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miércoles, 13 de julio de 2011

EL CASO DAMIAN HIRST


T

oda obra constituye un reflejo inequívoco de la esencia de su autor. Las huellas digitales, la caligrafía, el lenguaje corporal, los modismos, y cualquier otro acto derivado de la personalidad del hombre se encuentra impregnado del núcleo mismo del lugar de su origen, esto es, de la conciencia (voluntaria o no) de su creador.

Es por ello que es tan válido predecir los actos de una persona en base a la personalidad de ésta, como válido también es evaluar dichos actos para inferir la personalidad. Creador y creación se unen entonces por una cadena sutil, invisible pero irrompible, en donde cada extremo conduce inevitablemente al otro.

En esta oportunidad, emitir una opinión acerca de Damian Hirst implica, en base a lo anteriormente dicho, conocer no sólo las creaciones de tal artista, sino conocer también cuáles fueron sus motivos más íntimos a lo largo de su vida que lo llevaron a la posición en la que está.

Bien conocida es la trayectoria rebelde de Hirst a lo largo de su existencia. Él mismo confiesa haber sido inmanejable en su juventud, y sólo haber destacado en las materias artísticas durante su estadía académica en el colegio. Extravagancia e irreverencia parecen ser las palabras que definen su carácter desde siempre, aunque es a los 43 años cuando un suceso le impactó enormemente.

En efecto, a esa edad muere uno de sus amigos más íntimos, Joe Strummer, lo cual afecta tanto a Hirst que éste revela “sentirse mortal por primera vez”. Es a partir de acá en donde se puede entender cómo la irreverencia natural de Hirst y cómo la muerte se funden en un solo concepto en cada una de sus obras.

Difícil es definir el buen gusto, por cuanto es también muy complicado establecer un consenso para clasificar lo que es arte y lo que no. Sin embargo, el que exista el acuño “buen gusto” implica que a pesar de todo atisbo por esquematizarlo, el arte, el bueno, está ahí. Pudiera decirse que más que racionalizarlo y decidir si es bueno o no, es algo que se debe sentir.

Y es que la naturaleza de alguna manera nos lo muestra con sutiles ejemplos. Lo valioso del oro y la belleza de las piedras preciosas radica, evidentemente, en su naturaleza hermosa y en sus propiedades imperecederas o estéticas. Y para que el oro y los diamantes alcancen tales características es menester que un proceso bastante largo y hasta exquisito ocurra con ellos. De ahí que, justamente, por lo riguroso y exquisito de estos procesos, el oro y las piedras preciosas suelen ser escasos en la naturaleza, o por lo menos de difícil acceso. El corolario que desea extraerse de esto es que lo bueno, lo excelso, lo refinando, lo realmente bello o lo sublime deben su escasez y su difícil acceso por su propia naturaleza.

Sin embargo, en muchas ocasiones, referente a esto, ocurre una inversión de las causas y los efectos. A veces se piensa que siendo exclusivo, elitesco, escaso o raro es sinónimo automático de ser sublime, excelso o bello. Grosso error considerando que, por ejemplo, los defectos congénitos suelen ser escasos en la población, pero no por ello son bellos. Esnobismo, en resumidas cuentas.


For the love of God.

En este orden de ideas, ser surrealista, o más aún, alcanzar la belleza del arte en el mundo surrealista, siempre ha sido característicamente un acto que se revela contra el sistema. Ahora bien, ¿es todo acto surrealista, por el simple hecho de ser rebelde, escaso o raro, un sinónimo de buen arte, o incluso de arte? La respuesta pareciera ser negativa.

Romper la regla establecida o enfrentar a la moral vigente es la consecuencia natural de ser extraño, raro o difícil de encontrar, más no es la causa. Si el artista deja fluir su emocionalidad, su creatividad, su técnica y su concepto en su obra, poco tiene que ver él con la norma establecida o con los cánones, si su tendencia es surrealista. Es más, poco le debe importar si su arte calza dentro del surrealismo o no. Él simplemente es y su obra simplemente es, quedando para el mundo la tarea de la clasificación.

Damian Hirst, incluyendo a otros artistas de vertiente surrealista, no pareciera ser sincero del todo con lo que persigue en su arte. Muchas veces ha sido catalogado de premeditar polémica con sus trabajos, buscando siempre llamar la atención, o estar decididamente en contra de los cánones establecidos con cada obra que realiza. Más allá de criticarle el hecho de que en varios de sus trabajos no participa directamente, o sencillamente busca altas sumas de dinero sin ninguna otra finalidad, Hirst se delata a sí mismo cuando el éxito de lo que realiza depende en demasía del qué dirán. ¿Hubieran tenido sus trabajos de animales en formol el mismo éxito de no ser por la sensibilidad que la gente tiene por los animales? O en otras palabras, ¿Hirst tendría el éxito que tiene de no ser tan inmoral o tan polémico para las masas?

Es aquí donde es menester detenerse y reflexionar si el éxito de dicho personaje radica en su ataque directo a la convención o si descansa en la genialidad intrínseca de sus trabajos. A pesar de que no existe un acuerdo limitante acerca de lo que es arte o no, se reitera que sí existe una sensibilidad por el buen gusto que sólo se adquiere con la inmersión paulatina y natural en el universo artístico. Por ello, personajes que llevan años en este oficio pueden prescindir de una teoría o de una visión esquemática acerca de lo que es arte o buen gusto, en vista de que su estancia en el área les ha proveído un despertar en sus sentidos. Una de estas personas es el reconocido Mario Vargas Llosa, que en su momento, valiéndose justamente de su dilatada trayectoria y experiencia, se permitió criticar duramente a Damian Hirst.

Vargas Llosa afirmaba que no existe mucha diferencia entre, por ejemplo, la calavera de Hirst y las calaveras de mazapán de México. ¿Cómo se diferencia la pillería del talento?Su punto de partida es que Hirst busca descaradamente enriquecerse, aplicando la fórmula burda de crear polémica en sus trabajos para conseguir ser denominado luego como surrealista o vanguardista. Y por lo menos sería lógico seguir el razonamiento de Vargas Llosa cuando está en evidencia que el mismo Hirst interviene clandestinamente en las subastas de sus obras, se salta el protocolo establecido de los museos, y se convierte así en el artista vivo mejor pagado.

¿Hay genialidad artística implícita en el hecho de ignorar el protocolo de los museos e ir a la subasta directamente? Es posible. Aunque tal vez sería más “genuinamente surrealista” sugerir oníricamente, si es el gusto, los motivos; o quizás no viciar dicho acto de vanguardismo con dinero de por medio. ¿Por qué no subastarlo al que ofrezca menos dinero, por ejemplo? Eso sí sería realmente interesante, vanguardista e irreverente.

Retomando la biografía de este artista, el mismo ha reconocido que se está alejando del camino de los excesos y que paulatinamente retoma el sendero hacia el cristianismo. Esto es de vital importancia, porque ante la posibilidad de un Hirst más moral existe inquietud acerca del vuelco que podrían dar sus obras, e incluso su concepto central de “Historia Natural”, en donde la muerte de animales ha tenido gran protagonismo.

¿Será entonces que el nuevo Damian Hirst, en caso de volverse más apegado a la moralidad cristiana, reconfigurará la línea de sus obras alejándolas de las polémicas o de la búsqueda inmediata de dinero?

Independientemente de lo que ocurrirá, Damian Hirst ya ha dado mucho de qué hablar en el mundo del arte. Quedará entonces para aquellos verdaderos capacitados en el tema juzgar si Hirst es un vanguardista del surrealismo o es más bien un verdadero genio de los negocios. Que sea esta entonces una lección vívida para comenzar a reflexionar si el arte debe ser definido solamente bajo el criterio de las sensaciones o si debería tener, por lo menos a grandes rasgos, una normativa para establecer la diferencia entre, como diría Vargas Llosa, “la pillería y el talento”.

