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sábado, 5 de enero de 2013

"EL BANQUERO ANARQUISTA" - FERNANDO PESSOA. Un tributo


Fernando Pessoa, escritor de encomiable profundidad y modestia, escribió "El Banquero Anarquista" en 1922. Con un título tan intelectualmente provocador, casi coqueteando con el oxímoron, me gusta recrear en la imaginación que el Sr. Pessoa, de talante discreto, siempre solapándose entre sus heterónimos, se percataba de su inusual y llamativa sutileza en el manejo de las ideas; y no le quedaba más remedio que esconder su genialidad en las rendijas de identidades ficticias. Al decir verdad, aunque haya mucho orgullo en el acto de estampar la propia firma, también hay mucho del "amor propio" cuando se firma en son de otro, con la plena confianza de que el arte será tan ruidoso que más vale rehuir de la fama y delegársela a otra identidad. La insistencia en la modestia desentraña orgullos.

Uno de los aspectos que cautivan de este ensayo, es el carácter metódico con el que el protagonista va desentramando lo que corresponde a las ideas tradicionales del anarquismo y su puesta en práctica. La lógica se hace tan evidente, y al mismo tiempo tan reveladora, que fue muy sencillo discretizar el ensayo en una suerte de mapa de conceptos:

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Finalmente, ante un texto tan breve pero tan interesante en contenido, tomé la decisión de rendirle un tributo (también modesto), transmutando mis anotaciones personales a un esquema animado y público. Así, si la curiosidad ha guíado al lector hasta este punto, encarecidamente le invitaría a ver lo siguiente:




Si la ávidez del lector aún busca conocer de qué va este ensayo, gustosamente ocurro a extender la invitación a su lectura, a través del siguiente enlace. Si alguna vez ha tenido curiosidad por la doctrina anarquista, me atrevo a garantizar que esta lectura será, cuando menos, enriquecedora.



Sinceros agradecimientos.






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domingo, 22 de abril de 2012

PENSAD COMO POLÍTICO Y ENTENDERÉIS


 Tal parece que desde que los pueblos han tenido la oportunidad de elegir a sus dirigentes, la figura del político se ha venido trastocando en la forma de un orador de turno, afanoso por el poder y entusiasta de las parafernalias. Esto, incluso hasta llegar a deformar el concepto mismo de la política; y en vista de ello, no es despreciable ese creciente número de personas que, víctimas de la impronta reduccionista que define el semblante de los tiempos actuales, asocian todo lo referente a la política, rápida y tajantemente, con la peor inmundicia del ser humano. Y en ocasiones, hay que decirlo, no les faltan razones. 


 Pero cabría preguntarse, ya que es el ciudadano el que elige a su gobernante, quién es el verdadero responsable de las inconvenientes consecuencias de los gobiernos nefastos. No obstante, acusar enteramente al ciudadano de los desmanes ocasionados al otorgar, de buena fe, un cheque en blanco a una persona que promete ser un digno representante del pueblo, no es del todo justo. A fin de cuentas, para la persona promedio siempre será difícil prever si las promesas políticas por fin caerán del abstracto mundo de las ideas a la palpable realidad.


 A todas estas, quizás sea oportuno introducir una tercera variable en este problema de dilatada data. En el caso ideal en el que el ciudadano elija a su representante bajo las mejores premisas posibles, y que a la vez este representante sea congruente en acciones con lo que se espera de él, ¿existiría la posibilidad de que el gobierno de este hombre aún fuese desfavorable? La respuesta, aún en esta idealidad, es afirmativa. 


 Lo que falla, aún en condiciones ideales, es el sistema democrático en sí mismo. Ya en ensayos previos, como el "Fundamentalismo Democrático", se han expuesto cuáles son las razones más limitantes para que el sistema democrático sea susceptible de perfección, pero rescatando la más importante se recuerda que es la apología fundamentalista a la falacia del argumentum ad populum. En pocas palabras, la democracia se sostiene bajo la errónea premisa de que las mayorías siempre tienen la razón. 


 Lo que sucede con esto es que, por un lado, se deja la decisión en las mayorías que, por naturaleza simple, siempre han de ser espontáneamente gregarias e inacabadas; y por otro lado, el político, aún estuviendo preñado de buenas intenciones, se convierte en mercader de popularidades, pues intenta convencer de sus promesas o de su gestión a la mayor cantidad de personas posibles, centrando toda su atención a ello. En el sistema democrático actual, solo esto es lo que lo legitima como representante del pueblo. 


 Alejándose ya de las idealidades expuestas y remitiéndonos a la realidad, toca evaluar el caso en donde la población adolece de educación y en donde el político persigue algo mucho más que la satisfacción de sus coterráneos. En la praxis, contrario a lo que Platón ya había manifestado claramente en "La República" respecto al carácter de lo que debería ser un político, se observa cómo los que aspiran a ser representantes de todos, aún buscando la prosperidad de los suyos, embargan deseos de trascendencia, prestigio, poder y comodidad, tanto para ellos como para los suyos. Esto, que no tiene porqué ser peyorativo en sí mismo, hace, sin embargo, que el conseguir el cargo político y mantenerse en él sea el apetito principal del aspirante. En el proceso suele olvidarse que ejercer política es un servicio público y no la adquisición de un escalafón de superioridad. 


 En el mismo orden de ideas, cuando la masa votante es inculta o adolece de la educación suficiente, es exageradamente susceptible a los sofismas, a las soluciones inmediatas, a la inconsciencia histórica, a la poca memoria y a la emocionalidad del momento. 


 En este sentido y con este panorama (un sistema que favorece la cantidad y no la calidad del votante y unos votantes anodinamente educados), ¿qué posición debe tomar el político para llegar al cargo que anhela? Evidentemente, debe procurar a toda cosa la popularidad, la simpatía de la mayoría. 


 El discurso político se torna entonces para tales fines en el que ya conocemos: un discurso vacío, resonante, de ideas poco trabajadas y simples. El político debe mentir de forma inevitable. Una retórica emocional, llena de sofismas, que apunta siempre a las conciencias más básicas de la masa votante. El lenguaje será predominantemente sencillo, e incluso el político mismo intentará mimetizarse con el más humilde o representativo de la masa. Esta es la clase de discurso, y no otro, que funciona adecuadamente para los estratos poco cultivados y de limitados recursos económicos. Una referencia obligada de esta clase de lenguajes nos las da el mismísimo Goebbels de la Alemania Nazi. 


 Vale destacar que los medios de comunicación, estén o no a favor de este político, deben manejar un criterio editorial que sea complaciente con su público, de tal manera que perviva sobre todas las cosas la existencia del negocio del medio comunicacional como tal. Por este motivo, y por las mismas razones que el político, no toda la información debe ser conocida con todos. Huelga decir, también, que existe un criterio ético muy razonable en esta filtración informativa, pero no suele ser el principal factor. 


 Todo lo anterior conduce a la conclusión de que el político, necesariamente, inevitablemente, debe mentir. Como corolario inmediato, pues, se observa que la verdadera política es la que opera subrepticiamente, entre las personas selectas y directamente involucradas, e independientemente de la matriz informativa. El pueblo, la masa, el votante, nunca sabrá qué es lo que sucede a ciencia cierta. No puede y (no debe) saberlo en este sistema. 


