos”, sino que se convierten en una suerte de candidatos eternos a la presidencia una vez que han dejado el poder. Es toda una apología al mal gusto. Los expresidentes caducos, relanzándose, son como el arte kitsch llevado a la esfera política.

Entonces, si no es el mérito los que les abre las puertas ante las cúpulas de poder y los cargos de importancia, es simplemente el clientelismo y las buenas relaciones públicas con esos seres pavoneantes que ya están arriba. Esto también es muy antiguo, desde que la sociedad mantuana y sus familias reconocidas usaban sus influencias para que, en combinación con los otrora héroes independentistas y militares de montoneras, se barajaran los cargos públicos más importantes. Ni siquiera el buen Diógenes Escalante estuvo exento de esto, y ni siquiera hoy ninguno de nosotros podemos evadirlo si ansiamos trabajar en un puesto remarcado.

Se suma pues, otra característica de la venezolanidad: el “amiguísmo”. Quien no sea amigo de tal, familiar de cual, o empleado de quien, pocas son las oportunidades que tiene de hacer valer lo propio. Los gobiernos que ha tenido el país, con ministros, presidentes, alcaldes, gobernadores y demás, envueltos siempre en cofradía, son una extrapolación exacta de su propio pueblo.

El venezolano es un ciudadano que por no saber quién es con exactitud es precisamente como un niño. Se amoldará al son que le toquen. Entenderá que la tiranía es nociva y que la libertad es una bendición, no porque lo comprenda, sino porque es lo que le han dicho sus hermanos mayores: los otros y antiguos países del viejo continente. Sólo cuando experimenta los desmanes y las bendiciones en carne propia es cuando madura intempestivamente, pero en individuos el efecto es prácticamente nulo. Este niño, como tal, siempre será muy propenso a las palabras bonitas y será convidado alegremente por todo aquello que le suene bien, como la demagogia. Es de fácil manipulación, siempre alegre, siempre desdeñando la educación y todo lo que tenga que ver con ese aburrido ámbito.

Por lo mismo todo le resulta una mofa y nada puede ser lo suficientemente serio. Como los infantes, en ocasiones se siente superior a muchos, y a veces es altanero y petulante. Se siente orgulloso de lo que no ha sudado, de sus padres y de su riqueza de cuna, pero poco tiene que ofrecer en cuanto a lo trabajado por sus propias manos. No entiende de gustos, ni de sutilezas, ni de entes sublimes, ni nada de los elementos delicados que solo los espíritus maduros pueden captar en propiedad. Por ello no puede esperarse de él un respeto adecuado por lo que es bello, ni por las buenas maneras, ni por lo que se eleva más allá de lo mundano y de las pasiones. Es un ciudadano muy niño para eso. Quizás por esta razón es que no le llaman ciudadano, sino “pueblo”.

Francisco Suniaga lo explica en pocas palabras a través de uno de sus personajes:

“En el fondo, Venezuela nunca ha cambiado ni cambiará. Se hizo de prisa, se independizó de prisa y ahora hay quienes tienen prisa por sacarla del atraso. Pero el precio de esa prisa histórica ha sido demasiado alto. A Betancourt le dije hasta el cansancio que el camino a la democracia era un largo aprendizaje colectivo. Que no se podía hacer el tránsito de la guerra civil del siglo XIX y la dictadura gomecista a un régimen democrático estable sin experimentar una transición consensuada, donde se asentaran las instituciones y los venezolanos se formaran para el ejercicio de la democracia”.

Muchos saludos, y reflexionemos.




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miércoles, 21 de julio de 2010