Cordiales saludos.
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martes, 5 de julio de 2011

EL BICENTENARIO IMPROPIO


D
oscientos años. Un par de centenas de años que bien pudieran ser traducidas al entendimiento humano en unas aproximadas siete u ocho generaciones. Todavía abundan en Venezuela personas que pueden encontrar su derivación filial hasta las épocas en donde los esclavos molían maíz en el pilón de las casas de los blancos criollos. Doscientos años en términos históricos no es mucho en realidad.

Pero lo importante del bicentenario venezolano, es que en aquel 5 de julio de 1811 se hizo una declaración de independencia, una voluntad de separación, un nacimiento. Precisamente es eso, un nacimiento, que hay que analizar con mucha cautela y sin consignas irracionales nacionalistas.

La independencia de Venezuela, el comienzo del nacimiento de este país, fue un parto apresurado. Si se quiere, fue el primer gran movimiento esnobista de las élites de esta región. Ser una colonia era algo ya, en los 1800, demodé para las finas pretensiones y gustos románticos de las clases educadas. Y cuando Bolívar vio a Napoleón coronarse, el sueño de la América Unida (su sueño, no el sueño del vulgo) comenzó a gestarse incluso antes de que el más humilde campesino llanero supiera siquiera qué era América.

He ahí nuestro primer error: la independencia, esa lucha que tiñó de sangre a la mitad de Suramérica, la más violenta de la época, fue producto de unas ideas importadas, que por muy noble que hayan sido o no, no se habían digerido aún en el común de la población. Fue un mandato vertical, de las élites al pueblo, que no fue comprendido en sus raíces y que tampoco tenía por qué. De la noche a la mañana, un llanero dejó de arrear las reses para atravesar los Andes con un fusil, sin filosofía alguna que le diera sustento a sus acciones, más que la paga y la promesa populista de algunos derechos extras.

Hasta Miranda, el más profundo prócer independentista de Venezuela, cometió la imprudencia de pensar que los habitantes de esta región estaban a la par de la vanguardia de la época. Nadie sintió en el corazón la bandera que trajo. Eso de ser un país distinto, separado, no era más que un ideal artificial, si se me perdona la redundancia.

Pero así sucedieron las cosas, Venezuela se cortó el cordón umbilical. Nació a pesar de una gestación impropia, nació de las palabras, de los impulsos franceses, de las constituciones estadounidenses, de la ambición de un hijo de españoles, de la indiferencia indígena. No nació de los venezolanos, no fue un movimiento espontáneo, orgánico; no fue una convicción formal de algo que ya estaba en las calles y en los corazones, no fue nunca un destapar de una olla hirviente. Todo fue, francamente artificial.

La historia se encargaría de hacéroslo cobrar. Bolívar mismo no tuvo más remedio que ser dictador. Páez, el primer presidente de este país (cuando por fin formalmente ya podía llamarse Venezuela), también tuvo que asir el mando sin muchas flexibilidades. Y pues, queda para la muestra una historia de 200 años, de la que casi 130 años estuvimos en dictaduras. No se puede hablar de un espíritu libertario, de una espontaneidad libre, si la mayor parte del tiempo estuvimos acostumbrados a estar pisados por el caudillo del momento. Se fue el yugo Español, pero eso no significó libertad.

El segundo traspiés prematuro e importado fue la llegada de la democracia. Betancourt quería democracia a la fuerza, en una población que si bien ya detestaba a los dictadores, no tenía preparación alguna para tomar decisiones políticas. López Contreras entendía de eso, Medina Angarita también, pero Betancourt no. De nuevo, el capricho onírico de uno es el forcejeo apresurado de toda una sociedad. Y tampoco en esta ocasión se sabía muy bien hacia dónde era que teníamos que ir.

Como consecuencia, resulta que ahora, en tiempos actuales, todos están capacitados equitativamente para decidir quién es el que debe dirigir el país. Todos son especialistas políticos. El más vulgar y anodino ejerce igual peso que el más preparado ciudadano a la hora de discernir las riendas del destino venezolano. Incluso hasta ser de otras tierras no es impedimento para tomar decisiones patrias…

¿Qué es todo esto? Estamos en vista, pues, de un amasijo sin forma de muchos acontecimientos, de mucho esnobismo, de sembradíos de café que financiaban pugnas de caudillos, de petróleo que financiaba (y financia) pugnas politiqueras entre los partidos, de una sociedad increíblemente sincrética, en donde aún perdura en la práctica la división de blancos, negros e indios. Inverosímilmente, ahora se tienen pretensiones, en una tercera oleada de parejerismo criollo, de ser socialistas. Por favor.

Nos ha faltado algo muy importante, que si bien es cierto que es muy difícil obtener con apenas 200 años de historia (y 300 años de gestación predecesora), que si bien es cierto que será mucho más difícil de lograr con un mundo globalizado y en presencia de nuestro talante esnobista; no dejará, empero, de ser crucial para nuestro destino. Nos falta nada más y nada menos que identidad. No sabemos quiénes somos.

¿Qué es ser venezolano? He allí la pregunta más grande, la más difícil, la más importante ante este bicentenario. Porque no sabemos lo que estamos celebrando el día de hoy. Celebramos independencia, ¿pero de quién? ¿De qué o de quién nos diferenciamos? ¿Cuál es el límite que demarca al venezolano de cualquier otro ciudadano del mundo? ¿Qué es ser venezolano?

Todavía somos un amasijo en plena formación, falta mucho para responder. Somos una suerte de Roma caída, que busca nuevos senderos y organizaciones culturales. Sin embargo, la claridad es menester cuando se describe lo que no somos. No podemos hallar identidad nacional en lo sincrético; no podemos enorgullecernos de ser una mezcla de razas y credos, por ejemplo. Tampoco podemos hallar identidad en lo que no hemos elegido, pues ni las “mujeres bellas”, ni los parajes hermosos, ni nuestros recursos naturales son un constructo de un esfuerzo nacional.

Entonces, ¿qué es ser venezolano, qué significa eso? ¿Qué estamos celebrando el día de hoy si no sabemos de qué nos diferenciamos? Luego, una vez resuelta esta gran cuestión, estaríamos en la capacidad de saber muy bien qué podríamos ser, hacia dónde ir.

Cordiales saludos.





what

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lunes, 8 de noviembre de 2010

EL ARTE DEL BUEN MORIR


N
os encontramos en la actualidad ante una tercera excursión en el universo filosófico humano. Desde hace más de 2500 años, el camino comenzó con el “res”, con el Realismo, para luego hacer un segundo recorrido, en el siglo XVI con el Idealismo. A mediados del siglo XX ha comenzado un nuevo y más refinado emprendimiento. Ya no puede haber una escisión entre Realismo e Idealismo, sino que ambas corrientes deben soportarse en un sistema filosófico aún mucho más profundo, un sistema absoluto a partir del cual tener las certezas de que todo lo que se derive de él tenga una base sólida. Equivocarse, en el mundo de la filosofía, ya no es una opción.

Según la ontología contemporánea, la categoría óntica (y ontológica) que todo lo sustenta, lo verdaderamente absoluto, es la vida. La vida ha de ser, pues, la base de todo pensamiento y existencia.

En este contexto, la vida no se entiende como la breve existencia de un organismo, sino que es entendida de la forma más holística posible. La vida es el todo que todo lo incluye, es ese sistema dinámico y siempre cambiante que, sin cometer el error de compararle con un organismo (ni de atribuirle sus características), muy bien puede ser imaginado como la complejidad existente más general.