 Cuando el político alcanza el cargo que desea, está obligado a mantener la misma estrategia de apología a la popularidad el mayor tiempo posible. Esto significa que cada aparición mediática, que cada discurso y cada acto de este representante no busca la satisfacción de los suyos como esencia, sino que busca mantener la legitimidad suya en el sistema. Busca votos, votos a través de actos que en el mejor de los casos redundan en el efecto colateral (más no principal) del beneficio de los ciudadanos. 


 Sería legítimo preguntarse: ¿y no es la mejor solución a la popularidad y a la anuencia de la masa que el político haga correctamente lo tiene que hacer? ¿Un buen gobierno no es garantía de un pueblo feliz que recompensará debidamente al político? En primera instancia, pareciera que así lo dicta la lógica. No obstante, es de lo más frecuente conseguirse con que el camino correcto en la guía y cuidado del Estado es impopular. 


 Si el político opta por lo correcto, en algún momento deberá tomar decisiones que no complacerán a la mayoría de los votantes, al mismo tiempo de tener el problema de las soluciones a mediano y a largo plazo, las cuales pueden requerir mucho más allá del período del cargo. Soluciones dilatadas beneficiarán la estampa de la magistratura de los políticos futuros, y decisiones impopulares aumentarán el descontento en la gente, lo que repercutirá en la reducción de esa sacrosanta mayoría. Lastimosamente, toda legitimidad en el sistema democrático se excusa en la libre determinación de los pueblos, independientemente de cuál sea esa determinación. Al político le toca complacer al circo, si pretende asirse bien en el cargo que ostenta. 


 Confluyendo las ideas, se tiene que la responsabilidad política de cada gobierno es una carga compartida entre ciudadano, sistema político y gobernante. Con el fundamentalismo democrático actual, mucho faltará aún para que los votos tengan “calidad” y no solo se les mire en cantidad, mientras mutemos a un nuevo sistema mejorado de representatividad. Quedan por mejorar los actores restantes: el ciudadano y el gobernante. 


 Como se ha dicho hasta la saciedad que la educación de calidad en los ciudadanos es el mejor vehículo hacia una mejor dirección del Estado, no valdrá la pena remarcarlo nuevamente en estas líneas. Pero además de ello, será asertivo saber elegir a nuestros gobernantes. 


 Los heraldos de la educación y el sentido común concluirán que en el perfil de un buen candidato (y por ende de un buen gobernante) comulgan una serie de características vitales, cuyo análisis se invita a discretizar como sigue: 


 • Una historia de vida afín a la dirección que desean tomar los ciudadanos. Sobre todo, la educación del gobernante debe ser conveniente para la dirección del cargo al que se postula. Hay que recordar que el político elegido será el ícono del pueblo que lo eligió. 
• Su prontuario laboral en los asuntos públicos. Es de especial interés el número de logros conseguidos, ponderados con tiempo y recursos utilizados. 
• Mientras menos familiares y allegados directos hayan conseguido cargos de poder a través del político, mejor. 
• Evaluar las ideas y argumentos del político, no desde la emocionalidad, sino desde la mayor objetividad posible. Si se puede, con data estadística y cuantitativa como respaldo. 
• Verificar su sensatez, amabilidad y educación con sus adversarios, así como su despreocupación ante las invitaciones a debate. 


 La vida bien pudiera manejarse con reduccionismos, pero al manejarla así, sin la paleta de colores necesaria para describirla y hacerle frente de forma correcta, poco se puede esperar de los resultados. En política, embadurnar al político de toda nuestras miserias es susceptible de esta misma carencia de sutilezas. Piénselo con detenimiento si opina que toda la responsabilidad es del gobernante de turno. 


 Saludos.





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domingo, 8 de abril de 2012

LA SUPERFICIALIDAD Y LA BANALIDAD

Cuando el carácter de la persona exige un rigor en lo que le rodea, se convierte en una suerte de perfeccionista, siempre ávido de sustancia, de calidad, de belleza. Algo que marca tajantemente la inflexión y distinción en esta clase de individuos es que no solo son amigos de la utilidad, sino que necesitan más que eso. Ya no se trata de que su mundo y las herramientas que lo tienden hacia él sean efectivas, sino que se trata de que, además, sean perfectas. En la gran mayoría de estos eventos, esta perfección es eufemismo de belleza.

Después de una profunda cavilación o después de una muy desarrollada sensibilidad (bien puede que ésta sea consecuencia de aquella), la persona de gusto exigente se exilia a sí misma, se condena (gustosamente) a sí misma a la soledad, a la incomprensión y a la poco frecuente satisfacción de sus más acabados apetitos. Un círculo reducido, una proto élite, es la consecuencia inmediata de lo que ocurre cuando esta clase de espíritus se reúnen en sociedad entre personas de similares inquietudes e intereses. Y es que lo que ha necesitado desarrollo y perfección no abunda ni puede ser popular.

Es importante remarcar que la persona de este talante persigue el único fin de satisfacer ese profundo anhelo de acercarse a lo bello, al arte, a lo sublime, al nivel máximo y más acabado de expresión de sí mismo y de su entorno. La exclusividad, en todas sus vertientes, es solo un corolario y no la meta en las acciones. El dinero nunca es fin, sino es el puente por antonomasia que permite el acercamiento entre este ser sensible y lo acabado.

La moral de esta persona, como es de suponer, proviene de una pensada resolución propia. Es un canon individual que tuvo que ser fraguado en momentos de necesaria introspección. El supremo respeto y dignidad que siente hacia sí mismo, pues se sabe único y exclusivo, le produce el mismo sentimiento hacia cualquier otro tipo de manifestación individual, aunque sea diametralmente opuesta. Su ética proviene de este hecho. No obstante, sabe reconocer lo no-acabado y se aleja de ello, pues se reconoce a sí mismo ahí, en estadios anteriores de su desarrollo estético interno. Esto, que es distinto a la discriminación, es más bien una huida de lo primitivo y de lo tosco.

La simpleza de lo complejo suele ser el sino aquí. La búsqueda aforística, la síntesis sin sincretismos, los absolutos menudos y flexibles. En la elevación del espíritu, el camino se estrecha; y las ideas y emociones, en conjunto con el despertar estético, comienzan a estar repletos de sutilezas y delicadezas, cual ramas ulteriores y finas de un árbol del conocimiento. Curiosamente, en este camino ascendente y delgado, como si de verdad existiera una idea absoluta, estos artistas se encuentran entre sí, incluso deambulando cada uno en su camino individual, sin premeditación; y pareciera entonces que la máxima que reza que “la belleza está en los ojos de quien la mira” es una inocente falacia.

Este acto de elevación y estrechez, que implica una profunda y transitoria transformación interior, un refinamiento y un filtro en lo que satisface los apetitos, alcanza su mejor expresión en lo que a partir de ahora se llamará superficialidad. Es la superficie ese estrato final que se consigue luego de ese viaje que parte desde los abismos más profundos y recónditos del desarrollo estético en el humano. La superficialidad, pues, requiere de una previa profundidad de espíritu. Toda capa requiere un sustrato. “Solo los superficiales se conocen a sí mismos”, decía Oscar Wilde.

En contraste con el movimiento ascendente de la persona superficial, el banal es descendente. Incluso, más que descendente, podría decirse es una caída libre; no ya desde un estrato superior, sino desde un plano ajeno a lo sublime al plano de lo bello. Todo esto, abrupta y artificialmente.

