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sábado, 29 de octubre de 2011

YO SOLO SE QUE NO SE NADA


El lugar común que es la frase de Sócrates le ha dado muchas cosas que decir a los filósofos y los no tan filósofos. El personaje que profirió el aserto es de por sí misterioso, sobre todo por el hecho de que no dejó nada escrito y eso da pie a multitud de ambigüedades. Algunos dicen que él es el padre de la filosofía; otros, en cambio, desprecian sus enseñanzas, que según ellos, ni siquiera fueron tales. En cualquier caso, no se puede negar el atino de la frase que no solamente sirve de título a esto que escribo, sino que además es su contenido y su fondo.

El pensamiento brillante que profirió aquel barbudo vale lo que cualquier obra escrita. En él queda expresada la única certeza que debe tener cualquier hombre de genio y es la de saberse ignorante. Partir de la convicción de que se es un ignorante, de que lo que se sabe es aún poco, es el nervio latente que confiere vitalidad a toda aspiración intelectual. Ese conocimiento inseguro de sí mismo, que se asume como poquísimo, que se siente anodino comparado con la amplitud de conocimientos posibles, es el germen de cualquier empresa intelectual. Y a medida que se sabe más se sabe que se sabe menos, en la medida que se hace uno menos ignorante, quiero decir más ignorante, se percata uno de la ominosa realidad que es la de nuestra insondable finitud. Finitud: asumirla y no quererla más. Esa es la máxima de cualquier hombre con inquietud vital, y para llegar a ella, necesitamos movernos a través del hilo conductor que es este juego de palabras del filósofo griego.

De nuestra finitud habla Novalis diciendo: “la filosofía es en realidad nostalgia, un impulso de estar en todas partes en casa”. Nostalgia de sabernos finitos, radicalmente finitos, y no quererlo ser más. Ser menos finitos, infinitos, no morirnos, “estar en todas partes en casa”, sin tiempo o con todo el tiempo; sin espacio, o con todo el espacio; ser cada cosa, ser todo sin dejar de ser nosotros mismos. Conocer, abarcar, multiplicarnos y la realidad concomitante: nuestra propia finitud; que aunque queramos no podemos, que aunque no queramos nos morimos. Al final nos queda sólo eso, saber que no sabemos nada, que somos ínfimos, limitados e irremediablemente nostálgicos.

Pero, ¿para tener nostalgia no hace falta que nos hayan quitado algo, que nos arrebataran algo que nos pertenecía? Cada hombre que piensa, se da cuenta que le han quitado algo, que no puede llegar a ser plenamente sin ello. ¿Y que es aquello que nos da nostalgia entonces? Spinoza escribe: “cada cosa se esfuerza, cuanto está en su alcance, por perseverar en su ser”. Y esa proposición es nostalgia, cuando el judío que elaboraba cristales escribe eso, hace referencia al hombre, al hombre que quiere seguir siendo, al hombre que no quiere dejar de ser nunca el mismo, al hombre que de un tajo, cuando piensa, cuando reflexiona, cuando razona, le quitan o se quita el mismo, la posibilidad de perseverar en su ser. Se da cuenta de que aquello es imposible, de que aquello es absurdo, de que un día aunque no quiera volverá a la nada, dejará de ser, de sentir, de ser nostálgico. De allí la nostalgia, nostalgia de lo que queremos ser y no podemos, nostalgia de algo que pensamos podíamos ser pero no podemos serlo ya.

Y entonces las reflexiones se repiten, se superponen. Pero nostalgia no es resignación, el hombre no se resigna, el hombre se inventa dioses que lo inventaron, el hombre estudia, viaja a otros mundos, busca acabar con su finitud. No se resigna dijimos, no se resigna a ser finito, perecedero, de allí la fe, fe en los absolutos, fe en Dios, fe en la historia, fe en la materia. Filosofar es al final no querer ser más finitos, toda filosofía parte del sentimiento de su propia finitud, y busca acabar con ella. Pero sólo se logra filosofar mirando las cosas con la mirada esencial, que es simple, y sumamente ingenua. Y esa ingenuidad pasa por asumir la frase socrática.

Filosofar es darse cuenta que lo que se sabe no sirve de nada si no se penetra en las cosas. Analizar el fondo de las cosas, o de la cosa, objeto siempre de nuestras reflexiones, que es nuestra finitud. Filosofía de la finitud, redundancia: filosofía es finitud.



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domingo, 3 de julio de 2011

DIOS SEGÙN PARMÈNIDES


E
l gran Parménides de Elea renace con fuerza cada vez que se debate su inclinación espiritual, entendiéndose por ésta toda posible afiliación por la divinidad. Fue el autor del Poema del Ser, un compendio de versos épicos y de contenido didáctico, que funge como único testimonio directo de este gigante del pensamiento occidental. En él, se hace patente la revelación divina, que es, precisamente, el objeto de debate del cual se intenta discernir si es un recurso metafórico o una confesión literal.

Parménides deambulaba en la Tierra hace un poco más de 25 siglos, en la región de Elea en el sur de Italia, y recorrió una buena parte de la Grecia Antigua. Estaba sumido en una atmósfera de misticismos de las más diversas clases, con claras referencias a la Teogonía de Hesíodo y demás tradiciones secundarias. No obstante, como buen filósofo, sabía distinguirse de los comunes, cosa que hace expresa en su poema cuando una diosa le revela su carácter privilegiado para adquirir el verdadero saber.

Platón afirmaba de Parménides su increíble profundidad metafísica –le bautizaba como “el Grande”-, y no es para menos, pues la arquitectura filosófica de Parménides no tuvo precedentes en la historia occidental. De sus pensares, florecieron las ulteriores ideas de Zenón, de Platón y de Aristóteles; los titanes griegos que hoy son tan conocidos.

Justamente el mejor indicio teológico que se pudiera extraer de Parménides debería estar en su metafísica, y a grandes rasgos, se pretenderá reconstruirla a continuación. Se conocerá, luego, si Parménides poseía un espíritu teísta o deísta, o si por el contrario era de ímpetu materialista.

Este sabio de Elea fue un volcán que estalló ante la reacción que le produjo la filosofía de Heráclito, la filosofía del cambio constante y de la relatividad e inaprehensión del ser. Ante Heráclito, Parménides declamó, casi con violencia, desafiante, que el ser, es, y que el no ser, no es. Este principio, que fue la semilla del famoso “A es igual a A” aristotélico, es el Principio de Identidad que conocen los lógicos actuales, 2500 años después.

Del asegurar que el ser es y el no ser no es, constituye la base primigenia de toda la metafísica a analizar. Ante esto que pudiera parecer tan simple y evidente, se desarrollan las ideas parmenídicas más complejas y subterráneas. De este preludio del Principio de Identidad, sobrevienen pues, las propiedades del ser, las cuales han de estar en relación directa con toda posible teología posterior en este filósofo.

¿Qué ocurre cuando todo ser es y cuando todo no-ser no es? Lo primero en diseccionar es que el ser es único. No puede haber más que un único ser. Porque suponiendo que existan dos seres, lo que es en uno no es en el otro: eso es lo que los diferenciaría. Este otro, del que se predica el no-ser del primero, conduce, si se analiza la frase, a una contradicción lógica. Se estaría tratando de hablar del no-ser de un ser, y por lo tanto, se estaría hablando de un absurdo. El no-ser de un ser viola la primera condición, la primera piedra metafísica de Parménides: que el ser es, y que el no-ser no es.

Otra forma de verlo es que si existiesen dos seres, lo que hay entre ellos, lo que los divide es un no-ser. Decir “es un no-ser” es afirmar que un no-ser existe (y que es lo que distancia al par de seres). Un no-ser que es, es una contradicción. Por lo tanto, como nada puede dividirlos, esos seres en realidad son un mismo ser.

También, de acuerdo con este axioma, del ser se puede predicar que es eterno. Si el ser no fuera eterno, significaría entonces que tiene un principio y un final; y si fuera así, entonces el ser, antes de su principio no era, y después de su final no será. Esto es otra forma de decir que si el ser tuviera principio y final, entonces antes y después de ser, no es. Como esto viola la primera piedra de Parménides, se debe concluir que el ser siempre ha sido y siempre será: no existe antes y después. Ergo, el ser es eterno.

De manera muy similar se puede encontrar que el ser es, además, inmutable. Si el ser cambiase, ya no sería. Todo cambio es una conversión del ser a un no-ser, o de un no-ser al ser. Tanto en el dejar de ser como en el llegar a ser, se encuentra implícito el no-ser del ser, lo cual es contradictorio.

