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martes, 14 de diciembre de 2010

CRÍTICA A LA REFORMA DE LEY DE UNIVERSIDADES


Puede acceder a la propuesta de la reforma por esta vía:

Reforma de Ley de Universidades
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D
esde lo más álgido de lo que el repudio puede expresar, transcribo con vergüenza las intenciones de lo que el gobierno venezolano pretende hacer con la ley que rige a las universidades del país. Por fin el totalitarismo añejo de los socialistas y demás resentidos ideológicos ha colocado sus tentáculos en el altar más sagrado que la decencia de un pueblo puede honrar, el cual no es otro que el de la educación.

Desde los antecedentes mismos de la propuesta, la farfullería no se hace esperar, y de lo que debería ser (por lo menos) una propuesta de ley seria, se convierte a partir de su misma introducción en una cháchara política izquierdista, digna de una novela adicional de Vargas Llosa en cuanto a la mentalidad anodina latinoamericana se refiere; y por supuesto, digna también del estilo preferido del representante máximo de la mediocridad y la idiosincrasia del venezolano: Hugo Chávez Frías.

En ella, los gobiernos de la Cuarta República, por supuesto, son los detonantes en la necesidad de reformar las leyes de educación superior, en vista de las múltiples atrocidades que han cometido; olvidándose los comunistoides, quizás adrede, que la Cuarta República concluyó hace más de una década, y que hemos tenido tiempo suficiente para salvaguardar las deficiencias que en verdad le son achacables. Desde las abismales profundidades del resentimiento y la demagogia, brota:

“Consideramos que la política de inclusión social del gobierno debe romper con el concepto de cupo universitario, y crear una política de ingreso universitario, política que a su vez debe despojarse de todo vestigio y/o concepción de mercado, así mismo debe romper con la incompetente excusa administrativa que relaciona o vincula la variable calidad con un bajo número de estudiantes”.

Nada más a tono con el socialismo, con esa igualdad hacia la miseria y con ese masticar de alas de las mariposas por parte de orugas carcomidas por la envidia. Cuando se refieren a los “vestigios del mercado”, probablemente mascullan mentalmente el hecho, la cruda realidad, de que no hay suficientes universidades para todos los egresados de la educación diversificada. Por simple “oferta y demanda” (términos que probablemente tildan peyorativamente de capitalistas pero que no por eso dejan de ser ciertos) los cupos de universidades son otorgados a los capaces, es decir, a los que poseen el nivel para poder ingresar. Es el mérito el valor fundamental que filtra a los que tendrán la oportunidad o no de sentarse en un pupitre universitario.

¿Pero es de acaso sorprender que esta petición sea de esa naturaleza, cuando el mérito ha quedado pintado de gris, sin valor, en todos los movimientos de este gobierno? ¿Qué opinión le vale el mérito al Ministro de Educación Superior, Edgar Ramírez? ¿Es meritorio que la magistratura de la educación intente ser honrada por un militar?

Y por supuesto que es evidente, y aseguraría que hasta los militares lo entienden (¡arriesgando no poco!), que un aula repleta de alumnos deriva en la mala calidad educativa. Basta un contra ejemplo, es decir, observar cómo la figura de un profesor particular, adaptado a las inquietudes de un único alumno, es el que provee la mejor calidad en la transmisión de la enseñanza. El presuponer que la cantidad de alumnos no merma la educación también es una reflexión “lógica” parte de esa entusiasta y envidiosa regla socialista del “todos somos iguales”, del querer homogeneizar los gustos, aptitudes e intereses de cada individuo en una sola amalgama, que obviamente y de paso, ha de complacer al Estado.

¿Cuál es la solución evidente para solventar la “difícil” tarea de brindarle educación superior a todos? Pues aumentar los niveles de calidad de la educación básica y ciclo diversificado. No obstante, no hay que olvidar el talante predominantemente mediocre de los organizadores de este bochorno académico, que busca, a pesar de la solución obvia, un hacinamiento de las universidades. Muy bien, hagámosles entrar a la universidad, sin prueba interna ni cupos “heredados del libre mercado”. ¿Se habrán preguntado qué pasaría una vez que entren? ¿Pensarán acaso que los profesores universitarios, que son todos educadores de corazón (puesto que su salario es miserable), bajarán el nivel de exigencia a favor de una plebe inculta y sin ánimos de ascender laboriosamente? Cualquier educador que se precie de serlo, justamente educará; y lo hará como es debido, con la limpieza estudiantil requerida que el nivel de la educación superior amerita.

Mi lenguaje se torna visceral, o mejor dicho, no tiene denuedos en expresar mi absoluta desazón, descrédito y repugnancia ante esta legislación proveniente de saltimbanquis, bufones y arlequines rojos. Y es que no es para menos, pues ante este majestuoso bosquejo de proyecto educativo, se puede saber que:

“…debe también garantizarse las condiciones de la igualdad para el ejercicio del desarrollo de la inteligencia y conocimiento, es decir ADSESO a la bibliografía, salones…”

además de la ya común necrofilia histórica que caracteriza el parapeto gobernante, esta vez mal citando al maestro Simón Rodríguez diciendo

“Inventamos o HERRAMOS”.

No he exagerado cuando tildo de espíritus pobres y burlones a los que se encuentran detrás de esta mofa de mal gusto. En verdad merecen estar condenados a herrar el resto de sus vidas, pues errando garrafalmente ya están. Pero eso es solo el principio.

La democracia, ya lo había dicho Platón hace 2500 años, es el eslabón por excelencia para el ascenso de los tiranos. Todo aquel que pretenda hacerse de un poder centralizador que se desparrame de las fronteras de su incumbencia, no tiene más que, o bien apelar a la fuerza, o mejor aún, apelar a los dogmas democráticos utilizando un pueblo no estudiado como herramienta. Las fauces chavistas, cual bocas de jarro, no se fatigan de proferir una y otra vez las palabras “pueblo”, “igualdad” y “democracia”, tal cual como todos los tiranos en la historia lo han hecho. Y ahora con esta propuesta de ley una vez más, lamentablemente, la historia vuelve a repetirse.