LA PROPAGANDA OFICIALISTA


H
ace pocos años un buen amigo me hizo saber algo que me impresionó muchísimo, no sólo por su contenido sino por la inequívoca relación que tenía el mismo con el contexto venezolano de aquel entonces. Se trataba de los Principios de Propaganda de Goebbels, una serie de postulados poderosos que constituyeron la base teórica de la influencia de Hitler y de su partido nacional-socialista sobre el pueblo germano. Me apresuro a indicarlos a continuación:
  1. Principio de simplificación y del enemigo único. Adoptar una única idea, un único símbolo. Individualizar al adversario en un único enemigo.
  2. Principio del método de contagio. Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo. Los adversarios han de constituirse en suma individualizada.
  3. Principio de la transposición. Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. (Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan).
  4. Principio de la exageración y desfiguración. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave.
  5. Principio de la vulgarización. Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar.
  6. Principio de orquestación. La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas. De aquí viene también la famosa frase: (Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad).
  7. Principio de renovación. Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que, cuando el adversario responda, el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones.
  8. Principio de la verosimilitud. Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sondas o de informaciones fragmentarias.
  9. Principio de la silenciación. Acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen el adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines.
  10. Principio de la transfusión. Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales. Se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.
  11. Principio de la unanimidad. Llegar a convencer a mucha gente de que piensa «como todo el mundo», creando una falsa impresión de unanimidad.

Estos principios no dejan de ser impresionantes para mi persona, me ocurre cada vez que los leo. Tan sólo 11 puntos, compuestos de lógica simple y aún de sofismas, que le permite al gobernante de turno, de cualquier contexto o cultura, un eficiente lavado de cerebro de las masas. El núcleo básico de la eficiencia de estos principios es nada más y nada menos que la ignorancia, de ella es que se alimentan.


La opinión de las masas, a lo largo de la historia y en cualquier lugar del mundo, es el reflejo inequívoco del nivel de sofisticación POR DEFECTO del individuo promedio que las compone. En una naturaleza dispuesta jerárquicamente como la que tenemos, son los individuos más especializados los menos abundantes y frágiles. En el caso humano, si elegimos como ejemplo de especialización a la inteligencia, resulta evidente que la proporción de genios de alto C.I. es mucho menor que la proporción de personas de C.I. estándar, regular o bajo.


Dado que la naturaleza, por su mecanismo intrínseco, tiende a prevalecer a los regulares y bajos sobre los excepcionales (sin que haya nada peyorativo en estos términos), es fácil observar que al discretizar a las masas como representación del individuo que las compone, se debe realizar más que un promedio simple, un promedio ponderado. Este promedio ponderado es el que “cuantifica” la tendencia de esa población hacia lo regular o anodino. Por ello hablaba anteriormente del nivel de sofisticación por defecto. Goebbels no ignoraba este asunto, y se puede comprobar en su principio de vulgarización:


Joseph Goebbels.


En el contexto venezolano, no sólo en aquel entonces, sino ahora más que nunca, se observa como la propaganda de Chávez parece haber estudiado muy bien estos principios. Me gustaría ilustrar con ejemplos algunas consignas presidenciales, repetidas innumerables veces por los oficialistas:


  • “¡Uh ah, Chávez no se va!”: Esta consigna probablemente nació del pueblo mismo y no de Chávez. Demuestra, en todo caso, lo acertado del principio de vulgarización. Es una consigna simple, básica, corta, basada en una cacofonía, que aunque de poco contenido en sí misma revela mucho de la mentalidad del bando que la profiere.

  • “Cúpulas podridas, CIA, pueblo Sionista de Israel, Oligarquía, latifundistas, golpistas, burguesía, el Imperio, etc”: Ejemplos claros del principio del método de contagio. Todos ellos son subcategorías de un mismo y único enemigo. Cualquier opositor es simultáneamente un oligarca, un enviado de la CIA, un apátrida, un imperialista, un golpista, y un oligarca.

  • “Yo soy el pueblo. Quien esté contra mi está contra el pueblo”. Ejemplo del principio de simplificación y del enemigo único.

  • “El Niño es el culpable de la crisis eléctrica”. Ejemplo del principio de la transposición.

  • “Chávez es amor”: Ejemplo claro del principio de vulgarización. Es un mensaje dispuesto de tal forma que el más infortunado mental del pueblo venezolano lo entiende y lo cree.

  • “El imperio yankee es el culpable de nuestras crisis”, “Los escuálidos apátridas”: Ejemplo del principio de orquestación. Estas frases han sido repetidas incontables veces durante 11 años por el presidente venezolano. Las repite cada vez que tiene oportunidad, esperando, quizás, que se vuelvan realidad. Por lo menos ya son una realidad en los oficialistas.