Por otro lado, del ser puede afirmarse que es ilimitado, o infinito. ¿Qué es un límite, sino una demarcación entre dos entes distintos? Pero el límite del ser implica un algo que circunda al ser, y si ese algo es distinto, ha de ser un no-ser. Asentar que el ser tiene límites sería reconocer que el no-ser es lo que está afuera de los límites del ser, y ese reconocimiento del no-ser es expresar un ser del no-ser. Por lo tanto, como el no-ser no es (no existe), lo único que hay es el ser, y en consecuencia el ser no tiene límites, es infinito.

El ser, finalmente, es inamovible. Por ser precisamente ilimitado, el ser no está en un lugar. Moverse, en cambio, es estar cambiando de lugar, es estar estando, pasar de un lugar a otro. Si el ser pudiera moverse, implicaría entonces que no se encuentra en el espacio que abandona y el espacio al que se dirige, y por lo tanto el ser no sería lo más extenso que hay, no sería ilimitado, ya que hay espacios que no ocupa. Siendo ilimitado, pues, el ser ha de ser inmóvil.

Se puede resumir entonces que las propiedades del ser son la unicidad, la eternidad, la inmutabilidad, lo infinito y la inmovilidad. Muchos siglos después, en la actualidad, estas propiedades podrían ser asociadas fácilmente (no sin imprudencia) a cualquier deidad vigente; pero respecto a la mente de Parménides ha existido durante mucho tiempo un carácter indefinido de lo que las propiedades del ser conducían para él en esta materia.

Y es que el gran filósofo de Elea, tal y como lo sugiere Platón en Sofista, no se enfrentó con ¿Panteísta, materialista o panteísta materialista?el problema de si lo real, la realidad última, posee vida, alma y entendimiento. Sí aseguró aquel que, en virtud de las propiedades del ser, nuestro mundo sensible no era más que una ilusión, un engaño que servía de cortina para lo verdadero (que es el ser y sus propiedades); pero nunca fue claro en los precedentes de ello. Al mismo tiempo es muy importante aventurar de nuevo que toda la filosofía de Parménides es un constructo reaccionario contra la filosofía de Heráclito, y siendo éste panteísta, sería posible que Parménides, en consecuencia, no lo fuera.

No obstante, si existiese alguna clase de divinidad, y según la perspectiva de Parménides, tendría que ser congruente con las propiedades del ser. Esta divinidad sería única y seríamos nosotros, lo que nos rodea y ella un mismo ser. Todo, además, entendiéndose por todo a esta unidad dios-nosotros-universo, sería ilimitado, infinito, eterno e inamovible. El universo sería el ser, nosotros seríamos el ser, Dios sería el ser. Y lo más aproximado a esa visión, de hecho, es el enfoque panteísta. Curiosamente hay reminiscencias del taoísmo también, sin querer decir, por supuesto, que Parménides tuviera que ver con ello.

Misterioso es, como se observa, este vacío teológico parmenídico. Platón consideró que la parte cosmogónica del Poema del Ser era muy parecida a una teogonía; es decir, a una elucubración de los orígenes de los dioses que protagonizan sus versos. Aristóteles, en otro tanto, pensaba que el filósofo de Elea era de carácter monista, lo cual extirpa la concepción de una realidad escindida en dos planos, o alimentada con más de una sustancia.

La aparición de los dioses en el Poema del Ser pareciera ser meramente alegórica, con intenciones poéticas. Una importante pista de ello es que las deidades aparecen principalmente en la parte del poema en donde se describe y analiza el mundo de lo aparente, de lo ilusorio, en el fondo, de lo que rechazaba Parménides. Que todo este conocimiento le haya sido revelado por una diosa en el poema, según los entendidos, no es más que mera forma, y por cierto, tal parece que una huída de la prosa, una necesidad del verso.

El asunto no está claro, pero lo que podría asegurarse es que desde el horizonte del Poema del Ser, la realidad humana es un remedo (que no es totalmente falso, sino estrictamente “engañoso”) de la realidad verdadera. Lo sensible, pues, es un subproducto, una ilusión con retazos de verdad, pero que no está hecho de una sustancia distinta a la realidad última, sino que es más bien parte turbia de ella. La realidad última, la verdad, es una sola, todo lo abarca, es eterna, es inmutable, es inamovible, es.

¿Panteísmo? ¿Materialismo? ¿Panteísmo materialista? En la filosofía de Parménides no existe el espíritu, no existe sustancia distinta a la sustancia del ser, que es la sustancia de todas las cosas. ¿Qué sería, pues, una divinidad en este contexto? Mucho más adelante, Aristóteles tomaría las bases de Parménides y respondería: es pensamiento. Parménides, que afirmaba “una y la misma cosa es ser y pensar” quizás hubiera estado de acuerdo.

Cordiales saludos.






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domingo, 9 de enero de 2011

NIETZSCHE Y EL ORIGEN DEL ALMA


E
s harto sabido que el humano es el único animal sobre toda la tierra que se caracteriza por su predominante uso de la razón, Más sin embargo, es legítimo preguntar: ¿cómo llegó el ser humano a poseer tal virtud? ¿Cómo se inició la “chispa” del pensamiento? ¿Cómo el hombre fue convirtiéndose en el “animal más interesante”? A luz del siglo XXI, la psicología evolutiva ofrece una explicación bastante aproximada de lo que fue este proceso, pero en el siglo XIX Friedrich Nietzsche ya se había adelantado a dar su opinión al respecto; incluso, con conclusiones que aún la ciencia no ha demostrado aún, lo cual crea cierta expectativa, en son de aumentar aún más el respeto que tal pensador evoca, si sus hipótesis resultan válidas.

En la “Genealogía de la moral”, Nietzsche se remonta a la etapa más larga de la vida del homo sapiens, a saber la prehistoria del hombre, para explicar cómo fue que un ser más animal que humano comenzó a suprimir radicalmente sus instintos en beneficio de la convivencia social, derivando esto en lo que hoy llamamos como “conciencia”. El filósofo afirma que nuestro orgullo actual al exhibir un uso de la razón muy superior al del cualquier otro animal no ha sido asequible a un costo bajo. Todo lo contrario: miles de años de extrema crueldad tuvieron que acompañar a la metamorfosis mental necesaria para que la imaginación, el planificar, el calcular, el predecir, el establecer causalidades, surgiera en nuestros procesos psíquicos. Mucha sangre pues, tuvo que fluir para que el hombre fuera, según las palabras de Nietzsche, el animal al cual le es lícito hacer promesas.

¿Y cómo es un animal al cual le es lícito hacer promesas? Es uno que, justamente, posee la capacidad de cumplirlas, que posee responsabilidad. Eso exige, desde la perspectiva nietzscheana, una lucha y una victoria sobre la capacidad de olvido, capacidad característica de todos los animales sanos. El hombre, empero, es el animal enfermo, que ha desviado su naturaleza para terminar siendo serio, para reír, para soportar inconmensurablemente el sufrimiento e incluso para buscarlo. La memoria es la antagonista de esa fuerza innata y saludable para olvidar, y resulta vencedora sobre ésta al ser necesaria para el respeto y sometimiento exigido para vivir en aquellas primeras comunidades humanas.

Duro, muy duro, era el castigo en esas primeras congregaciones primitivas. La rigurosidad de la pena, tal como lo muestra la historia, es inversamente proporcional al tamaño de la sociedad en la cual se aplica; de tal manera que si una comunidad de hombres es muy numerosa, flexible es el castigo al romper los mandatos hacia ella. Por el contrario, y justo como ocurría al principio de la historia de la humanidad, ante comunidades pequeñas, extremo era considerado el agravio (por cuanto ponía en peligro a la comunidad entera) y severo entonces era el castigo impuesto.

Para un ser más animal que hombre, lleno de vigor, de voluptuosidad juvenil, de fuerza, de afán de dominio, de voluntad de poder, sin más memoria que la necesaria y saludable, sin mayor inteligencia, la supresión relativamente brusca de sus sentidos para poder obtener el beneficio de la comunidad derivó en un sufrimiento nunca antes visto. Este sufrimiento era impartido, en primera instancia, por la coacción de la sociedad sobre esa fuerza interna de los individuos. El obedecer la ley y el vivir en paz requiere de memoria y castigo. Tal como lo dice el filósofo, la única forma de imprimir memoria en ese entendimiento del instante, característico del hombre primitivo, se regía bajo el siguiente principio: “para que algo permanezca en la memoria se lo graba a fuego. Solo lo que no cesa de doler permanece en la memoria.”

