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domingo, 22 de abril de 2012

PENSAD COMO POLÍTICO Y ENTENDERÉIS


 Tal parece que desde que los pueblos han tenido la oportunidad de elegir a sus dirigentes, la figura del político se ha venido trastocando en la forma de un orador de turno, afanoso por el poder y entusiasta de las parafernalias. Esto, incluso hasta llegar a deformar el concepto mismo de la política; y en vista de ello, no es despreciable ese creciente número de personas que, víctimas de la impronta reduccionista que define el semblante de los tiempos actuales, asocian todo lo referente a la política, rápida y tajantemente, con la peor inmundicia del ser humano. Y en ocasiones, hay que decirlo, no les faltan razones. 


 Pero cabría preguntarse, ya que es el ciudadano el que elige a su gobernante, quién es el verdadero responsable de las inconvenientes consecuencias de los gobiernos nefastos. No obstante, acusar enteramente al ciudadano de los desmanes ocasionados al otorgar, de buena fe, un cheque en blanco a una persona que promete ser un digno representante del pueblo, no es del todo justo. A fin de cuentas, para la persona promedio siempre será difícil prever si las promesas políticas por fin caerán del abstracto mundo de las ideas a la palpable realidad.


 A todas estas, quizás sea oportuno introducir una tercera variable en este problema de dilatada data. En el caso ideal en el que el ciudadano elija a su representante bajo las mejores premisas posibles, y que a la vez este representante sea congruente en acciones con lo que se espera de él, ¿existiría la posibilidad de que el gobierno de este hombre aún fuese desfavorable? La respuesta, aún en esta idealidad, es afirmativa. 


 Lo que falla, aún en condiciones ideales, es el sistema democrático en sí mismo. Ya en ensayos previos, como el "Fundamentalismo Democrático", se han expuesto cuáles son las razones más limitantes para que el sistema democrático sea susceptible de perfección, pero rescatando la más importante se recuerda que es la apología fundamentalista a la falacia del argumentum ad populum. En pocas palabras, la democracia se sostiene bajo la errónea premisa de que las mayorías siempre tienen la razón. 


 Lo que sucede con esto es que, por un lado, se deja la decisión en las mayorías que, por naturaleza simple, siempre han de ser espontáneamente gregarias e inacabadas; y por otro lado, el político, aún estuviendo preñado de buenas intenciones, se convierte en mercader de popularidades, pues intenta convencer de sus promesas o de su gestión a la mayor cantidad de personas posibles, centrando toda su atención a ello. En el sistema democrático actual, solo esto es lo que lo legitima como representante del pueblo. 


 Alejándose ya de las idealidades expuestas y remitiéndonos a la realidad, toca evaluar el caso en donde la población adolece de educación y en donde el político persigue algo mucho más que la satisfacción de sus coterráneos. En la praxis, contrario a lo que Platón ya había manifestado claramente en "La República" respecto al carácter de lo que debería ser un político, se observa cómo los que aspiran a ser representantes de todos, aún buscando la prosperidad de los suyos, embargan deseos de trascendencia, prestigio, poder y comodidad, tanto para ellos como para los suyos. Esto, que no tiene porqué ser peyorativo en sí mismo, hace, sin embargo, que el conseguir el cargo político y mantenerse en él sea el apetito principal del aspirante. En el proceso suele olvidarse que ejercer política es un servicio público y no la adquisición de un escalafón de superioridad. 


 En el mismo orden de ideas, cuando la masa votante es inculta o adolece de la educación suficiente, es exageradamente susceptible a los sofismas, a las soluciones inmediatas, a la inconsciencia histórica, a la poca memoria y a la emocionalidad del momento. 


 En este sentido y con este panorama (un sistema que favorece la cantidad y no la calidad del votante y unos votantes anodinamente educados), ¿qué posición debe tomar el político para llegar al cargo que anhela? Evidentemente, debe procurar a toda cosa la popularidad, la simpatía de la mayoría. 