La brusquedad de la banalidad se debe a que a través de la persona de este carácter no ocurre ningún proceso de interiorización ni el pulir de elementos estéticos. El banal copia al superficial, saltándose todo el tramo del autoconocimiento y desarrollo del gusto.

Como se mencionó antes, el superficial no deviene en dinero, sino en lo que puede conseguir con él para llegar a lo que pretende, que es la satisfacción de sus más individuales y refinadas querencias. Es posible que el superficial, en cuanto a su apariencia y costumbres, ofrezca muestras inequívocas de exquisitez y lujo; pero este asunto solo es la inevitable expresión exterior de lo que en su interior alberga. Esta expresión es orgánica, pues si sus necesidades estéticas e ideales son exigentes, natural y espontáneamente exigentes serán, en ocasiones, sus necesidades de vestimenta, alimentación y entorno.

El banal, sin previo proceso reflexivo, no es capaz de deducir un canon ético propio, e imita entonces el del superficial. Pero no es capaz –nunca lo será- de copiar la ejercitada interioridad del superficial, y solo copia entonces su apariencia, sus gastos, su consumo. El banal es aquel que, como no siente mayor inquietud de espíritu hacia la belleza, confunde lo sublime con el valor monetario, convirtiendo así el dinero en el fin mismo. Procura, desde luego, lo más costoso, lo más exuberante y llamativo, la mayor cantidad, lo más ostentoso y hasta exagerado.

En la banalidad no hay delicadezas, porque aún intentando disfrazarla en las formas (por ejemplo, El banal es un remedo del superficial.cuando se ciñe a la fórmula de protocolo y etiqueta de las “altas clases”), se nota la tosquedad en el manejo y desenvolvimiento de las ideas. El banal cree vehementemente en las fórmulas y en las soluciones prêt-à-porter, y en contraste con el superficial, nunca se pregunta el “por qué” de los asuntos. En todo caso, se pregunta el “para qué”, siempre en aras de una búsqueda de utilidad. Los superficiales saben que la utilidad de las cosas es apenas un estadio primitivo en el proceso de aprehensión de ellas.

En la tosca banalidad se discrimina. No hay respeto a la individualidad del diferente, sino que más bien hay un sectarismo que es una mala copia del natural elitismo del superficial. Por eso el banal se siente superior, cuando es, sin sospecharlo, el estrato más desfavorecido de gracia. De aquí se deduce que lo que históricamente se ha llamado aristocracia no ha sido más que el disfraz costoso del chandala. De aristocracias y noblezas verdaderas, que son las del espíritu, sabían muy bien Nietzsche y Ortega & Gasset.

La diferencia entre superficialidad y banalidad se hace muy necesaria en los tiempos del hoy, en donde precisamente el pensamiento de lo inmediato, de las cápsulas y de las soluciones en cajas parece estar por doquier. Que no haya reduccionismos en afirmar que el arte es perfectamente inútil, y que el superficial, quien es su heraldo, es por lo tanto, un banal.

Un saludo.





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sábado, 29 de octubre de 2011

YO SOLO SE QUE NO SE NADA


El lugar común que es la frase de Sócrates le ha dado muchas cosas que decir a los filósofos y los no tan filósofos. El personaje que profirió el aserto es de por sí misterioso, sobre todo por el hecho de que no dejó nada escrito y eso da pie a multitud de ambigüedades. Algunos dicen que él es el padre de la filosofía; otros, en cambio, desprecian sus enseñanzas, que según ellos, ni siquiera fueron tales. En cualquier caso, no se puede negar el atino de la frase que no solamente sirve de título a esto que escribo, sino que además es su contenido y su fondo.

El pensamiento brillante que profirió aquel barbudo vale lo que cualquier obra escrita. En él queda expresada la única certeza que debe tener cualquier hombre de genio y es la de saberse ignorante. Partir de la convicción de que se es un ignorante, de que lo que se sabe es aún poco, es el nervio latente que confiere vitalidad a toda aspiración intelectual. Ese conocimiento inseguro de sí mismo, que se asume como poquísimo, que se siente anodino comparado con la amplitud de conocimientos posibles, es el germen de cualquier empresa intelectual. Y a medida que se sabe más se sabe que se sabe menos, en la medida que se hace uno menos ignorante, quiero decir más ignorante, se percata uno de la ominosa realidad que es la de nuestra insondable finitud. Finitud: asumirla y no quererla más. Esa es la máxima de cualquier hombre con inquietud vital, y para llegar a ella, necesitamos movernos a través del hilo conductor que es este juego de palabras del filósofo griego.

De nuestra finitud habla Novalis diciendo: “la filosofía es en realidad nostalgia, un impulso de estar en todas partes en casa”. Nostalgia de sabernos finitos, radicalmente finitos, y no quererlo ser más. Ser menos finitos, infinitos, no morirnos, “estar en todas partes en casa”, sin tiempo o con todo el tiempo; sin espacio, o con todo el espacio; ser cada cosa, ser todo sin dejar de ser nosotros mismos. Conocer, abarcar, multiplicarnos y la realidad concomitante: nuestra propia finitud; que aunque queramos no podemos, que aunque no queramos nos morimos. Al final nos queda sólo eso, saber que no sabemos nada, que somos ínfimos, limitados e irremediablemente nostálgicos.

Pero, ¿para tener nostalgia no hace falta que nos hayan quitado algo, que nos arrebataran algo que nos pertenecía? Cada hombre que piensa, se da cuenta que le han quitado algo, que no puede llegar a ser plenamente sin ello. ¿Y que es aquello que nos da nostalgia entonces? Spinoza escribe: “cada cosa se esfuerza, cuanto está en su alcance, por perseverar en su ser”. Y esa proposición es nostalgia, cuando el judío que elaboraba cristales escribe eso, hace referencia al hombre, al hombre que quiere seguir siendo, al hombre que no quiere dejar de ser nunca el mismo, al hombre que de un tajo, cuando piensa, cuando reflexiona, cuando razona, le quitan o se quita el mismo, la posibilidad de perseverar en su ser. Se da cuenta de que aquello es imposible, de que aquello es absurdo, de que un día aunque no quiera volverá a la nada, dejará de ser, de sentir, de ser nostálgico. De allí la nostalgia, nostalgia de lo que queremos ser y no podemos, nostalgia de algo que pensamos podíamos ser pero no podemos serlo ya.

Y entonces las reflexiones se repiten, se superponen. Pero nostalgia no es resignación, el hombre no se resigna, el hombre se inventa dioses que lo inventaron, el hombre estudia, viaja a otros mundos, busca acabar con su finitud. No se resigna dijimos, no se resigna a ser finito, perecedero, de allí la fe, fe en los absolutos, fe en Dios, fe en la historia, fe en la materia. Filosofar es al final no querer ser más finitos, toda filosofía parte del sentimiento de su propia finitud, y busca acabar con ella. Pero sólo se logra filosofar mirando las cosas con la mirada esencial, que es simple, y sumamente ingenua. Y esa ingenuidad pasa por asumir la frase socrática.

Filosofar es darse cuenta que lo que se sabe no sirve de nada si no se penetra en las cosas. Analizar el fondo de las cosas, o de la cosa, objeto siempre de nuestras reflexiones, que es nuestra finitud. Filosofía de la finitud, redundancia: filosofía es finitud.