Esta inhibición producto del castigo severo, de la pena (proceso que se explica detenidamente en el libro señalado anteriormente) conduce en efecto a la retentiva de una nueva ética para el individuo. El alma es el desahogo interno de los instintos salvajes del hombre.Pero esta nueva forma de comportarse, brusca, necesaria pero difícil, contra-intuitiva, deriva en otra clase de sufrimiento más sutil y subterránea. También la más importante. En efecto, la conciencia (gracias al adquirir paulatino de la memoria) comienza a germinar, pero no una sana conciencia, sino que, consecuencia de la represión instintiva, y del lógico fluir de los instintos y su fuerza hacia dentro del individuo en vez de hacia afuera; esta conciencia es una “mala conciencia”. Su resultado es el “alma” misma. En palabras de Nietzsche:

“En este punto no es posible esquivar ya el dar una primera expresión provisional a mi hipótesis propia sobre el origen de la «mala conciencia»: tal hipótesis no es fácil hacerla oír, y desea ser largo tiempo meditada, custodiada, consultada con la almohada. Yo considero que la mala conciencia es la profunda dolencia a que tenía que sucumbir el hombre bajo la presión de aquella modificación, la más radical de todas las experimentadas por él, de aquella modificación ocurrida cuando el hombre se encontró definitivamente encerrado en el sortilegio de la sociedad y de la paz. Lo mismo que tuvo que ocurrirles a los animales marinos cuando se vieron forzados, o bien a convertirse en animales terrestres, o bien a perecer, eso mismo les ocurrió a estos semi-animales felizmente adaptados a la selva, a la guerra, al vagabundaje, a la aventura, de un golpe todos sus instintos quedaron desvalorizados y «en suspenso». A partir de ahora debían caminar sobre los pies y «llevarse a cuestas a sí mismos», cuando hasta ese momento habían sido llevados por el agua: una espantosa pesadez gravitaba sobre ellos. Se sentían ineptos para las funciones más simples, no tenían ya, para este nuevo mundo desconocido, sus viejos guías, los instintos reguladores e inconscientemente infalibles, ¡estaban reducidos, estos infelices, a pensar, a razonar, a calcular, a combinar causas y efectos, a su «conciencia», a su órgano más miserable y más expuesto a equivocarse!

Yo creo que no ha habido nunca en la tierra tal sentimiento de miseria, tal plúmbeo malestar, ¡y, además, aquellos viejos instintos no habían dejado, de golpe, de reclamar sus exigencias! Sólo que resultaba difícil, y pocas veces posible, darles satisfacción: en lo principal, hubo que buscar apaciguamientos nuevos y, por así decirlo, subterráneos. Todos los instintos que no se desahogan hacia fuera se vuelven hacia dentro –esto es lo que yo llamo la interiorización del hombre: únicamente con esto se desarrolla en él lo que más tarde se denomina su «alma».

Todo el mundo interior, originariamente delgado, como encerrado entre dos pieles, fue separándose y creciendo, fue adquiriendo profundidad, anchura, altura, en la medida en que el desahogo del hombre hacia fuera fue quedando inhibido. Aquellos terribles bastiones con que la organización estatal se protegía contra los viejos instintos de la libertad (las penas sobre todo cuentan entre tales bastiones) hicieron que todos aquellos instintos del hombre salvaje, libre, vagabundo, diesen vuelta atrás, se volviesen contra el hombre mismo. La enemistad, la crueldad, el placer en la persecución, en la agresión, en el cambio, en la destrucción, todo esto vuelto contra el poseedor de tales instintos: ése es el origen de la «mala conciencia». El hombre que, falto de enemigos y resistencias exteriores, encajonado en una opresora estrechez y regularidad de las costumbres, se desgarraba, se perseguía, se mordía, se roía, se sobresaltaba, se maltrataba impacientemente a sí mismo, este animal al que se quiere «domesticar» y que se golpea furioso contra los barrotes de su jaula, este ser al que le falta algo, devorado por la nostalgia del desierto, que tuvo que crearse a base de sí mismo una aventura, una cámara de suplicios, una selva insegura y peligrosa, este loco, este prisionero añorante y desesperado fue el inventor de la «mala conciencia».

Pero con ella se había introducido la dolencia más grande, la más siniestra, una dolencia de la que la humanidad no se ha curado hasta hoy, el sufrimiento del hombre por el hombre, por sí mismo: resultado de una separación violenta de su pasado de animal, resultado de un salto y una caída, por así decirlo, en nuevas situaciones y en nuevas condiciones de existencia, resultado de una declaración de guerra contra los viejos instintos en los que hasta ese momento reposaban su fuerza, su placer y su fecundidad. Añadamos en seguida que, por otro lado, con el hecho de un alma animal que se volvía contra sí misma, que tomaba partido contra sí misma, había aparecido en la tierra algo tan nuevo, profundo, inaudito, enigmático, contradictorio y lleno de futuro, que con ello el aspecto de la tierra se modificó de manera esencial. De hecho hubo necesidad de espectadores divinos para apreciar en lo justo el espectáculo que entonces se inició y cuyo final es aún completamente imprevisible, un espectáculo demasiado delicado, demasiado maravilloso, demasiado paradójico como para que pudiera representarse en cualquier ridículo astro sin que, cosa absurda, nadie lo presenciase. Desde entonces el hombre cuenta entre las más inesperadas y apasionantes jugadas de suerte que juega el «gran Niño»" de Heráclito, llámese Zeus o Azar -despierta un interés, una tensión, una esperanza, casi una certeza, como si con él se anunciase algo, se preparase algo, como si el hombre no fuera una meta, sino sólo un camino, un episodio intermedio, un puente, una gran promesa...”

Y así comienza el camino hacia el superhombre.

Muchos saludos.






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miércoles, 5 de enero de 2011

"LA GENEALOGÍA DE LA MORAL". F. NIETZSCHE. Comentarios.


"L
a Genealogía de la Moral” es si se quiere uno de los libros más académicos de Nietzsche. La misión en esta obra es remontarse a los principios mismos del hombre a comienzos de su prehistoria, analizando en la medida de lo posible el surgimiento de la ética en aquel ser más animal que humano, y explicando el posterior desarrollo de la misma a lo largo de los siglos hasta la época actual. Para conseguir tal objetivo, Nietzsche se vale de toda su experticia, utilizando como herramienta la fisiología, la historia, la psicología y la filología. De hecho, es por medio de esta última que consigue las claves más contundentes para realizar luego sus aseveraciones.

El libro está divido en tres tratados, comenzando por el origen de la moral y la explicación de la moral actual como reflejo de un resentimiento de los débiles, continuando con el origen de la responsabilidad, la culpa y el pecado; para terminar con el tratado más extenso, en el que revela el surgimiento, desarrollo, consecuencias y final de los ideales ascéticos.


En efecto, los dos primeros tratados, aunque concentran una información relevante, fungen sobretodo de introducción o preparación del terreno para el último, cuya importancia es tan grande que deriva en un nuevo problema para la filosofía. El primigenio animal-hombre, fuerte, terrible, independiente, dueño de sí mismo, inocente en sumo grado, incluso sin una inteligencia profunda, no siente inquietudes acerca de la bondad o la maldad. La naturaleza le ha hecho así y él no lo desaprovecha ni lo razona demasiado. Deja brotar su capacidad, su voluntad, su voluntad de poder; esto es, permite tomar para sí lo que desea, sin limitaciones y en completa congruencia con su habilidad y fuerza. Para eso ha nacido y es feliz. Prácticamente no hay cuestionamiento ético, incluso es bastante probable que el concepto “moral” o “ética” ni siquiera existiera en aquellas pequeñas comunidades prehistóricas de cuasi humanos fuertes.