 El discurso político se torna entonces para tales fines en el que ya conocemos: un discurso vacío, resonante, de ideas poco trabajadas y simples. El político debe mentir de forma inevitable. Una retórica emocional, llena de sofismas, que apunta siempre a las conciencias más básicas de la masa votante. El lenguaje será predominantemente sencillo, e incluso el político mismo intentará mimetizarse con el más humilde o representativo de la masa. Esta es la clase de discurso, y no otro, que funciona adecuadamente para los estratos poco cultivados y de limitados recursos económicos. Una referencia obligada de esta clase de lenguajes nos las da el mismísimo Goebbels de la Alemania Nazi. 


 Vale destacar que los medios de comunicación, estén o no a favor de este político, deben manejar un criterio editorial que sea complaciente con su público, de tal manera que perviva sobre todas las cosas la existencia del negocio del medio comunicacional como tal. Por este motivo, y por las mismas razones que el político, no toda la información debe ser conocida con todos. Huelga decir, también, que existe un criterio ético muy razonable en esta filtración informativa, pero no suele ser el principal factor. 


 Todo lo anterior conduce a la conclusión de que el político, necesariamente, inevitablemente, debe mentir. Como corolario inmediato, pues, se observa que la verdadera política es la que opera subrepticiamente, entre las personas selectas y directamente involucradas, e independientemente de la matriz informativa. El pueblo, la masa, el votante, nunca sabrá qué es lo que sucede a ciencia cierta. No puede y (no debe) saberlo en este sistema. 


 Cuando el político alcanza el cargo que desea, está obligado a mantener la misma estrategia de apología a la popularidad el mayor tiempo posible. Esto significa que cada aparición mediática, que cada discurso y cada acto de este representante no busca la satisfacción de los suyos como esencia, sino que busca mantener la legitimidad suya en el sistema. Busca votos, votos a través de actos que en el mejor de los casos redundan en el efecto colateral (más no principal) del beneficio de los ciudadanos. 


 Sería legítimo preguntarse: ¿y no es la mejor solución a la popularidad y a la anuencia de la masa que el político haga correctamente lo tiene que hacer? ¿Un buen gobierno no es garantía de un pueblo feliz que recompensará debidamente al político? En primera instancia, pareciera que así lo dicta la lógica. No obstante, es de lo más frecuente conseguirse con que el camino correcto en la guía y cuidado del Estado es impopular. 


 Si el político opta por lo correcto, en algún momento deberá tomar decisiones que no complacerán a la mayoría de los votantes, al mismo tiempo de tener el problema de las soluciones a mediano y a largo plazo, las cuales pueden requerir mucho más allá del período del cargo. Soluciones dilatadas beneficiarán la estampa de la magistratura de los políticos futuros, y decisiones impopulares aumentarán el descontento en la gente, lo que repercutirá en la reducción de esa sacrosanta mayoría. Lastimosamente, toda legitimidad en el sistema democrático se excusa en la libre determinación de los pueblos, independientemente de cuál sea esa determinación. Al político le toca complacer al circo, si pretende asirse bien en el cargo que ostenta. 


 Confluyendo las ideas, se tiene que la responsabilidad política de cada gobierno es una carga compartida entre ciudadano, sistema político y gobernante. Con el fundamentalismo democrático actual, mucho faltará aún para que los votos tengan “calidad” y no solo se les mire en cantidad, mientras mutemos a un nuevo sistema mejorado de representatividad. Quedan por mejorar los actores restantes: el ciudadano y el gobernante. 


 Como se ha dicho hasta la saciedad que la educación de calidad en los ciudadanos es el mejor vehículo hacia una mejor dirección del Estado, no valdrá la pena remarcarlo nuevamente en estas líneas. Pero además de ello, será asertivo saber elegir a nuestros gobernantes. 


 Los heraldos de la educación y el sentido común concluirán que en el perfil de un buen candidato (y por ende de un buen gobernante) comulgan una serie de características vitales, cuyo análisis se invita a discretizar como sigue: 


 • Una historia de vida afín a la dirección que desean tomar los ciudadanos. Sobre todo, la educación del gobernante debe ser conveniente para la dirección del cargo al que se postula. Hay que recordar que el político elegido será el ícono del pueblo que lo eligió. 
• Su prontuario laboral en los asuntos públicos. Es de especial interés el número de logros conseguidos, ponderados con tiempo y recursos utilizados. 
• Mientras menos familiares y allegados directos hayan conseguido cargos de poder a través del político, mejor. 
• Evaluar las ideas y argumentos del político, no desde la emocionalidad, sino desde la mayor objetividad posible. Si se puede, con data estadística y cuantitativa como respaldo. 
• Verificar su sensatez, amabilidad y educación con sus adversarios, así como su despreocupación ante las invitaciones a debate. 