La muerte, bajo este concepto de la vida, es un evento más. Es una fenómeno que está supeditado a la vida, que es parte de ella, más no es su opuesto. Esta baja jerarquía de la muerte respecto a la vida es importante de resaltar, pues es parte de la base de una nueva ética que ha estado efervesciendo, aunque con dificultad, desde el siglo XIX. ¿Cuál es esa base ética?

Lo que la ontología actual se propone ya venía consumándose en el siglo XIX y XX en varias ideas de Nietzsche, Bergson y Heidegger: la vida como sistema base de todo lo demás, incluso de la ética. Y pues, bajo el contexto de la ética, prácticamente todo lo que está a favor de la vida ha de ser acordado como bueno, y por lo tanto, todo lo que va en su contra, como lo malo. En los tiempos que corren, en donde somos esclavos de las consecuencias de la Revolución Industrial y del renacer de los lamentables misticismos, no es la vida la base moral que se practica.

La muerte en los tiempos que transcurren se ha convertido en un tema tabú. En occidente resalta la influencia del cristianismo en nuestro sistema de valores, así como en oriente la del hinduismo. Y en ambos sistemas la muerte ha de tener un dejo de melancolía y dolor, algo de acento tan catastrófico que es menester “liberarse”, confiar en que la vida no terminará ahí, tener la certeza de un más allá. La desrealización, desde un punto de vista psicológico, y como patología, se transforma así en virtud. No en vano la “vida eterna” y “la reencarnación” son los motores fundamentales de las mencionadas doctrinas. Si se le extrae esto de sus discursos, ni el cristianismo ni el hinduismo prevalecerían en el tiempo.

Desde una ética pro-vida, todo lo que resulta de la enfermedad, de la debilidad, de la incapacidad, de la morbilidad, de la frialdad, de la pasividad; todo lo estatizante, lo multiplicador del dolor, lo contrario a la grandeza, a la rapidez, a la fuerza, a lo fluido, a lo dinámico, a lo prevaleciente; todo eso es denominado maldad. Echemos un vistazo por fuera de la ventana y observemos que la vida es eso: la resonancia de todo lo vivo y todo lo que lucha, siempre.

¿Quiere decir esto que la nueva ética propone como moral la primacía del más fuerte? No. Como moral humana, debemos basarnos en los que nos diferencia como humanos, y esto es la razón. Sería errado emular la selección natural, si la comparación me es permitida (pues la obedecemos aún cuando no estemos de acuerdo con ella). Que la vida y todo lo que la convierta en un símbolo refulgente prevalezca, pero coloquemos el filtro intermedio de la razón.

Ahora bien, cuando nos acercamos a la sepultura, cuando estamos en las vísperas de la muerte, tan cierto es el buscado basamento en la vida holística que hasta hay resultados experimentales que lo confirman. Sólo basta consultar en las escuelas de psicología cómo es la perspectiva de una mente anciana. El cerebro se reacondiciona para prepararse a dejar de existir. A la mente del anciano todo resulta lento, aburrido, calmado, sin importancia, sin esperanza, sin nada qué esperar. El anciano mismo desea morir en ocasiones, y este es un efecto físico-químico, no moral, lo cual es sorprendente. La vida nos tiene condicionados hasta para esto.

¿Qué es lo que se estila, empero, en nuestras"Hay que morir con orgullo cuando ya no es posible vivir con orgullo" sociedades? Toda la maroma religiosa que atenta justamente en contra del propósito de la vida holística. Se nos impone tabúes con el suicidio y con la eutanasia. Se nos importa como valores la extensión de todo sufrimiento, la multiplicación de dolor, multiplicándolo entre todos los parientes y allegados además del que sufre propiamente. De esta decadencia moral actual se nos imprime en la conciencia que hay que vivir porque sí, “hasta que los dioses nos quiten la vida que nos han dado”, hasta que ya no demos más, aún cuando ya no esperamos nada del agonizante ni el agonizante espera nada de sí mismo. Hasta se nos infunde temor ante la auto-inmolación, pues no son pocas las creencias en la que se nos envía al infierno. ¡Y vaya deidad la que nos manda al infierno sólo por querer salir con dignidad de una vida en la que se ha sufrido tanto! Revisen la congruencia de sus ideas amigos creyentes.

Me gustaría que el mismo Nietzsche expusiera su opinión a través de la siguiente cita (extraída de su libro El ocaso de los Ídolos):

Moral para médicos. El enfermo es un parásito de la sociedad. Es indecoroso seguir viviendo cuando se llega a cierto estado. Seguir vegetando, dependiendo cobardemente de médicos y medicinas, una vez perdido el sentido de la vida, el derecho a vivir, debiera ser algo que produjese un hondo desprecio a la sociedad. Los médicos, a su vez, deberían ser los intermediarios de ese desprecio: dejar a un lado las recetas y experimentar cada día una nueva dosis de asco ante sus pacientes... Hay que crear en el médico una nueva responsabilidad ante todos aquellos en que el interés supremo de la vida ascendente exija que se aplaste y que se elimine sin contemplaciones la vida degenerante; por ejemplo, en lo relativo al derecho a engendrar, a nacer, a vivir...

Hay que morir con orgullo cuando ya no es posible vivir con orgullo. La muerte, elegida libremente, realizada a tiempo, con lucidez y alegría, rodeado de hijos y de testigos, de forma que todavía sea posible un auténtico adiós, al que asista verdaderamente quien se despide y haga una tasación real de lo deseado y de lo conseguido a lo largo de toda su vida; la muerte, así, se opone totalmente a la horrible y lamentable comedia que el cristianismo ha hecho de la misma. No le debemos perdonar nunca al cristianismo que haya abusado de la debilidad del moribundo para violar su conciencia, al igual que ha hecho con la forma de morir para emitir juicios de valor
sobre el hombre y sobre su pasado.

Frente a todos los prejuicios cobardes, hay que restablecer, antes que nada, la apreciación justa, es decir, fisiológica, de la que llaman muerte natural, que, en último término, no es más que una muerte «no natural», un suicidio. Nadie nos causa la muerte más que nosotros mismos. Sólo que se trata de una muerte en unas condiciones despreciables, una muerte no libre, una muerte a destiempo, una muerte propia de un cobarde. Por amor a la vida, habría que desear otra forma de morir: libre, consciente, sin influencia del azar, sin sorpresas.

Un consejo, por último, a los pesimistas y demás decadentes. No podemos impedir el hecho de haber nacido: pero podemos reparar ese error —porque en ocasiones es un error—. Cuando un hombre se autosuprime, hace lo más estimable del mundo; con ello, casi se merece vivir... La sociedad, ¿qué digo?, la propia vida obtiene más ventaja de esto que de una «vida» en medio de renuncias, anemia y demás virtudes; se libra a los demás del espectáculo de una existencia así, y se libra a la vida de una objeción...”


La crítica de Nietzsche es dura como toda su filosofía, propia de todo amante de lo vivo y excelso. No por ello es objeto de desacreditación. Hay que recordar que la muerte no siempre fue vista con los mismos ojos a lo largo de la historia. Ya los griegos practicaban la eugenesia, que poéticamente podría describirse como una búsqueda de una mejor calidad de vida, a expensas de la muerte. Los espartanos anhelaban morir en batalla para colmarse de gloria, al igual que los vikingos, cuyo Valhalla sólo admitía a los guerreros que morían en las primeras filas de combate. También son muy famosos los rituales suicidas japoneses, en donde el seppuku era símbolo sin igual del honor. Como se ve, la postura ante la muerte es, pues, un comportamiento sustentado en un tremendo componente aprendido, un componente social.