Explica el documento que en aras de una democratización de los procesos universitarios, ahora los alumnos, profesores, personal administrativo y obreros participarán con un peso equivalente en las decisiones. Debo decir que existe y siempre existirá una gran estima por los trabajadores administrativos y por el personal obrero de las universidades: su valía es indiscutible. No obstante, no sería democrático, sino más bien oclocrático, que personas ajenas a la esencia del ámbito académico tomarán decisiones que, respetuosamente, no les corresponden y se escapan por completo de la esfera de su competencia. Cabe recordar que en un país decente y serio cada quien va a lo suyo, y se le respeta por su experticia en el oficio respectivo. En un país que no es decente ni serio, un teniente coronel puede ser presidente de la república y algunos militares ser ministros de economía, energía eléctrica y salud. Las consecuencias ya las conoce el mundo.

Perteneciente a las oclocracias es también el perseguir que un supuesto “poder popular” y las juntas comunales –figuras que no aparecen en la Constitución, dicho sea de paso- posean ingerencia en los asuntos estratégicos de las universidades. De nuevo: ¿por qué el sacrificio de la eficiencia en función de la demagogia? ¿Por qué el no entender que la competencia, el mérito y el respeto profesional se ven ultrajados por ese “parejerismo” venezolano que nos ha hecho tanto daño? No es la igualdad la que constituye la justificación moral de este procedimiento, es el resentimiento más rancio el que nubla toda razón, y por tanto toda fundamentación lógica acerca de cómo efectuar los procedimientos.

De la misma manera en que no da igual que un músico planifique edificios, o que un historiador sea profesorEl ámbito educativo se pretende manejar por personas no educadas. de una cátedra de cálculo; no es equivalente que una persona, por muy respetable que sea y por más preñada de buenas intenciones que esté, se dedique a un oficio que no le es propio. Es una simple cuestión de eficiencia, incumbencia y mérito. ¿O es que el tan sacralizado pueblo permitiría, por ejemplo, ser objeto de operaciones quirúrgicas por parte de un policía en vez de un médico? ¿Cómo sería lícito permitir entonces que una cofradía de gente no preparada intervenga directamente en la gerencia, planificación y administración de las universidades? ¿Cómo permitir, con cordura, que esta misma gente indique cuál deba ser el rumbo de la investigación científica y humanista? ¿No es vergonzosamente paradójico que gente sin educación se dedique a los menesteres de la educación?

Una evidente inversión de los valores se hace patente con las fruslerías, con ese hablar con la boca llena, cuando se menciona una defensa legítima de la autonomía universitaria; en donde ahora, según los rojos, la debilidad de la misma estaría de forma interna y no externa como es evidente. ¿Cómo se demuestra que esta tesis es falsa? Con la lectura de la reforma en cuestión, al ver la magnanimidad que se le pretende dar al ministro de educación acerca del manejo de las universidades, con ese grosero número de atribuciones, con esa intervención arbitraria por parte del Estado, escudada en estratagemas de una muy novedosa idea de democratización del totalitarismo; “pues yo, el Estado, soy el pueblo, y el pueblo manda y sabe lo que quiere el pueblo”. Así rumian las entrañas de los huevos de basilisco.

¿Qué es lo que se quiere entonces con esta ley? O una pregunta más apropiada sería: ¿Qué sería mejor evaluar en nuestro sistema educativo? Ante las “soluciones” impregnadas en un sopor de idiotez, tales como

• No querer desvincular nunca la docencia de la investigación y demás responsabilidades que los profesores tienen a cuestas, mermando la calidad de una y otra circunstancia. (Albert Einstein tenía la libertad de dedicarse únicamente a investigar, por cierto. El resultado de ello es patente).

• Llamar a las universidades privadas, universidades de “iniciativa social”, en no sólo una apología a la imbecilidad al adorar las formas, sino contaminando con esputo socialista, ya no de forma sutil, toda legislación y concepto simbólico. La misión final, es evidente, resultará en fundir el Estado y el Gobierno en un mal formado engendro comunistoide venezolano, fabricando la impresión de que no es posible dividirlo. Es pocas palabras, una Venezuela sin socialismo no sería ya Venezuela.

• Establecer una hipócrita doble moral de la igualdad al querer conformar el CNU por todos los rectores de las universidades públicas y privadas, pero sólo permitiéndole voto a un único rector que represente a todas las privadas, versus el voto individual de cada uno de los rectores de las universidades públicas.

• La limitación de la ayudantía docente, mermando el beneficio de miles de recién egresados y estudiantes de postgrado.

• El control absoluto por parte del Estado de los ingresos propios de las universidades, como si no fuera suficiente con el pésimo aporte de recursos que éste hace hacia las mismas.

• La infame eliminación de las actividades de extensión y cursos paralelos educativos que realizan las universidades, estancando aún más, mucho más, el desarrollo intelectual, técnico y científico del país.

se encuentran las oscuras realidades educativas al son de hoy, tan estrepitosas como la inseguridad y criminalidad misma (y de hecho directamente relacionadas). Estas realidades son, por ejemplo:

• Que existan más científicos venezolanos en el extranjero que en la misma Venezuela. Sólo en Estados Unidos hay 9 mil científicos venezolanos, en comparación con los 6 mil científicos radicados en el país.

• Que la iniciativa creativa ha disminuido tanto que ya no tenemos patentes registradas desde hace 6 años. La última patente internacional fue hecha en el 2004 y fue la única en ese año.