 La vida bien pudiera manejarse con reduccionismos, pero al manejarla así, sin la paleta de colores necesaria para describirla y hacerle frente de forma correcta, poco se puede esperar de los resultados. En política, embadurnar al político de toda nuestras miserias es susceptible de esta misma carencia de sutilezas. Piénselo con detenimiento si opina que toda la responsabilidad es del gobernante de turno. 


 Saludos.





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jueves, 16 de diciembre de 2010

PLATÓN: DE LA DEMOCRACIA A LA TIRANÍA EN VENEZUELA


L
os venezolanos se caracterizan por adolecer, lamentablemente, de memoria histórica. Son muy susceptibles de olvidar las fruslerías que brotan de los labios políticos presentes y pasados. Muy en congruencia con los apologistas de la teoría de una historia cíclica, se dice que lo que acontece en la actualidad venezolana, aunque con ciertos elementos novedosos, no es más que una repetida edición de lo que ya ha pasado en esa tierra una, otra, y otra vez. Cipriano Castro constituye no menos que una fuerte evidencia de ello.

Pero no solo se adolece de aquello, sino que como en toda Latinoamérica, la esencia misma de lo que significa una nación, una patria, un estado y, particularmente, una república, no cala en la sien de, ni siquiera, la clase dirigente del conjunto de países en cuestión. Son palabras huecas, que suenan bien porque estamos acostumbrados a asociarlas desde infantes con las virtudes ciudadanas, pero sencillamente no las entendemos y mucho menos profundizamos. Desde niños alabamos la democracia, la libertad, el “hay que obedecer las leyes”, el “si no haces tal o cual los policías te encarcelan”. Votamos cuando hay que votar, sabemos que hay alcaldes y gobernadores que existen para repartirse la labor de gobernar, marchamos y protestamos cuando un “dirigente político” (o algún otro espontáneo) nos convoca porque hay una constitución que nos concede permiso para ello; pero ya, nada más. He ahí todo el entendimiento de lo que son los fundamentos de la República Bolivariana de Venezuela. No es de sorprender que nos gobiernen los que nos gobiernan.

Los venezolanos en general, y en el mejor de los casos, asociarán a Platón a algún filósofo que alguna vez existió. No se pretende de ninguna manera que sean expertos en filosofía, pero el no saber ni media referencia acerca de este gran hombre es una de las cuestiones más lamentables que hace expresa y dolientemente vívida la mínima cultura de la población. Su inmensa miopía académica (en contraste con su gran dominio de la “viveza criolla”) quizás no valore que lo que Platón ha dicho en su tratado “La República”, libro en el que se demuestra que desde hace más de un par de milenios la democracia era muy subestimada como método eficaz de gobierno. No solo eso, sino que resulta casi profético cómo es descrito el inevitable paso de la democracia a la tiranía, y de cómo una persona demócrata es convertible en tirano.

Con la esperanza (quizás ingenua) de causar así sea un atisbo de asombro, lo suficientemente poderoso como para confrontar por unos segundos, en la mente del venezolano, el dogma del fundamentalismo democrático en el que vivimos, y de inquirirle un asertivo acercamiento a la educación y a la profundización de las ideas más importantes, debo referirme a la obra anteriormente mencionada, recalcando el contenido que ahora más que nunca tiene una palpabilidad real y asombrosa con nuestro día a día político.

Explicándolo a grandes rasgos, la república de Platón es una manejada bajo la modalidad de noocracia (o una aristocracia de filósofos), en donde cada persona, de acuerdo a sus aptitudes, es colocada en su debido oficio. Sólo los espíritus más excepcionales, que hayan demostrado una rectitud indiscutible en su vida joven y adulta, y que encuentren facilidad y gozo en las más profundas reflexiones, son aquellos que son más cercanos a la idea verdadera del bien; y por lo tanto, aunque su naturaleza por ser de esta manera renegará, en principio, de todo cargo público, son los únicos capaces de guiar con sabiduría a la nación. La sociedad estipulada es una meticulosamente ordenada según los preceptos de la razón, y cada detalle de la vida diaria es cuidado para que funja de manera armónica, en consonancia con lo mejor que se podía extraer de la educación griega.

