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miércoles, 5 de enero de 2011

"LA GENEALOGÍA DE LA MORAL". F. NIETZSCHE. Comentarios.


"L
a Genealogía de la Moral” es si se quiere uno de los libros más académicos de Nietzsche. La misión en esta obra es remontarse a los principios mismos del hombre a comienzos de su prehistoria, analizando en la medida de lo posible el surgimiento de la ética en aquel ser más animal que humano, y explicando el posterior desarrollo de la misma a lo largo de los siglos hasta la época actual. Para conseguir tal objetivo, Nietzsche se vale de toda su experticia, utilizando como herramienta la fisiología, la historia, la psicología y la filología. De hecho, es por medio de esta última que consigue las claves más contundentes para realizar luego sus aseveraciones.

El libro está divido en tres tratados, comenzando por el origen de la moral y la explicación de la moral actual como reflejo de un resentimiento de los débiles, continuando con el origen de la responsabilidad, la culpa y el pecado; para terminar con el tratado más extenso, en el que revela el surgimiento, desarrollo, consecuencias y final de los ideales ascéticos.


En efecto, los dos primeros tratados, aunque concentran una información relevante, fungen sobretodo de introducción o preparación del terreno para el último, cuya importancia es tan grande que deriva en un nuevo problema para la filosofía. El primigenio animal-hombre, fuerte, terrible, independiente, dueño de sí mismo, inocente en sumo grado, incluso sin una inteligencia profunda, no siente inquietudes acerca de la bondad o la maldad. La naturaleza le ha hecho así y él no lo desaprovecha ni lo razona demasiado. Deja brotar su capacidad, su voluntad, su voluntad de poder; esto es, permite tomar para sí lo que desea, sin limitaciones y en completa congruencia con su habilidad y fuerza. Para eso ha nacido y es feliz. Prácticamente no hay cuestionamiento ético, incluso es bastante probable que el concepto “moral” o “ética” ni siquiera existiera en aquellas pequeñas comunidades prehistóricas de cuasi humanos fuertes.


De cuestionarse alguna vez alguna idea impregnada de bondad o maldad, esta raza llena de vida y fortaleza no recurre a ningún patrón externo, sino a sí mismos. De forma simple, pero congruente, lo bueno es, para ellos, todo lo que ellos hacen o piensan. Las mejores virtudes están embebidas en los que para ellos ha de tener ciertamente mucho valor: la fuerza, el orgullo, la capacidad, el poder, la dominación, la felicidad, la voluntad, la independencia, la salud, la fecundidad, el caos, la guerra, la superioridad, lo dinámico, lo vivo, la vida. De esta manera, lo no correspondiente, en contraste, con sus ánimos, salud y espíritu es denominado como malo. Por otro lado, los no favorecidos, los débiles, poco pueden hacer ante la fortaleza de los individuos superiores, y se entreteje entre ellos un resentimiento espiritualizado, una venganza que al no poder desahogar de forma física, es de la conciencia. Superiores en número, necesariamente más inteligentes, y desarrollando una moral paralela a la de los nobles y fuertes, extraen un canon ético no de sí sino de sus señores (a modo de retaliación), invirtiendo los valores de éstos. Se torna mal visto entonces todo lo elevado y superior, todo lo rico y orgulloso de sí; la compasión, la pobreza, la debilidad, la humildad, el caminar cabizbajo, la modestia, la mesura; todo lo que impone una decadencia en la fuerza de la vida, resulta la mayor virtud e ideal.


Nietzsche explica que este proceso se lleva a cabo con el incremento de la conciencia en los individuos, el cual nace cuando el animal-hombre debe sublimar sus instintos más fuertes ante su adaptación a la sociedad (adaptación que le exige, de alguna manera, la evolución). Cuando este animal casi humano está impedido de su voluntad de poder, imposibilitado de expresarse hacia fuera en toda su naturaleza, imprime toda su crueldad y fuerza hacia sí mismo. Se convierte, por tanto, en el primer y único “animal enfermo”, el animal que con el tiempo no solo es el que soporta más el sufrimiento entre todos los animales de la tierra juntos, sino que es el único que lo anhela en las etapas tardías de su civilización.

En el hombre temprano, el reblandecimiento de los fuertes a causa de la moral de los bajos y de una vergüenza del hombre por el hombre, y la negación de los instintos y ese destrozar e impedir internos, lleno de contrastes, problemas, amarguras, comparaciones y conflictos; llevó a la conciencia a estadios más grandes. No solo eso, sino que fue el origen de la mutación del concepto de responsabilidad en culpa. Y de la culpa faltó poco ya para la mutación hacia el concepto de pecado.

