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domingo, 6 de junio de 2010

EXISTENCIALISMO: DON Y MALDICIÓN. (PARTE III)



A

unque en esencia diferentes, el hedonismo y el escepticismo son, en ocasiones, la consecuencia uno del otro. Ante el hecho de nuestras sempiternas limitaciones humanas, ser escéptico (esto es, pensar que absolutamente todo es relativo y que más que verdades hay opiniones) constituye la derivación inmediata de esa realidad. Se navega entonces en un infinito océano de verdades maleables, de mentiras e ilusiones. Te transformas en un náufrago que no puede asirse a ninguna isla, pues todas están fundamentadas en el polvo. Ni siquiera tu mismo como náufrago eres real. ¿Cómo saberlo? ¿Qué lo garantiza? ¿Sólo el pensar, cómo sugiere Descartes? Y si fuera así, ¿eso es verdad según quién o según qué?


“Ser o no ser”, valiéndome de clichés, constituye de hecho una gigantesca duda para cualquier escéptico. Y la respuesta no puede ser más que estadística: para saber si uno es o no, haría falta vivir millones de vidas más, en realidades diferentes, en fantasías diferentes. Así, comparativamente es que podríamos dilucidarlo. Y aún bajo ese método, sólo sería una cuestión comparativa, algo que depende, algo relativo al fin y al cabo. Lo mismo ocurriría con un hipotético sentido de la vida.


Por eso el escéptico, el más valiente de todos los existencialistas, debe caminar siempre sobre un pantano, con un horizonte lleno de espejismos. Se vive con una sed que no se puede saciar nunca, con un hambre que no se puede calmar. Se respira y no se siente el aire, se mira y da lo mismo qué mirar. Resulta indiferente hacer o no hacer, ser o no ser, vivir o no vivir. ¿Se existe para la familia, para los amigos, para la paz, para la patria, para dios, para uno? No. Ya nada tiene valor, pues cada concepto y cada atributo no es más que una convención.


Aún así se vive, pues a veces se tiene esperanza de que sea un estado mental pasajero, o de que alguien descubra una respuesta trascendental, o por simplemente disfrutar esta realidad que nos tocó vivir mientras todavía sea soportable. Tal existencialismo tan nauseabundamente Sartreano es propio de la contingencia, filosóficamente hablando. Esta es la maldición de todo existencialista: el estar muerto mucho antes de nuestra muerte.


Pero justo en ese proceso de naufragio puede surgir para algunos la posibilidad de disfrutar la deriva. Ya no se depende de costas de realidad absoluta para anclar y desarrollar una vida a partir de esos suelos, sino que se torna bastante válido, incluso imprescindible, la creación arbitraria de cualquier suelo, en cualquier momento que así lo requerimos. Ya no se vive en pro de un sentido, ni para la hermandad, ni para la amistad, ni para la paz, ni para una vida eterna. Se vive porque sí, porque se quiere, y se hace lo que produce placer. Tal cuestión se llama hedonismo. Es la ataraxia de Epicuro de Samos.


La gran vacuidad o el gran naufragio se torna así en un infinito lienzo blanco en donde podemos dibujar lo que queramos, cómo lo queramos y cuando lo queramos. Nuestra limitante de nuevo somos nosotros mismos, pero más por nuestras perspectivas ante la vida que por nuestras reducidas condiciones biológicas.


En vista de que nada tiene valor per se, podemos ser a voluntad dioses, niños con imaginación desbordante, creadores de valores nuevos. Casualmente Nietzsche estipula que la máxima evolución de todo individuo es ser un niño, y ello es su definición de superhombre.


Tal libertad produce vértigo, y asalta de forma natural una pregunta en nuestras mentes: “¿Cómo ser feliz en ese sistema hedonista si todo nace de ti mismo, si todo es tu propia mentira?”. La respuesta podría ser: ¿Quién dice que es mentira? ¿Y si lo fuera, qué mentira prefieres vivir? ¿Con la que naciste o con la creaste? Da lo mismo.