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viernes, 7 de octubre de 2011

MOTIVACIÓN, CAPITALISMO Y DESARROLLO



M o t i v a c i ó n

Motivación, según el diccionario: Animar a alguien para que se interese por alguna cosa. Definición parca, pero útil. La palabra motivación la usamos frecuentemente y en situaciones tan diversas, que a veces no nos percatamos que su fondo forma parte fundamental de la historia y abarca parte, no menos fundamental, del devenir de la humanidad.

   El hombre, ese animal racional de Linneo, y sentimental de Unamuno, ese bípedo implume de Platón y Homo Faber o Sapiens, de otros tantos; es además, un animal motivado. Quizá suene demagógico o complaciente, pero todas las denominaciones anteriores son ciertas, tienen algo en común. Y es que todos los que las concibieron añadieron a la palabra animal (o a Homo, es igual), que sola suena igual a tripa o ascensor, un calificativo distintivo, propio de nuestro género, humanizándola. De esta forma, las denominaciones fueron fácilmente asimiladas por el mundo y sobre todo por los que, sensibles de su humanidad, entendieron que el hombre es el único animal que razona, el único que hace, siente y sabe, y como no me viene otro a la mente, el único que, en su condición de bípedo, fue privado de su plumaje-al menos que le quitemos las plumas a un pollo como hizo Diógenes. Ahora bien, dentro de las designaciones anteriores hay una que introduje sin permiso. Dije: animal motivado. Sí, no fue un error y si de algún modo lo fuera, no es por lo de motivado, sino por lo otro, lo de animal. Lo importante de todo esto es saber que cuando la motivación falta el hombre de pie fenece, o por lo menos sus aspiraciones. Ya lector, te darás cuenta por qué.

   Sí bien es cierto, la motivación, definida arriba, pude ser una disposición interna, como venida de dentro y transmitida con la acción y el discurrir del individuo, es más cierto todavía que son pocos los hombres que en un medio sin alicientes, se auto motiven, supeditando sus acciones a un fin más allá de lo aparentemente posible. Gran parte de los individuos son movidos por cuestiones exógenas e inmediatas, y por disposiciones del medio. A qué me refiero, usemos un ejemplo sencillo: En la “Universidad X” el sistema de calificaciones sólo abarca dos categorías si se quiere: la primera, la categoría de aprobado; La segunda: la de no aprobado. Por tanto, el estudiante, independientemente del nivel de conocimientos que posea, sólo podrá pertenecer a una de las dos; es decir, el individuo que cumplió con los requisitos mínimos para aprobar tendrá la misma calificación, que el que habiendo profundizado más en el estudio, debería pertenecer a otro grupo (el de aprobado con creces, por ejemplo). Salta a la vista que los estudiantes en esta universidad adquirirán los conocimientos necesarios para aprobar y no centraran su empeño en conocer a profundidad el material. Porque, en definitiva ¿para qué conocer más si mi nota será igual? Indiscutiblemente, habrá un grupo de individuos -reducido, pienso- capaz de sustraerse de la situación, estos adquirirán sus conocimientos sabiendo que al final la nota no es determinante, sino el conocimiento en sí.

   Concluyo: Son personas marcadas y con disposiciones muy especiales las que pueden hacer frente a su entorno y obrar en grande, la motivación es consustancial a ellos y no requieren que de alguna forma se la inoculen; de resto son pocos los capaces de obrar y superarse sin que el medio los motive y haga posible sin esfuerzos sobre humanos el desempeño de sus vidas. En un medio sin posibilidades, el mejoramiento es difícilmente conseguible.
Si no se desprende de lo dicho antes la relación existente entre la motivación con el desarrollo de las sociedades, trataremos de explicarlo más adelante.

C a p i t a l i s m o  y  m o t i v a c i ó n,  o  i g u a l d a d

“Bajo toda la vida contemporánea late una injusticia profunda e irritante: el falso supuesto de la igualdad real entre los hombres.” Ortega y Gasset.

“La igualdad hace disminuir la felicidad del individuo, pero abre la vía para la ausencia de dolor de todos. Al final de la meta estaría ciertamente la ausencia de dolor, pero también la ausencia de felicidad.” Nietzsche.

Muchos sueñan con un mundo donde las desigualdades no existan y donde el dinero se sustituya por el trueque. Pero la verdad es que la desigualdad es propia del hombre y al parecer, el dinero también.

   Nunca entendí el término de igualdad que enseñan en política, no lo comprendí por el simple hecho de que nadie pudo explicármelo jamás; en mi mente, lo que intentaban exponerme sin convicción, rebotaba y se iba por el mismo lugar por donde entró. Esto sucedía, y ahora me doy cuenta, porque contradecía a aquel signo genuino y fácilmente representable, el signo lógico-matemático, que simboliza, simplemente, que dos cosas son similares(o tres, o cuatro). Debemos admitir, y con sinceridad reconocer, que la tan repetida palabra igualdad, referida al hombre en sociedad ¿a eso es a lo que se refiere?, cuando está sola, no tiene significación verdadera o sólo una efímera; en cambio sí lo tiene la otra, la única igualdad, que se usa en las matemáticas y en la lógica, y cuyo significado está bien constituido en nuestro lenguaje. Esa última igualdad, al ser la única cognoscible, es la que tiene posibilidad de representación en mi mente; cuando alguien se refiere a la primera se me aparece inevitablemente la segunda. En fin, de la abstracta igualdad que intentan enseñar algunos, y de la cual hacen referencia las ideologías ramplonas, que cada quien recurra cuando le plazca (como ha sido siempre). Dije, al principio de este párrafo, que la igualdad de los cursis, la igualdad humana- que es un oxímoron igual de absurdo que decir el “cristiano ateo”, o el “gato ladrador”-, contradecía el concepto que tenía ya en mi mente, y lo hacía simplemente porque no me imagino a otro hombre igual a mí ya que al pensarlo me pienso a mí mismo. Mi ejemplo, ciertamente, no tiene representación posible, acaso la tenga y mi imaginación sea más corta que el vuelo de una gallina.

   En todo caso considero que la igualdad aplicada al hombre es atroz. El individuo humano, en tanto individuo, tiene como condición primaria la de ser único, un sistema basado en la igualdad es un sistema falaz en su zócalo. En contraposición a los animales, el hombre propende a la desigualdad; el hombre es tanto más hombre en cuanto más diferenciada sea su acción; cuanto menos lo sea, más por el contrario, se parecerá a las vacas, que no se diferencian unas de otras. Somos todos diferentes porque nuestras capacidades intelectuales son distintas, tenemos entre individuos dispares aspiraciones, disposiciones morales disímiles y concepciones religiosas múltiples. La igualdad es por tanto sólo consumada en el mundo de las ideologías, y las abstracciones; en el mundo de verdad, la igualdad no es posible, como no es posible que un pez, atacado por las ansias de ser distinto, viaje en dirección opuesta a su cardumen; si alguno, ávil nadador, lograse desprenderse de su grupo, no sería por perspicaz, sino porque perdió el sentido de la orientación y sería consecuentemente devorado. El animal distinto es un error, en tanto que en el hombre, la distinción es su característica definitoria. En una palabra: dejémosle la igualdad a las ideologías ramplonas, que mientras, los hombres de verdad, nos nutrimos de su opuesto.