Con ese sufrimiento interno, miles de años después, imposible de categorizar y expulsar, y con destellos (de hecho mucho más que destellos…) de aquella crueldad primigenia que tanto celebraban aquellos animales-hombres; el humano domesticado llega inevitablemente a lo que Nietzsche llama el “ideal ascético”. Este ascetismo pude tornarse diferente en forma y fondo dependiendo del individuo y su ánimo. El ideal ascético encierra una concepción diferente para los artistas, los filósofos, las mujeres, los débiles y los sacerdotes. Todos, en apariencia, recurren a la expiación o redención de su sufrir por medio de una especie de negación (superficial) de la vida. Lo hacen a través de un apartarse, de una soledad, de una privación, de un ayuno de los instintos. Pero lo más importante de todo esto no es qué tanto o cómo se privan de la realidad que intentan negar, sino la fuerza con la cual lo hacen.

La paradoja de negar la vida con una intensidad realmente viviente es a dónde quería llegar el autor con esta obra. En el caso especial del sacerdote, el maestro por excelencia del ascetismo y del nihilismo, el desarrollo histórico de los eventos ha desentrañado algo realmente Del nihilismo extremo nace una nueva afirmación a la vida: el fin de Dios.impresionante. Con esa intensidad paradójicamente negadora, y bajo la idea de la verdad absoluta, la doctrina sacerdotal ha degenerado a los individuos a los límites de la decadencia de la vida. No obstante, en ese camino estos individuos, supremamente escrupulosos, supremamente amantes de la verdad en sí, negadores de todo, quirúrgicos en sus aceptaciones, terminaron elevando el nivel de la búsqueda de las verdades a una pulcritud tal que ya los dogmas religiosos no estuvieron exentos de su minuciosidad. En efecto, y por increíble que parezca: el más severo nihilismo y la más rigurosa escrupulosidad del saber, a través de la doctrina cristiana impuesta por el sacerdote y sus métodos ascéticos, derivó en la muerte del cristianismo mismo. Los dogmas de fe ya no son suficientes y resultan estancados en el tamiz del ascetismo agudo. Todo el puritanismo racional, o analizando más a fondo, la obsesión de la verdad en sí, desembocó inesperadamente en la obsolescencia de las doctrinas sacerdotales y en el escepticismo ante los dioses. He aquí por qué “Dios ha muerto, y ha muerto de compasión por los hombres. Los hombres le hemos matado.” El sacerdote asceta ha proveído la herramienta de su propia destrucción.


Esta obra es rica en referencias literarias, así como también resulta clara en explicaciones a la vez de densa en sus conclusiones. No escasean, como es costumbre en otras obras de Nietzsche, las críticas fuertes, en especial hacia Wagner. Sin duda es una libro crucial para entender no solo el surgimiento de la moral, la conciencia, el alma, los dioses, la culpa y el pecado, sino que constituye además una base sólida para arrojar la mirada hacia la nueva aventura del hombre y hacia el cuestionamiento legítimo de la verdad como supuesta meta.


Muchos saludos.





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lunes, 13 de diciembre de 2010

SIMILITUDES ÉTICAS ENTRE BUDISMO Y PLATONISMO


S
iddartha Gautama se sentaba plácidamente bajo las sombras de lo árboles, explicándole a sus antiguos maestros y compañeros ascetas por qué había decidido prescindir de aquella disciplina rigurosa que alguna vez los había convertido en una cofradía que buscaba la verdad. No es que la verdad ya no fuera objeto de la búsqueda del ya iluminado Siddharta, sino que simplemente el ascetismo no fungía como el camino correcto.

Buda había concluido, en base a su pasado voluptuoso como príncipe, y luego en base a su experiencia como asceta rígidamente disciplinado y desnaturalizado, que ni lo uno ni lo otro eran los senderos correctos para la búsqueda de las verdades. Era justo el medio entre ambos senderos la ruta correcta, y así se los hacía saber a sus discípulos, enunciándolo en el importante Noble Camino Óctuple, guía para la perfecta moderación en la conducta. Solo una persona moderada, alejada de los extremos, podría alcanzar por sí misma el conocimiento verdadero para eliminar el sufrimiento de la vida.

Esto ocurría aproximadamente hace 2500 años, en el noreste de la India, mientras que casi al mismo tiempo, al otro lado del mundo conocido, Sócrates enseñaba a un mozo recién llegado a la adultez, llamado Aristocles y mejor conocido como Platón, las virtudes que tiene la justicia. En esas enseñanzas, Platón entendía la suprema importancia que tenía la ponderación de la conducta si el individuo pretendía alcanzar la idea absoluta del bien.