Ante la vida, como concepto holístico, no podemos conservar esa mezquindad de espíritu de seguir viviendo porque sí. Desde una moral plantada en la existencia global de todo lo viviente, no hay proceder más ruin que ese. Es una cuestión de respeto propio y de respeto para con los demás.



Muchos saludos.




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viernes, 29 de octubre de 2010

"1984". GEORGE ORWELL. Comentarios.



P
ara mi es un tremendo gusto poder expresarme acerca de esta novela. Definitivamente, estimado lector, si hay algún libro que merezca ser leído antes de que la muerte nos prive de los gozos, es “1984” de George Orwell.

En un mundo distópico se nos presenta el dominio de una parte del planeta por parte de un estado totalitario, que jerarquiza a sus ciudadanos en base a un solo y único proyecto: “El Partido”. En dicho Estado, el pasado registrado en los medios de información oficiales (los únicos medios de información) es modificado frecuentemente a conveniencia del Partido, existe una constante guerra con otras naciones del planeta a las cuales se le achacan todos los sufrimientos internos, la lengua es reducida sistemáticamente para expresar con precisión sólo lo necesario, los ciudadanos son permanentemente vigilados en cada minuto del día, la individualidad es inadmisible; y cualquier acto de desobediencia es castigado con la muerte, sólo luego de un previo lavado mental en el que el acusado está conforme con la sentencia. Los mártires en este mundo ya no existen.

Winston Smith es el protagonista principal de la novela, quien nos conduce a través de sus introspecciones y acontecimientos en este mundo en donde el miedo y el control absoluto es la base de todo el sistema. A nivel literario, Orwell consigue que el relato sea cada vez más interesante a medida que el lector avanza en las páginas, y Smith se convierte fácilmente en nuestro amigo, al que le deseamos toda fortuna.

Pero la novela va mucho más allá, muchísimo más. Todo lo anterior, aunque pudiese ser interesante, no es más que una excusa para hacer una crítica recia a todo sistema político-económico tribal, social o de comuna. Llevando la crítica a la praxis, y siendo francos, la novela es un agudo ataque hacia el socialismo y el comunismo; cuestión que no nos ha de extrañar si recordamos que Orwell escribió esta obra en 1948, después de experimentar en carne propia las vicisitudes de la Unión Soviética.

No sólo es una contundente crítica. Para dar un fundamento a la plausibilidad del mundo gris y distópico que nos representa en la obra, Orwell hace gala de una profundidad histórica y antropológica magnifica. Y he aquí he de nombrar lo que más me ha marcado de “1984”: las implicaciones de la “neo lengua”.

Uno de los medios a través de los cuales elLa palabra es la cápsula de la realidad.Partido empequeñecía la capacidad de disentimiento de sus ciudadanos era reduciendo las palabras del vocabulario. Dentro de la trama se acentúa el hecho de que nuestra realidad está encapsulada en las palabras que usamos, y básicamente, mientras más amplio sea nuestro vocabulario más rica será nuestra realidad. Obviamente pues, un mecanismo de control sobre el disentimiento de los ciudadanos era la imposición de la “neo lengua”, un lenguaje en donde las palabras se combinaban unas con otras, en terminologías frías, acrónimos, siglas, y concepciones estrictamente necesarias. Siempre me ha gustado verlo como la reducción de una infinita paleta de colores a unos pocos para poder, a través de este pequeño reducto, pintar el mundo.

La palabra como cápsula de la realidad se me torna, a partir de la lectura de esta novela, como la cuestión más importante dentro del asunto humano. La filosofía misma toma en mi un nuevo matiz, y me coloco en una nueva postura crítica. El dinamismo de la realidad es absolutamente incongruente con la pretensión estatizadora de los conceptos, y así como Heráclito dijo alguna vez que “ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río”, digo con toda seguridad que ninguna palabra puede conceptualizar dos veces lo mismo. ¡A filosofar más allá de Kant entonces!

Bergson se me ha adelantado, empero.

Algo adicionalmente aleccionador es que, dentro de la historia, por medio del libro secreto de Goldstein, Orwell nos explica cómo es que alguna vez el mundo que habíamos conocido llegó a convertirse en ese amasijo de desnaturalización perfecta. Vargas Llosa (hijo) nos ha dado el “Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano” para los socialistas latinos contemporáneos, pero ya en “1984” tenemos una seria pesquisa, bastante didáctica, acerca del por qué las doctrinas igualitarias no son más que un ideal inalcanzable. Con gusto les transcribo una pequeña parte del “libro de Goldstein” que denota un profundo análisis sobre el proceso cíclico de la historia de la humanidad:

"La ignorancia es la fuerza.

Durante todo el tiempo del que se tiene noticia, probablemente desde fines del período neolítico, ha habido en el mundo tres clases de personas : los Altos, los Medianos y los Bajos. Se han subdividido de muchos modos, han llevado muy diversos nombres y su número relativo, así como la actitud que han guardado unos hacia otros, han variado de época en época; pero la estructura esencial de la sociedad nunca ha cambiado. Incluso después de enormes conmociones y de cambios que parecían irrevocables, la misma estructura ha vuelto a imponerse, igual que un giroscopio vuelve siempre a la posición de equilibrio por mucho que lo empujemos en un sentido o en otro.

Los fines de estos tres grupos son inconciliables. Los Altos quieren quedarse donde están. Los Medianos tratan de arrebatarles sus puestos a los Altos. La finalidad de los Bajos, -cuando la tienen porque su principal característica es hallarse aplastados por las exigencias de la vida cotidiana-, consiste en abolir todas las distinciones y crear una sociedad en que todos los hombres sean iguales . Así, vuelve a presentarse continuamente la misma lucha social. Durante largos períodos, parece que los Altos se encuentran muy seguros en su poder, pero siempre llega un momento en que pierden la confianza en sí mismos o se debilita su capacidad para gobernar, o ambas cosas a la vez. Entonces son derrotados por los Medianos, que llevan junto a ellos a los Bajos porque les han asegurado que ellos representan la libertad y la justicia. En cuanto logran sus objetivos, los Medianos abandonan a los Bajos y los relegan a su antigua posición de servidumbre, convirtiéndose ellos en los Altos. Entonces, un grupo de los Medianos se separa de los demás y empiezan a luchar entre ellos. De los tres grupos, solamente los Bajos no logran sus objetivos ni siquiera transitoriamente.

Sería exagerado afirmar que en toda la Historia no ha habido progreso material. Aun hoy, en un período de decadencia, el ser humano se encuentra mejor que hace unos cuantos siglos. Pero ninguna reforma ni revolución alguna han conseguido acercarse ni un milímetro a la igualdad humana. Desde el punto de vista de los Bajos, ningún cambio histórico ha significado mucho más que un cambio en el nombre de sus amos."

Para culminar, sólo se me ocurre decir que el final de la novela es igualmente impactante. El hilo de la historia supo llevar en mi, hasta la última página, esa esperanza y empatía que me despertaba el buen Smith. Nunca la lágrima de un hombre me ha evocado tanta reflexión, así sea la de un personaje literario.

Excelente libro.




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sábado, 23 de octubre de 2010

DEMOSTRACIÓN DE QUE LA VIDA NO ES ABSURDA


Cuando se plantea el absurdo de la vida, comúnmente tal evocación proviene de nuestros estados reflexivos más desesperados. Esperamos de ella un sentido, que, sin embargo, no es fácil de asimilar o incluso resulta inentendible. De la forma más ingenua, la gran mayoría de las personas le dejan eso del “sentido de la vida” a la disposición de su deidad favorita. Pero este artículo no es para ingenuos.

Y si no queremos ser ingenuos hay que ser todo lo contrario. Hay que actuar con cautela y con precisión. La disciplina reflexiva necesaria para que los pensamientos no nos lleguen atropelladamente y no nos hagan sacar conclusiones falaces proviene de la rigurosidad con la que manejamos los conceptos y de la honestidad con la que los producimos. Rigurosidad y sinceridad, serán pues nuestros gritos de guerra.

