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miércoles, 1 de diciembre de 2010

LA FÁBULA DEL CABALLO


É
rase una vez un grupo de personas conformado por un religioso, un filósofo y un científico. El trío discernía, teniendo un caballo al frente, acerca del número de dientes que el animal podría tener. Intempestivamente llegaba corriendo al grupo Paulo Coelho, mientras gritaba "¡Hey, yo también soy importante y se varias cosas, quiero participar!". Luego de un incómodo silencio, y de verse a las caras, los expertos prosiguieron con sus especulaciones.

El religioso salió al paso y dijo orgullosamente:

"El caballo ha de tener 7 dientes. Cada criatura es una obra de Dios, y es obvio, según mi libro sagrado, que el número 7 es un número bendito. No, no me he sacado ese número del bolsillo, he dicho que sale de mi libro sagrado...

Si no me creen, podemos rezar para que Dios, el ser que por definición es el más imaginablemente poderoso en la faz de la Tierra y del universo, incomparable entre todos los seres, de majestuosidad infinita, Señor de los señores, se trivialice, se rebaje escuchando nuestros ruegos humanos, y nos ayude convirtiéndose así en un vulgar genio de los deseos."


Paulo Coelho, experto en demostrar conocimientos místicos y en decir palabras gustosas a los oídos femeninos, dijo:

"Una vez fui al Tibet, ¿no?, y un monje de esos sabios que tenían barba y la cabeza rapada me dijo estas palabras que resonaron en mi alma y me elevaron al estadio más puro de la verdad. Me dijo que cuando el guerrero de la luz se encuentra ante el metafísico dilema espiritual de saber cuántos son los dientes de un animal, debía no más que tener confianza en él mismo, ya que los hijos de Dios están benditos en cada rincón del universo, y sólo observando dentro de sí mismos accederan a todas las verdades. Por ello, el número de dientes de un caballo ha de ser 90, porque Verónica, que es una prostituta consumada, decide morir. Además, tengo que decir que las energías y la llama violeta conspiran a nuestro favor si..."

El filósofo ignora con justicia a Coelho y luego de posar su mano en la barbilla dijo:

"Los caballos, como todas las criaturas que le son parecidas, son herbívoros. Por lo tanto sus dientes han de estar diseñados para comer vegetales. Estos dientes seguramente tienen una forma especializada para ello, lo cual implica que tienen un tamaño ideal, de acuerdo a su función y a la envergadura del animal. El número de dientes del caballo dependerá, por tanto, del tamaño y función de cada uno, además del tamaño del caballo. Si el caballo, de acuerdo a su tamaño, debe consumir aproximadamente 70 kgs de vegetales al día, necesitará de por lo menos 30 dientes en su boca y un máximo de 50 dientes, repartidos de forma simétrica, conforme a la naturaleza."

El científico, que es de pocas palabras, va, se acerca al caballo, le abre la boca y dice:

"Son cuarenta dientes".

Fin


S E C C I Ó N I N F A N T I L


Ahora, dígale a los niños de su hogar que le acompañen en la contestación de las siguientes preguntas. De seguro ellos, de mente inocente y pulcra, no tardarán mucho en darle solución a las terribles cuestiones que presentaré a continuación sin la menor misericordia, en las que usted, persona mística y creyente, tardará una considerable cantidad tiempo luchando contra usted mismo:


1) ¿Cuál es la moraleja de la historia?

2) De los personajes, ¿cuáles fueron los más útiles?


3) ¿Quiénes fueron los más inútiles?


4) ¿Cuáles profesiones son las indicadas para encontrar las verdades?


5) ¿Cuáles son las profesiones más cercanas a la mentira?


6) ¿Por qué crees que el religioso y Paulo Coelho estuvieron tan lejos de la respuesta?


7) Explica en tus propias palabras por qué Paulo Coelho es tan tonto.


8) Explica en tus propias palabras, por qué Paulo Coelho vende libros. (¡Sí, de verdad explícame!).


9) ¿Qué piensas de tus padres al ver que contestaste todo esto rápidamente y ellos no pudieron hacerlo?


10) Ahora, cuando tengas una duda, ¿a qué clase de personas le preguntarás?




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martes, 28 de septiembre de 2010

EL PELIGRO DE LOS MISTICISMOS



E
n el mundo en el que vivimos existe la latencia de una Tercera Guerra Mundial en vista de la proliferación de armamento nuclear en varios países. Cualquiera que sienta la necesidad de usar tan solo uno de esos explosivos en un país que considere enemigo iniciará, sin duda alguna, la tercera entrega de devastación y muerte por excelencia.

Es fácil intuir que en sociedades no-democráticas y teocráticas el peligro aumenta en vista del obvio riesgo de autoritarismo y/o dogmatismo que gobiernos de este estilo parecen promover. En el caso particular de los estados teocráticos, nada impide pues denominar a otras sociedades como enemigas tan solo por el simple hecho de que no se comparte la misma verdad espiritual. Y cuando un estado religioso y fundamentalista tiene armas de destrucción masiva, hay que temer.

Bien, esto parece evidente con los extremistas islámicos, con los fundamentalistas cristianos o con cualquier otro grupo religioso radical que ostente algún poder. Pero mi tesis va más allá. Y esa tesis no es mía solamente, afortunadamente.

Analicemos el origen de tales agrupaciones dogmáticas. Todas se fundamentan en creencias, y más aún, se fundamentan en la fe. En posteriores artículos me gustaría analizar a fondo y con rigurosidad lo concerniente a la palabra “fe”, pero en esta oportunidad la definiré como una “necesidad de creer”.