El filósofo griego (Platón) luego explicaba en sus libros la ignorancia del hombre no ejercitado en los menesteres de la razón, al imaginar que el placer obtenido al abandonar el dolor y los estados deplorables era un verdadero placer, así como también resultaba un placer imaginario ser seducido por una sobreabundancia sensual. Entre ambos extremos se encontraba una posición media, demostrablemente correcta desde el punto de vista ético, pues desde ella cualquier descenso a un estado de miseria y dolor era sufrimiento, y desde ella, cualquier ascenso a una sobreexcitación de los sentidos también implicaba padecer. Una postura intermedia, era pues, la mejor actitud que una persona razonable debía tomar ante la vida.

Es evidente el símil entre la sabiduría oriental y la filosofía griega, y bien pudiera añadirse el calificativo de sorprendente si se recalca el hecho de que ambas culturas se encontraban relativamente alejadas. No obstante, para el beneplácito de las mentes amantes de lo curioso, el arte de vivir en el camino medio, en una conducta moderada, no es la única similitud entre ambos mundos. Otro remarcable punto de comparación constituía la armonía.

En efecto, la armonía en la forma de ser correspondía con la exteriorización de las más profundas virtudes obtenidas por el camino intermedio, pero a la vez, como si de una actitud recursiva se tratase, fungía en primera instancia como la herramienta educativa por excelencia para aprehender aquellas profundidades. Tanto para el budismo como para el platonismo esto constituía una certeza, la cual era transmisible, por aquel, a través de justamente el Noble Camino Óctuple, y por éste, por medio de la música y la gimnasia.

Desde el punto de vista budista, la armonía en la conducta era desarrollada (y desarrollable) por medio de un transitar con sabiduría, comprendiendo correctamente, pensando correctamente, guardando una conducta ética (respetuosa de la vida y alejada de la mentira), hablando correctamente, actuando correctamente, esforzándose correctamente, y meditando y prestando atención de la manera correcta. Cada aspecto es desglosable en muchos otros, pero constituyen la esencia misma de lo que implica una vida mesurada y armónica.

Por otro lado, en la antigua Grecia, la educación virtuosa sobrevenía, como se ha dicho, de la música y la gimnasia. Es importante acotar, sin embargo, que los términos “música” y “gimnasia” eran mucho más amplios conceptualmente que los que se usan en la actualidad.

Con la música, los griegos no solo perseguían una sensibilidad por las melodías y sonidos agradables, Buda y Platón compartían opiniones en cuanto a la moderación, armonía, ignorancia e ilusión.sino que pudiera decirse que era el estudio esencial de la armonía misma. Dominar el arte de la música significaba orientar el espíritu hacia la belleza, hacia la correcta proporción, hacia el hablar con gracia, el ser cordial, el desenvolverse “aristocráticamente” en los aspectos de la vida, el exteriorizar una bondad y esplendidez oriunda de los sentimientos más nobles y asertivos. Por otro lado, la gimnasia era el complemento físico, aplicado a las artes del cuerpo, de ese enriquecimiento espiritual dado por la música. El estudio de los ejercicios adecuados para fortalecer el cuerpo, el arte de combatir, el mantenerse saludable y vital; todo esto, bajo la perspectiva platónica (e incluso griega), correspondía a este ámbito. Y la compenetración profunda de la música y la gimnasia se convertía entonces en la armonía ideal para todo buen griego.

La armonía, viéndolo a fondo, no es más que el brote externo de la profundización de la conducta moderada. Lo armónico de hecho implica un sentido de proporción, de equilibrio, una moderación afín con la belleza y las buenas formas. Dada la similitud del budismo y el platonismo en cuanto a la preferencia por un camino medio ético, no es de extrañar que al perseguirle, los individuos simpatizantes de una y otra filosofía hayan desarrollado una empatía profunda por la armonía en todos los órdenes del vivir. Pero aún hay más…

Para Buda, la solución para encontrar las verdades y eliminar todo sufrimiento yacía, como ya se ha dicho, en una vida armónica, conducida por un correcto camino medio. ¿Qué ocurría empero con los que no transitaban por el adecuado sendero? Sencillamente permanecían envueltos en el manto de la ignorancia, padeciendo, por tanto, de ser marionetas del samsara, es decir, de una existencia ilusoria. Análogamente, Platón y su Mito de Caverna nos hablan de lo lejanas que están las personas de separarse de la ignorancia si no utilizan la razón para encaminarse hacia la correcta predisposición de espíritu. Como los habitantes de una caverna que solo ven sombras y siluetas en las paredes de la misma sin tener idea de qué es lo que las causa, así mismo, justo en ese fiel estado de ignorancia, deambulan las personas que desdeñan el correcto razonar, esto es, la dialéctica, para estar embebidos, empero, en un mundo que consideran real pero que no es más que ilusorio.