• Que la evidencia de que los izquierdismos rancios no funcionan es la implementación de la fuerza para que se lleven a cabo. Esta reforma de leyes universitarias no es más que una legislación artificial edificada sobre otras legislaciones artificiales, contrarias a la naturaleza misma del hombre y de las sociedades. El principio que reza que mientras más leyes existan, más sintético, anti-natura y fuera de lugar es la ideología del gobierno de turno, es una certeza que ahora nos resulta evidente.

• Que este parapeto legislativo haya sido ensamblado en la clandestinidad, haciéndolo público sólo momentos antes de su segura aprobación. Ciertamente concuerda el procedimiento con los pensamientos de los apologistas de la mentira, los amantes de los resquicios, los abogados del egoísmo y del resentimiento; con todo lo mísero que se encuentra incubado por los gusanos de la envidia: los comunistas.

• Que las universidades hayan cancelado sus suscripciones a las revistas internacionales por falta de recursos, en franca posición de atraso en cuanto a las investigaciones.

• Que los salarios de los docentes venezolanos sean una miseria, tanto, que su sueldo es el más bajo de toda Latinoamérica en dicha competencia laboral.

• Que se promueva la creación de institutos y universidades paralelas y politizadas, con la consecuencia de hacer brotar bruscamente de ellas, y sin la preparación suficiente, a profesionales igualmente paralelos y politizados. Esto en aras de llenar estadísticas con cantidad y no con calidad, para luego argumentar democracias en donde lo que hay son desparpajos totalitaristas.

¿Quién puede creer ya en una Venezuela democrática? ¿Quién puede tener fe ya de alguna nimia transparencia del proceder del gobierno venezolano? Cuando se toca e interfiere con lo más sagrado de una sociedad, que es la educación, cuando se trivializa, se ofusca, se enajena y envenena, arguyendo para hacerlo ideologías ya harto superadas; cuando es una élite ignorante e incapaz la que maneja el poder para, irónicamente, hacer del ámbito educativo una nueva marioneta, ¿qué más se puede esperar?

Sólo les queda a los seres racionales, educados, espontáneamente altruistas y generosos, pensantes y escasos, regirse por el artículo 350 de la constitución venezolana; a todas luces simbólico, pero legítimo:

Artículo 350. El pueblo de Venezuela, fiel a su tradición republicana, a su lucha por la independencia, la paz y la libertad, desconocerá cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticas o menoscabe los derechos humanos.

Desconoceré, en consecuenicia y como legítimo derecho, la Reforma de Ley de Universidades.




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jueves, 7 de octubre de 2010

EL DESANGRE DE VARGAS LLOSA CONTRA LA IDIOTEZ DE GALEANO



Q
uizás hubiese sido recomendable hacer un análisis general acerca del “Manual del perfecto idiota latinoamericano”, para luego escindirlo en comentarios y reseñas llamativas. Pero me tomaré el atrevimiento de hacer lo inverso en esta oportunidad, pues los tiempos que corren llaman con premura a lo que sin duda tiene importancia actual, y lo que es actual e importante ahora es la ola izquierdista que circula por América Latina.

Uno de los bastiones literarios izquierdistas por excelencia es el libro “Las venas abiertas de América Latina”, escrito por Eduardo Galeano. El libro, según intuyo, había pasado desapercibido durante un tiempo hasta que el mismísimo Hugo Chávez se lo obsequió públicamente a Barack Obama. Eso lo colocó en uno de los libros más vendidos del año 2008 (el segundo en Amazon.com), todo gracias, irónicamente, a la magia maligna del libre mercado…

Chávez: el sueño de las casas editoriales.

Álvaro Vargas Llosa (hijo del famoso y recién Premio Nobel Mario Vargas Llosa), Plinio Apuleyo Mendoza y Carlos Alberto Montaner escribieron el libro en el que se hace un análisis crítico acerca del latinoamericano y su pensamiento resentido. No es nueva la afición del latino de echarle los grandes males a los más grandes (aún) imperios extranjeros, pero lo que sí es novedoso es el despertar de varios individuos coterráneos de este bloque continental, cansados ya de la pregonería y la farfullería “revolucionaria”. Ya las conciencias adormiladas en un “es culpa de los gringos y las europas” pestañean rápidamente y se levantan cuasi asombradas al concluir ahora “mea culpa”.

Bien por ello, y ese despertar conciente de lo que somos y de lo que hemos pecado se recopila en el manual de anti-imbecilidad latina, el cual en uno de sus capítulos da una lista y análisis de las 10 obras literarias latinoamericanas más idiotas. La última de la lista, justamente por ser la más grande en la categoría, es el libro de Galeano.
Remito el siguiente espacio entonces a citar lo que Vargas Llosa (hijo) opina de la Latinoamérica desangrada y hecha literatura:

“Las venas abiertas de América Latina. Eduardo Galeano, 1971

Toda bibliografía mínima (o máxima) que se respete, dedicada a reseñar la biblioteca básica del idiota latinoamericano, tiene que concluir con Las venas abiertas de América Latina, del escritor uruguayo Eduardo («el Trucha», para sus amigos) Galeano, nacido en Montevideo en 1940. No existe un mejor compendio de los errores, arbitrariedades o simples tonterías que pueblan las cabecitas de nuestros más desencaminados radicales. No hay, además, un libro de su género que haya tenido tantas ediciones, traducciones y alabanzas. No se conoce en nuestra lengua, en suma, una obra que —como ésta— merezca ser considerada como la biblia del idiota latinoamericano o, por la otra punta, como el gran culebrón del pensamiento político.

El título, perdidamente lírico, es ya una elocuente muestra de lo que viene detrás: América Latina es un continente inerte, desmayado entre el Atlántico y el Pacífico, al que los imperios y los canallas a sus órdenes le succionan la sangre de las venas, esto es, sus inmensas riquezas naturales. Es tan plástica y tan melodramática la imagen, que hasta un grupo progre de músicos argentinos ha compuesto una canción protesta bajo su advocación, mientras la edición de Círculo de Lectores de Colombia, ilustrada por Marigot, exhibe en su cubierta una enorme bandera norteamericana en forma de cuchillo que destripa sin compasión a una Sudamérica que se desangra. Precioso.