Afirmemos intempestivamente que la vida es un absurdo. Muy bien, hay que demostrarlo, y para ello hay que descomponer la afirmación en sus acentuaciones más importantes. El predicado de la frase, “es un absurdo”, merece un justo análisis.

¿Qué significa la palabra absurdo? Existen tres enfoques por medio de los cuales “el absurdo” puede ser evaluado, a saber desde los puntos de vista lógico, ontológico y existencial. Alfonso Fernández Tresguerres ha hecho un excelente ensayo en el cual explica cómo es visto el concepto de lo absurdo a través de estas perspectivas. Pueden acceder al mismo por esta vía:


El ensayo exige cierta familiaridad con la filosofía, por lo que, para facilitar la información, resumiré el análisis del “absurdo” del mencionado autor de la forma más clara posible.

Desde el punto de vista lógico, lo absurdo es sinónimo de imposibilidad o contradicción. Cuando afirmamos que tal o cual cosa es absurda, estamos cometiendo un agravio expresivo, pues lo que decimos no tiene sentido lógico. Si tal o cual cosa es absurda, tal o cual cosa no debería ocurrir (puesto que si es absurda sería imposible); pero si la estamos señalando, si percibimos que ocurre, pues en efecto está ocurriendo. Si ocurre, no hay contradicción ni imposibilidad, no hay absurdo que valga.

La vida no es absurda desde el punto de vista lógico, porque la vida está ocurriendo. No la podemos acusar de absurda porque eso sería acusarla de imposibilidad, pero en efecto es posible y ocurre. De hecho, para denominarla como absurda, necesitamos primero estar vivos. Llamar a la vida absurda es incurrir en una contradicción con nosotros mismos. Paradójicamente terminamos nosotros siendo los absurdos al afirmar tal cosa.

Desde el punto de vista ontológico, lo absurdo es todo aquello que no-es. Entonces analizando la preposición “X es absurdo”, primero necesitamos la existencia de X para luego poder esgrimir sus atributos. ¿Cómo podríamos denominar como absurdo a lo que no existe? ¿a lo que no es? ¿a lo que no está?. La vida es, y esto es evidente; luego la vida no puede se absurda, porque sino no sería.

En este sentido ontológico, la palabra “absurdo” no es más que polvo. "La palabra absurdo no es más que polvo."Carece de todo fundamento, no debería ni pronunciarse. No podemos pensar en las cosas que no podemos pensar. Denominar como “absurdas” a las cosas que no podemos pensar no es más que (y como máximo) un señalamiento hacia ellas, es una flecha que va desde nuestro mundo humano hacia algo fuera de lo humano (y por lo tanto inexistente para nosotros), pero nunca una conceptualización de ellas. No podemos aprehenderlas puesto que escapan a lo humano. ¿Y qué puede saber, percibir o conceptualizar lo humano fuera de la humanidad? ¿Qué hace pues llamando absurdas a esas cosas inexistentes a nuestra realidad?

Si la tentación nos hace invocar deidades en este aspecto, al hablar de lo que está “por fuera de lo humano”, salta al paso la profunda intuición de Kierkegaard, quien afirma que "lo absurdo es el verdadero objeto de la fe, porque sólo lo absurdo, hablando con propiedad, es lo único que puede ser creído". Y vale acotar que Kierkegaard no era ateo…

Desde el punto de vista existencial, algunos podrían afirmar que la vida es absurda pues no tiene fundamento que la respalde. Y bien, ¿quién dice que deba tener tal fundamento? ¿desde dónde podemos mirar a la vida, de forma externa a ella, para hallar un fundamento? ¿Y qué importa que no tenga fundamento?

Existe una palabra en filosofía que denomina todo aquello que no tiene carácter necesario, que como es de una manera muy bien pudo haber sido de otra. Esa palabra es “contingencia”. Y luego de más de 2500 años de filosofía rigurosa se tiene la certeza de que en realidad la vida es contingente.

La contingencia de la vida implica una serie de cuestiones, entre las cuales la más importante es la libertad plena del hombre. Nada en la vida está escrito, nada en ella está predeterminado y nada le provee de algún sentido. La vida simplemente es. ¿Será entonces absurda por ello? No.

Oportuna será que haga una mención de Nietzsche, en una de esas ocasiones que nos sorprende a mitad de lectura con su fino humor: “Nadie puede juzgar el valor de la vida; unos porque están vivos (y por lo tanto no son imparciales), y otros… por otro motivo”.

Tal y como menciona Alfonso Fernández Tresguerres, el supuesto “absurdo” de la vida depende sólo de nuestra perspectiva. No es en lo absoluto una propiedad que emane de ella, sino más bien una que salta de nosotros, con nuestro ojo que todo lo curva, le da color y humaniza. En el mismo sentido, la vida no es “en sí” y “por sí” ni buena ni mala, ni hermosa ni horrible, ni con sentido ni carente de él. Vuelvo y repito, la vida es.

Más allá de lo excelentemente escrito por Fernández, existe una perspectiva adicional acerca de la vida y sus alegados absurdos, y es la perspectiva pobre de contaminar los fenómenos con valores morales. En variadas ocasiones, la vida es absurda para muchos justo porque no les complace que los eventos que ocurren en ella sean “injustos” o “malos”. Bien, ya en el punto existencial de la demostración podríamos incluir este aspecto también.

Todavía persisten en el mundo (y gracias al oscurantismo religioso) las personas que sostienen la existencia de una base moral externa y absoluta más allá de nuestra humanidad, y que nos es heredada, quizás, de forma mística por alguna deidad o patrón superior. Esta postura es de necios. Peor aún, si a ética nos atenemos, debo decir que esta postura es simplemente ególatra. Ahora no es la Tierra el centro del universo, es el hombre… La naturaleza misma es la mejor evidencia para que las ideas de las personas que mantienen esta última perspectiva sean refutadas.

Enhorabuena entonces. La vida no es absurda. Puedes denominarla hermosa, terrible, tétrica o maravillosa; puedes visualizarla como un viaje de sempiterno aprendizaje, como un juego o como un sufrimiento no pedido. El suicidio, asimismo, es una postura válida si no te gusta esta fiesta a la cual has sido traído sin tu permiso y de la que abusivamente se espera que te quedes hasta el final. Pero todas estas perspectivas no tienen su peso en la vida, tienen su peso en vuestra persona.

Eres tu, y nadie más, el responsable de la vida y de su absurdo.

Muchos saludos.





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martes, 28 de septiembre de 2010

EL PELIGRO DE LOS MISTICISMOS



E
n el mundo en el que vivimos existe la latencia de una Tercera Guerra Mundial en vista de la proliferación de armamento nuclear en varios países. Cualquiera que sienta la necesidad de usar tan solo uno de esos explosivos en un país que considere enemigo iniciará, sin duda alguna, la tercera entrega de devastación y muerte por excelencia.

Es fácil intuir que en sociedades no-democráticas y teocráticas el peligro aumenta en vista del obvio riesgo de autoritarismo y/o dogmatismo que gobiernos de este estilo parecen promover. En el caso particular de los estados teocráticos, nada impide pues denominar a otras sociedades como enemigas tan solo por el simple hecho de que no se comparte la misma verdad espiritual. Y cuando un estado religioso y fundamentalista tiene armas de destrucción masiva, hay que temer.

Bien, esto parece evidente con los extremistas islámicos, con los fundamentalistas cristianos o con cualquier otro grupo religioso radical que ostente algún poder. Pero mi tesis va más allá. Y esa tesis no es mía solamente, afortunadamente.