La pareja “ignorancia” e “ilusión”, como dúo inseparable que engaña nuestros sentidos en un mundo aparente, se hace patente en la perspectiva del sabio iluminado y del filósofo de espaldas anchas. Cabe preguntar: ¿cómo es posible que formas de pensar tan alejadas y diferentes concuerden en asuntos tan primordiales en cuanto a la ética?

Por supuesto, de ninguna manera existe una semejanza entre el budismo y el platonismo en cuando a rigurosidad en sus objetos de estudio, así como en sus perspectivas metafísicas; hasta son contradictorios en algunos tópicos. Pero queda suficientemente claro que tanto como para aspirar al nirvana como para ascender al puro e inmutable mundo de las ideas, un correcto comportamiento es menester. El comportamiento, en aras de alejarnos de toda la ignorancia e ilusión en las que estamos sumidos, debe encaminarse, bajo constantes ejercicios introspectivos, en un saber vivir moderado y armónico.

Ante estos hechos comparativos, ante las independientes visiones orientales y occidentales de lo que significa un correcto vivir, ¿sería apropiado suponer que la ética correcta, de existir, se alimenta entonces de una base racional para poder llevarse a cabo? O en otras palabras, ¿cómo es que Buda y Platón llegaron a estar de acuerdo en cuando a la ética de no ser por una implementación sistemática de la razón?

La tesis de que lo bueno y lo malo dependen absolutamente de cada persona (es decir, la tesis de la moral subjetiva), pareciera entrañar serios problemas en torno a su validez.

Muchos saludos.






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lunes, 8 de noviembre de 2010

EL ARTE DEL BUEN MORIR


N
os encontramos en la actualidad ante una tercera excursión en el universo filosófico humano. Desde hace más de 2500 años, el camino comenzó con el “res”, con el Realismo, para luego hacer un segundo recorrido, en el siglo XVI con el Idealismo. A mediados del siglo XX ha comenzado un nuevo y más refinado emprendimiento. Ya no puede haber una escisión entre Realismo e Idealismo, sino que ambas corrientes deben soportarse en un sistema filosófico aún mucho más profundo, un sistema absoluto a partir del cual tener las certezas de que todo lo que se derive de él tenga una base sólida. Equivocarse, en el mundo de la filosofía, ya no es una opción.

Según la ontología contemporánea, la categoría óntica (y ontológica) que todo lo sustenta, lo verdaderamente absoluto, es la vida. La vida ha de ser, pues, la base de todo pensamiento y existencia.

En este contexto, la vida no se entiende como la breve existencia de un organismo, sino que es entendida de la forma más holística posible. La vida es el todo que todo lo incluye, es ese sistema dinámico y siempre cambiante que, sin cometer el error de compararle con un organismo (ni de atribuirle sus características), muy bien puede ser imaginado como la complejidad existente más general.

La muerte, bajo este concepto de la vida, es un evento más. Es una fenómeno que está supeditado a la vida, que es parte de ella, más no es su opuesto. Esta baja jerarquía de la muerte respecto a la vida es importante de resaltar, pues es parte de la base de una nueva ética que ha estado efervesciendo, aunque con dificultad, desde el siglo XIX. ¿Cuál es esa base ética?

Lo que la ontología actual se propone ya venía consumándose en el siglo XIX y XX en varias ideas de Nietzsche, Bergson y Heidegger: la vida como sistema base de todo lo demás, incluso de la ética. Y pues, bajo el contexto de la ética, prácticamente todo lo que está a favor de la vida ha de ser acordado como bueno, y por lo tanto, todo lo que va en su contra, como lo malo. En los tiempos que corren, en donde somos esclavos de las consecuencias de la Revolución Industrial y del renacer de los lamentables misticismos, no es la vida la base moral que se practica.

La muerte en los tiempos que transcurren se ha convertido en un tema tabú. En occidente resalta la influencia del cristianismo en nuestro sistema de valores, así como en oriente la del hinduismo. Y en ambos sistemas la muerte ha de tener un dejo de melancolía y dolor, algo de acento tan catastrófico que es menester “liberarse”, confiar en que la vida no terminará ahí, tener la certeza de un más allá. La desrealización, desde un punto de vista psicológico, y como patología, se transforma así en virtud. No en vano la “vida eterna” y “la reencarnación” son los motores fundamentales de las mencionadas doctrinas. Si se le extrae esto de sus discursos, ni el cristianismo ni el hinduismo prevalecerían en el tiempo.