De cuestionarse alguna vez alguna idea impregnada de bondad o maldad, esta raza llena de vida y fortaleza no recurre a ningún patrón externo, sino a sí mismos. De forma simple, pero congruente, lo bueno es, para ellos, todo lo que ellos hacen o piensan. Las mejores virtudes están embebidas en los que para ellos ha de tener ciertamente mucho valor: la fuerza, el orgullo, la capacidad, el poder, la dominación, la felicidad, la voluntad, la independencia, la salud, la fecundidad, el caos, la guerra, la superioridad, lo dinámico, lo vivo, la vida. De esta manera, lo no correspondiente, en contraste, con sus ánimos, salud y espíritu es denominado como malo. Por otro lado, los no favorecidos, los débiles, poco pueden hacer ante la fortaleza de los individuos superiores, y se entreteje entre ellos un resentimiento espiritualizado, una venganza que al no poder desahogar de forma física, es de la conciencia. Superiores en número, necesariamente más inteligentes, y desarrollando una moral paralela a la de los nobles y fuertes, extraen un canon ético no de sí sino de sus señores (a modo de retaliación), invirtiendo los valores de éstos. Se torna mal visto entonces todo lo elevado y superior, todo lo rico y orgulloso de sí; la compasión, la pobreza, la debilidad, la humildad, el caminar cabizbajo, la modestia, la mesura; todo lo que impone una decadencia en la fuerza de la vida, resulta la mayor virtud e ideal.


Nietzsche explica que este proceso se lleva a cabo con el incremento de la conciencia en los individuos, el cual nace cuando el animal-hombre debe sublimar sus instintos más fuertes ante su adaptación a la sociedad (adaptación que le exige, de alguna manera, la evolución). Cuando este animal casi humano está impedido de su voluntad de poder, imposibilitado de expresarse hacia fuera en toda su naturaleza, imprime toda su crueldad y fuerza hacia sí mismo. Se convierte, por tanto, en el primer y único “animal enfermo”, el animal que con el tiempo no solo es el que soporta más el sufrimiento entre todos los animales de la tierra juntos, sino que es el único que lo anhela en las etapas tardías de su civilización.

En el hombre temprano, el reblandecimiento de los fuertes a causa de la moral de los bajos y de una vergüenza del hombre por el hombre, y la negación de los instintos y ese destrozar e impedir internos, lleno de contrastes, problemas, amarguras, comparaciones y conflictos; llevó a la conciencia a estadios más grandes. No solo eso, sino que fue el origen de la mutación del concepto de responsabilidad en culpa. Y de la culpa faltó poco ya para la mutación hacia el concepto de pecado.

Con ese sufrimiento interno, miles de años después, imposible de categorizar y expulsar, y con destellos (de hecho mucho más que destellos…) de aquella crueldad primigenia que tanto celebraban aquellos animales-hombres; el humano domesticado llega inevitablemente a lo que Nietzsche llama el “ideal ascético”. Este ascetismo pude tornarse diferente en forma y fondo dependiendo del individuo y su ánimo. El ideal ascético encierra una concepción diferente para los artistas, los filósofos, las mujeres, los débiles y los sacerdotes. Todos, en apariencia, recurren a la expiación o redención de su sufrir por medio de una especie de negación (superficial) de la vida. Lo hacen a través de un apartarse, de una soledad, de una privación, de un ayuno de los instintos. Pero lo más importante de todo esto no es qué tanto o cómo se privan de la realidad que intentan negar, sino la fuerza con la cual lo hacen.

La paradoja de negar la vida con una intensidad realmente viviente es a dónde quería llegar el autor con esta obra. En el caso especial del sacerdote, el maestro por excelencia del ascetismo y del nihilismo, el desarrollo histórico de los eventos ha desentrañado algo realmente Del nihilismo extremo nace una nueva afirmación a la vida: el fin de Dios.impresionante. Con esa intensidad paradójicamente negadora, y bajo la idea de la verdad absoluta, la doctrina sacerdotal ha degenerado a los individuos a los límites de la decadencia de la vida. No obstante, en ese camino estos individuos, supremamente escrupulosos, supremamente amantes de la verdad en sí, negadores de todo, quirúrgicos en sus aceptaciones, terminaron elevando el nivel de la búsqueda de las verdades a una pulcritud tal que ya los dogmas religiosos no estuvieron exentos de su minuciosidad. En efecto, y por increíble que parezca: el más severo nihilismo y la más rigurosa escrupulosidad del saber, a través de la doctrina cristiana impuesta por el sacerdote y sus métodos ascéticos, derivó en la muerte del cristianismo mismo. Los dogmas de fe ya no son suficientes y resultan estancados en el tamiz del ascetismo agudo. Todo el puritanismo racional, o analizando más a fondo, la obsesión de la verdad en sí, desembocó inesperadamente en la obsolescencia de las doctrinas sacerdotales y en el escepticismo ante los dioses. He aquí por qué “Dios ha muerto, y ha muerto de compasión por los hombres. Los hombres le hemos matado.” El sacerdote asceta ha proveído la herramienta de su propia destrucción.


Esta obra es rica en referencias literarias, así como también resulta clara en explicaciones a la vez de densa en sus conclusiones. No escasean, como es costumbre en otras obras de Nietzsche, las críticas fuertes, en especial hacia Wagner. Sin duda es una libro crucial para entender no solo el surgimiento de la moral, la conciencia, el alma, los dioses, la culpa y el pecado, sino que constituye además una base sólida para arrojar la mirada hacia la nueva aventura del hombre y hacia el cuestionamiento legítimo de la verdad como supuesta meta.


Muchos saludos.





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martes, 28 de diciembre de 2010

DIOS SEGÚN ARISTÓTELES


S
i bien es cierto que la filosofía exige un devenir del pensamiento supremamente más riguroso que todos aquellos misticismos espirituales y religiosos (a los que la tradición nos mantiene lamentablemente acostumbrados), también es factible observar nacer de ella una teología, pero proveniente de los más profundos abismos mentales de varios reconocidos y escrupulosos pensadores. Esto no debe entrañar una contradicción, pues, como ya se ha dicho anteriormente en estas páginas, cada Dios es del tamaño de la conciencia que lo elucubra. Justo por esto, analizar el problema de Dios desde el punto de vista de la filosofía, más que parecer algo insólito, es elevar el nivel del debate a uno más sublime, responsable y profundo.

Esta oportunidad será correspondiente a la teología de Aristóteles, el artífice por excelencia de toda la arquitectura filosófica de la Grecia antigua, y por ende, de una muy extensa parte del conocimiento de la humanidad hasta bien entrada la Edad Media. Este titán del pensamiento fue discípulo directo de Platón a la vez de ser su gran amigo, lo cual no evitó que fuera su principal crítico y reformista de la filosofía de aquel.

Bajo una concepción metafísica en la que Platón había dividido el mundo en dos, a saber, en una realidad de las ideas y de las cosas en sí y en una realidad ilusoria, remedo imperfecto de la primera, que sería la que nos rodea y a la que estamos acostumbrados; Aristóteles había analizado esta concepción, la había puesto bajo sospecha, y luego logró refutarla para hacer de lo que había de cierto en ella una filosofía mucho más sólida e inexpugnable. Así fue cómo Aristóteles se coronó como el padre del Realismo, al refutar elegantemente ese dualismo platónico de dividir la realidad en dos planos, y al demostrar que no existe un mundo atrás del mundo, ni por encima del mundo, ni más allá del mundo. Desafortunadamente pareciera que aún hoy varios “pensadores” no se han percatado de esta refutación, e insisten en colocar el centro de gravedad de la verdad en planos místicos, imperceptibles y anacrónicos de realidad alterna. No es de extrañar que muchos “filosofillos” y “espirituales” del hoy sean preponderantemente platónicos. O Kantianos.

Así es pues como Aristóteles establece en su Metafísica, en su Física y en su Psicología retazos de ideas que en conjunto conforman una concepción de Dios bastante particular, muy distinta a las concepciones religiosas comunes, y sobretodo, muy superior. Para entender el dios de Aristóteles hay que comprender primero lo que significa el concepto de contingencia, desde el punto de vista filosófico.

Un fenómeno en la vida es contingente si así como ha ocurrido muy bien pudo haber ocurrido de otra manera. Nosotros, por ejemplo, hemos nacido, pero si las circunstancias hubiesen sido de forma diferente, no estaríamos aquí. Es decir, que nosotros somos contingentes, o para decirlo en otras palabras (a fin de llegar a la rigurosidad filosófica), no somos necesarios: al ser pero con la posibilidad de no haber sido, no tenemos (en nosotros) una razón que fundamente o justifique nuestra existencia. Existe pues una identidad, una especie de equivalencia, entre ser contingente y no ser necesario. Luego, después de unos momentos reflexivos, es fácil concluir que todo en la vida es contingente o innecesario; que así como han ocurrido los eventos que han desembocado en este presente muy bien pudieron haber derivado en algún otro. Vale destacar que gracias a que somos contingentes se demuestra que somos libres, y por lo tanto, responsables de nuestros actos.