Analicemos el origen de tales agrupaciones dogmáticas. Todas se fundamentan en creencias, y más aún, se fundamentan en la fe. En posteriores artículos me gustaría analizar a fondo y con rigurosidad lo concerniente a la palabra “fe”, pero en esta oportunidad la definiré como una “necesidad de creer”.

Todos los seres humanos creen en algo. Ese creer es una extrapolación mental que hacen los individuos para preveer lo que acontecerá en el futuro, y está basado en eventos pasados experimentados, conocidos y certificables. Por ejemplo, es muy fácil creer que mañana podrá salir el sol, pues, aunque no se calcule a diario que el Sol efectivamente sigue su órbita o aunque no se verifique a cada segundo la rotación de la Tierra, es fácil suponer que si a lo largo de toda nuestra existencia el Sol ha salido en las mañanas, es muy probable que salga al día siguiente también. Asimismo se podría creer que ganaremos la lotería al comprar un boleto, pues, en alguna ocasión particular una persona con las mismas probabilidades de ganar que uno efectivamente se llevó el premio.

Éste creer es uno responsable, pues está basado en evidencias pasadas, de alguna u otra forma. De hecho, el creer es inevitable; es, evolutivamente hablando, útil, pues implica un ahorro energético para que hagamos nuestras acciones diarias sin necesidad de una extrema planificación. Al mismo tiempo, existe plena conciencia por parte del que cree de que no siempre ocurrirá lo que uno espera, lo cual es muy positivo pues permite reconocer la contingencia del mundo en el cual vivimos.

En contraste, cuando se experimenta la fe, no es simplemente que se crea en algo, sino que ese algo tiene que suceder de forma imperativa, aún sin evidencias pasadas que lo postulen como probabilidad. Tan importante es la fe, que en la mayoría de las ocasiones constituye la base fundamental de los individuos para construir su vida, su única vida. Como se ve, no sólo es creer, sino es una necesidad de creer.

Eso explica porqué los asuntos místicos son tan propensos al dogma, pues, al enfocarlos desde la fe, no sólo es legítimo (desde la perspectiva del creyente) que no haya evidencia para tal creencia, sino además que tal creencia deberá ocurrir necesariamente. De lo contrario, el sentido mismo de la vida del creyente no existiría, su necesidad más inmanente se vería frustrada.

Esto está claro en las religiones, sectas y cultos tradicionalmente conformados a lo largo de la historia de la humanidad. El dogma es sinónimo de absolutismo, y cuando el absolutismo pretende alcanzar los cánones morales la violencia y la enajenación de las libertades son inminentes. ¿Pero qué es lo que hace que algunos individuos simplemente crean y otros tengan fe?

La respuesta está implícita en lo que se ha explicado anteriormente. El creer es una herramienta evolutiva que nos ahorra “energía de pensamiento”, y la fe, como radicalización del creer, es prácticamente la antítesis del pensar, además de ser el camino más fácil. ante las inquietudes importantes de la vida. De hecho, tal y como lo decía Friedrich Nietzsche, “la fe es no querer saber”. Tanto es así que, estrictamente hablando, cualquier pregunta que se cuestione los fundamentos de algo basado en la fe tiene una única respuesta: “porque sí”. Y es verdad, esa respuesta es correcta. La fe no es demostrativa por definición, puede carecer de evidencias impunemente. He ahí el peligro que subyace en toda clase de misticismos.

¿Tocar madera para que se cumpla algo, llevar una herradura o una pata de conejo, besar el balón de futbol, darse baños espirituales, recurrir a brujas o hechiceros, mal interpretar las cuestiones metafísicas, entre otras cosas, es peligroso también? La respuesta que doy es afirmativa. Tales supercherías parecieran ser inofensivas y muy lejanas a la realidad de la violencia dogmática, sin embargo, en mi opinión, son la semilla con la que los fundamentalismos se desarrollan.

Puede ser pertinente para muchos confiar en tales o cuales ritos y mitos, pero tal cuestión constituye una irresponsabilidad si no existe una evidencia clara en la cual se sustenten dichas creencias o si se recurre a la desnaturalización de la vida. ¿Qué significa desnaturalización de la vida? Socavar el más acá con ideas de un más allá, entregarse ciegamente a idealismos y romanticismos, y sobretodo, no ser racionales ni congruentes con nuestra realidad humana y física.

Mientras más se confíe en supersticiones, mientras más se le aseguren facultades exentas de comprobación, más se convierte la gente en apologistas de la fe y en enemigos del pensar. Se vuelven aquellas en cultivadoras de una costumbre, una mal sana costumbre, en donde la sociedad no distingue la realidad de la fantasía por excluir de rigurosidad las bases mismas de la existencia de los fenómenos. Y cuando un apologista de lo místico e inexistente tiene seguidores, la moral de ese grupo (por la carencia de evidencias y la necesidad de creer) se transforma en dogma, y es ese dogma lo que transgrede la libertad individual básica de los demás individuos pensantes. Es este momento en el que la moral de una sociedad pretende ser la única, con todas las consecuencias que ya sabemos.

Que sea ésta una lucha declarada en contra de la raíz misma de los dogmas, de los fundamentalismos y de los absolutismos. La característica principal del Homo Sapiens es el uso de la razón, y todo lo que atente contra ella, todo lo que la releve, todo lo que la bloquee es una violación a lo que somos y una enajenación de nuestras capacidades. De todas las cosas en las cuales podemos elegir creer para sustentar nuestra esperanza y nuestro sentido de la vida, son las invisibles, las impalpables, las indemostrables, las especulativas, las más miserables, irresponsables y pérfidas que podemos concebir.

Esta cruzada por la razón y el respeto plural está actualmente liderizada por Richard Dawkins. Científico prominente y debatiente constante en numerosos seminarios, congresos y programas de televisión, es el fundador de http://richarddawkinsfoundation.org , lugar en que cualquier interesado o voluntario puede informarse y colaborar para esta causa.

Una buena introducción de lo que esto significa quizás sea el documental “los enemigos de la razón”, del mismo Dawkins, el cual se puede ver (y continuar luego de la primera parte) a continuación:



No al fundamentalismo. Saludos.






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lunes, 2 de agosto de 2010

LA MUJER IDIOTA Y LOS ANIMALES



T
odos sabemos lo sensibleras que son la mayoría de las mujeres (y no pocos hombres) a la hora de enternecerse con los animales. Y es que el ser humano civilizado ve a los animales como sus compañeros coterráneos, a los cuales por supuesto hay que respetar. Sin embargo, mucho de ese respeto proviene de saber, racionalmente, cuál es la posición que le corresponde a cada ser vivo y cuál es la posición de uno mismo respecto a ellos.

Todos los seres vivos son de alguna manera hermanos. Sin necesidad de pavadas metafísicas o de pseudo filosofías incongruentes new age (sí Paulo Coelho, es contigo), es fácil observar lo siguiente:

Hubo un gran cataplum en el universo, el cual ahora llamamos Big Bang. De esa explosión nació todo lo que podía nacer. Todos los elementos que conforman a la materia se originaron ahí. Por otro lado, el tiempo, como dimensión tangible, no existe; es una medida arbitraria. Lo que existe es un presente en constante cambio. Entonces, las nebulosas se transformaron por “causa y efecto” en galaxias, las galaxias concibieron planetas; entre ellas surgió un planeta llamado Tierra que tuvo la capacidad de dar vida a todo lo que conocemos actualmente. Todo eso en un presente siempre cambiante. Por lo tanto, no es alocado afirmar que nosotros como humanos somos, justo ahora, polvo de estrellas, nebulosas, caballos, pajaritos, viento, mar, centros comerciales, una máquina de gimnasio, soles, nubes, cascadas, excremento, todo. Somos los elementos del Big Cataplum en un cambio permanente. Por más budista que suene, es cierto: todo se transforma. Fin.