Un corolario de este asunto es que en efecto no muchas personas desarrollan estas inquietudes existencialistas. Esa clase de personas vive en un hedonismo desde el principio. Más que preguntarse por el origen del universo, se preguntan por los resultados del partido de fútbol. Más que tener insomnio toda una noche por dilucidar una cuestión ontológica, pernoctan con los ojos abiertos, intrigados por si la persona amada les corresponde o no. Y si tomamos un hedonista-existencialista y un hedonista nato, pareciera no haber mucha diferencia a grandes rasgos. Pero sí que la hay.


La ventaja, la suprema ventaja que tiene el hedonista-existencialista es que a diferencia de su contraparte superficial por naturaleza, goza de la virtud de haber descendido a las profundidades más abismales de la realidad que le rodea. Puede darse el gusto de ser su propio regente, de auto inventarse a cada segundo, de ser y no ser cuando le plazca, de dar pinceladas porque sí; todo ello sin estar atado moral, religiosa, política, biológica o mentalmente a algo. De todos los esclavos, el hedonista-existencialista es el más avanzado pues sólo se rinde ante su propia voluntad. Ni siquiera un dios está exento de ello.


Este, justamente, es el don.




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sábado, 5 de junio de 2010

EXISTENCIALISMO: DON Y MALDICIÓN. (PARTE II)



C

uando se aleja a la metafísica y a la ética del posible sentido de la vida, la perspectiva se torna más omnisciente. Ya no existe la miopía de evaluar la veracidad de los fenómenos en función a si son buenos o malos, virtuosos o defectuosos, pues, como ya se ha descrito, tales cánones son relativos, artificiales y fortuitos. Es así como entonces, al situarnos en una perspectiva “más allá del bien y el mal”, planteamos nuestra nueva referencia en la vida misma. Y como seres vivos que somos, todo lo que sea en pro de la vida (más allá de toda moralidad, como se ha dicho), se transforma entonces en la guía a seguir. Esto también incluye, aunque suene paradójico, a la muerte.


Al estar en este nuevo escalón existencial, mucho de lo que antes se creía real se confirma como una ilusión. La mente se concentra, por tanto, en todo lo que pareciera ser verdaderamente y sutilmente imperecedero, cíclico, o inmutable. La evolución pareciera ser entonces un sistema de espiral ascendente, en donde la vida se refina a sí misma indefinidamente, no en son de mejora, sino en son de adaptación, en una especie de esfuerzo natural para seguir viviendo, para seguir siendo. Y es que cada ser que vive, lo primero y único que quiere hacer, es ser. A partir de allí surge todo lo demás. Análogamente, todo lo que está muerto, “prefiere” seguir muerto.


Aún más, los conceptos de vida o muerte carecen de sentido en ese sistema de flujo constante, en donde todo pareciera transformarse a cada instante, creando y destruyendo. Se abstrae de ello una rueda cíclica, nunca igual, pero siempre en giro, en donde lo único constante a lo cual podemos aferrarnos es el cambio. Esto es el Tao en la cultura oriental.


Pero aún así persiste la disyuntiva. El ser humano, como ente biológico que ha evolucionado con la capacidad de aprendizaje, observa patrones a través de sus sentidos en búsqueda de una predicción de los fenómenos. Dichos patrones pueden incluso no ser tales. Y lo mismo que nos hace asociar el fuego con el dolor o el sol con la luz, es lo que nos hace concebir la idea la “causa y efecto”. La transformación perenne de todo lo que vive y muere es un concepto viciado de nuestra propia humanidad, de nuestra misma forma de capturar los sucesos. En pocas palabras, nuestros sentidos y predisposiciones mentales ensucian las verdades, y por ello la idea taoísta del flujo inmutable no es más que una proyección que nace de lo que ya hemos experimentado o imaginado. No puede nunca ser una verdad externa a nuestra humanidad. De hecho, ¿cómo puede algo serlo si toda realidad y fantasía parte de nosotros mismos?