Desde la perspectiva aristotélica, si algo es contingente o innecesario, entonces debe su razón a otra cuestión precedente que le haya guardado su fundamento. Si éste algo precedente sigue siendo contingente, entonces debe su razón a un tercer “algo” anterior al que le deba su fundamento. Ascendiendo sucesiva e infinitamente, Aristóteles concluyó que debe existir un ser que sea necesario por él mismo, que no sea contingente. Ese ser sería Dios.

Es por ello que para este filósofo no haría mayor falta demostrar la existencia de Dios, porque si su argumento de la no-contingencia es cierto, tan solo con ver las cosas que nos rodean estamos certificando que Dios existe. ¿Cómo es que las cosas y nosotros existimos? Existimos porque tenemos un fundamento, una razón de ser para existir, y la fuente de ese fundamento es justamente Dios. Por lo tanto, todo lo que existe nos remite inevitablemente a la absoluta necesidad (no-contingente) de una divinidad planificadora.

Por otro lado, Aristóteles reconocía en la contingencia, en lo no necesario, movimiento. ¿Qué es movimiento en este contexto? Movimiento significa una transferencia, un devenir, un transcurrir, un ser que pasa a un no ser. Ser contingente es estar en movimiento, es un “no” a lo inmutable y a lo real en si; al no ser necesario, se es un tránsito y no un fin, se es una relatividad y no un absoluto. Por esta razón, si Dios no es contingente, no puede tener movimiento. La inmovilidad (que implica inmutabilidad) es la primera característica de Dios que se deriva de lo anterior.

Asimismo, si Dios resulta inmovible, entonces no puede ser material. Todo lo que posee materia es susceptible de movimiento, pues lo material cambia, es y no es sucesivamente. Y lo material no solo posee movimiento en cuanto a naturaleza y esencia, sino que también, desde un punto de vista más básico, es susceptible de cambio en cuanto a posición y forma. Por todas estas razones, por ser lo material un sinónimo de lo mutable, la inmaterialidad de Dios es otra de Sus características.

Otra de las implicaciones de la no-materialidad de Dios es su no-posibilidad o no-latencia, sino que empero es inmanentemente presente. Dios es, según las palabras de Aristóteles mismo, el “acto puro”. Explicándolo: la materia, como ya se ha mencionado, implica un movimiento, y este movimiento implica a su vez una latencia de ser. La materia, al cambiar, va deviniendo, va siendo y transformándose constantemente en otra cosa, va sucediéndose a sí misma. Lo material por tanto implica posibilidad, implica un futuro distinto al presente, una potencialidad de “llegar a”, “de ser”, de “convertirse en”. Ergo, si Dios no es material, no puede encerrarse en Él posibilidad alguna, ni potencialidad ni latencia. Dios es. Dios no puede estar siendo, Dios no puede llegar a ser, Dios es el ya; no es ni pasado ni futuro, sino el presente mismo, es la franja justa que divide lo pretérito de lo venidero. Es el pleno instante, el pleno acto, el acontecer mismo ya ejecutado.

Entonces, si Dios es necesario, no-contingente, inmóvil, inmaterial; si no posee latencia ni posibilidad sino que ya es, si es el acto puro, si no coexiste en un plano de realidad alterna Dios es pensamiento puro.sino que existe en esta realidad, la única realidad, ¿cuál es la actividad de Dios? La actividad de Dios sería el pensamiento puro. La única forma de que Dios se mantenga como la causa primera y la justificación primera de todas las cosas, a pesar de ser inmutable, inmóvil, inmaterial, no-latente y existente en el mismo plano real, es, según Aristóteles, que sólo se permita “pensar pensamientos”. O “Noesis noeseos”, como el filósofo dice. Más aún, el único pensamiento en el que puede estar pensando Dios es en Él mismo, porque el pensamiento de Dios no puede dirigirse a las cosas más tanto en cuanto son ellas productos de sí mismo.

Como se puede deducir, esta “especie” de divinidad no puede hacer algo más que pensar, porque sino violentaría su inmovilidad. No puede permitirse el sentir, pues sentir es imperfección. No puede desear, ni apetecer, ni querer, pues esos son síntomas de latencia y carencias. No puede emocionarse; mucho menos, en contraste con las divinidades populares, podría ser juez o verdugo, ni un ente que premie o castigue. Este Dios somos nosotros mismos y todo lo que nos rodea, somos sus pensamientos. La realidad, la única realidad existente, es un subproducto de la intelección pura de Dios, en donde Él sería su base creadora primera y su justificación única primigenia. Cabe destacar que cualquier rito o tradición religiosa en esta concepción está completamente fuera de lugar.

Pues bien, he aquí a grandes rasgos toda la teología aristotélica. Es con certeza una concepción de Dios mucho más avanzada y profunda que la concepción antropológica tradicional (un dios padre, moral, bueno, represor y cumplidor de deseos), aunque para ser rigurosos, todavía persisten en el filósofo algunas ideas muy antropológicas, como eso de un "dios pensante", por ejemplo. En el mismo orden de ideas, bien vale acotar que la arquitectura filosófica de Aristóteles fue válida hasta el siglo XVI, en donde los nuevos avances científicos y el movimiento renacentista que le hizo compañía echaron por tierra sus bases metafísicas y ontológicas. Digamos que el asunto de la contingencia y de las causas primeras fue resuelto luego, sin necesidad de intervenciones divinas.

Hasta una nueva oportunidad. Muchos saludos.






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lunes, 20 de diciembre de 2010

LA APUESTA DE SUNIAGA: UNA AFRENTA A PASCAL


A
parte de la fe como medio de certificar la existencia de los dioses, algunos filósofos y pensadores se han dado a la tarea de demostrarla también por medio de la razón y desde su perspectiva como creyentes. En esta oportunidad no es una demostración, sino más bien un argumento utilitario, lo que se plantea publicar a continuación.

Blaise Pascal fue un físico, matemático, filósofo y teólogo que en 1670 ideó la siguiente argumentación, en afán de mostrar cómo es más ventajoso ser un creyente que un no creyente. En su libro “Pensamientos” explica que:

“Usted tiene dos cosas que perder: la verdad y el bien, y dos cosas que comprometer: su razón y su voluntad, su conocimiento y su bienaventuranza; y su naturaleza posee dos cosas de las que debe huir: el error y la miseria. Su razón no está más dañada, eligiendo la una o la otra, puesto que es necesario elegir. He aquí un punto vacío. ¿Pero su bienaventuranza? Vamos a pesar la ganancia y la pérdida, eligiendo cruz (de cara o cruz) para el hecho de que Dios existe. Estimemos estos dos casos: si usted gana, usted gana todo; si usted pierde, usted no pierde nada. Apueste usted que Él existe, sin titubear.”

Buscando un sentido más pragmático, la misma argumentación puede resumirse y esquematizarse de la siguiente manera:

• Puedes creer en Dios; si existe, entonces irás al cielo.

• Puedes creer en Dios; si no existe, entonces no ganarás nada.

• Puedes no creer en Dios; si no existe, entonces tampoco ganarás nada.

• Puedes no creer en Dios; si existe, entonces no irás al cielo.

Esta argumentación es popularmente conocida como “La apuesta de Pascal”. También es muy conocida su invalidez, pues ha sido harto refutada. No es la intención de las líneas presentes publicar dicha refutación, la cual es accesible en un gran número de publicaciones anteriores. Sólo digamos que haciendo una justa tasación de las palabras de Pascal, el filósofo Mario Bunge ha dicho al respecto que la misma es “a la vez científicamente falsa, filosóficamente confusa, moralmente dudosa y teológicamente blasfema”.

Es factible, en retaliación a Pascal y por medio de su estilo utilitarista, plantear una nueva propuesta para los creyentes. La denomino, no sin salpicarla con algo de sátira, como “La apuesta de Suniaga”. Luego, también esquematizando las ideas, se tiene:

• Puedes no creer en Dios. Si no existe, estarás en lo correcto.

• Puedes no creer en Dios. Si Dios existe, pero no tiene un Plan Divino para su creación, no tendría entonces necesidad de establecerse como un ente rector y juez de actos morales al final de nuestras vidas. Ante un universo (filosóficamente) contingente, no regulado, no planificado; nada en específico, en rigor, tendría razón de ser esperado. En este caso, bien se puede creer o no creer en Dios, sin ninguna ventaja que beneficie alguna de las dos decisiones.