   Respecto al dinero, a algunos les parecerá contradictorio que después de miles de años desde su invención, sigamos utilizándolo. Las relaciones humanas, ya desde fechas harto lejanas, no se conciben sino a través del capital. ¿Por qué persiste? Creo que la riqueza es una fuente de motivación sustancial, y aquí es donde quería llegar.

   Algunos individuos centran sus acciones en descubrir nuevas teorías, otros en escribir novelas, otros en cambio intentan socavar las bases del hombre proporcionando nuevas luces acerca de su fondo. ¿Pero qué hay del individuo promedio? ¿Qué hay del que le interesa más bien poco de que material está hecho? Pienso que ese hombre, caracterizado muy bien por Ortega y bautizado por él como hombre-masa, tiene como una de sus motivaciones fundamentales el dinero. Es la riqueza una de las formas que posee para salir adelante, su motivación parte de ella. La aspiración de superarse por medio del capital, no es desdeñable, ni mucho menos inhumana: ha servido para sacar a países enteros de la pobreza. En China, desde que es el país capitalista por antonomasia, han surgido cerca de 250 millones de personas de la miseria. El capitalismo es pues el sistema que permite al individuo ser el hacedor de la economía, y hace partícipe del desarrollo a todos y no sólo a los más capaces. Es en fin, fuente de motivación.

   Ahora bien, el capitalismo debe entenderse como lo que es, un sistema económico y no más, muchas veces se le atribuyen faltas que son propias de resquebrajamientos más profundos, atinentes al fondo de la sociedad y a sus formas de estructuración reales. La moral, la ley, y la religión. De ellas hablo.

¿V e n e z u e l a   u n  p a í s   m o t i v a d o?

Presenciamos cómo continuamente hacen referencia a la flojera Venezolana para dar explicación a los problemas, muchos se entretienen formulando teorías de parvulario sobre esto. En sus exhaustivos doctorados llegan a la conclusión de que ella forma parte de nosotros porque el calor del trópico afecta a los habitantes de estas tierras negativamente, los menos; y de que estamos destinados por nuestras raíces múltiples a colgarnos de la hamaca, los más. Otros, antropólogos de parrillada dominguera, diseminan y repiten como un loro, que la viveza forma parte de nuestra idiosincrasia así como el gusto por las caraotas. Unos, los tontos menos agraciados, apelan al ¨imperio¨ para explicar los ranchos de petare. De esta forma, tanto el teórico de parvulario, como el antropólogo de parrillada, queda satisfecho, convencido de que todos los problemas se reducen a esta o aquella otra cuestión. Pero al que no le hacen mella estas caracterizaciones pobres y estos culpables tristes, se da cuenta de la abrumadora amplitud del asunto y lo poco susceptible que es de generalizaciones y juicios cortos. En fin: tontos, vivos y flojos hay en todas partes y no creo que Venezuela sea un lugar especial donde convivan en mayor cantidad.

   A veces los problemas es mejor mirarlos de soslayo y no dejarse engañar por las impresiones de frente, que nos deslumbran. Así como la luz, enfocada sobre un objeto en ángulo abierto, aún incidiendo con menos intensidad, abarca un área mayor que si se enfoca perpendicularmente. Cuando hablamos del subdesarrollo de nuestro país es bueno deslindarse de determinismos que complican la labor de comprender. Ignoro en gran medida cuales son las causas, son tantas y tan complejas que no está en mis manos conocer su forma. Ahora bien, siento que en el círculo vicioso de la pobreza y el subdesarrollo existe un factor que es a la vez causa y efecto, hablo de la desmotivación. No creo, como dije, que la flojera, el conformismos, o la viveza sean partes del ser Venezolano, pero si estoy convencido que son el reflejo aparente y mal entendido de la esencia real del problema. Personas conviven en situaciones verdaderamente complicadas; los barrios de Venezuela son, sin lugar a dudas, lugares donde las caracterizaciones simples de las que hablábamos quedan desdibujadas por el acontecer de la realidad, quedan convertidas en juicios injustos. Familias apiñadas, drogas, delincuencia, deserción escolar… Pongámonos en la piel del que sufre en ese entorno y veremos que la desmotivación y la falta de alicientes es el factor verdadero que condiciona a los demás. Las posibilidades de mejorar en un ambiente tan hostil, definitivamente son pocas; es abrumadora y hasta sobre humana la tarea que debe hacer cualquier venezolano para mejorar, en esas condiciones, sus condiciones.

   Para formar sociedades en donde las posibilidades de superación sean verdaderas y no estén enhiestas en un escalón inalcanzable, es necesario la construcción de instituciones sólidas, por un lado; y permitiendo que la riqueza del país sea de todos, por el otro. Esto último no consiste en repartirlas como si fueran regalos, como pretenden los gobiernos megalómanos y con pretensiones de omnisciencia. La verdadera solución es la construcción de una economía donde el individuo y no el conglomerado sea su hacedor y los sistemas de producción estén supeditados a él y no al interés nacional -término tan ambiguo y mal usado, que bien puede significar el interés de todos, como el interés de un degenerado-. Así pues el capitalismo, entendido en los términos planteados y como lo ha demostrado la historia, es el sistema que procura el desarrollo. De esta forma, la posibilidad de que los hombres sean los constructores verdaderos de la economía y no el estado, está relacionada y queda incluida, en una de las circunscripciones fundamentales de la democracia, que es el derecho de que cada quien tenga lo suyo, el derecho en fin: a la propiedad. En una palabra, la democracia subsume a la propiedad y sin esta última, la primera no es. Cuando el sustantivo “propiedad” va acompañado de unos adjetivos adjuntos que bien pueden calificar a un rebaño, como son: “social” o “comunal”, las consignas formadas, “propiedad social” y “propiedad comunal”, respectivamente, se convierten, por un método semiótico, tal vez sintáctico, o mejor, simplemente, por un método sin-tacto, en la negación de la palabra contenida en ellas, en la contra-propiedad, pues; una contradictio in adjecto.

   Para terminar digo, que debemos defender al hombre entendido como ente individual y motivado. Diluir su individualidad en la sociedad, como pretenden algunas ideologías que se revelan nada más por el nombre, es como intentar desviar el curso de un río con un muro de cartón. No nos dejemos llevar por los que construyen con cartón y aceptemos los ejemplos de concreto de la historia; el desarrollo es posible en los términos ya planteados, es decir, entendiendo que el hombre corriente se mueve por motivaciones y que las suyas están muy unidas al capital, no más.









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miércoles, 13 de julio de 2011

EL CASO DAMIAN HIRST


T

oda obra constituye un reflejo inequívoco de la esencia de su autor. Las huellas digitales, la caligrafía, el lenguaje corporal, los modismos, y cualquier otro acto derivado de la personalidad del hombre se encuentra impregnado del núcleo mismo del lugar de su origen, esto es, de la conciencia (voluntaria o no) de su creador.

Es por ello que es tan válido predecir los actos de una persona en base a la personalidad de ésta, como válido también es evaluar dichos actos para inferir la personalidad. Creador y creación se unen entonces por una cadena sutil, invisible pero irrompible, en donde cada extremo conduce inevitablemente al otro.

En esta oportunidad, emitir una opinión acerca de Damian Hirst implica, en base a lo anteriormente dicho, conocer no sólo las creaciones de tal artista, sino conocer también cuáles fueron sus motivos más íntimos a lo largo de su vida que lo llevaron a la posición en la que está.