  • “Hay que exhumar al Libertador”, “¡Exprópiese!”, “Graduación de médicos integrales”, “Ese terrorista intentó asesinarme”. El presidente venezolano es el maestro del principio de la renovación. En Venezuela hay una incesante cantidad de noticias, que crece a un ritmo inverosímil. Otras naciones serias del mundo han de preguntarse por qué en este país ocurren tantos eventos importantes a la vez. La respuesta es que todo es manipulado, todo está tramado así para distraer a la gente de los verdaderos intereses. Lo lamentable es que se le sigue el juego.

  • Cuando aún no se tienen pruebas de la muerte de Danilo Anderson, por ejemplo, o cuando Ciclia Flores manda a callar a una diputada que inquiere acerca del caso PDVAL, se está ejerciendo el principio de la silenciación.

  • “Bolívar, Che, Marx, Jesucristo, Mao, Lenin, Sucre, Zamora, Manuela Saenz, Alí Primera, etc”: Todos ellos son ejemplo del principio de la transfusión. Chávez es un experto en aprovecharse de la historia de los difuntos para hacer de ella la suya propia. ¿Qué opinarían de él estos personajes de estar vivos?


El caso actual de la exhumación de Bolívar es lo más reciente y palpable respecto al implemento de estos principios propagandísticos. Como es fácil adivinar, Chávez no puede equivocarse en la tesis de que Bolívar murió por envenenamiento (si fuera falso, sería bastante contraproducente para su popularidad, probablemente eso haría que guardara silencio respecto a ese tema). En este orden de ideas, cuando se compruebe que efectivamente fue envenenado, y que muy probablemente lo fue por un “oligarca colombiano” del siglo XIX o por un “apátrida y contrarrevolucionario”, se avivará el discurso en contra del pueblo de Colombia y en contra de las “oligarquías”. Tenemos pues un claro ejemplo de los principios del método de contagio y de transfusión fusionados.

Apelo al pueblo venezolano y a cualquier otro que esté susceptible de ser manipulado a raíz de su ignorancia, que se culturice, que se ilustre. La educación es el mejor bien que pueden dejarse a sí mismos. Cito al tan admirado y desvirtuado Bolívar:


“Un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción”.

Para finalizar, quisiera compartir este video. El maestro actual de las victorias electorales en América Latina, J.J. Rendón (quién fue el artífice de la propaganda del actual presidente electo Santos) devela algunos detalles de la metodología chavista para ejercer su influencia en las masas.




De nuevo repito: educación, educación y más educación. Si la libertad no se entiende, no se merece.




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miércoles, 14 de julio de 2010

EXTRAÑAS COINCIDENCIAS



E
n mis incursiones chavistoides me he topado con un comentario muy curioso por parte de una persona de Facebook. Ante la foto de un mandatario de izquierda latinoamericano, escribió lo siguiente:

"____________ finalmente se saco la mascara con la que se presentaba en los foros latinoamericanistas donde hasta el día de hoy se presenta como admirador de las ideas revolucionarias marxistas leninistas del “CHE”; el traidor de los últimos días usa el aparato judicial y policial del Estado para acallar, perseguir y reprimir la lucha de los estudiantes, de los pueblos originarios y los trabajadores de ___________; ya no solo se contenta con un preso político, hoy pretende encarcelar a la respetable dirigencia de _____________.

Lo descarado del _________ es que se gasta los dineros del pueblo en una millonaria campaña diaria de propaganda barata para vender sus mentiras y perpetuar el sistema capitalista atrasado que mantiene a los trabajadores y a los pueblos de ____________ marginados del poder.

Mis respetos y gran admiración para el PRESIDENTE DE LA FEDERACION DE ESTUDIANTES UNIVERSITARIOS DE ___________ (DIRECTIVA NACIONAL). Los “ROBOLUCIONARIOS” quisieron acallar la voz rebelde de la juventud __________ y esta se levanta cada día más fuerte y comprometida con el cambio profundo que exigen nuestros pueblos Y LA TOMA DEL PODER, QUE ES EL OBJETIVO Y RAZON DE TODAS NUESTRAS LUCHAS.