Desde una ética pro-vida, todo lo que resulta de la enfermedad, de la debilidad, de la incapacidad, de la morbilidad, de la frialdad, de la pasividad; todo lo estatizante, lo multiplicador del dolor, lo contrario a la grandeza, a la rapidez, a la fuerza, a lo fluido, a lo dinámico, a lo prevaleciente; todo eso es denominado maldad. Echemos un vistazo por fuera de la ventana y observemos que la vida es eso: la resonancia de todo lo vivo y todo lo que lucha, siempre.

¿Quiere decir esto que la nueva ética propone como moral la primacía del más fuerte? No. Como moral humana, debemos basarnos en los que nos diferencia como humanos, y esto es la razón. Sería errado emular la selección natural, si la comparación me es permitida (pues la obedecemos aún cuando no estemos de acuerdo con ella). Que la vida y todo lo que la convierta en un símbolo refulgente prevalezca, pero coloquemos el filtro intermedio de la razón.

Ahora bien, cuando nos acercamos a la sepultura, cuando estamos en las vísperas de la muerte, tan cierto es el buscado basamento en la vida holística que hasta hay resultados experimentales que lo confirman. Sólo basta consultar en las escuelas de psicología cómo es la perspectiva de una mente anciana. El cerebro se reacondiciona para prepararse a dejar de existir. A la mente del anciano todo resulta lento, aburrido, calmado, sin importancia, sin esperanza, sin nada qué esperar. El anciano mismo desea morir en ocasiones, y este es un efecto físico-químico, no moral, lo cual es sorprendente. La vida nos tiene condicionados hasta para esto.

¿Qué es lo que se estila, empero, en nuestras"Hay que morir con orgullo cuando ya no es posible vivir con orgullo" sociedades? Toda la maroma religiosa que atenta justamente en contra del propósito de la vida holística. Se nos impone tabúes con el suicidio y con la eutanasia. Se nos importa como valores la extensión de todo sufrimiento, la multiplicación de dolor, multiplicándolo entre todos los parientes y allegados además del que sufre propiamente. De esta decadencia moral actual se nos imprime en la conciencia que hay que vivir porque sí, “hasta que los dioses nos quiten la vida que nos han dado”, hasta que ya no demos más, aún cuando ya no esperamos nada del agonizante ni el agonizante espera nada de sí mismo. Hasta se nos infunde temor ante la auto-inmolación, pues no son pocas las creencias en la que se nos envía al infierno. ¡Y vaya deidad la que nos manda al infierno sólo por querer salir con dignidad de una vida en la que se ha sufrido tanto! Revisen la congruencia de sus ideas amigos creyentes.

Me gustaría que el mismo Nietzsche expusiera su opinión a través de la siguiente cita (extraída de su libro El ocaso de los Ídolos):

“Moral para médicos. El enfermo es un parásito de la sociedad. Es indecoroso seguir viviendo cuando se llega a cierto estado. Seguir vegetando, dependiendo cobardemente de médicos y medicinas, una vez perdido el sentido de la vida, el derecho a vivir, debiera ser algo que produjese un hondo desprecio a la sociedad. Los médicos, a su vez, deberían ser los intermediarios de ese desprecio: dejar a un lado las recetas y experimentar cada día una nueva dosis de asco ante sus pacientes... Hay que crear en el médico una nueva responsabilidad ante todos aquellos en que el interés supremo de la vida ascendente exija que se aplaste y que se elimine sin contemplaciones la vida degenerante; por ejemplo, en lo relativo al derecho a engendrar, a nacer, a vivir...

Hay que morir con orgullo cuando ya no es posible vivir con orgullo. La muerte, elegida libremente, realizada a tiempo, con lucidez y alegría, rodeado de hijos y de testigos, de forma que todavía sea posible un auténtico adiós, al que asista verdaderamente quien se despide y haga una tasación real de lo deseado y de lo conseguido a lo largo de toda su vida; la muerte, así, se opone totalmente a la horrible y lamentable comedia que el cristianismo ha hecho de la misma. No le debemos perdonar nunca al cristianismo que haya abusado de la debilidad del moribundo para violar su conciencia, al igual que ha hecho con la forma de morir para emitir juicios de valor
sobre el hombre y sobre su pasado.

Frente a todos los prejuicios cobardes, hay que restablecer, antes que nada, la apreciación justa, es decir, fisiológica, de la que llaman muerte natural, que, en último término, no es más que una muerte «no natural», un suicidio. Nadie nos causa la muerte más que nosotros mismos. Sólo que se trata de una muerte en unas condiciones despreciables, una muerte no libre, una muerte a destiempo, una muerte propia de un cobarde. Por amor a la vida, habría que desear otra forma de morir: libre, consciente, sin influencia del azar, sin sorpresas.