Bien conocida es la trayectoria rebelde de Hirst a lo largo de su existencia. Él mismo confiesa haber sido inmanejable en su juventud, y sólo haber destacado en las materias artísticas durante su estadía académica en el colegio. Extravagancia e irreverencia parecen ser las palabras que definen su carácter desde siempre, aunque es a los 43 años cuando un suceso le impactó enormemente.

En efecto, a esa edad muere uno de sus amigos más íntimos, Joe Strummer, lo cual afecta tanto a Hirst que éste revela “sentirse mortal por primera vez”. Es a partir de acá en donde se puede entender cómo la irreverencia natural de Hirst y cómo la muerte se funden en un solo concepto en cada una de sus obras.

Difícil es definir el buen gusto, por cuanto es también muy complicado establecer un consenso para clasificar lo que es arte y lo que no. Sin embargo, el que exista el acuño “buen gusto” implica que a pesar de todo atisbo por esquematizarlo, el arte, el bueno, está ahí. Pudiera decirse que más que racionalizarlo y decidir si es bueno o no, es algo que se debe sentir.

Y es que la naturaleza de alguna manera nos lo muestra con sutiles ejemplos. Lo valioso del oro y la belleza de las piedras preciosas radica, evidentemente, en su naturaleza hermosa y en sus propiedades imperecederas o estéticas. Y para que el oro y los diamantes alcancen tales características es menester que un proceso bastante largo y hasta exquisito ocurra con ellos. De ahí que, justamente, por lo riguroso y exquisito de estos procesos, el oro y las piedras preciosas suelen ser escasos en la naturaleza, o por lo menos de difícil acceso. El corolario que desea extraerse de esto es que lo bueno, lo excelso, lo refinando, lo realmente bello o lo sublime deben su escasez y su difícil acceso por su propia naturaleza.

Sin embargo, en muchas ocasiones, referente a esto, ocurre una inversión de las causas y los efectos. A veces se piensa que siendo exclusivo, elitesco, escaso o raro es sinónimo automático de ser sublime, excelso o bello. Grosso error considerando que, por ejemplo, los defectos congénitos suelen ser escasos en la población, pero no por ello son bellos. Esnobismo, en resumidas cuentas.


For the love of God.

En este orden de ideas, ser surrealista, o más aún, alcanzar la belleza del arte en el mundo surrealista, siempre ha sido característicamente un acto que se revela contra el sistema. Ahora bien, ¿es todo acto surrealista, por el simple hecho de ser rebelde, escaso o raro, un sinónimo de buen arte, o incluso de arte? La respuesta pareciera ser negativa.

Romper la regla establecida o enfrentar a la moral vigente es la consecuencia natural de ser extraño, raro o difícil de encontrar, más no es la causa. Si el artista deja fluir su emocionalidad, su creatividad, su técnica y su concepto en su obra, poco tiene que ver él con la norma establecida o con los cánones, si su tendencia es surrealista. Es más, poco le debe importar si su arte calza dentro del surrealismo o no. Él simplemente es y su obra simplemente es, quedando para el mundo la tarea de la clasificación.

Damian Hirst, incluyendo a otros artistas de vertiente surrealista, no pareciera ser sincero del todo con lo que persigue en su arte. Muchas veces ha sido catalogado de premeditar polémica con sus trabajos, buscando siempre llamar la atención, o estar decididamente en contra de los cánones establecidos con cada obra que realiza. Más allá de criticarle el hecho de que en varios de sus trabajos no participa directamente, o sencillamente busca altas sumas de dinero sin ninguna otra finalidad, Hirst se delata a sí mismo cuando el éxito de lo que realiza depende en demasía del qué dirán. ¿Hubieran tenido sus trabajos de animales en formol el mismo éxito de no ser por la sensibilidad que la gente tiene por los animales? O en otras palabras, ¿Hirst tendría el éxito que tiene de no ser tan inmoral o tan polémico para las masas?

Es aquí donde es menester detenerse y reflexionar si el éxito de dicho personaje radica en su ataque directo a la convención o si descansa en la genialidad intrínseca de sus trabajos. A pesar de que no existe un acuerdo limitante acerca de lo que es arte o no, se reitera que sí existe una sensibilidad por el buen gusto que sólo se adquiere con la inmersión paulatina y natural en el universo artístico. Por ello, personajes que llevan años en este oficio pueden prescindir de una teoría o de una visión esquemática acerca de lo que es arte o buen gusto, en vista de que su estancia en el área les ha proveído un despertar en sus sentidos. Una de estas personas es el reconocido Mario Vargas Llosa, que en su momento, valiéndose justamente de su dilatada trayectoria y experiencia, se permitió criticar duramente a Damian Hirst.

Vargas Llosa afirmaba que no existe mucha diferencia entre, por ejemplo, la calavera de Hirst y las calaveras de mazapán de México. ¿Cómo se diferencia la pillería del talento?Su punto de partida es que Hirst busca descaradamente enriquecerse, aplicando la fórmula burda de crear polémica en sus trabajos para conseguir ser denominado luego como surrealista o vanguardista. Y por lo menos sería lógico seguir el razonamiento de Vargas Llosa cuando está en evidencia que el mismo Hirst interviene clandestinamente en las subastas de sus obras, se salta el protocolo establecido de los museos, y se convierte así en el artista vivo mejor pagado.

¿Hay genialidad artística implícita en el hecho de ignorar el protocolo de los museos e ir a la subasta directamente? Es posible. Aunque tal vez sería más “genuinamente surrealista” sugerir oníricamente, si es el gusto, los motivos; o quizás no viciar dicho acto de vanguardismo con dinero de por medio. ¿Por qué no subastarlo al que ofrezca menos dinero, por ejemplo? Eso sí sería realmente interesante, vanguardista e irreverente.

Retomando la biografía de este artista, el mismo ha reconocido que se está alejando del camino de los excesos y que paulatinamente retoma el sendero hacia el cristianismo. Esto es de vital importancia, porque ante la posibilidad de un Hirst más moral existe inquietud acerca del vuelco que podrían dar sus obras, e incluso su concepto central de “Historia Natural”, en donde la muerte de animales ha tenido gran protagonismo.

¿Será entonces que el nuevo Damian Hirst, en caso de volverse más apegado a la moralidad cristiana, reconfigurará la línea de sus obras alejándolas de las polémicas o de la búsqueda inmediata de dinero?

Independientemente de lo que ocurrirá, Damian Hirst ya ha dado mucho de qué hablar en el mundo del arte. Quedará entonces para aquellos verdaderos capacitados en el tema juzgar si Hirst es un vanguardista del surrealismo o es más bien un verdadero genio de los negocios. Que sea esta entonces una lección vívida para comenzar a reflexionar si el arte debe ser definido solamente bajo el criterio de las sensaciones o si debería tener, por lo menos a grandes rasgos, una normativa para establecer la diferencia entre, como diría Vargas Llosa, “la pillería y el talento”.

Cordiales saludos.
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martes, 5 de julio de 2011

EL BICENTENARIO IMPROPIO


D
oscientos años. Un par de centenas de años que bien pudieran ser traducidas al entendimiento humano en unas aproximadas siete u ocho generaciones. Todavía abundan en Venezuela personas que pueden encontrar su derivación filial hasta las épocas en donde los esclavos molían maíz en el pilón de las casas de los blancos criollos. Doscientos años en términos históricos no es mucho en realidad.