Sin embargo no quiere decir ello que nuestros sentidos nos mienten. Simplemente son tan limitados y nuestra mente es tan claramente persistente en humanizar la vida, que sería irresponsable extraer verdades absolutas a partir de nosotros mismos. De nuevo la vacuidad, y en este caso tiene nombre y apellido: Escepticismo.


Ya Pirrón había concluido que debido a las limitaciones humanas, el hombre nunca podría hallar la verdad absoluta, y que lo máximo que podríamos hacer al respecto, es limitarnos a nuestro marco reducido y únicamente emitir opiniones acerca de los eventos. Y aún suponiendo que nos llegue algo desconocido o novedoso a nuestra realidad, algo que sea absoluto e imperecedero o correspondiente a esa verdad que tanto se anhela, ya Platón nos había advertido que no podríamos reconocerlo, en vista de que por nuevo no sabríamos qué es. Lo ensuciaríamos con humanidad y lo asociaríamos a algo que ya hemos experimentado.


Es así como entramos ante un nuevo giro del existencialismo. Ya la pregunta no es cuál es el sentido de la vida, sino qué hacer en vista de que nunca podremos saber el sentido de existir. O una mejor pregunta aún ¿Por qué la vida ha de tener un sentido? ¿Quién lo dice?


A partir de acá podemos establecer entonces dos hipótesis:

  • O la vida tiene un sentido y no podemos llegar a él.
  • O la vida no tiene sentido, pues es la necesidad de sentido es oriunda del humano y sus espiritualizaciones.


Sea una hipótesis o la otra, muy poco podremos hacer si nuestra existencia depende de los absolutismos. No los podemos hallar o no existen. En base a esto, emergen cuatro caminos por el cual el humano puede transcurrir el resto de sus días:

  • El escepticismo
  • Un teísmo autocondicionado
  • El hedonismo.
  • El suicidio.


El suicido resulta una salida radical de este problema. Llegar a este punto bajo una perspectiva existencialista no constituye mayor inconveniente, pues el entorno moral que lo vuelve un tabú no existe. Podría recomendarse evaluar esta opción de último luego de haber tomado los otros caminos; sin embargo es menester reconocer que siendo objetivos, y sobretodo, siendo existencialistas, esta opción es tan válida como las otras, y no tiene mayor o menor jerarquía. Así que en vano puede decirse que es un pecado, que es una ilegalidad o que es una abominación antinatural. De hecho, algunos autores expresan que el suicidio es el verdadero y único acto de libertad que un ser podría hacer. Es lo único que verdaderamente puedes elegir.


No obstante, por cuestiones de funcionalidad y a sabiendas que es de inteligentes rectificar, puede dejarse esta opción de último. No por miedo ni porque posea mayor importancia, sino porque después de haberla tomado ya no hay vuelta atrás. En estas altas esferas de la filosofía el error se torna algo muy común.


El teísmo autocondicionado es la opción más cobarde, valga la moralidad. Es frecuente en personas de profundidad que no soportan vagar por la vida sin ningún propósito en específico, más sin embargo no son capaces de autodestruirse. Todo relativismo les parece inconveniente e indigerible, y la presión social los termina engullendo. San Agustín fue un ejemplo de esto.


Cuando una persona retoma el sendero religioso como rechazo de la imponente vacuidad que le rodea, no dista mucho de lo que en psicología se denomina “desrealización”. La realidad se hace tan insoportable que resulta mucho mejor refugiarse en una más complaciente, más prometedora o menos perturbadora. Las doctrinas religiosas constituyen por excelencia los caminos de refugio de los que no soportan la luz de la razón. Lógicamente, la promesa de una vida eterna es un aliciente bastante apetitoso para los amantes de lo absoluto. ¿Y es que cuál religión existiría sin esta promesa?