¿Qué diablos es este vademécum del idiota latinoamericano? Es un libro didáctico. Es el libro definitivo para explicar por qué América Latina tiene unos niveles de desarrollo inferiores a los de Europa occidental o Estados Unidos. Y cada afirmación importante que va haciendo, su autor la anota en letra cursiva, con el objeto de que el lector perciba, por un lado, la sutil inteligencia de quien la ha escrito, y —por el otro— para que retenga la sustancia de la reflexión o el dato exacto, y así consiga alcanzar las bondades de esta ciencia infusa que se nos administra en párrafos arrebatados y certeros.

La estructura del libro también delata su condición de cartilla revolucionaria. En el prólogo se resume el contenido de la obra. Se puede leer el prólogo e ignorar el resto, pues todo queda atropelladamente dicho en las primeras veinte páginas. A partir de ahí, lo que se hace es poner los ejemplos para apuntalar las afirmaciones que se han ido vertiendo. Y esos ejemplos se organizan en torno a las riquezas naturales que nos roban los imperialistas desde el momento mismo en que los depredadores españoles pusieron un pie en el continente: el oro, la plata, el caucho, el cacao, el café, la carne, el plátano, el azúcar, el cobre, el petróleo, y cuanto vegetal, animal o mineral puede servir para alimentar al insaciable Moloch extranjero.

La segunda parte del libro intenta describir las razones que explican los fracasos latinoamericanos en sus esfuerzos por escapar de la miseria tradicional que embarga a las masas. Unas veces los culpables son los ingleses, otras los norteamericanos, siempre los traidores locales. El libro es un constante memorial de agravios montado desde el victimis-mo y la identificación de los villanos que nos martirizan cruelmente: los que importan nuestras materias primas; los que nos exportan objetos, maquinarias o capitales; las multinacionales que invierten y las que no invierten; los organismos internacionales de crédito (FMI, BID, BM, AID).


Artículo del periódico "El Nacional"

La ayuda exterior es un truco para esquilmarnos más. Si nos prestan es para arruinarnos. Si no nos prestan es para estrangularnos: «las inversiones que convierten a las fábricas latinoamericanas en meras piezas del engranaje mundial de las corporaciones gigantes no alteran en absoluto la división internacional del trabajo. No sufre la menor modificación el sistema de vasos comunicantes por donde circulan los capitales y las mercancías entre los países pobres y los países ricos. América Latina continúa exportando su desocupación y su miseria: las materias primas que el mercado mundial necesita y de cuya venta depende la economía de la región. El intercambio desigual funciona como siempre: los salarios de hambre de América Latina contribuyen a financiar los altos salarios de Estados Unidos y de Europa».

¿Hay buenos en esta película de horror? Por supuesto. Y es muy significativo quiénes son los héroes de este pilar de la bobería ideológica latinoamericana. En el pasado, nada menos que las Misiones jesuitas de Paraguay, los creadores de un sistema totalitario en el que los pobres guaraníes hasta tenían que hacer el amor al sonido de una campana. Y luego, en el mismo desdichado país, el enloquecido Gaspar Rodríguez de Francia, un dictador que, literalmente, cerró su nación a toda influencia extranjera, al extremo de sólo permitir dos bibliotecas, la suya y la del padre Maíz. ¿Por qué lo aprecia? Por sus esfuerzos de desarrollo autárquico, por su fiero nacionalismo, por no aceptar el librecambismo, por la militarización que impuso, por el inmenso papel que le asignó al Estado como productor de bienes, por la disciplina de palo y tentetieso con que sujetó a los paraguayos durante casi tres décadas, por su odio al liberalismo. ¿A quién más estima? Al estanciero Rosas, otro tirano, y por razones parecidas, a Fidel Castro, que ha hecho lo mismo que Rodríguez de Francia, pero con mayor torpeza administrativa, aunque Galeano es capaz de afirmar la siguiente falsedad sin el menor rubor: «En Cuba la causa esencial de la escasez es la nueva abundancia de los consumidores: ahora el país les pertenece a todos. Se trata, por lo tanto, de una escasez de signo inverso a la que padecen los demás países latinoamericanos».

Naturalmente, ese discurso sólo puede conducir a la violencia más insensata, como la desatada por sus compatriotas tupamaros. Veamos el párrafo con que termina su libro: «El actual proceso de integración no nos reencuentra con nuestro origen ni nos aproxima a nuestras metas. Ya Bolívar había afirmado, certera profecía, que los Estados Unidos parecían destinados por la Providencia para plagar América de miserias en nombre de la libertad. No han de ser la General Motors y la IBM las que tendrán la gentileza de levantar, en lugar de nosotros, las viejas banderas de unidad y emancipación caídas en la pelea, ni han de ser los traidores contemporáneos quienes realicen, hoy, la redención de los héroes ayer traicionados. Es mucha la podredumbre para arrojar al fondo del mar en el camino de la reconstrucción de América Latina. Los despojados, los humillados, los malditos tienen, ellos sí, en sus manos, la tarea. La causa nacional latinoamericana es, ante todo, una causa social: para que América Latina pueda nacer de nuevo, habrá que empezar por derribar a sus dueños, país por país. Se abren tiempos de rebelión y de cambio. Hay quienes creen que el destino descansa en las rodillas de los dioses, pero la verdad es que trabaja, como un desafío candente, sobre las conciencias de los hombres».