Un consejo, por último, a los pesimistas y demás decadentes. No podemos impedir el hecho de haber nacido: pero podemos reparar ese error —porque en ocasiones es un error—. Cuando un hombre se autosuprime, hace lo más estimable del mundo; con ello, casi se merece vivir... La sociedad, ¿qué digo?, la propia vida obtiene más ventaja de esto que de una «vida» en medio de renuncias, anemia y demás virtudes; se libra a los demás del espectáculo de una existencia así, y se libra a la vida de una objeción...”


La crítica de Nietzsche es dura como toda su filosofía, propia de todo amante de lo vivo y excelso. No por ello es objeto de desacreditación. Hay que recordar que la muerte no siempre fue vista con los mismos ojos a lo largo de la historia. Ya los griegos practicaban la eugenesia, que poéticamente podría describirse como una búsqueda de una mejor calidad de vida, a expensas de la muerte. Los espartanos anhelaban morir en batalla para colmarse de gloria, al igual que los vikingos, cuyo Valhalla sólo admitía a los guerreros que morían en las primeras filas de combate. También son muy famosos los rituales suicidas japoneses, en donde el seppuku era símbolo sin igual del honor. Como se ve, la postura ante la muerte es, pues, un comportamiento sustentado en un tremendo componente aprendido, un componente social.

Ante la vida, como concepto holístico, no podemos conservar esa mezquindad de espíritu de seguir viviendo porque sí. Desde una moral plantada en la existencia global de todo lo viviente, no hay proceder más ruin que ese. Es una cuestión de respeto propio y de respeto para con los demás.



Muchos saludos.




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viernes, 1 de octubre de 2010

PRELUDIO ACERCA DE LA MORAL ADECUADA



E
n un mundo paradójico, en donde el siglo XXI pareciera casi ser el eufemismo de la tecnología y el conocimiento, pero que al mismo tiempo está dominado por los más primitivos misticismos, son pocas las personas que osan separarse del estándar social de lo que es bueno y malo para reinventar la rueda de lo ético.

No constituye una exageración de mi parte afirmar que la gran mayoría de los individuos en el planeta rigen su canon de conducta de lo aprendido tradicionalmente en su entorno. Y mucho de lo que el entorno pudiera influir en ellos es oriundo de las creencias religiosas y/o místicas que les envuelven. Eso ha sido así en cualquier contexto: en cualquier lugar y en cualquier época.

Pero cuando uno se separa convencidamente de los dogmas religiosos, inmediatamente ponemos en duda sus cánones morales de lo bueno y lo malo. No sólo me refiero a la inmutabilidad de los mismos, lo que constituye una falacia evidente, sino a la construcción de dichas normas per se. ¿De dónde nace una moral? ¿En qué nos basamos para construirla? Ya no hay dioses ni entes metafísicos perfecta y sobrenaturalmente morales que valgan en esta posición, así que la pregunta adquiere más vigencia que nunca.

Se puede “evolucionar” del teísmo al deísmo. Se puede evolucionar del deísmo al panteísmo. Pero al final llegaremos siempre a lo que considero el cenit de la sabiduría: el escepticismo. El no saber, irónicamente, denota un gran saber. A este estado han llegado personajes de la talla de Isaac Newton, Sócrates, Pirrón, Protágoras, Voltaire, Descartes, Sartre, Agustín de Hipona, entre muchos otros.

No obstante debo agregar que el escepticismo puro es una contradicción plena en la práctica. Podríamos ser como el mismísimo Pirrón, que en afán de sostener el hecho de que nunca se podía dar un juicio tajante acerca de algo, se cortó la lengua. Aún así, cada vez que Pirrón daba un paso, cada vez que Pirrón veía un cántaro con agua y bebía de él, cada vez que comprobaba la suavidad de su cama para poder acostarse, Pirrón hacía juicios inevitables en su mente. No sólo “opinaba” que la comida le podía servir para alimentarle, sino que la consumía, especulo, sin dubitativos. Me pregunto: ¿Y esto no es emitir un juicio tajante acerca de la realidad? ¿Si realmente no tuviéra certeza de absolutamente nada, qué seguridad tendría Pirrón para dar un paso hacia adelante sin temor de que el suelo desaparezca?

Por eso es que, según la perspectiva que le doy a todo esto, el escepticismo es sólo una cima de la cual sólo se puede avanzar descendiendo. Eso sí, deberíamos descender a un sendero distinto del que provenimos, aunque a veces puede que pudiéramos retroceder, como San Agustín, por ejemplo.