Todos los seres humanos creen en algo. Ese creer es una extrapolación mental que hacen los individuos para preveer lo que acontecerá en el futuro, y está basado en eventos pasados experimentados, conocidos y certificables. Por ejemplo, es muy fácil creer que mañana podrá salir el sol, pues, aunque no se calcule a diario que el Sol efectivamente sigue su órbita o aunque no se verifique a cada segundo la rotación de la Tierra, es fácil suponer que si a lo largo de toda nuestra existencia el Sol ha salido en las mañanas, es muy probable que salga al día siguiente también. Asimismo se podría creer que ganaremos la lotería al comprar un boleto, pues, en alguna ocasión particular una persona con las mismas probabilidades de ganar que uno efectivamente se llevó el premio.

Éste creer es uno responsable, pues está basado en evidencias pasadas, de alguna u otra forma. De hecho, el creer es inevitable; es, evolutivamente hablando, útil, pues implica un ahorro energético para que hagamos nuestras acciones diarias sin necesidad de una extrema planificación. Al mismo tiempo, existe plena conciencia por parte del que cree de que no siempre ocurrirá lo que uno espera, lo cual es muy positivo pues permite reconocer la contingencia del mundo en el cual vivimos.

En contraste, cuando se experimenta la fe, no es simplemente que se crea en algo, sino que ese algo tiene que suceder de forma imperativa, aún sin evidencias pasadas que lo postulen como probabilidad. Tan importante es la fe, que en la mayoría de las ocasiones constituye la base fundamental de los individuos para construir su vida, su única vida. Como se ve, no sólo es creer, sino es una necesidad de creer.

Eso explica porqué los asuntos místicos son tan propensos al dogma, pues, al enfocarlos desde la fe, no sólo es legítimo (desde la perspectiva del creyente) que no haya evidencia para tal creencia, sino además que tal creencia deberá ocurrir necesariamente. De lo contrario, el sentido mismo de la vida del creyente no existiría, su necesidad más inmanente se vería frustrada.

Esto está claro en las religiones, sectas y cultos tradicionalmente conformados a lo largo de la historia de la humanidad. El dogma es sinónimo de absolutismo, y cuando el absolutismo pretende alcanzar los cánones morales la violencia y la enajenación de las libertades son inminentes. ¿Pero qué es lo que hace que algunos individuos simplemente crean y otros tengan fe?

La respuesta está implícita en lo que se ha explicado anteriormente. El creer es una herramienta evolutiva que nos ahorra “energía de pensamiento”, y la fe, como radicalización del creer, es prácticamente la antítesis del pensar, además de ser el camino más fácil. ante las inquietudes importantes de la vida. De hecho, tal y como lo decía Friedrich Nietzsche, “la fe es no querer saber”. Tanto es así que, estrictamente hablando, cualquier pregunta que se cuestione los fundamentos de algo basado en la fe tiene una única respuesta: “porque sí”. Y es verdad, esa respuesta es correcta. La fe no es demostrativa por definición, puede carecer de evidencias impunemente. He ahí el peligro que subyace en toda clase de misticismos.

¿Tocar madera para que se cumpla algo, llevar una herradura o una pata de conejo, besar el balón de futbol, darse baños espirituales, recurrir a brujas o hechiceros, mal interpretar las cuestiones metafísicas, entre otras cosas, es peligroso también? La respuesta que doy es afirmativa. Tales supercherías parecieran ser inofensivas y muy lejanas a la realidad de la violencia dogmática, sin embargo, en mi opinión, son la semilla con la que los fundamentalismos se desarrollan.

Puede ser pertinente para muchos confiar en tales o cuales ritos y mitos, pero tal cuestión constituye una irresponsabilidad si no existe una evidencia clara en la cual se sustenten dichas creencias o si se recurre a la desnaturalización de la vida. ¿Qué significa desnaturalización de la vida? Socavar el más acá con ideas de un más allá, entregarse ciegamente a idealismos y romanticismos, y sobretodo, no ser racionales ni congruentes con nuestra realidad humana y física.

Mientras más se confíe en supersticiones, mientras más se le aseguren facultades exentas de comprobación, más se convierte la gente en apologistas de la fe y en enemigos del pensar. Se vuelven aquellas en cultivadoras de una costumbre, una mal sana costumbre, en donde la sociedad no distingue la realidad de la fantasía por excluir de rigurosidad las bases mismas de la existencia de los fenómenos. Y cuando un apologista de lo místico e inexistente tiene seguidores, la moral de ese grupo (por la carencia de evidencias y la necesidad de creer) se transforma en dogma, y es ese dogma lo que transgrede la libertad individual básica de los demás individuos pensantes. Es este momento en el que la moral de una sociedad pretende ser la única, con todas las consecuencias que ya sabemos.

Que sea ésta una lucha declarada en contra de la raíz misma de los dogmas, de los fundamentalismos y de los absolutismos. La característica principal del Homo Sapiens es el uso de la razón, y todo lo que atente contra ella, todo lo que la releve, todo lo que la bloquee es una violación a lo que somos y una enajenación de nuestras capacidades. De todas las cosas en las cuales podemos elegir creer para sustentar nuestra esperanza y nuestro sentido de la vida, son las invisibles, las impalpables, las indemostrables, las especulativas, las más miserables, irresponsables y pérfidas que podemos concebir.

Esta cruzada por la razón y el respeto plural está actualmente liderizada por Richard Dawkins. Científico prominente y debatiente constante en numerosos seminarios, congresos y programas de televisión, es el fundador de http://richarddawkinsfoundation.org , lugar en que cualquier interesado o voluntario puede informarse y colaborar para esta causa.

Una buena introducción de lo que esto significa quizás sea el documental “los enemigos de la razón”, del mismo Dawkins, el cual se puede ver (y continuar luego de la primera parte) a continuación:



No al fundamentalismo. Saludos.






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