No hay duda: existe algo que Galeano odia con mayor intensidad aún que a los propios gringos, que a las multinacionales, que al liberalismo: la verdad, la sensatez y la libertad. No las soporta. No cree en ellas. Nos le merecen el menor respeto. Su única y más firme devoción es alimentar de errores y locuras a los latinoamericanos más desprovistos de luces hasta perfeccionar la legendaria idiotez ideológica que los ha hecho famosos. Por eso su libro le pone punto final al nuestro. Se lo ha ganado a pulso.

INDEX EXPURGATORIUS

«Lo malo no es haber sido idiotas, sino continuar siéndolo.»"


Saqué usted sus propias conclusiones. Por lo que a mi respecta, si el latino atesora respeto, debe respetarse a sí mismo. El problema no es de ideologías de izquierda o derecha, sino de los basamentos morales, en la axiología misma, paralela a los mecanismos económicos. Amad la educación sobretodas las cosas.




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martes, 28 de septiembre de 2010

EL PELIGRO DE LOS MISTICISMOS



E
n el mundo en el que vivimos existe la latencia de una Tercera Guerra Mundial en vista de la proliferación de armamento nuclear en varios países. Cualquiera que sienta la necesidad de usar tan solo uno de esos explosivos en un país que considere enemigo iniciará, sin duda alguna, la tercera entrega de devastación y muerte por excelencia.

Es fácil intuir que en sociedades no-democráticas y teocráticas el peligro aumenta en vista del obvio riesgo de autoritarismo y/o dogmatismo que gobiernos de este estilo parecen promover. En el caso particular de los estados teocráticos, nada impide pues denominar a otras sociedades como enemigas tan solo por el simple hecho de que no se comparte la misma verdad espiritual. Y cuando un estado religioso y fundamentalista tiene armas de destrucción masiva, hay que temer.

Bien, esto parece evidente con los extremistas islámicos, con los fundamentalistas cristianos o con cualquier otro grupo religioso radical que ostente algún poder. Pero mi tesis va más allá. Y esa tesis no es mía solamente, afortunadamente.

Analicemos el origen de tales agrupaciones dogmáticas. Todas se fundamentan en creencias, y más aún, se fundamentan en la fe. En posteriores artículos me gustaría analizar a fondo y con rigurosidad lo concerniente a la palabra “fe”, pero en esta oportunidad la definiré como una “necesidad de creer”.

Todos los seres humanos creen en algo. Ese creer es una extrapolación mental que hacen los individuos para preveer lo que acontecerá en el futuro, y está basado en eventos pasados experimentados, conocidos y certificables. Por ejemplo, es muy fácil creer que mañana podrá salir el sol, pues, aunque no se calcule a diario que el Sol efectivamente sigue su órbita o aunque no se verifique a cada segundo la rotación de la Tierra, es fácil suponer que si a lo largo de toda nuestra existencia el Sol ha salido en las mañanas, es muy probable que salga al día siguiente también. Asimismo se podría creer que ganaremos la lotería al comprar un boleto, pues, en alguna ocasión particular una persona con las mismas probabilidades de ganar que uno efectivamente se llevó el premio.

Éste creer es uno responsable, pues está basado en evidencias pasadas, de alguna u otra forma. De hecho, el creer es inevitable; es, evolutivamente hablando, útil, pues implica un ahorro energético para que hagamos nuestras acciones diarias sin necesidad de una extrema planificación. Al mismo tiempo, existe plena conciencia por parte del que cree de que no siempre ocurrirá lo que uno espera, lo cual es muy positivo pues permite reconocer la contingencia del mundo en el cual vivimos.

En contraste, cuando se experimenta la fe, no es simplemente que se crea en algo, sino que ese algo tiene que suceder de forma imperativa, aún sin evidencias pasadas que lo postulen como probabilidad. Tan importante es la fe, que en la mayoría de las ocasiones constituye la base fundamental de los individuos para construir su vida, su única vida. Como se ve, no sólo es creer, sino es una necesidad de creer.

Eso explica porqué los asuntos místicos son tan propensos al dogma, pues, al enfocarlos desde la fe, no sólo es legítimo (desde la perspectiva del creyente) que no haya evidencia para tal creencia, sino además que tal creencia deberá ocurrir necesariamente. De lo contrario, el sentido mismo de la vida del creyente no existiría, su necesidad más inmanente se vería frustrada.

Esto está claro en las religiones, sectas y cultos tradicionalmente conformados a lo largo de la historia de la humanidad. El dogma es sinónimo de absolutismo, y cuando el absolutismo pretende alcanzar los cánones morales la violencia y la enajenación de las libertades son inminentes. ¿Pero qué es lo que hace que algunos individuos simplemente crean y otros tengan fe?

La respuesta está implícita en lo que se ha explicado anteriormente. El creer es una herramienta evolutiva que nos ahorra “energía de pensamiento”, y la fe, como radicalización del creer, es prácticamente la antítesis del pensar, además de ser el camino más fácil. ante las inquietudes importantes de la vida. De hecho, tal y como lo decía Friedrich Nietzsche, “la fe es no querer saber”. Tanto es así que, estrictamente hablando, cualquier pregunta que se cuestione los fundamentos de algo basado en la fe tiene una única respuesta: “porque sí”. Y es verdad, esa respuesta es correcta. La fe no es demostrativa por definición, puede carecer de evidencias impunemente. He ahí el peligro que subyace en toda clase de misticismos.

¿Tocar madera para que se cumpla algo, llevar una herradura o una pata de conejo, besar el balón de futbol, darse baños espirituales, recurrir a brujas o hechiceros, mal interpretar las cuestiones metafísicas, entre otras cosas, es peligroso también? La respuesta que doy es afirmativa. Tales supercherías parecieran ser inofensivas y muy lejanas a la realidad de la violencia dogmática, sin embargo, en mi opinión, son la semilla con la que los fundamentalismos se desarrollan.