UBIQUEMOSNOS TODOS UNIDOS Y BIEN ORGANIZADOS PARA LUCHAR DESDE LA PERSPECTIVA DEL PROLETARIADO PARA ACABAR CON LA EXPLOTACION DEL HOMBRE TRABAJADOR ______________ POR UNOS POCOS DE LA OLIGARQUIA CAPITALISTA. UNAMOSNOS YAAAA, PARA DERROTAR ELECTORALMENTE A ____________, A SU HERMANO ____________ (PARTE DEL PAQUETE Y PLANES DE LA OLIGARQUIA CRIOLLA Y EXTRANJERA), DERROTAR A LOS ______________, A LOS SOCIAL CRISTIANOS, A LA DEMOCRACIA POPULAR, LA __________, Y A TODA LO OLIGARQUIA QUE MANTIENE INTACTOS SUS PODERES GRACIAS A LA TRAICION DE ___________.

L I B E R T A D P A R A _________________."

Ahora imagino que sospechan hacia quién va dirigida la crítica en tal comentario. Para vuestra sorpresa, no se trata de un chavista disidente que está comenzando a despertar, ni tampoco el protagonista del comentario es el esperado Hugo Chávez Frias. Se trata de un ciudadano ecuatoriano defraudado que critica al presidente Rafael Correa. ¿Increíble la similitud no?

El comentario en su fuente original (fue escrito por Jaime Pueblo el 4 de julio de 2010) pueden verlo por esta via:

"Comentario curioso"

Quisiera ser parco en esta oportunidad, no sin antes hacer notar que al parecer la izquierda latinoamericana es fétida por los mismos flancos, independientemente del mandatario. De hecho, ¿podríamos hablar propiamente de una izquierda, o más bien de un ultra populismo con máscara izquierdista? Lo dejo a vuestra reflexión.





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viernes, 9 de julio de 2010

FUNDAMENTALISMO DEMOCRÁTICO



E

n primer lugar, me excuso ante el Dr. Gustavo Bueno por hacer del título de mi artículo un homónimo del título de su más reciente libro, libro que no tenido el honor de leer. Sin embargo, creo necesario tomar tal atrevimiento en vista de que la frase “fundamentalismo democrático” resume en buena medida el núcleo de mi crítica siguiente.


Siempre he estado en contra del dogmatismo por ser éste la herramienta principal de toda ceguera intelectual y de todo estancamiento progresista. Para mi pesar, en el mundo que actualmente nos compete, presencio una atmósfera justamente dogmática referente a lo que son los sistemas democráticos. En el contexto político, se sacraliza la democracia sobre todas las cosas, y si bien reconozco que dicho sistema es una victoria tangible en cuanto al respeto de los individuos, muy bien existe la posibilidad de creer y caer en que no pueda elucubrarse algo mejor.


La democracia se hace valer a sí misma partiendo del hecho de que es la voluntad colectiva la que elige a sus representantes. Esto, que constituye su mayor virtud, como si se tratase de un concepto taoísta, constituye a la vez su mayor defecto. Y ese defecto tiene nombre y apellido: Argumentum ad populum.


El argumentum ad populum es una falacia lógica en la cual se juzga la veracidad de una proposición o de un razonamiento en función de la cantidad de personas que la apoyen o la desacrediten. En pocas palabras, el razonamiento se cree válido no porque sea cierto, sino porque es popular.


En vista de ello, muy bien valdría la pena destacar que para sociedades de pobre nivel educativo, la democracia no constituye la mejor solución. De hecho, son estos ciudadanos los más propensos a las demagogias y populismos por parte de los políticos. Si estos políticos llegan a los cargos anhelados, conocedores (como lo son) de la relación directa entre la ignorancia y el poder, desdeñarán adrede el incentivo por la cultura para que su demagogia y populismo siga cobrando igual o mayor efecto; todo ello para extender lo mayor posible los beneficios que sus cargos les confieren.


Sólo un pueblo ilustrado podría ejercer una democracia que, si bien incurre inevitablemente en el argumentum ad populum, reduciría el margen de error de dicha falacia. Existirían pues más probabilidades de que la verdad de la mayoría sea la verdad de la razón.