Al saber esto, nuestro raciocinio se encarga rápidamente de hacernos entender que todo lo que nos rodea, de alguna manera, es parte de uno mismo. Ergo, lastimar lo que nos rodea es lastimarse a uno mismo también. Por eso es que hay (y debe haber) respeto por todo lo que vive. Todo respeto nace del temor, y todo temor nace de la autovaloración.

Éste es el trasfondo del por qué la “filosofía” del vulgo dice: “para respetar debes respetarte a ti mismo”. Por supuesto, las doñas (y los tipos con síndrome de doña) repiten eso una y otra vez sin entenderlo. Por cierto, algo parecido pasa con el “lo que no me mata me hace más fuerte”.

Pero actualmente está en boga una nueva secta, mayoritariamente femenina, que sostiene una cruzada irracional en pro y supremacía de los animales por encima de la especie humana. Señoritas (y eso incluye a los hombres involucrados también), ¿acaso no se han percatado de que los humanos somos animales también?

Cada vez que escucho o leo frases idiotas como “la inteligencia criminal elimina la inocencia animal”, me pregunto si se refieren a los lobos o a uno como humano. Porque en verdad, los lobos, por ejemplo, utilizan su inteligencia para cazar en grupos y matar conejitos. También los chimpancés usan herramientas para cazar insectos, así como muchas otras especies usan su inteligencia innata para hacer lo que tienen que hacer.

Por supuesto, muchos lectores ya me estarán lanzando tomates, arguyendo que los humanos matamos por placer, o que no necesitamos matar para vivir. Respecto a lo primero, tienen toda la razón. Matar por placer es patológico, es errado, es enfermo. Les estrecho la mano. No obstante, lo segundo es falso.

El humano es el animal que usa más el cerebro, eso es evidente para todos. Pero no por ello dejamos de ser animales. Tenemos colmillos, uñas y un complejo aparato digestivo. Necesitamos de la carne para vivir plenamente. Somos OMNÍVOROS, esa es nuestra naturaleza. Cuando nazcan humanos sin los atributos anteriores podríamos discutir si ya es innecesario cazar animales o no. Por ahora no estamos tan “evolucionados”. Cuando eso ocurra, el mismo cuerpo rechazará la carne. “La naturaleza es sabia”, diría un “inteligente” new age…

También están los que van en contra de los experimentos científicos en animales. Bien, esto es un poco más discutible, sin embargo la ciencia no aboga por la tortura placentera. Muchos de los experimentos científicos han servido tanto para humanos como para otras especies. ¿O es que la Perrarina que le pone el cabello brillante a tu Golden Retriever fue un descubrimiento empírico y espontáneo? ¿O es que las vacunas que se le ponen a tu mascota salieron de la teoría directamente a la práctica? No seas ridícula.

Supongo que la zoofilia no es considerada maltrato animal, ¿no?

Es hora de hacer un pacto. Como científico y humano ratifico lo siguiente:

• La tortura animal es abominable, pero a veces inevitable.

• Comprar prendas de vestir con piel de animales está mal, si el animal es despellejado vivo, o si se mata sólo para eso.

• La caza deportiva de animales es enferma.

• Las corridas de toros, peleas de gallos y torneos de coleo son igualmente estúpidos.

• No vale la pena tener mascotas en la casa si las mismas se van a sentir mal, van a estar mal alimentadas o no son parte de ese entorno.

• TODOS los seres vivos merecen respeto. Pero cada uno con su jerarquía. No somos mejores, somos distintos.

• La ciencia nos ayuda a TODOS.

• Los circos con animales no deberían existir.

Empero, la secta intelectualoide femenina fundamentalista pro animales (y seguramente pro Ricardo Arjona, amor eterno y ángeles en el cielo) debe aceptar lo siguiente:

• El ayudar a los seres vivos proviene de tu ego, no de tu respeto. Si fueras respetuosa no matarías insectos, ni pisarías la grama. No sólo no comerías carne, sino tampoco vegetales.

• Los vegetales son seres vivos también. Según tu moral, ¿quién eres tu para decir que deben perecer bajo tus dientes? ¿Sólo por qué no sufren? ¡No los mates, inteligencia criminal! No comas nada y déjate morir para que los animalitos que adoras tanto te engullan placenteramente.

Vestigios de la inteligencia femenina vegetariana: "A todos ustedes que asesinan animales para comer, los maldigo: ustedes podrían ir a la tienda y comprar la carne que está hecha ahí, donde los animales no fueron lastimados".

• ¿Por qué ayudar sólo a los perritos o a los gatos y no a toda la fauna? El día en el que te vea sobando con cariño una serpiente, una rata de alcantarilla, una tarántula peluda, o dándole un besito a una cucaracha voladora, podría comenzar a creerte… Y luego llamaría al manicomio.

• No curemos las enfermedades. Abajo las investigaciones en animales. Seguramente es mejor que todos (humanos y animales) mueran a que algunos animales inevitablemente sufran.

• Señoritas, la moral no existe en la naturaleza. El león no mata porque sea malo, lo hace porque necesita comer. El hombre racional igual. No hay “maldad” en ser lo que uno es. No sean idiotas.

• No humanices a los animales, eso es oriundo de tu ego también. Decir que tu perrito “te ama”, o que el gatito “siente compasión”, o que el loro y la ratita “se quieren como amigos”, no solo evidencia tu falta de neuronas, sino que deja claramente sobre la mesa que tu ego humano, ese que criticas tanto, es lo que le da valor a todo lo que te rodea. “El hombre es la medida de todas las cosas”, dijo Protágoras.

• No, no has escuchado de Protágoras. Eso es porque lees a Coelho.

• Si me preguntan: “¿A ti te gustaría que te cocinaran y comieran?” Pues no, evidentemente. Sin embargo, si es parte de la naturaleza que eso suceda, pues ni modo. Si voy de turista a la África profunda, por ejemplo, debo estar conciente de eso. Ni los gorilas ni los leones harán tratados de paz conmigo, o marcharan al frente de sus instituciones gubernamentales diciendo “¡no coman humanos!”.

• Decir “seamos más humanos” para evitar el maltrato animal es una frase de una persona de bajo coeficiente intelectual. Decir “los animales son más humanos que uno” es una frase de una ameba o algo por el estilo. De seguro le pones suetercitos y lacitos a tus mascotas para que “se vean más lindas”. Pobre mujer.

• No, los animales no van al cielo ni al infierno. No seas tarada por favor.

• Por cierto, las plantas no crecen más porque les cantes o les hables. Sólo debes recordar que en el colegio te enseñan que el producto de nuestra respiración es el CO2. Si constantemente le damos CO2 a las plantas, ellas evidentemente se alimentaran de él y creceran. No crecen gracias al "amor", ridícula.

Sí, he sido un total papanatas irrespetuoso en este artículo. Sin embargo repito que no estoy en contra de ayudar a los animales, todo lo contrario. Este blog, en la sección de Servicio Público, está a su disposición para ser la plataforma comunicativa para todo caso de ayuda, sea humano, animal o vegetal. Pero no puedo ser cómplice de la desnaturalización humana o de su sobrevaloración. Por eso mi acidez.

Las mujeres que apasionadamente se entregan a la ayuda animal pierden, en general, toda la racionalidad pertinente. O sobrevaloran el escalafón que algunos seres vivos tienen en la naturaleza, o subvaloran la naturaleza humana. Están claramente influenciadas por el Romanticismo heredado del siglo XIX, colocando el centro de gravedad de la vida en un deber ser idealista y metafísico, y no en lo que eres, de forma realista y actual. Los animales se hacen querer y amar, pero favor, no pierdan la perspectiva.