Pero el hedonismo y el escepticismo son una cuestión muy distinta.


(Sigue en la tercera parte).




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viernes, 4 de junio de 2010

EXISTENCIALISMO: DON Y MALDICIÓN. (PARTE I)




S

eis de la mañana. Abrir de ojos brusco. Odio instantáneo hacia la alarma y golpe torpe que la enmudece, más la venganza es fútil: hay que levantarse. Los pensamientos corren en estampida acerca de lo que hay que hacer, de lo que no se ha hecho, de lo que soy y de hacia dónde voy, de lo que me espera, de los caminos que no transité, de lo que soy como célula social, de lo que representa el humano en tumulto, de lo que significativo que puede ser mi corbata en el cuello mientras trabajo. Y que puedo morir en cualquier instante…


Se dice que los psicólogos de vertiente humanista pueden sanar la mente del existencialismo, pero os recomiendo querido lector que, si eres de pensamiento agudo y de sensibilidad arácnida, y si además consideras que hay absolutos en la vida de los cuales tu felicidad se apoya, como la fe, como la verdad, como la moral, como la familia y los amigos, como el bien; si este es tu caso mi muy estimado desconocido, no sigas leyendo lo siguiente, pues lamento disentir de tan buenos especialistas. Para mi, el existencialismo no tiene cura, y una vez que eres uno de nosotros ya no hay vuelta atrás.


Puedes basar tu fe en una religión, como muchos miles de millones de seres humanos que te acompañan. En efecto pensarás que es la verdad, la única verdad, y que todas las demás religiones son falsas excepto la tuya. No hay que sentirse mal por eso: todos los demás creyentes de otras doctrinas piensan exactamente como tú. Eventualmente, si muerdes la manzana del Árbol del Bien y el Mal, si te das un bocado de esa fruta del Árbol del Conocimiento, no solamente no habrá religión que valga, sino ningún dios.


Y sobreviene la culpa, la gran desazón, la gran vacuidad. Tu fe, eso tan sólido, tan fundamental, la base de toda tu vida, no es más que un producto histórico que así como fue pudo no ser. Pues nadie elige el lugar de nacimiento, ni la familia en la cual nacer, ni el contexto, ni las creencias que te son inculcadas, ni los patrones de bueno y malo que te son enseñados. Aquí, en América Latina, eres del catolicismo, pero muy bien pudiste nacer en Israel y ser judío, ¿o por qué no nacer en Jordania y ser musulmán? De ser de familia indígena no serías ninguno de los anteriores, y hasta agnóstico pudiste ser, en alguna de sus variantes, pero dependiendo de tu seno. Siempre dependiendo.


¿Qué hubiera pasado si Constantinopla no hubiera caído? ¿Qué hubiera sucedido si San Agustín hubiera elegido otra clase de libros para formar el Canon Bíblico? ¿Qué sucedería si se aceptase la evidencia del Evangelio de Judas Iscariote, descubierto recientemente? ¿Qué hubiera pasado si Justiniano I no hubiera eliminado toda cultura helenística en su mandato? ¿Qué si Sócrates o Pirrón hubiesen escrito algo? ¿Qué si los españoles no hubieran traído sacerdotes al nuevo Mundo? ¿Y si se descubriera la infancia de Cristo? ¿Y si se descubriera un libro original de Buda? ¿Y si apareciera vida inteligente en otros planetas con una fe distinta, o sin creencia metafísica?; Si hubiera ocurrido u ocurriese alguno de estos eventos, ¿qué sería de tu fe?