En otro aspecto, pareciera que la densidad demográfica influye notoriamente en la estabilidad democrática de un país. Por curioso que luzca la afirmación anterior, ya Voltaire había dicho que “la democracia sólo parece adecuada para países muy pequeños”. Y es que al momento de elegir representantes, siempre habrá una minoría técnica que no se verá complacida con los resultados.


Entonces tenemos, por ejemplo, que una decisión democrática tomada entre 10 personas no es equivalente a una decisión democrática tomada entre 100 millones de personas. En este caso, suponiendo una mayoría del 60% en ambas decisiones, se tendría como resultado un 40% de personas no representadas. El 40% de 10 personas son apenas 4 individuos, pero en una población de 100 millones, son 40 millones lo no representados.


A todas luces se ve que en densidades demográficas altas, la proporción de no representados es alta también, lo cual constituye una probable y potencial fuente de conflictos para el desarrollo democrático. Sin embargo es importante aclarar que toda oposición debe existir para que la democracia tenga efecto. Lo que trato de ilustrar es la dificultad inherente de negociar con la gran variedad de necesidades e ideas que pudiese tener una oposición de alta densidad demográfica.


La democracia, específicamente en el momento de ejercer la elección, toma como axioma el hecho de que “todos somos iguales”. Esto, desde mi punto de vista, incurre en el error típico de las doctrinas igualitarias impregnadas de Cristianismo y de Romanticismo del siglo XIX.


A pesar de que creo necesaria una igualdad de oportunidades, me parece evidente en la praxis, y lejos de toda idealización, que todos los individuos de la naturaleza son únicos, y por ende diferentes. Siendo todos distintos, distintos serán entonces sus talentos y defectos, sus habilidades y limitaciones.


¿Es responsable entonces que todos los individuos de una sociedad tengan el mismo “poder de voto”? El gobierno de un pueblo, me parece, es un asunto demasiado serio como para ser influenciado de igual forma por el común denominador de las personas. Si para que un ingeniero sea reconocido como tal hace falta que el mismo sea evaluado por organismos académicos y profesionales pertinentes y expertos en ingeniería, ¿cómo puede ser posible que para elegir un presidente sólo sea necesario ser mayor de edad?


No se trata, aclaro, de excluir a cierta parte de la población de su derecho a elegir representantes. Se trata en todo caso de mantener ese derecho con una cuota merecida de responsabilidad. El presidente de una nación, que debería reunir una serie de requisitos sociales y habilidades diplomáticas, económicas y políticas, no puede ser visto con el mismo ojo crítico por todas las personas de todas las áreas y todas las edades. Es bastante factible que un joven de 18 años no tenga la pericia analítica de un adulto de 30 años, así como un nutricionista, por ejemplo, no pudiera tener la misma visión que un politólogo, o una persona analfabeta en comparación con una persona ilustrada.


Repito, es de mi anuencia que todos voten. Pero no es de mi simpatía que el voto valga igual para todos. Todos valemos, pero que cada uno sea líder en lo suyo.


Algo relativamente novedoso son los sistemas de neo-totalitarismo. Dichos sistemas se mimetizan hábilmente bajo los esquemas democráticos y bajo el fundamentalismo ciego de éstos últimos. Paulatinamente las personas pierden sus libertades, se les reduce su poder de expresión y de decisión. Bajo la excusa de ser constitucional, un estado neo-totalitarista roza los límites mismos de la legalidad para asirse con el poder de las instituciones, centralizando todo en una élite que gobierna.


Los organismos que velan por la democracia a nivel internacional, supremamente miopes ante la realidad y más apegados, empero, a los dogmas electorales y constitucionales, son prácticamente inútiles ante estas estratagemas totalitarias. La población queda indefensa entonces ante toda injusticia, sólo por culpa de una franca falta de análisis ante el hecho de que las democracias no pueden ser sacralizadas: tienen defectos.


Los antiguos griegos ya sabían de dichas fallas democráticas, e incluso proponían sistemas, a mi saber, mucho mejores, como la noocracia o como la demarquía. Os invito pues al análisis de los mismos como sistemas de gobierno que pueden superar la funcionalidad de la democracia.


Y de ser mejores, no por ello dejarán de ser imperfectos. No a los dogmas.





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