Puede ser pertinente para muchos confiar en tales o cuales ritos y mitos, pero tal cuestión constituye una irresponsabilidad si no existe una evidencia clara en la cual se sustenten dichas creencias o si se recurre a la desnaturalización de la vida. ¿Qué significa desnaturalización de la vida? Socavar el más acá con ideas de un más allá, entregarse ciegamente a idealismos y romanticismos, y sobretodo, no ser racionales ni congruentes con nuestra realidad humana y física.

Mientras más se confíe en supersticiones, mientras más se le aseguren facultades exentas de comprobación, más se convierte la gente en apologistas de la fe y en enemigos del pensar. Se vuelven aquellas en cultivadoras de una costumbre, una mal sana costumbre, en donde la sociedad no distingue la realidad de la fantasía por excluir de rigurosidad las bases mismas de la existencia de los fenómenos. Y cuando un apologista de lo místico e inexistente tiene seguidores, la moral de ese grupo (por la carencia de evidencias y la necesidad de creer) se transforma en dogma, y es ese dogma lo que transgrede la libertad individual básica de los demás individuos pensantes. Es este momento en el que la moral de una sociedad pretende ser la única, con todas las consecuencias que ya sabemos.

Que sea ésta una lucha declarada en contra de la raíz misma de los dogmas, de los fundamentalismos y de los absolutismos. La característica principal del Homo Sapiens es el uso de la razón, y todo lo que atente contra ella, todo lo que la releve, todo lo que la bloquee es una violación a lo que somos y una enajenación de nuestras capacidades. De todas las cosas en las cuales podemos elegir creer para sustentar nuestra esperanza y nuestro sentido de la vida, son las invisibles, las impalpables, las indemostrables, las especulativas, las más miserables, irresponsables y pérfidas que podemos concebir.

Esta cruzada por la razón y el respeto plural está actualmente liderizada por Richard Dawkins. Científico prominente y debatiente constante en numerosos seminarios, congresos y programas de televisión, es el fundador de http://richarddawkinsfoundation.org , lugar en que cualquier interesado o voluntario puede informarse y colaborar para esta causa.

Una buena introducción de lo que esto significa quizás sea el documental “los enemigos de la razón”, del mismo Dawkins, el cual se puede ver (y continuar luego de la primera parte) a continuación:



No al fundamentalismo. Saludos.






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sábado, 17 de julio de 2010

"CON EL FAVOR DE DIOS"




S

iendo parco, me enfocaré rápidamente en lo que implica la solicitud de favores hacia una deidad, no sin antes expresar mi asombro ante el hecho de que los teístas más acérrimos no hayan caído en cuenta de tales consecuencias. Supongo que es obra de los dogmas. Pero he aquí mi Némesis:


Dios te hace un favor. Implicaciones:


1) Existe un dios

2) Ese dios interfiere hipotéticamente en aspectos de la vida humana para realizar el favor.


Del punto 2, se presentan las siguientes alternativas:


2.1) Dios interfiere en TODOS los aspectos de la vida humana: Todo está configurado de manera inflexible, desde el punto de vista de nuestros deseos. Todo, basado en un plan o no, estaría regulado por ese ente divino, lo cual implica la no existencia del libre albedrío. Por lo tanto, poco podemos hacer para que dios nos confiera favores o modifique el futuro por medio de los ruegos. Nuestras plegarias y agradecimientos en este caso serían necias y fútiles.


COROLARIO: El libre albedrío deja de existir si un dios es omnipotente y además desea ejercer su omnipotencia en todos los asuntos de la vida humana.


2.2) Dios interfiere en ALGUNOS aspectos de la vida humana: El libre albedrío sí existe, por lo menos en ciertos aspectos, lo cual implica que el futuro sí puede ser afectado por nuestros ruegos.


Aquí vale decir que para que ese dios tenga aún la majestad de la omnipotencia, el mismo puede pero no quiere afectar la vida humana en su totalidad. Si ese ente no fuera omnipotente sería otra cosa, no un dios.


2.3) Dios interfiere en NINGÚN aspecto de la vida humana: El libre albedrío existe a plenitud, lo que nos hace responsables absolutos de cada decisión que tomamos. Es la libertad plena de elegir y ver el mundo como lo deseamos. En esta alternativa, puesto que nada está ordenado metafísicamente (no hay control de dios sobre el universo, bien porque no quiere, porque no puede o porque no existe), dios se hace completamente prescindible. Si existe o no, se torna irrelevante. Nuestras plegarias y agradecimientos en este caso serían necias y fútiles.


Vemos que de todas las alternativas, es la 2.2 la que podrían salvaguardar los creyentes. Redefiniendo se tiene entonces:


Dios te hace un favor. Implicaciones:


1) Existe un dios

2) Ese dios interfiere en ciertos aspectos de la vida humana para realizar el favor.


De nuevo, refinando otra vez al punto nº 2, se tienen dos opciones:


a) El favor no se realiza.

b) El favor se realiza parcial o totalmente.


En la opción a) dios no quiere o no puede realizar el favor que se le pide. Esta respuesta es la más trivial de todas las posibles a la hora de plantear el problema de los favores divinos. Sin embargo, es bastante curioso (por no usar un eufemismo más hiriente) que éste sea el caso que estadísticamente más se repite en todas las peticiones. En la praxis es fácil comprobar la asombrosa desproporción que hay entre los favores recibidos y los no recibidos, éstos últimos muchísimo más frecuentes que los primeros.


Os invito a pedir justo ahora, a la divinidad que más desee, que llueva en sus alrededores. Sin duda, en algún rincón del mundo lloverá, incluso puede llover cerca de usted al momento de pedirlo. Pero compare eso con todas las personas que lo pidieron y no se les cumplió. Ese es el punto.


Respecto al punto b), último bastión del creyente de los favores divinos, tenemos unas serias consecuencias morales, conceptuales y perceptivas acerca de lo que conlleva que un dios cumpla nuestros deseos.