La verdad, tu gran verdad, no se fundamenta más que en lo fortuito. Y si es un plan divino el que todo sucediera así, pues también es parte del plan que otros estuvieran exentos de participar en vuestra religión, pues las circunstancias los hicieron nacer con una perspectiva distinta de la vida. Por supuesto, esos hombres y mujeres apartados también creen que su verdad es la única verdad, y que su dios es el único dios. ¿Quién tiene la razón? ¿Gana la religión más antigua, la que tiene más adeptos o la que te mejor parezca? ¿Por qué? ¿Una verdad absoluta e inmutable depende del tiempo, de números o de pareceres?


Llegas así al siguiente escalafón. Ya no hay religión que valga, más si hay un dios que existe, que “se siente”, y que es personal. En mi opinión, una necesidad de vacío que los humanos frecuentemente llenan con un sentido de paternidad o maternidad, derivado de la protección que de infantes recibían por parte de sus progenitores, e intensificada por el miedo a la muerte o a la pérdida del “yo”. Porque eso del que “todo lo ve”, “todo lo escucha”, “todo lo vigila”, “siempre te protege” es muy paternal, mas no divino. Lo divino lo hace la metafísica que lo envuelve.


Pero de nuevo volvemos al argumento anterior, pues así como pudiste creer en un dios en particular, pudiste creer en cualquier otro. El criterio para elegir qué dios es el tuyo es básicamente el que te haga sentir mejor, y eso también es oriundo de las circunstancias ¿Y debe ser ese que te hace sentir mejor el dios de todos? ¿Qué si lo que te hace sentir mejor hace sentir peor a los demás?


No solamente aparece tal disyuntiva, sino que en un mundo en donde, como diría Protágoras y luego confirmara Kant, no vemos las cosas como son sino como somos; en un mundo en donde ya se sabe que nuestro ADN es 98% animal, en donde se conoce que no usamos el cerebro en su totalidad, que nuestros sentidos son una miseria comparados con toda la gama de sensaciones que existen en los animales, en este mundo y universo antiquísimo en el cual llevamos apenas 10.000 años, en el que cada cuestión que se sabe arroja a partir de sí mil incógnitas más, en este mismo mundo en donde toda la información que manejamos ha sido manipulada y condicionada miles de veces a error humano y a desgaste, y que de esos 10.000 años que llevamos sólo se tienen registros históricos de la mitad hasta la actualidad; con todas estas circunstancias, con todos los prejuicios cognitivos que tenemos, con todos los relativismos existentes, pareidolias, vicios, patrones arbitrarios y traiciones instintivas, con todo eso juramos, con la totalidad de nuestro ser, que un dios existe, que creó todo lo que vemos y lo que no, y que aún estando fuera del alcance de toda compresión, podemos inferir de él valores morales, o un orden cósmico, o un gran planificador o velador de nuestros intereses. Incluso vida eterna.


Vaya ego. O vaya miedo.


Por supuesto que el mismo orden de ideas aplica para los ateos, pues así como no hay evidencia objetiva acerca de la existencia de fenómenos y entes metafísicos, tampoco la hay para la no existencia. Esto aún a pesar de la contradicción lógica que entraña la mayoría de los dioses humanos.


La siguiente etapa se torna luego en el “todos somos uno”. Y esto constituye una certeza comprobable, porque, en efecto, en algún momento de la historia del universo toda la energía y masa que nos compone provino de un solo punto. Además, todos los seres vivos estamos compenetrados en macro y microsistemas simultáneos, de tal manera que lo que haga una especie afecta a otra, por muy lejana y distinta que sea. Pero no hay nada metafísico en ello, por lo menos no objetivamente. Que tal cuestión sea un evento místico, de nuevo, depende de la perspectiva de cada quien. Evidentemente esto aplica también para el pensamiento de que todos los dioses, en todas sus variantes, son uno solo. Es lo mismo.


¿En qué basar entonces el sentido de la existencia? Ya no hay moral que valga, ni dioses, ni nada espiritual. Ya nada es bueno o malo, ya no hay infierno ni cielo, ni pecado ni virtud. ¿Qué es lo que la vida podría esperar de mi entonces?