• Puedes no creer en Dios. Si Dios existe, no tiene un Plan Divino, más sí acontece que es un juez de los asuntos morales humanos al final de nuestras vidas, entonces este dios es uno creador y juez. En toda la magnificencia esperada de un ente como tal, una perfecta justicia y moral que emane de Dios no podría de ninguna manera remitir castigos o recompensas eternas a cambio de una vida finita, ni cometer la injusticia de reprender a sus creaciones habiendo sido de Su deseo el que tuvieran serias imperfecciones, ni mucho menos evaluar negativamente el uso de una razón escrupulosa al someterle a una legítima duda en honor a la verdad. En este caso, se podría asegurar que el no creer es más ventajoso, pues implica ante Dios una honestidad de alta valía, congruente con el uso de la razón y de un espíritu amante de las verdades profundas.

• Puedes no creer en Dios. Si Dios existe y tiene un Plan Divino, no existe ninguna responsabilidad en los actos de los seres humanos, pues todo evento ya está predeterminado en Su intención. Esto incluye el negarle o someterle a duda: también estaría dentro del plan.

Finalmente se debe agregar que en cualquier otro caso, diferentes características de un dios nos llevarían a la inevitable conclusión de que es in extremis similar a los seres humanos, y se tendría que concluir que dicho ente no es más que una magnificación de las más imperfectas pasiones y temores. Si Dios existe y resulta de tal manera, al ser tan parecido a nosotros, nos coloca entonces en una posición en la que debemos reflexionar si nos subvaloramos como seres humanos o si hemos sobrevalorado a Dios en cuanto a dios.






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lunes, 13 de diciembre de 2010

SIMILITUDES ÉTICAS ENTRE BUDISMO Y PLATONISMO


S
iddartha Gautama se sentaba plácidamente bajo las sombras de lo árboles, explicándole a sus antiguos maestros y compañeros ascetas por qué había decidido prescindir de aquella disciplina rigurosa que alguna vez los había convertido en una cofradía que buscaba la verdad. No es que la verdad ya no fuera objeto de la búsqueda del ya iluminado Siddharta, sino que simplemente el ascetismo no fungía como el camino correcto.

Buda había concluido, en base a su pasado voluptuoso como príncipe, y luego en base a su experiencia como asceta rígidamente disciplinado y desnaturalizado, que ni lo uno ni lo otro eran los senderos correctos para la búsqueda de las verdades. Era justo el medio entre ambos senderos la ruta correcta, y así se los hacía saber a sus discípulos, enunciándolo en el importante Noble Camino Óctuple, guía para la perfecta moderación en la conducta. Solo una persona moderada, alejada de los extremos, podría alcanzar por sí misma el conocimiento verdadero para eliminar el sufrimiento de la vida.

Esto ocurría aproximadamente hace 2500 años, en el noreste de la India, mientras que casi al mismo tiempo, al otro lado del mundo conocido, Sócrates enseñaba a un mozo recién llegado a la adultez, llamado Aristocles y mejor conocido como Platón, las virtudes que tiene la justicia. En esas enseñanzas, Platón entendía la suprema importancia que tenía la ponderación de la conducta si el individuo pretendía alcanzar la idea absoluta del bien.

El filósofo griego (Platón) luego explicaba en sus libros la ignorancia del hombre no ejercitado en los menesteres de la razón, al imaginar que el placer obtenido al abandonar el dolor y los estados deplorables era un verdadero placer, así como también resultaba un placer imaginario ser seducido por una sobreabundancia sensual. Entre ambos extremos se encontraba una posición media, demostrablemente correcta desde el punto de vista ético, pues desde ella cualquier descenso a un estado de miseria y dolor era sufrimiento, y desde ella, cualquier ascenso a una sobreexcitación de los sentidos también implicaba padecer. Una postura intermedia, era pues, la mejor actitud que una persona razonable debía tomar ante la vida.

Es evidente el símil entre la sabiduría oriental y la filosofía griega, y bien pudiera añadirse el calificativo de sorprendente si se recalca el hecho de que ambas culturas se encontraban relativamente alejadas. No obstante, para el beneplácito de las mentes amantes de lo curioso, el arte de vivir en el camino medio, en una conducta moderada, no es la única similitud entre ambos mundos. Otro remarcable punto de comparación constituía la armonía.

En efecto, la armonía en la forma de ser correspondía con la exteriorización de las más profundas virtudes obtenidas por el camino intermedio, pero a la vez, como si de una actitud recursiva se tratase, fungía en primera instancia como la herramienta educativa por excelencia para aprehender aquellas profundidades. Tanto para el budismo como para el platonismo esto constituía una certeza, la cual era transmisible, por aquel, a través de justamente el Noble Camino Óctuple, y por éste, por medio de la música y la gimnasia.

Desde el punto de vista budista, la armonía en la conducta era desarrollada (y desarrollable) por medio de un transitar con sabiduría, comprendiendo correctamente, pensando correctamente, guardando una conducta ética (respetuosa de la vida y alejada de la mentira), hablando correctamente, actuando correctamente, esforzándose correctamente, y meditando y prestando atención de la manera correcta. Cada aspecto es desglosable en muchos otros, pero constituyen la esencia misma de lo que implica una vida mesurada y armónica.

Por otro lado, en la antigua Grecia, la educación virtuosa sobrevenía, como se ha dicho, de la música y la gimnasia. Es importante acotar, sin embargo, que los términos “música” y “gimnasia” eran mucho más amplios conceptualmente que los que se usan en la actualidad.

Con la música, los griegos no solo perseguían una sensibilidad por las melodías y sonidos agradables, Buda y Platón compartían opiniones en cuanto a la moderación, armonía, ignorancia e ilusión.sino que pudiera decirse que era el estudio esencial de la armonía misma. Dominar el arte de la música significaba orientar el espíritu hacia la belleza, hacia la correcta proporción, hacia el hablar con gracia, el ser cordial, el desenvolverse “aristocráticamente” en los aspectos de la vida, el exteriorizar una bondad y esplendidez oriunda de los sentimientos más nobles y asertivos. Por otro lado, la gimnasia era el complemento físico, aplicado a las artes del cuerpo, de ese enriquecimiento espiritual dado por la música. El estudio de los ejercicios adecuados para fortalecer el cuerpo, el arte de combatir, el mantenerse saludable y vital; todo esto, bajo la perspectiva platónica (e incluso griega), correspondía a este ámbito. Y la compenetración profunda de la música y la gimnasia se convertía entonces en la armonía ideal para todo buen griego.

La armonía, viéndolo a fondo, no es más que el brote externo de la profundización de la conducta moderada. Lo armónico de hecho implica un sentido de proporción, de equilibrio, una moderación afín con la belleza y las buenas formas. Dada la similitud del budismo y el platonismo en cuanto a la preferencia por un camino medio ético, no es de extrañar que al perseguirle, los individuos simpatizantes de una y otra filosofía hayan desarrollado una empatía profunda por la armonía en todos los órdenes del vivir. Pero aún hay más…

Para Buda, la solución para encontrar las verdades y eliminar todo sufrimiento yacía, como ya se ha dicho, en una vida armónica, conducida por un correcto camino medio. ¿Qué ocurría empero con los que no transitaban por el adecuado sendero? Sencillamente permanecían envueltos en el manto de la ignorancia, padeciendo, por tanto, de ser marionetas del samsara, es decir, de una existencia ilusoria. Análogamente, Platón y su Mito de Caverna nos hablan de lo lejanas que están las personas de separarse de la ignorancia si no utilizan la razón para encaminarse hacia la correcta predisposición de espíritu. Como los habitantes de una caverna que solo ven sombras y siluetas en las paredes de la misma sin tener idea de qué es lo que las causa, así mismo, justo en ese fiel estado de ignorancia, deambulan las personas que desdeñan el correcto razonar, esto es, la dialéctica, para estar embebidos, empero, en un mundo que consideran real pero que no es más que ilusorio.

La pareja “ignorancia” e “ilusión”, como dúo inseparable que engaña nuestros sentidos en un mundo aparente, se hace patente en la perspectiva del sabio iluminado y del filósofo de espaldas anchas. Cabe preguntar: ¿cómo es posible que formas de pensar tan alejadas y diferentes concuerden en asuntos tan primordiales en cuanto a la ética?