Pero lo importante del bicentenario venezolano, es que en aquel 5 de julio de 1811 se hizo una declaración de independencia, una voluntad de separación, un nacimiento. Precisamente es eso, un nacimiento, que hay que analizar con mucha cautela y sin consignas irracionales nacionalistas.

La independencia de Venezuela, el comienzo del nacimiento de este país, fue un parto apresurado. Si se quiere, fue el primer gran movimiento esnobista de las élites de esta región. Ser una colonia era algo ya, en los 1800, demodé para las finas pretensiones y gustos románticos de las clases educadas. Y cuando Bolívar vio a Napoleón coronarse, el sueño de la América Unida (su sueño, no el sueño del vulgo) comenzó a gestarse incluso antes de que el más humilde campesino llanero supiera siquiera qué era América.

He ahí nuestro primer error: la independencia, esa lucha que tiñó de sangre a la mitad de Suramérica, la más violenta de la época, fue producto de unas ideas importadas, que por muy noble que hayan sido o no, no se habían digerido aún en el común de la población. Fue un mandato vertical, de las élites al pueblo, que no fue comprendido en sus raíces y que tampoco tenía por qué. De la noche a la mañana, un llanero dejó de arrear las reses para atravesar los Andes con un fusil, sin filosofía alguna que le diera sustento a sus acciones, más que la paga y la promesa populista de algunos derechos extras.

Hasta Miranda, el más profundo prócer independentista de Venezuela, cometió la imprudencia de pensar que los habitantes de esta región estaban a la par de la vanguardia de la época. Nadie sintió en el corazón la bandera que trajo. Eso de ser un país distinto, separado, no era más que un ideal artificial, si se me perdona la redundancia.

Pero así sucedieron las cosas, Venezuela se cortó el cordón umbilical. Nació a pesar de una gestación impropia, nació de las palabras, de los impulsos franceses, de las constituciones estadounidenses, de la ambición de un hijo de españoles, de la indiferencia indígena. No nació de los venezolanos, no fue un movimiento espontáneo, orgánico; no fue una convicción formal de algo que ya estaba en las calles y en los corazones, no fue nunca un destapar de una olla hirviente. Todo fue, francamente artificial.

La historia se encargaría de hacéroslo cobrar. Bolívar mismo no tuvo más remedio que ser dictador. Páez, el primer presidente de este país (cuando por fin formalmente ya podía llamarse Venezuela), también tuvo que asir el mando sin muchas flexibilidades. Y pues, queda para la muestra una historia de 200 años, de la que casi 130 años estuvimos en dictaduras. No se puede hablar de un espíritu libertario, de una espontaneidad libre, si la mayor parte del tiempo estuvimos acostumbrados a estar pisados por el caudillo del momento. Se fue el yugo Español, pero eso no significó libertad.

El segundo traspiés prematuro e importado fue la llegada de la democracia. Betancourt quería democracia a la fuerza, en una población que si bien ya detestaba a los dictadores, no tenía preparación alguna para tomar decisiones políticas. López Contreras entendía de eso, Medina Angarita también, pero Betancourt no. De nuevo, el capricho onírico de uno es el forcejeo apresurado de toda una sociedad. Y tampoco en esta ocasión se sabía muy bien hacia dónde era que teníamos que ir.

Como consecuencia, resulta que ahora, en tiempos actuales, todos están capacitados equitativamente para decidir quién es el que debe dirigir el país. Todos son especialistas políticos. El más vulgar y anodino ejerce igual peso que el más preparado ciudadano a la hora de discernir las riendas del destino venezolano. Incluso hasta ser de otras tierras no es impedimento para tomar decisiones patrias…

¿Qué es todo esto? Estamos en vista, pues, de un amasijo sin forma de muchos acontecimientos, de mucho esnobismo, de sembradíos de café que financiaban pugnas de caudillos, de petróleo que financiaba (y financia) pugnas politiqueras entre los partidos, de una sociedad increíblemente sincrética, en donde aún perdura en la práctica la división de blancos, negros e indios. Inverosímilmente, ahora se tienen pretensiones, en una tercera oleada de parejerismo criollo, de ser socialistas. Por favor.

Nos ha faltado algo muy importante, que si bien es cierto que es muy difícil obtener con apenas 200 años de historia (y 300 años de gestación predecesora), que si bien es cierto que será mucho más difícil de lograr con un mundo globalizado y en presencia de nuestro talante esnobista; no dejará, empero, de ser crucial para nuestro destino. Nos falta nada más y nada menos que identidad. No sabemos quiénes somos.

¿Qué es ser venezolano? He allí la pregunta más grande, la más difícil, la más importante ante este bicentenario. Porque no sabemos lo que estamos celebrando el día de hoy. Celebramos independencia, ¿pero de quién? ¿De qué o de quién nos diferenciamos? ¿Cuál es el límite que demarca al venezolano de cualquier otro ciudadano del mundo? ¿Qué es ser venezolano?

Todavía somos un amasijo en plena formación, falta mucho para responder. Somos una suerte de Roma caída, que busca nuevos senderos y organizaciones culturales. Sin embargo, la claridad es menester cuando se describe lo que no somos. No podemos hallar identidad nacional en lo sincrético; no podemos enorgullecernos de ser una mezcla de razas y credos, por ejemplo. Tampoco podemos hallar identidad en lo que no hemos elegido, pues ni las “mujeres bellas”, ni los parajes hermosos, ni nuestros recursos naturales son un constructo de un esfuerzo nacional.

Entonces, ¿qué es ser venezolano, qué significa eso? ¿Qué estamos celebrando el día de hoy si no sabemos de qué nos diferenciamos? Luego, una vez resuelta esta gran cuestión, estaríamos en la capacidad de saber muy bien qué podríamos ser, hacia dónde ir.

Cordiales saludos.





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domingo, 3 de julio de 2011

DIOS SEGÙN PARMÈNIDES


E
l gran Parménides de Elea renace con fuerza cada vez que se debate su inclinación espiritual, entendiéndose por ésta toda posible afiliación por la divinidad. Fue el autor del Poema del Ser, un compendio de versos épicos y de contenido didáctico, que funge como único testimonio directo de este gigante del pensamiento occidental. En él, se hace patente la revelación divina, que es, precisamente, el objeto de debate del cual se intenta discernir si es un recurso metafórico o una confesión literal.

Parménides deambulaba en la Tierra hace un poco más de 25 siglos, en la región de Elea en el sur de Italia, y recorrió una buena parte de la Grecia Antigua. Estaba sumido en una atmósfera de misticismos de las más diversas clases, con claras referencias a la Teogonía de Hesíodo y demás tradiciones secundarias. No obstante, como buen filósofo, sabía distinguirse de los comunes, cosa que hace expresa en su poema cuando una diosa le revela su carácter privilegiado para adquirir el verdadero saber.

Platón afirmaba de Parménides su increíble profundidad metafísica –le bautizaba como “el Grande”-, y no es para menos, pues la arquitectura filosófica de Parménides no tuvo precedentes en la historia occidental. De sus pensares, florecieron las ulteriores ideas de Zenón, de Platón y de Aristóteles; los titanes griegos que hoy son tan conocidos.

Justamente el mejor indicio teológico que se pudiera extraer de Parménides debería estar en su metafísica, y a grandes rasgos, se pretenderá reconstruirla a continuación. Se conocerá, luego, si Parménides poseía un espíritu teísta o deísta, o si por el contrario era de ímpetu materialista.