La primera cuestión a hacer notar es que puede existir un error perceptivo entre la causa y el efecto. Retomando la invitación sugerida anteriormente, uno pudiera pedir como favor que lloviese. Suponiendo que se cumpla, debido a prejuicios cognitivos y culturales, el creyente le atribuiría inmediatamente la causa de la lluvia a su dios, lo cual envicia las verdades.


No pasan por su mente cuestiones más lógicas (y comprobables) como la evaporación del agua, como la presión atmosférica, la nubosidad o la factibilidad de que eso pudiese ocurrir. Tampoco, si el evento resulta francamente inexplicable, toma la postura responsable de reconocer que por lo pronto no sabe la causa de la lluvia. Decide más bien, muy seguramente de forma intempestiva, que lo que ha obrado en la naturaleza es un milagro. Atribuye pues, probablemente bajo una interpretación errónea (aún aunque las estadísticas estén en contra) que existe una relación entre su petición y la lluvia, y que además dicha petición es concedida por un dios que casualmente es su dios de preferencia.


Esto último constituye un abreboca para considerar lo siguiente: Si se supone que un dios obra favores, se tiene que sopesar con absoluta seriedad que vivimos en un universo holístico, es decir, que cada evento que ocurre repercute de alguna forma u otra sobre otro evento, aún a pesar de que no sea evidente para nosotros que eso ocurra. Se puede pedir que la lluvia aparezca delante de nosotros, pero sin duda alguna esa lluvia que solicitamos afecta nuestro entorno de maneras que pueden ser hasta insospechadas.


En ese orden de ideas, cabe la pena destacar que al ser complacidos con favores, somos de alguna manera, así sea minúscula, diseñadores del curso de la historia. El orden original de los sucesos se ve perturbado por nuestros caprichos, necesidades, anhelos o peticiones, y por un dios que contempla y complace dichas carencias. Asimismo, es justo preguntar por qué la historia ha de cambiar por nuestras peticiones. ¿Quiénes somos para ostentar tal derecho, al punto de hacer cambiar la opinión original de un dios? Si es posible eso, ¿por qué catalogarlo como dios?


Muy relacionada a esas ideas se encuentra ésta otra: Si un dios es capaz de modificar la estructura del universo sólo para complacernos, necesariamente alguien (cualquier ser viviente) debe verse perjudicado por nuestras peticiones. Eso tiene implicaciones morales muy graves.


COROLARIO: Un dios que concede favores aún a cuestas de contradecirse moralmente no es un dios moral.


Dicho sea de paso, los dioses morales (los dioses buenos, malos o buenos –malos) NO existen, no sólo porque la moral no existe, sino porque de existir, Epicuro de Samos ya ha demostrado la inconsistencia de esta clase de divinidades. Leer Psicología de un dios.


Cuando un dios concede favores, no sólo se hace cómplice de lo que ya se ha explicado, sino que también ese dios se trivializa. En efecto, un dios que hace llover se rebaja a una nube, un dios que hace salir bien al estudiante en la prueba se rebaja a un compañero de estudio que susurra respuestas, un dios que ayuda a llegar rápido a cierto lugar determinado es un taxista, un dios que concede salud es médico, y así sucesivamente.


Entonces no solamente entraña una contradicción (en ciertos casos) que tal clase de dios, si es que es un dios, exista, sino que permanece también una contradicción por parte de los creyentes para con el trato del ser que consideran divino. Solicitar favores a un ente de tal majestad es una falta de respeto, tanto para el dios como para ellos mismos.


Lo más grave de la petición de favores incurre cuando se pone en entredicho la omnisciencia o perfección de tal dios. Supongamos que bajo una hipótesis dada, un ente divino denominado dios concede un favor. Si la hipótesis preestablece que ese dios es perfecto, la concatenación natural de los eventos que dicho dios ha creado ha de ser perfecta también. En pocas palabras, el universo y su historia se desarrollan en absoluta perfección (así no todos estemos de acuerdo con tal perfección).


Bien, eso es bajo la propuesta de un orden de los eventos original. ¿Qué sucede cuando un creyente solicita un favor y le es concedido? La historia se altera, y su curso original es desviado. Ergo, su perfección también ha de cambiar. Lo que antes estaba estipulado de forma perfecta ya no lo es; y en vista de que es incongruente hablar de “infinitas posibilidades de perfección”, no queda otra alternativa que la evidente imperfección del curso de los eventos.


Esto contradice la perfección (total) de ese dios o contradice su omnisciencia.


Habiendo discutido las características más resaltantes de lo que solicitar ayuda divina implica, la única esperanza teísta para ser atendidos por un ente divino “superior” es:


  • Que ese ente divino exista.
  • Que ese ente divino no sea moral.
  • Que limite parcialmente el libre albedrío de los seres humanos.
  • Que sea caprichoso (no siempre cumplirá).
  • Que tenga perfección parcial (con lo cual ya no es perfecto).

Bien, finalizado ésto sólo quedaría preguntar: ¿Si un ente con las características anteriores existe, por qué le llamamos dios? ¿Qué diferencia tiene con un duende o un genio de la lámpara mágica?


Que viva la libertad.





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viernes, 9 de julio de 2010

FUNDAMENTALISMO DEMOCRÁTICO



E

n primer lugar, me excuso ante el Dr. Gustavo Bueno por hacer del título de mi artículo un homónimo del título de su más reciente libro, libro que no tenido el honor de leer. Sin embargo, creo necesario tomar tal atrevimiento en vista de que la frase “fundamentalismo democrático” resume en buena medida el núcleo de mi crítica siguiente.


Siempre he estado en contra del dogmatismo por ser éste la herramienta principal de toda ceguera intelectual y de todo estancamiento progresista. Para mi pesar, en el mundo que actualmente nos compete, presencio una atmósfera justamente dogmática referente a lo que son los sistemas democráticos. En el contexto político, se sacraliza la democracia sobre todas las cosas, y si bien reconozco que dicho sistema es una victoria tangible en cuanto al respeto de los individuos, muy bien existe la posibilidad de creer y caer en que no pueda elucubrarse algo mejor.