Por supuesto, de ninguna manera existe una semejanza entre el budismo y el platonismo en cuando a rigurosidad en sus objetos de estudio, así como en sus perspectivas metafísicas; hasta son contradictorios en algunos tópicos. Pero queda suficientemente claro que tanto como para aspirar al nirvana como para ascender al puro e inmutable mundo de las ideas, un correcto comportamiento es menester. El comportamiento, en aras de alejarnos de toda la ignorancia e ilusión en las que estamos sumidos, debe encaminarse, bajo constantes ejercicios introspectivos, en un saber vivir moderado y armónico.

Ante estos hechos comparativos, ante las independientes visiones orientales y occidentales de lo que significa un correcto vivir, ¿sería apropiado suponer que la ética correcta, de existir, se alimenta entonces de una base racional para poder llevarse a cabo? O en otras palabras, ¿cómo es que Buda y Platón llegaron a estar de acuerdo en cuando a la ética de no ser por una implementación sistemática de la razón?

La tesis de que lo bueno y lo malo dependen absolutamente de cada persona (es decir, la tesis de la moral subjetiva), pareciera entrañar serios problemas en torno a su validez.

Muchos saludos.






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viernes, 10 de diciembre de 2010

"LA REPÚBLICA". PLATÓN. Comentarios.


E
ntre la fecunda obra concebida en la madurez de Platón, “La República” es uno de aquellos escritos que deberían ostentar alguna posición no solo en filosofía sino también en los ámbitos estéticos. Es difícil no elevarse, como si de una literatura hecha arte se tratase, al deambular por las líneas escritas por Aristocles (Platón), y casi comulgar con la idea de la existencia un bien inmanente y absoluto, de donde el cual provenimos y hacia el cual deberíamos dirigirnos.

Mucho de la belleza, de la verdadera belleza, se encuentra impregnada en los textos de esa otrora Grecia de oro, y la herramienta que usa Platón en este libro para elevar al lector es la dialéctica; la cual a su vez constituía un arte sublime para acometer las conversaciones y razonamientos por aquel entonces. Sócrates, a través de un Platón ventrílocuo, hace un uso excelso de dicho arte, y hace ver lo basto, tosco y lleno de bruzas que pueden ser las comunicaciones y el arte de la palabra en tiempos actuales.

“La República” es un tratado compuesto de 10 libros, a lo largo de los cuales la idea principal es la justicia. Sócrates, como custodio de tal virtud, se ve acorralado por algunos de sus más elocuentes amigos, defensores de las (aparentes) ventajas que obtiene la gente cuando se obra injustamente; e inquirido a explicar el porqué de su “romántica” posición, argumenta lenta y didácticamente el porqué la justicia y la idea del bien es la mejor opción en esta vida y en la próxima. Sorprendente es cómo en este devenir, Sócrates parte de lo más simple en el hombre, es decir, de sus necesidades más básicas como el hambre y la seguridad, para terminar en una majestuosa república concebida (a sus ojos) perfectamente.

En ese elocuente trayecto se nos intenta demostrar, no sin estar exento de mucha ingenuidad pero con mucho de verdad también, que una sociedad perfecta es aquella que resulta de la extrapolación de los hombres perfectos que la componen. Dividiendo en términos rasos, si se quiere, a los ciudadanos en artesanos y obreros, guerreros y filósofos, una perfecta república debe ser la manifestación de las tres partes fundamentales de cada persona, a saber las pasiones, la templanza y la razón. Es sencillo adivinar que así como es beneficioso guiar la conducta por medio de la razón, será beneficioso, en esta república platónica, que el Estado esté guiado por filósofos.

El contenido es rico en diversidad de argumentos que mantienen una lectura activa, de mitosLa república perfecta es la extrapolación de un hombre dominado por la razón. y fábulas explicativas, de referencias, lisonjeos y críticas a Homero, de modelajes pitagóricos, de la sempiterna idea metafísica de Platón del paralelo mundo de las ideas, y por supuesto, como ya se ha mencionado, de mucha belleza oratoria. Extractos famosos de este gran libro son el Mito de la Caverna, la Fábula de Er (que explicita la cosmogonía griega en la metafísica), y el increíble cálculo matemático de cuán alejado se puede estar de la verdad, que establece, por cierto, que un tirano está 729 veces más distante del bien verdadero que un monarca filósofo.

Encomiendo su lectura como obligatoria en todas las aulas de clase. Este tipo de libros ennoblece el alma, aún prescindiendo de la inocente idea de la inmanencia del bien. No es una fe, sino la razón, la que guía, aunque a veces de forma especulativa, todo el hilo argumentativo de la obra. No solamente deriva en un buen sabor ante el paladar de lectores diestros en el oficio del pensar, sino que en ojos actuales, en medio del panorama que ahora nos embarga, “La República” en particular sería de alto provecho, en son de abrir el entendimiento ante los gobiernos democráticos (eufemismo de primitivos), elevando la conciencia mucho más allá de los fundamentalismos demócratas, y dándole su justa medida a estas concepciones políticas atrasadas y tan solo mejores, si acaso, que las tiranías y dictaduras.

Muchos saludos






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lunes, 6 de diciembre de 2010

DIOS NO ES EL AUTOR DE LOS MILAGROS


E
n un ensayo anterior se analizó la perspectiva de la intervención divina en la vida diaria en una metodología que partía desde el autor del milagro (típicamente asociado con Dios) hasta la realidad material del mundo humano. En esta oportunidad se invertirá la metodología para partir entonces de nuestra realidad a una conclusión que nos arroje las características del posible autor del milagro, presuponiendo como principio, y como ejercicio imaginativo, claro está, que los milagros existan.

Para la presente tarea será importante recurrir a dos definiciones: la definición de milagro y la definición de Dios desde la perspectiva ortodoxa y más frecuente.


Milagro: Evento aislado que ocurre en un particular de forma beneficiosa, de poca probabilidad y sin explicación suficiente, atribuible a una divinidad o ente metafísico.


Dios: Ente metafísico máximo, creador de todo lo existente, al cual se le atribuye las capacidades de omnipotencia, omnisciencia, omnibenevolencia y perfección.


Con lo anterior listo, procedamos a evaluar las implicaciones de los milagros. A continuación enumeraré sólo tres. Pudiesen existir algunas otras, pero para las conclusiones de este análisis sólo bastará con la validez de una sola de ellas. Ofrezco estas tres pues se me revelan de forma bastante explícita una vez comenzados los razonamientos. Helas acá:

1) El milagro implica que alguna divinidad o ente metafísico manifieste su voluntad en querer modificar el curso de los eventos para beneficio de algún particular. Esta “manifestación de voluntad” traducida en ese querer modificar la realidad implica no sólo un cambio de ésta última, sino también un cambio en la postura de la divinidad misma. Existe un antes y un después del milagro, en donde en ese antes la divinidad no habría intervenido y en el después ya lo habría hecho. Por lo tanto durante el milagro hay un movimiento, un cambio o una variación en la divinidad para llevarlo a cabo.
El cambio en la divinidad implica que la misma no es inmutable. Si la divinidad no es inmutable, significa que en efecto puede cambiar en alguna circunstancia, de manera ascendente o descendente, para mejor o para peor, en virtud o en vicio, de alguna manera o de otra. En pocas palabras, la inmutabilidad implica incorruptibilidad, y esta divinidad no poseería tales atributos.

La consecuencia de ello es la imperfección del ente metafísico. Una divinidad que hace milagros no es inmutable, ni incorruptible: ergo no es perfecta.


2) El milagro, tal y como se ha definido, beneficia a algún particular. Esto significa que el curso natural de los eventos es modificado, y si se quiere, supeditado, para esa ocasión tan especial (que es el milagro). Toda la realidad, en vista de su evidente interconexión de todo con un todo, se redefine, pues, en función del acto milagroso. No solo podría ocurrir que todo confabula por voluntad del ente místico para que el milagro ocurra, sino que al ocurrir, lo que antes tendría que pasar de forma natural ya no ocurre, sino que es modificado para convertirse en otro futuro.


Muy bien, esto tiene dos consecuencias simultáneas. La primera de ellas es que el beneficiario del milagro poseerá una fortuna o ventaja sobre los que no son beneficiarios. La segunda consecuencia es que, bajo la alteración del mundo, ante esa interrupción de lo que iba a suceder por lo nuevo que ahora ocurre luego del milagro, algo en la realidad debe perjudicarse necesariamente en algún momento a causa de esta modificación de los eventos. O dicho de otra forma, el milagro tendrá necesariamente algunas consecuencias negativas en su entorno, en virtud del mundo holístico e interconectado en el que vivimos, a través de las causas y los efectos.