De esta aristocracia de sabios, la cual era el modelo más acabado de gobierno, degeneraban, gracias a los vicios y al alejamiento de la razón, los demás sistemas de gobierno conocidos. A más desvío de este modelo, más se degeneraba esta mencionada aristocracia en sistemas como oligarquías, democracias y tiranías; en orden de envilecimiento del modelo ideal.

Platón, en el libro octavo de “La República”, realiza interesantes paralelismos entre las modalidades de gobierno y los hombres que pertenecen a las mismas. Dichos paralelismos recuerdan mucho a la máxima que reza que “cada nación tiene el gobernante que se merece”. Pues bien, en lo que a los gobiernos democráticos respecta, el filósofo explica en primer lugar cómo en efecto un gobierno democrático es una copia fiel, una extrapolación fidedigna, de un hombre democrático.

El hombre democrático es un amante de la libertad, se ufana de ella y la vive en intensidad, pero tal cual como un adolescente (y habiéndose desviado gravemente del ideal aristocrático sabio), disfruta de la vida con total ligereza, olvidando las bases y fundamentos mismos que lo hacen libre. Desdeña y hasta sataniza los principios fundamentales de la razón; no reflexiona, vive por vivir y siente que tiene derecho a todo, entregado a todos y cada uno de los placeres de los cuales puede sacar beneficio. Como dice Platón, en ese estado confunde “la insolencia con la cultura, la anarquía con la libertad, el libertinaje con la magnificencia, la desvergüenza con el valor”. La trascendencia de la realidad a la pureza del mundo de las ideas deja de tomar relevancia, si es que alguna vez la tiene, y este hombre engañado en su felicidad se degenera hasta convertirse en tirano.

¿Y cómo ocurre esta degeneración? Pues con ese exceso de libertad, desembocando en el libertinaje puro. Tanto glorifica la libertad este hombre demócrata, que termina adentrándose en las esferas del libertinaje. Pierde el control, no razona, aborrece todo límite, sobrevalora toda individualidad. Una sociedad inmersa en tal derroche libertino no infunde ni promueve el respeto ni a la razón, ni a la competencia de cada quien. Muy pronto ese “derecho” a ser extremadamente libre se adueña del corazón del hombre democrático, y termina por rebelarse ante toda forma de coacción, así sea razonable y necesaria. Todos se autodenominan iguales a todos, en naturaleza y competencias. Los hijos se consideran iguales a sus padres, los alumnos a sus maestros, los jóvenes a los ancianos, los analfabetas a los ilustrados; y de manera definitiva, los ciudadanos a sus magistrados. Al final, las leyes y moral se transforman en mandatos huecos, pues ya no hay legislación que pueda obedecerse o que limite a alguna persona. Al final, no se tiene la menor idea de las diferencias necesarias: el pueblo es el gobernante, el gobernante es el pueblo.

Irónicamente, como bien lo explica Platón, “puede decirse con verdad que no se puede incurrir en un exceso sin exponerse a caer en el exceso contrario. Por consiguiente, lo mismo con relación a un Estado que con relación a un simple particular, la libertad excesiva debe producir, tarde o temprano, un exceso de servidumbre. Por tanto, es natural que la tiranía tenga su origen en el gobierno popular, es decir, que a la libertad más completa y más ilimitada suceda el despotismo más absoluto y más intolerable.”

Estas asombrosas palabras de Platón, tengo la certeza de ello, retumbarán en los ciudadanos venezolanos preocupados por los movimientos políticos del acontecer de hoy. Pero aún debo decir que digna de estupefacción es la descripción de la tiranía que hace el gran pensador. En efecto, una vez que el populacho se hace con el poder por medio de alguna vía u otra, ejerce lo que sus pasiones (y no la razón) han desarrollado a lo largo de esa excesiva libertad democrática, la cual ha embriagado hasta el límite todos sus sentidos sin el menor control.