Independientemente de hacia dónde descendamos, armados de la duda metódica que todo sabio debe poseer, la pregunta pertinente es ¿cómo vivir? En efecto, el escéptico siente la vacuidad total de la vida. Se sabe contingente, se sabe fortuito, se sabe sin valor objetivo. Entonces, como soberano de su propia vida, de su propia misión, como regente de sus propios valores y sentidos existenciales, la primera pregunta que debe hacerse es “¿bajo cuáles criterios debo vivir?”

Y es aquí dónde la reinvención de la rueda ética salta a la vista. Siendo seres sociales que inexorablemente tendremos puntos de vista distintos a otras personas, ¿cómo desarrollar una teoría moral particular con la cual se pueda ser consecuente y con la que no se violente el derecho a la libertad de los demás?

Escuelas de la moral han existido varias desde que el hombre tuvo que negociar con sus semejantes. Pero abarcando desde las morales religiosas, pasando por la aristotélica e incluyendo la kantiana, todo el asunto de la moral se puede ver en tres perspectivas:

• Según la escuela intrínseca.
• Según la escuela subjetiva.
• Según la escuela objetiva.

En posteriores entregas analizaré el tema de la moral con más profundidad. Sin embargo, sólo como preámbulo a este ambicioso tema, dejaré unas palabras de Ayn Rand, fundadora del Objetivismo, que bien valen la pena analizar:

“Toda teoría social se basa explícita o implícitamente en alguna teoría ética. La tribal y primitiva noción de ‘bien común’ le ha servido de justificación moral a la mayoría de los sistemas sociales (y a todas las tiranías) en la historia. El grado, en una sociedad, de esclavitud o libertad está ligado al grado en el que este slogan tribal ha sido invocado o ignorado.

‘El bien común’ (o el ‘interés público’) es un concept
o indefinido e indefinible: no existe tal entidad como ‘la tribu’ o ‘el público’; la tribu (o el público o la sociedad) es sólo un número de hombres individuales. Nada puede ser bueno para la tribu como tal; ‘bueno’ y ‘valor’ únicamente se refieren a un organismo vivo -a un organismo vivo individual-, no a un conjunto de relaciones incorpóreas.

Cuando el ‘bien común’ de una sociedad se considera com
o algo fuera de, y por encima del bien de sus miembros individuales; eso significa que el bien de algunos hombres prevalece sobre el bien de otros; esos otros estando destinados a la condición de animales a ser sacrificados. ¿Qué hace que las víctimas lo acepten, y permite que una sociedad cometa una atrocidad moral de este tipo? La respuesta se encuentra en la filosofía, en teorías filosóficas sobre la naturaleza de los valores morales.

Hay, básicamente, tres escuelas de pensamiento sobre la naturaleza de lo bueno: la intrínseca, la subjetiva y la objetiva.

La teoría intrisicista alega que lo bueno es inherente en ciertas cosas o acciones tales, independientemente de su contexto y consecuencias, independientemente del beneficio o el daño que puedan causarles a los actores y los sujetos implicados. Es una teoría que divorcia el concepto de ‘bueno’ de sus beneficiarios, y el concepto de ‘valor’ de alguien que valore y del objetivo que tenga, afirmando que lo bueno es bueno en sí mismo, por sí mismo y para sí mismo.

La teoría subjetivista sostiene que el bien no guarda relación con los hechos de la realidad; que es el producto de la conciencia del hombre, creado por sus sentimientos, deseos, intuiciones o caprichos, y que es simplemente un ‘postulado arbitrario’ o un ‘compromiso emocional’.

La teoría intrisicista sostiene que el bien reside en alguna especie de realidad, independiente de la conciencia del hombre. La teoría subjetivista sostiene que el bien reside en la conciencia del hombre, independiente de la realidad. La teoría objetivista sostiene que el bien no es ni un atributo de las ‘cosas en sí mismas’ ni de los estados emocionales del hombre, sino una evaluación de los hechos de la realidad realizada por la conciencia del hombre, siguiendo un estándar de valor racional. Racional, en este contexto, significa derivado de los hechos de la realidad y validado por un proceso de razón.

La teoría objetivista sostiene que el bien es un aspecto de la realidad en relación con el hombre, y que ha de ser descubierto –no inventado- por el hombre. Esencial para una teoría objetiva de los valores es la pregunta: ¿de valor para quién y para qué?. Una teoría objetiva no permite ni ignorar el contexto ni robar conceptos. No permite separar ‘valor’ de ‘propósito’, lo ‘bueno’ de los ‘beneficiarios’, ni separar las ‘acciones’ del hombre de la ‘razón’.