La democracia se hace valer a sí misma partiendo del hecho de que es la voluntad colectiva la que elige a sus representantes. Esto, que constituye su mayor virtud, como si se tratase de un concepto taoísta, constituye a la vez su mayor defecto. Y ese defecto tiene nombre y apellido: Argumentum ad populum.


El argumentum ad populum es una falacia lógica en la cual se juzga la veracidad de una proposición o de un razonamiento en función de la cantidad de personas que la apoyen o la desacrediten. En pocas palabras, el razonamiento se cree válido no porque sea cierto, sino porque es popular.


En vista de ello, muy bien valdría la pena destacar que para sociedades de pobre nivel educativo, la democracia no constituye la mejor solución. De hecho, son estos ciudadanos los más propensos a las demagogias y populismos por parte de los políticos. Si estos políticos llegan a los cargos anhelados, conocedores (como lo son) de la relación directa entre la ignorancia y el poder, desdeñarán adrede el incentivo por la cultura para que su demagogia y populismo siga cobrando igual o mayor efecto; todo ello para extender lo mayor posible los beneficios que sus cargos les confieren.


Sólo un pueblo ilustrado podría ejercer una democracia que, si bien incurre inevitablemente en el argumentum ad populum, reduciría el margen de error de dicha falacia. Existirían pues más probabilidades de que la verdad de la mayoría sea la verdad de la razón.


En otro aspecto, pareciera que la densidad demográfica influye notoriamente en la estabilidad democrática de un país. Por curioso que luzca la afirmación anterior, ya Voltaire había dicho que “la democracia sólo parece adecuada para países muy pequeños”. Y es que al momento de elegir representantes, siempre habrá una minoría técnica que no se verá complacida con los resultados.


Entonces tenemos, por ejemplo, que una decisión democrática tomada entre 10 personas no es equivalente a una decisión democrática tomada entre 100 millones de personas. En este caso, suponiendo una mayoría del 60% en ambas decisiones, se tendría como resultado un 40% de personas no representadas. El 40% de 10 personas son apenas 4 individuos, pero en una población de 100 millones, son 40 millones lo no representados.


A todas luces se ve que en densidades demográficas altas, la proporción de no representados es alta también, lo cual constituye una probable y potencial fuente de conflictos para el desarrollo democrático. Sin embargo es importante aclarar que toda oposición debe existir para que la democracia tenga efecto. Lo que trato de ilustrar es la dificultad inherente de negociar con la gran variedad de necesidades e ideas que pudiese tener una oposición de alta densidad demográfica.


La democracia, específicamente en el momento de ejercer la elección, toma como axioma el hecho de que “todos somos iguales”. Esto, desde mi punto de vista, incurre en el error típico de las doctrinas igualitarias impregnadas de Cristianismo y de Romanticismo del siglo XIX.


A pesar de que creo necesaria una igualdad de oportunidades, me parece evidente en la praxis, y lejos de toda idealización, que todos los individuos de la naturaleza son únicos, y por ende diferentes. Siendo todos distintos, distintos serán entonces sus talentos y defectos, sus habilidades y limitaciones.


¿Es responsable entonces que todos los individuos de una sociedad tengan el mismo “poder de voto”? El gobierno de un pueblo, me parece, es un asunto demasiado serio como para ser influenciado de igual forma por el común denominador de las personas. Si para que un ingeniero sea reconocido como tal hace falta que el mismo sea evaluado por organismos académicos y profesionales pertinentes y expertos en ingeniería, ¿cómo puede ser posible que para elegir un presidente sólo sea necesario ser mayor de edad?


No se trata, aclaro, de excluir a cierta parte de la población de su derecho a elegir representantes. Se trata en todo caso de mantener ese derecho con una cuota merecida de responsabilidad. El presidente de una nación, que debería reunir una serie de requisitos sociales y habilidades diplomáticas, económicas y políticas, no puede ser visto con el mismo ojo crítico por todas las personas de todas las áreas y todas las edades. Es bastante factible que un joven de 18 años no tenga la pericia analítica de un adulto de 30 años, así como un nutricionista, por ejemplo, no pudiera tener la misma visión que un politólogo, o una persona analfabeta en comparación con una persona ilustrada.


Repito, es de mi anuencia que todos voten. Pero no es de mi simpatía que el voto valga igual para todos. Todos valemos, pero que cada uno sea líder en lo suyo.


Algo relativamente novedoso son los sistemas de neo-totalitarismo. Dichos sistemas se mimetizan hábilmente bajo los esquemas democráticos y bajo el fundamentalismo ciego de éstos últimos. Paulatinamente las personas pierden sus libertades, se les reduce su poder de expresión y de decisión. Bajo la excusa de ser constitucional, un estado neo-totalitarista roza los límites mismos de la legalidad para asirse con el poder de las instituciones, centralizando todo en una élite que gobierna.


Los organismos que velan por la democracia a nivel internacional, supremamente miopes ante la realidad y más apegados, empero, a los dogmas electorales y constitucionales, son prácticamente inútiles ante estas estratagemas totalitarias. La población queda indefensa entonces ante toda injusticia, sólo por culpa de una franca falta de análisis ante el hecho de que las democracias no pueden ser sacralizadas: tienen defectos.


Los antiguos griegos ya sabían de dichas fallas democráticas, e incluso proponían sistemas, a mi saber, mucho mejores, como la noocracia o como la demarquía. Os invito pues al análisis de los mismos como sistemas de gobierno que pueden superar la funcionalidad de la democracia.


Y de ser mejores, no por ello dejarán de ser imperfectos. No a los dogmas.





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