Dados estos acontecimientos, se explica que “en este Estado los más entendidos y los más prudentes en su conducta son también de ordinario los más ricos. De éstos, sin duda son de los que los zánganos sacan más miel y con más facilidad. Así es que dan a los ricos el nombre de ‘pasto para los zánganos’”. La plebe, compuesta de la clase obrera, que apenas tienen con qué vivir y están ajenos a todos los negocios del patrimonio público, suele ser la más numerosa, lo cual los hace poseedores de un enorme poder político implícito en vista de que el Estado es democrático. Por esto –prosigue Platón, “los que presiden a las asambleas hacen los mayores esfuerzos en proporcionárselas (a la plebe). Con esta idea se apoderan de los bienes de los ricos, que reparten con el pueblo, procurando siempre quedarse ellos con la mejor parte.

Sin embargo los ricos, viéndose despojados de sus bienes, sienten la necesidad de defenderse, se quejan al pueblo, y emplean todos los medios posibles para poner sus bienes al abrigo de tales rapiñas. Los otros, a su vez, los acusan, inocentes y todo como son, de querer introducir la turbación en el Estado, de conspirar contra la libertad del pueblo y de formar una facción oligárquica. Pero cuando los acusados se percatan de que el pueblo, más que por mala voluntad, por ignorancia y seducido por los artificios de sus calumniadores, se pone de parte de estos últimos; entonces, quieran ellos o no quieran, se hacen de hecho oligárquicos.”

Siguiendo con los razonamientos de toda esta convulsión social, se derivan "La servidumbre más dura y más amarga sucede a una libertad excesiva y desordenada."enjuiciamientos y condenas por doquier, denunciando a los que opinan de manera contraria y a los que antiguamente poseían el mando por derecho propio y mérito. De esta cadena de sucesos, se explica, siempre resaltará algún líder, el cual se arrogará la protección del pueblo y el cual será el acusador y perseguidor más destacado. Como es fácil suponer, éste autodenominado benefactor se granjeará muchos enemigos, y muy pronto sabrá que su vida o libertad tiene peligro. Recurre entonces al poder más grande que tiene, que es el apoyo popular, y en vista de su situación complicada, les pide que le otorguen más derechos y poderes que a ninguno para poder efectuar con mayor campo su defensa de los intereses de la comuna. “El pueblo se los concede, temiéndolo todo por su defensor y nada para sí mismo.”

Así, en medio de la inocencia (que en mi opinión es un eufemismo de la ignorancia), del resentimiento y del contexto político tumultuoso, asciende al poder máximo el tirano.

¿Cómo se desarrolla el tirano una vez que está en el poder? “Por lo pronto, en los primeros días de su dominación, sonríe graciosamente a todos los que encuentra, ¿y no llega hasta decir que ni remotamente piensa en ser tirano? ¿No hace las más pomposas promesas en público y en particular, librando a todos de sus deudas, repartiendo las tierras entre el pueblo y sus favoritos y tratando a todo el mundo con una dulzura y una terneza de padre? Cuando se ve libre de sus enemigos exteriores, en parte por transacciones, en parte por victorias, y se da cuenta seguro por este lado, tiene cuidado de mantener siempre en pie algunas semillas de guerra, para que el pueblo sienta la necesidad de un jefe. Y sobretodo, para que los ciudadanos empobrecidos por los impuestos que exige la guerra, solo piensen en sus diarias necesidades, y no se hallen en estado de conspirar contra él. Y también hace esto para tener un medio seguro de deshacerse de los de corazón demasiado altivo para someterse a su voluntad, exponiéndolos a los ataques del enemigo. Por todas estas razones es preciso que un tirano tenga siempre entre manos algún provecho de guerra.”

Las personas que han ayudado al tirano a ascender al poder son, con toda probabilidad, las que después de él ostentan mayor poder en la nación. Eso les crea la ingenua sensación de poder tutearse con él sin el menor temor, e incluso de cuestionarle algunas ideas y desaprobarlas. El tirano, defendiendo su posición, no permitirá tales atribuciones; y así como ha extinguido toda oposición y enemigos contrarios a su bando, debe eliminar políticamente a todo adversario posible dentro del suyo, ocasionando, no para menos, graves rencillas internas. De aquí que ante tal presión y peligro producto de sus pésimas prácticas, debido a sus ya incontables enemigos, debe refugiar su guarda no en los suyos, sino en extranjeros contratados para ello. Asimismo, para mantener a los fieles de su apoyo popular, que ante estas circunstancias también estarán entre diatribas internas, debe sobornarlos para tal fin. “Si paga bien, acudirán en gran número de todas partes.”