Es fácil observar entonces que tanto el beneficio parcial del particular como el mal ocasionado por la alteración de los eventos implican una carencia de igualdad ante los sucesos de la vida. Luego es legítimo denominar como injusto al autor del milagro.

3) Si la realidad es modificable por un ente metafísico, significa que no es perfecta. Si fuera perfecta, cualquier cambio en ella tendría como consecuencia su imperfección, en vista de que la perfección involucra un único y máximo estado de refinamiento. Por otro lado, si la realidad era imperfecta y la intervención divina, por medio de un cambio, la convierte en perfecta, el mundo, antes de ese cambio, tendría que ser, obviamente, imperfecto.


Sea lo uno o lo otro, si el mundo o la realidad es imperfecta, y si se presume ésta como la creación de un Creador, entonces dicho Creador es imperfecto. Se debe analizar esta situación con cautela y claridad.


Un Creador perfecto, necesariamente, da origen a creaciones perfectas, pues de la misma manera en que el color blanco no puede ser artífice de lo oscuro, un ente perfecto no podría emanar de sí, de forma natural, algo imperfecto. Por lo tanto, si la realidad o el mundo es imperfecto, su Creador, en caso de haber tal, ha de ser imperfecto también.
No obstante esa es una de las alternativas.

La otra alternativa es que el Creador siendo perfecto (y aquí tendría que presumirse que sea todopoderoso,Dios no hace milagros. lamentablemente sin demostración) haya sido capaz de crear un mundo imperfecto, tal cual como se ha hecho patente que lo es. Si el mundo y la realidad son imperfectos, todo lo que contienen también corresponde a dicha categoría. Como se ha presupuesto que el Creador de esta clase de mundo o realidad es perfecto, si es además un ente moral, ha de ser moral en perfecto grado.


Si la realidad fue diseñada imperfecta (o susceptible de imperfección) adrede, significa que todo lo que ella engloba, en cuanto a valores morales se refiere, es (o será) imperfecto y siempre corruptible; y no solo eso, sino que también así fue concebida en un principio por su Creador. La maldad, sinónimo de lo corrupto en los ámbitos de la ética, muy bien calza en esta clase de mundo, pero contradice, empero, a un Creador que se ufane de ser perfectamente moral, o por lo menos perfectamente bondadoso.


De tal manera se tiene que si el mundo es imperfecto a propósito, un hipotético Creador suyo no podría ser omnibenevolente, pues toda imperfección, en términos morales, implica maldad, y esta maldad tendría que estar asociada necesariamente a la esencia y planes iniciales del Creador.


En resumen y hasta ahora, se podría concluir lo siguiente:


• Si se cree en un milagro, y se presupone que la realización del mismo haya sido directa o indirectamente concebida por alguna divinidad metafísica, la misma necesariamente ha de ser de carácter mutable o cambiante, corruptible, imperfecta e injusta.

• Si se cree en un milagro, y se presupone que la realización del mismo haya sido directa o indirectamente concebida por Dios (bajo una definición ortodoxa de éste), dicho ente metafísico ha de ser de carácter mutable o cambiante, corruptible, injusto; y además, o bien imperfecto, o bien no omnibenevolente. Es decir, no sería Dios el realizador del milagro.


Como se ve, los milagros no pueden ser una manifestación de Dios. En el mejor de los casos, si se insiste en la creencia de los mismos y en su origen divino, han de ser entonces oriundos de alguna otra divinidad o ente superior. Este asunto deriva en una inevitable diatriba, desde el punto de vista del creyente. Si se cree en los milagros, hay que colocar el sistema de creencias particular sobre la mesa y evaluarlo, en vista de las serias repercusiones que tales eventos especiales implican.

En otro orden de ideas, la omnipotencia de Dios podría lucir como un argumento suficiente para explicar todo el desbarajuste lógico que los milagros y la definición de Dios entretejen. No obstante, el tema de la omnipotencia es uno muy amplio, y se tratará en un breve futuro. Adelanto que más que cuestionarse el hecho de la omnipotencia absoluta de los dioses, más genuino será preguntarse hasta qué punto es posible conciliar la omnipotencia divina con el más básico uso de la razón.


Muchos saludos.




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domingo, 21 de noviembre de 2010

ENTENDIENDO LA NATURALEZA DE DIOS


A
seguro con toda responsabilidad que el concepto de Dios es del tamaño de la conciencia de cada persona. Eso pudiera ser una primera explicación para la gran variedad de deidades que han revoloteado de civilización en civilización en la historia de la humanidad desde que el hombre optó por la desrealización ante la crudeza de su propia muerte. Y ante el afán de muchos de unificar todas las concepciones en un solo ente, es necesario decir que muchas de esas deidades no solo son incompatibles entre sí, sino que son diametralmente opuestas. ¿Cuál es el verdadero Dios? O mejor aún es preguntar, a pesar de mis líneas anteriores: ¿realmente existe Dios?

Sin ánimos de repetir los debates eternos entre la existencia y la no existencia de las deidades, existe una manera, pienso, de acceder a la esencia misma de lo que podría ser ese dios en caso de existir. El igteísmo, como posición escrupulosa, establece que para debatir acerca de Dios es menester primero dejar en claro sus características. Este esquema igteísta es bastante útil, no sólo porque aporta una claridad previa acerca de los términos a utilizar en posibles debates acerca de las deidades, sino porque a través de su esquema muy bien puede descartarse lo que no es Dios.

No se puede demostrar la no-existencia de Dios, puesto que en términos de lógica no se puede demostrar las preposiciones negativas. No es posible negar a Dios, de la misma manera que no es posible negar a cualquier otro ente alocado fruto de la imaginación. No se puede negar, por ejemplo, la existencia de un unicornio rosado metafísico, pues, para demostrar su inexistencia sería necesario revisar cada rincón minúsculo del universo, real e imaginario, para comprobar que en efecto no existe. Obviamente esta empresa estaría condenada al fracaso. No se puede atacar el problema desde una perspectiva negativa, sino desde una afirmativa. Obviamente, el no poder demostrar la inexistencia de un ente no es prueba en lo absoluto de su existencia.

En efecto, no se puede demostrarEl igteísmo es la clave para entender a Dios. la inexistencia de Dios, pero, para los que sí afirman su existencia, sí se puede verificar que la afirmación es correcta o no. Para ello entra en escena justamente el igteísmo, señalando que ya que se asegura la existencia de Dios, definamos entonces sus características para poder evaluar correctamente la veracidad de su afirmación. Esto conduce al problema de Dios hacia un proceso de descarte, por medio del cual toda la bruza imaginativa del hombre queda expelida para quedarnos solamente con la esencia verdadera.

Este servidor, a través de Aforismos Clarividentes, se propone a abordar el problema de Dios desde, como se ha dicho, la perspectiva igteísta, y bajo un estudio sistemático dividido en 3 categorías. Las categorías corresponden a 3 niveles de profundidad y/o complejidad (ascendente) respecto a este tópico, a saber:

1) La concepción de Dios por tradición, autoridad o revelación.
2) La concepción de Dios desde la filosofía antes de Inmanuel Kant.
3) La concepción de Dios desde la filosofía después de Inmanuel Kant.

La razón de este punto de partida subyace en la facilidad inherente de dividir el problema complejo de la verificación de las deidades en tres conjuntos de análisis más sencillos que el problema principal. A su vez, se emprende por el conjunto más sencillo de analizar para continuar hasta el más difícil, que como es de sospechar, es el planteado por la filosofía contemporánea, después de Kant.

La ambiciosa y larga tarea que comenzará a partir de ahora en Aforismos Clarividentes será la de hacer un recorrido desde las creencias más básicas y proto-religiosas (como el animismo, el shamanismo y afines) hasta las complejas consecuencias de la ontología basada en la vida, correspondiente a la época actual en filosofía. Este espacio se alimentará, por tanto, de variados contenidos correspondientes a cada una de las categorías anteriormente mencionadas, con la misión final de extraer las conclusiones globales y consecuencias directas de cada una de ellas.

Se espera, pues, que al final del recorrido, luego de haber ascendido de los misticismos básicos a la filosofía contemporánea, extraer la esencia de aquello que se llama usualmente como Dios, lejos de todo el envoltorio impreciso, sesgado e ilusorio que a lo largo de los siglos ha tenido como caparazón. Y con el resultado obtenido, independientemente de si acontece una negación o una afirmación de la divinidad, se sugerirá una base ética con la cual transitar con solidez en el transcurso de la vida.

Muchos saludos, y que tengamos suerte.





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