Este sabio de Elea fue un volcán que estalló ante la reacción que le produjo la filosofía de Heráclito, la filosofía del cambio constante y de la relatividad e inaprehensión del ser. Ante Heráclito, Parménides declamó, casi con violencia, desafiante, que el ser, es, y que el no ser, no es. Este principio, que fue la semilla del famoso “A es igual a A” aristotélico, es el Principio de Identidad que conocen los lógicos actuales, 2500 años después.

Del asegurar que el ser es y el no ser no es, constituye la base primigenia de toda la metafísica a analizar. Ante esto que pudiera parecer tan simple y evidente, se desarrollan las ideas parmenídicas más complejas y subterráneas. De este preludio del Principio de Identidad, sobrevienen pues, las propiedades del ser, las cuales han de estar en relación directa con toda posible teología posterior en este filósofo.

¿Qué ocurre cuando todo ser es y cuando todo no-ser no es? Lo primero en diseccionar es que el ser es único. No puede haber más que un único ser. Porque suponiendo que existan dos seres, lo que es en uno no es en el otro: eso es lo que los diferenciaría. Este otro, del que se predica el no-ser del primero, conduce, si se analiza la frase, a una contradicción lógica. Se estaría tratando de hablar del no-ser de un ser, y por lo tanto, se estaría hablando de un absurdo. El no-ser de un ser viola la primera condición, la primera piedra metafísica de Parménides: que el ser es, y que el no-ser no es.

Otra forma de verlo es que si existiesen dos seres, lo que hay entre ellos, lo que los divide es un no-ser. Decir “es un no-ser” es afirmar que un no-ser existe (y que es lo que distancia al par de seres). Un no-ser que es, es una contradicción. Por lo tanto, como nada puede dividirlos, esos seres en realidad son un mismo ser.

También, de acuerdo con este axioma, del ser se puede predicar que es eterno. Si el ser no fuera eterno, significaría entonces que tiene un principio y un final; y si fuera así, entonces el ser, antes de su principio no era, y después de su final no será. Esto es otra forma de decir que si el ser tuviera principio y final, entonces antes y después de ser, no es. Como esto viola la primera piedra de Parménides, se debe concluir que el ser siempre ha sido y siempre será: no existe antes y después. Ergo, el ser es eterno.

De manera muy similar se puede encontrar que el ser es, además, inmutable. Si el ser cambiase, ya no sería. Todo cambio es una conversión del ser a un no-ser, o de un no-ser al ser. Tanto en el dejar de ser como en el llegar a ser, se encuentra implícito el no-ser del ser, lo cual es contradictorio.

Por otro lado, del ser puede afirmarse que es ilimitado, o infinito. ¿Qué es un límite, sino una demarcación entre dos entes distintos? Pero el límite del ser implica un algo que circunda al ser, y si ese algo es distinto, ha de ser un no-ser. Asentar que el ser tiene límites sería reconocer que el no-ser es lo que está afuera de los límites del ser, y ese reconocimiento del no-ser es expresar un ser del no-ser. Por lo tanto, como el no-ser no es (no existe), lo único que hay es el ser, y en consecuencia el ser no tiene límites, es infinito.

El ser, finalmente, es inamovible. Por ser precisamente ilimitado, el ser no está en un lugar. Moverse, en cambio, es estar cambiando de lugar, es estar estando, pasar de un lugar a otro. Si el ser pudiera moverse, implicaría entonces que no se encuentra en el espacio que abandona y el espacio al que se dirige, y por lo tanto el ser no sería lo más extenso que hay, no sería ilimitado, ya que hay espacios que no ocupa. Siendo ilimitado, pues, el ser ha de ser inmóvil.

Se puede resumir entonces que las propiedades del ser son la unicidad, la eternidad, la inmutabilidad, lo infinito y la inmovilidad. Muchos siglos después, en la actualidad, estas propiedades podrían ser asociadas fácilmente (no sin imprudencia) a cualquier deidad vigente; pero respecto a la mente de Parménides ha existido durante mucho tiempo un carácter indefinido de lo que las propiedades del ser conducían para él en esta materia.

Y es que el gran filósofo de Elea, tal y como lo sugiere Platón en Sofista, no se enfrentó con ¿Panteísta, materialista o panteísta materialista?el problema de si lo real, la realidad última, posee vida, alma y entendimiento. Sí aseguró aquel que, en virtud de las propiedades del ser, nuestro mundo sensible no era más que una ilusión, un engaño que servía de cortina para lo verdadero (que es el ser y sus propiedades); pero nunca fue claro en los precedentes de ello. Al mismo tiempo es muy importante aventurar de nuevo que toda la filosofía de Parménides es un constructo reaccionario contra la filosofía de Heráclito, y siendo éste panteísta, sería posible que Parménides, en consecuencia, no lo fuera.

No obstante, si existiese alguna clase de divinidad, y según la perspectiva de Parménides, tendría que ser congruente con las propiedades del ser. Esta divinidad sería única y seríamos nosotros, lo que nos rodea y ella un mismo ser. Todo, además, entendiéndose por todo a esta unidad dios-nosotros-universo, sería ilimitado, infinito, eterno e inamovible. El universo sería el ser, nosotros seríamos el ser, Dios sería el ser. Y lo más aproximado a esa visión, de hecho, es el enfoque panteísta. Curiosamente hay reminiscencias del taoísmo también, sin querer decir, por supuesto, que Parménides tuviera que ver con ello.

Misterioso es, como se observa, este vacío teológico parmenídico. Platón consideró que la parte cosmogónica del Poema del Ser era muy parecida a una teogonía; es decir, a una elucubración de los orígenes de los dioses que protagonizan sus versos. Aristóteles, en otro tanto, pensaba que el filósofo de Elea era de carácter monista, lo cual extirpa la concepción de una realidad escindida en dos planos, o alimentada con más de una sustancia.

La aparición de los dioses en el Poema del Ser pareciera ser meramente alegórica, con intenciones poéticas. Una importante pista de ello es que las deidades aparecen principalmente en la parte del poema en donde se describe y analiza el mundo de lo aparente, de lo ilusorio, en el fondo, de lo que rechazaba Parménides. Que todo este conocimiento le haya sido revelado por una diosa en el poema, según los entendidos, no es más que mera forma, y por cierto, tal parece que una huída de la prosa, una necesidad del verso.

El asunto no está claro, pero lo que podría asegurarse es que desde el horizonte del Poema del Ser, la realidad humana es un remedo (que no es totalmente falso, sino estrictamente “engañoso”) de la realidad verdadera. Lo sensible, pues, es un subproducto, una ilusión con retazos de verdad, pero que no está hecho de una sustancia distinta a la realidad última, sino que es más bien parte turbia de ella. La realidad última, la verdad, es una sola, todo lo abarca, es eterna, es inmutable, es inamovible, es.

¿Panteísmo? ¿Materialismo? ¿Panteísmo materialista? En la filosofía de Parménides no existe el espíritu, no existe sustancia distinta a la sustancia del ser, que es la sustancia de todas las cosas. ¿Qué sería, pues, una divinidad en este contexto? Mucho más adelante, Aristóteles tomaría las bases de Parménides y respondería: es pensamiento. Parménides, que afirmaba “una y la misma cosa es ser y pensar” quizás hubiera estado de acuerdo.

Cordiales saludos.






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