La teoría intrisicista y la teoría subjetivista, o una mezcla de ambas, es la base necesaria de toda dictadura, tiranía o variante del Estado absoluto. Se tengan en forma conciente o subconsciente, en la forma explícita de la obra de uin filósofo o en el caos implícito de sus ecos en las emociones del hombre de la calle, estas teorías hacen posible que un hombre crea que el bien es independiente de la mente del hombre y que se puede lograr por la fuerza física.

Si un hombre cree que lo bueno es intrínseco a ciertas acciones, no dudará en forzar a otros a realizarlas. Si cree que el beneficio o perjuicio humano causado por tales acciones no es significativo, considerará que un océano de sangre no es significativo. Si cree que los beneficiarios de tales acciones son irrelevantes (o intercambiables), considerará matanzas al por mayor como su deber moral en servicio a un ‘bien superior’. Es la teoría intrínseca de los valores la que produce un Robespierre, un Lenin, un Stalin, o un Hitler, No es un accidente que Eichmann fuera un kantiano.”


Curso dado por Ayn Rand en el Ford Hall Forum, Boston, el 19 de noviembre de 1967.

En un futuro seguiremos con este tema. Muchos saludos.





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martes, 9 de febrero de 2010

Ideas y reflexiones (o mentiras perfumadas)

El contenido de "ideas y reflexiones" se puede categorizar, para facilidades de búsqueda, en subcategorías no-rígidas, como Filosofía, Ensayos, Teología y Literatura. Dichas sub-categorías revelan la temática esencial de sus artículos, pero muy bien los mismos pudieran ser una combinación de varias temáticas a la vez.
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FILOSOFÍA
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"El Banquero Anarquista - Fernando Pessoa. Un tributo."

"¿Cómo filosofar?"

"¿Qué es un intelectual? - Jean Paul Sartre"

"Demostración de que la vida NO es absurda"

"Preludio acerca de la Moral Adecuada"

Autores invitados

"Yo solo se que no se nada" - Manuel Zapata González




ENSAYOS
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"Te amoro"

"Breves consideraciones anodinas del tiempo"

"Pensad como político y entenderéis"

"La superficialidad y la banalidad"

"Profetas, Biblias y Ética Comunicacional"

"Nietzsche y el Origen del Alma"

"La Apuesta de Suniaga: Una Afrenta a Pascal"

"Similitudes Éticas entre el Budismo y el Platonismo"

"Dios No es Autor de los Milagros"

"El Jesús de Nazareth Histórico"

"Entendiendo la Naturaleza de Dios"

"El Arte del Buen Morir"

"El Desangre de Vargas Llosa contra la Idiotez de Galeano"

"El Peligro de los Misticismos"

"Con el favor de Dios"

"Fundamentalismo democrático"

"Existencialismo: Don y Maldición. Parte III."

"Existencialismo: Don y Maldición. Parte II."

"Existencialismo: Don y Maldición. Parte I."

"El Neo oscurantismo"

"El Karma como espiritualización de la venganza"

"Crítica a las doctrinas igualitarias. Caso particular: Socialismo"

"Acerca del sentido de la vida y del vértigo de ser libres"

"Psicología de un dios"

"Soy maravillosa"

Autores invitados

"Motivación, capitalismo y desarrollo" - Manuel Zapata González.




TEOLOGÍA
______________________________
"Memorias de un exorcista. - Gabriel Amorth. Comentarios"

"El Pecado Ancestral"

"Dios según Parménides"

"Dios según Aristóteles"

"Suma Teológica - Quinta Vía"

"Suma Teológica - Cuarta Vía"

"Suma Teológica - Tercera Vía"

"Suma Teológica - Segunda Vía"

"Suma Teológica - Primera Vía"

"Análisis de "Confesiones" de San Agustín de Hipona. Tercer libro."

"Análisis de "Confesiones" de San Agustín de Hipona. Segundo libro."

"Análisis de "Confesiones" de San Agustín de Hipona. Primer libro."



LITERATURA
______________________________
"Liubliana - Eduardo Sánchez Rugeles. Comentarios"

"La vuelta al mundo en 80 días - Julio Verne. Comentarios"

"La Genealogía de la Moral - Friedrich Nietzsche. Comentarios"

"La República - Platón. Comentarios"

"El Libro de Enoc. Comentarios"

"Evangelio de Judas - Rodolphe Passer, Marvin Meyer, Gregor Wurts. Comentarios."

"Lecciones Preliminares de Filosofía - Manuel García Morente. Comentarios"

"1984 - George Orwell. Comentarios"

"El Mito de Sisifo - Albert Camus. Comentarios"

"El pasajero de Truman - Francisco Suniaga. Comentarios"

"La Peste - Albert Camus. Comentarios"










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