No pasará mucho tiempo para que el tirano mantenga su posición a un alto coste, extrayendo las riquezas de ámbitos y patrimonios que no le son propios, sino del pueblo mismo. Ante su actuar y su invulnerabilidad, “el pueblo verá qué hijo ha engendrado, acariciado y encumbrado, y que los que intenta arrojar son más fuertes que él. Y he aquí que hemos llegado a lo que todo el mundo llama tiranía. El pueblo, queriendo evitar, como suele decirse, el humo de la esclavitud de los hombres libres, cae en el fuego del despotismo de los esclavos, y ve que la servidumbre más dura y más amarga sucede a una libertad excesiva y desordenada.”

Y prácticamente así es que termina el libro octavo de “La República”. Este libro fue escrito hace 2500 años…

Venezolano: ¿qué pasa por tu mente? ¿Qué te sucede? ¿Has madurado en tu ciudadanía? ¿No ha sido suficientemente clara la sabiduría antigua? ¿Persistes en despreciar la historia y la cultura? ¿Quién eres? ¿Qué deseas? ¿Permitirás que te sacrifiquen como a los corderos? ¿Serás el servil de un tirano? ¿Concederás ser enajenado de tus derechos? ¿Has entendido que sólo tú eres el responsable que lo que te aqueja? ¿Has comprendido que tu pasividad y tu ignorancia, tu igualitarismo a ultranza y tu inmadurez política, son los únicos responsables de lo que sucede?

¿Y ahora qué harás? ¿Seguirás vanagloriándote de la libertad? ¿Seguirás farfullando igualdades y democracias? Por favor, ilústrate, pues el tiempo, luego de 11 años, ya se agotó:








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viernes, 9 de julio de 2010

FUNDAMENTALISMO DEMOCRÁTICO



E

n primer lugar, me excuso ante el Dr. Gustavo Bueno por hacer del título de mi artículo un homónimo del título de su más reciente libro, libro que no tenido el honor de leer. Sin embargo, creo necesario tomar tal atrevimiento en vista de que la frase “fundamentalismo democrático” resume en buena medida el núcleo de mi crítica siguiente.


Siempre he estado en contra del dogmatismo por ser éste la herramienta principal de toda ceguera intelectual y de todo estancamiento progresista. Para mi pesar, en el mundo que actualmente nos compete, presencio una atmósfera justamente dogmática referente a lo que son los sistemas democráticos. En el contexto político, se sacraliza la democracia sobre todas las cosas, y si bien reconozco que dicho sistema es una victoria tangible en cuanto al respeto de los individuos, muy bien existe la posibilidad de creer y caer en que no pueda elucubrarse algo mejor.


La democracia se hace valer a sí misma partiendo del hecho de que es la voluntad colectiva la que elige a sus representantes. Esto, que constituye su mayor virtud, como si se tratase de un concepto taoísta, constituye a la vez su mayor defecto. Y ese defecto tiene nombre y apellido: Argumentum ad populum.


El argumentum ad populum es una falacia lógica en la cual se juzga la veracidad de una proposición o de un razonamiento en función de la cantidad de personas que la apoyen o la desacrediten. En pocas palabras, el razonamiento se cree válido no porque sea cierto, sino porque es popular.


En vista de ello, muy bien valdría la pena destacar que para sociedades de pobre nivel educativo, la democracia no constituye la mejor solución. De hecho, son estos ciudadanos los más propensos a las demagogias y populismos por parte de los políticos. Si estos políticos llegan a los cargos anhelados, conocedores (como lo son) de la relación directa entre la ignorancia y el poder, desdeñarán adrede el incentivo por la cultura para que su demagogia y populismo siga cobrando igual o mayor efecto; todo ello para extender lo mayor posible los beneficios que sus cargos les confieren.


Sólo un pueblo ilustrado podría ejercer una democracia que, si bien incurre inevitablemente en el argumentum ad populum, reduciría el margen de error de dicha falacia. Existirían pues más probabilidades de que la verdad de la mayoría sea la verdad de la razón.