Sólo usando el cerebro podremos entender no sólo qué significa el verdadero respeto hacia todo lo que nos rodea, sino que entenderemos también que las diversas interacciones entre todos los seres vivos, en todas las manifestaciones que somos capaces de desarrollar, son parte crucial de la vida misma. Así que si quieres darle clases a una hiena para que deje de matar y sea vegetariana, mejor déjate de estupideces.






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miércoles, 21 de julio de 2010

LA PROPAGANDA OFICIALISTA


H
ace pocos años un buen amigo me hizo saber algo que me impresionó muchísimo, no sólo por su contenido sino por la inequívoca relación que tenía el mismo con el contexto venezolano de aquel entonces. Se trataba de los Principios de Propaganda de Goebbels, una serie de postulados poderosos que constituyeron la base teórica de la influencia de Hitler y de su partido nacional-socialista sobre el pueblo germano. Me apresuro a indicarlos a continuación:
  1. Principio de simplificación y del enemigo único. Adoptar una única idea, un único símbolo. Individualizar al adversario en un único enemigo.
  2. Principio del método de contagio. Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo. Los adversarios han de constituirse en suma individualizada.
  3. Principio de la transposición. Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. (Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan).
  4. Principio de la exageración y desfiguración. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave.
  5. Principio de la vulgarización. Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar.
  6. Principio de orquestación. La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas. De aquí viene también la famosa frase: (Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad).
  7. Principio de renovación. Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que, cuando el adversario responda, el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones.
  8. Principio de la verosimilitud. Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sondas o de informaciones fragmentarias.
  9. Principio de la silenciación. Acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen el adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines.
  10. Principio de la transfusión. Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales. Se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.
  11. Principio de la unanimidad. Llegar a convencer a mucha gente de que piensa «como todo el mundo», creando una falsa impresión de unanimidad.

Estos principios no dejan de ser impresionantes para mi persona, me ocurre cada vez que los leo. Tan sólo 11 puntos, compuestos de lógica simple y aún de sofismas, que le permite al gobernante de turno, de cualquier contexto o cultura, un eficiente lavado de cerebro de las masas. El núcleo básico de la eficiencia de estos principios es nada más y nada menos que la ignorancia, de ella es que se alimentan.


La opinión de las masas, a lo largo de la historia y en cualquier lugar del mundo, es el reflejo inequívoco del nivel de sofisticación POR DEFECTO del individuo promedio que las compone. En una naturaleza dispuesta jerárquicamente como la que tenemos, son los individuos más especializados los menos abundantes y frágiles. En el caso humano, si elegimos como ejemplo de especialización a la inteligencia, resulta evidente que la proporción de genios de alto C.I. es mucho menor que la proporción de personas de C.I. estándar, regular o bajo.


Dado que la naturaleza, por su mecanismo intrínseco, tiende a prevalecer a los regulares y bajos sobre los excepcionales (sin que haya nada peyorativo en estos términos), es fácil observar que al discretizar a las masas como representación del individuo que las compone, se debe realizar más que un promedio simple, un promedio ponderado. Este promedio ponderado es el que “cuantifica” la tendencia de esa población hacia lo regular o anodino. Por ello hablaba anteriormente del nivel de sofisticación por defecto. Goebbels no ignoraba este asunto, y se puede comprobar en su principio de vulgarización:


Joseph Goebbels.


En el contexto venezolano, no sólo en aquel entonces, sino ahora más que nunca, se observa como la propaganda de Chávez parece haber estudiado muy bien estos principios. Me gustaría ilustrar con ejemplos algunas consignas presidenciales, repetidas innumerables veces por los oficialistas:


  • “¡Uh ah, Chávez no se va!”: Esta consigna probablemente nació del pueblo mismo y no de Chávez. Demuestra, en todo caso, lo acertado del principio de vulgarización. Es una consigna simple, básica, corta, basada en una cacofonía, que aunque de poco contenido en sí misma revela mucho de la mentalidad del bando que la profiere.

  • “Cúpulas podridas, CIA, pueblo Sionista de Israel, Oligarquía, latifundistas, golpistas, burguesía, el Imperio, etc”: Ejemplos claros del principio del método de contagio. Todos ellos son subcategorías de un mismo y único enemigo. Cualquier opositor es simultáneamente un oligarca, un enviado de la CIA, un apátrida, un imperialista, un golpista, y un oligarca.

  • “Yo soy el pueblo. Quien esté contra mi está contra el pueblo”. Ejemplo del principio de simplificación y del enemigo único.

  • “El Niño es el culpable de la crisis eléctrica”. Ejemplo del principio de la transposición.

  • “Chávez es amor”: Ejemplo claro del principio de vulgarización. Es un mensaje dispuesto de tal forma que el más infortunado mental del pueblo venezolano lo entiende y lo cree.

  • “El imperio yankee es el culpable de nuestras crisis”, “Los escuálidos apátridas”: Ejemplo del principio de orquestación. Estas frases han sido repetidas incontables veces durante 11 años por el presidente venezolano. Las repite cada vez que tiene oportunidad, esperando, quizás, que se vuelvan realidad. Por lo menos ya son una realidad en los oficialistas.

  • “Hay que exhumar al Libertador”, “¡Exprópiese!”, “Graduación de médicos integrales”, “Ese terrorista intentó asesinarme”. El presidente venezolano es el maestro del principio de la renovación. En Venezuela hay una incesante cantidad de noticias, que crece a un ritmo inverosímil. Otras naciones serias del mundo han de preguntarse por qué en este país ocurren tantos eventos importantes a la vez. La respuesta es que todo es manipulado, todo está tramado así para distraer a la gente de los verdaderos intereses. Lo lamentable es que se le sigue el juego.

  • Cuando aún no se tienen pruebas de la muerte de Danilo Anderson, por ejemplo, o cuando Ciclia Flores manda a callar a una diputada que inquiere acerca del caso PDVAL, se está ejerciendo el principio de la silenciación.

  • “Bolívar, Che, Marx, Jesucristo, Mao, Lenin, Sucre, Zamora, Manuela Saenz, Alí Primera, etc”: Todos ellos son ejemplo del principio de la transfusión. Chávez es un experto en aprovecharse de la historia de los difuntos para hacer de ella la suya propia. ¿Qué opinarían de él estos personajes de estar vivos?


El caso actual de la exhumación de Bolívar es lo más reciente y palpable respecto al implemento de estos principios propagandísticos. Como es fácil adivinar, Chávez no puede equivocarse en la tesis de que Bolívar murió por envenenamiento (si fuera falso, sería bastante contraproducente para su popularidad, probablemente eso haría que guardara silencio respecto a ese tema). En este orden de ideas, cuando se compruebe que efectivamente fue envenenado, y que muy probablemente lo fue por un “oligarca colombiano” del siglo XIX o por un “apátrida y contrarrevolucionario”, se avivará el discurso en contra del pueblo de Colombia y en contra de las “oligarquías”. Tenemos pues un claro ejemplo de los principios del método de contagio y de transfusión fusionados.

Apelo al pueblo venezolano y a cualquier otro que esté susceptible de ser manipulado a raíz de su ignorancia, que se culturice, que se ilustre. La educación es el mejor bien que pueden dejarse a sí mismos. Cito al tan admirado y desvirtuado Bolívar:


“Un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción”.

Para finalizar, quisiera compartir este video. El maestro actual de las victorias electorales en América Latina, J.J. Rendón (quién fue el artífice de la propaganda del actual presidente electo Santos) devela algunos detalles de la metodología chavista para ejercer su influencia en las masas.




De nuevo repito: educación, educación y más educación. Si la libertad no se entiende, no se merece.




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