En otro aspecto, pareciera que la densidad demográfica influye notoriamente en la estabilidad democrática de un país. Por curioso que luzca la afirmación anterior, ya Voltaire había dicho que “la democracia sólo parece adecuada para países muy pequeños”. Y es que al momento de elegir representantes, siempre habrá una minoría técnica que no se verá complacida con los resultados.


Entonces tenemos, por ejemplo, que una decisión democrática tomada entre 10 personas no es equivalente a una decisión democrática tomada entre 100 millones de personas. En este caso, suponiendo una mayoría del 60% en ambas decisiones, se tendría como resultado un 40% de personas no representadas. El 40% de 10 personas son apenas 4 individuos, pero en una población de 100 millones, son 40 millones lo no representados.


A todas luces se ve que en densidades demográficas altas, la proporción de no representados es alta también, lo cual constituye una probable y potencial fuente de conflictos para el desarrollo democrático. Sin embargo es importante aclarar que toda oposición debe existir para que la democracia tenga efecto. Lo que trato de ilustrar es la dificultad inherente de negociar con la gran variedad de necesidades e ideas que pudiese tener una oposición de alta densidad demográfica.


La democracia, específicamente en el momento de ejercer la elección, toma como axioma el hecho de que “todos somos iguales”. Esto, desde mi punto de vista, incurre en el error típico de las doctrinas igualitarias impregnadas de Cristianismo y de Romanticismo del siglo XIX.


A pesar de que creo necesaria una igualdad de oportunidades, me parece evidente en la praxis, y lejos de toda idealización, que todos los individuos de la naturaleza son únicos, y por ende diferentes. Siendo todos distintos, distintos serán entonces sus talentos y defectos, sus habilidades y limitaciones.


¿Es responsable entonces que todos los individuos de una sociedad tengan el mismo “poder de voto”? El gobierno de un pueblo, me parece, es un asunto demasiado serio como para ser influenciado de igual forma por el común denominador de las personas. Si para que un ingeniero sea reconocido como tal hace falta que el mismo sea evaluado por organismos académicos y profesionales pertinentes y expertos en ingeniería, ¿cómo puede ser posible que para elegir un presidente sólo sea necesario ser mayor de edad?


No se trata, aclaro, de excluir a cierta parte de la población de su derecho a elegir representantes. Se trata en todo caso de mantener ese derecho con una cuota merecida de responsabilidad. El presidente de una nación, que debería reunir una serie de requisitos sociales y habilidades diplomáticas, económicas y políticas, no puede ser visto con el mismo ojo crítico por todas las personas de todas las áreas y todas las edades. Es bastante factible que un joven de 18 años no tenga la pericia analítica de un adulto de 30 años, así como un nutricionista, por ejemplo, no pudiera tener la misma visión que un politólogo, o una persona analfabeta en comparación con una persona ilustrada.


Repito, es de mi anuencia que todos voten. Pero no es de mi simpatía que el voto valga igual para todos. Todos valemos, pero que cada uno sea líder en lo suyo.


Algo relativamente novedoso son los sistemas de neo-totalitarismo. Dichos sistemas se mimetizan hábilmente bajo los esquemas democráticos y bajo el fundamentalismo ciego de éstos últimos. Paulatinamente las personas pierden sus libertades, se les reduce su poder de expresión y de decisión. Bajo la excusa de ser constitucional, un estado neo-totalitarista roza los límites mismos de la legalidad para asirse con el poder de las instituciones, centralizando todo en una élite que gobierna.


Los organismos que velan por la democracia a nivel internacional, supremamente miopes ante la realidad y más apegados, empero, a los dogmas electorales y constitucionales, son prácticamente inútiles ante estas estratagemas totalitarias. La población queda indefensa entonces ante toda injusticia, sólo por culpa de una franca falta de análisis ante el hecho de que las democracias no pueden ser sacralizadas: tienen defectos.


Los antiguos griegos ya sabían de dichas fallas democráticas, e incluso proponían sistemas, a mi saber, mucho mejores, como la noocracia o como la demarquía. Os invito pues al análisis de los mismos como sistemas de gobierno que pueden superar la funcionalidad de la democracia.


Y de ser mejores, no por ello dejarán de ser imperfectos. No a los dogmas.





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