(Sigue en la segunda parte)





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martes, 2 de marzo de 2010

ACERCA DEL SENTIDO DE LA VIDA Y DEL VÉRTIGO DEL LIBRE



Bajo un estirado fogueo existencialista que nos ha tomado años en madurar (pero que aún estaba verde), mis amigos y yo mirábamos al mar de la mañana. Sin premeditarlo, en ese día intercambiamos un diván por la arena, el incienso por una brisa playera; y nuestra mirada, en vez de posarse en una cara inexpresiva y escrutadora, se perdía más allá, lejos, en el lugar en el que supuestamente Dios separó las aguas del cielo.      
Uno de nosotros preguntó: “Si todos los humanos muriesen hoy, ¿cuál hubiese sido el sentido de su existencia?”. Y pareció natural, dada nuestras almas deductivas, extrapolar: “¿Cuál sería el sentido de la última generación de los humanos? Si no viniese nada más, si el humano fuese lo ulterior, ¿cuál hubiese sido su sentido de existir?”. Un rotundo silencio nos hizo la cortesía de introducir luego un unánime “no se”.      
Esto ocurrió el año pasado. Y un vaho se apoderó de mi.      
Siempre había intuido que el sentido de la vida, de todo lo que vive, era evolucionar. Eso lucía perfecto, puesto que encajaba en todos los seres. Todo lo que vive se desenvolvía ante mis ojos en una lenta espiral ascendente, procurando justamente eso, vivir. Todo lo que vive lo hace hasta donde es necesario, y cuando se tiene una prole, se vive también a través de ella. Para mi la vida se regurgitaba siempre a sí misma, violando toda física, recreándose a partir de la nada, en un sistema que siempre la refinaba un poco más y más. El deber de los hijos era redimir a sus padres, así lo pensaba y luego así me lo ratificaba Nietzsche. Decía: “Ser un puente es lo que más amo del hombre”, y con ello me hacía sonreír.    
¿Pero qué tal si la espiral truncaba? ¿Qué tal si todo lo que vive pereciera hoy mismo, a la vez? ¿Qué sentido tendría todo pasado? Pronto caí en cuenta de que la evolución es una herramienta de adaptación, no de refinamiento per sé. No se evoluciona para ser mejores, en función de lo que nuestro patrón de virtudes nos sugiere como el camino a tomar; se evoluciona para poder acoplarnos de la manera más ventajosa a los eventos externos. Si en el futuro sólo los seres gigantes tienen la supervivencia garantizada, nosotros “evolucionaremos” hacia los dinosaurios. ¿Por qué? Porque la vida no busca ser ni mejor ni peor, sólo busca vivir.    
Y estando suficientemente sano de todo dogma religioso, más allá de todo bien y todo mal, más allá de toda dualidad, más alto que todas las palabras y sus ilusiones, incluso más arriba del instinto del “todos somos uno”, encuentro sólo la nada, la contingencia filosófica, la posibilidad de haber sido o no, la gratuidad total, la vacuidad total, la náusea de Sartre.  
Y en un acto de suprema sinceridad, convirtiéndome a mi mismo en una mínima gota de agua, me volví emesis de emesis, la fusión de la boca con la cola, un círculo cerrado, escudriñándome mis más oscuros instintos. Y halle una de las grandes ilusiones: el control.    
Reconocí entonces eso que es tan humano, y más aún, tan animal. Esa forma inconciente e instintiva de unir puntos para conseguir patrones, de unir eventos buscando causas y efectos, construyéndome costumbres, rutinas, eliminando toda adaptación primigenia, sesgando toda posible sorpresa. Me descubrí tomando un puñado de variables y sometiendo a la naturaleza a seguir las relaciones entre ellas, aferrándome con todo lo que tenía a una razón de ser. El control, una de las grandes ilusiones, era lo que me dictaba reconocer un sentido. Falso.     
Era el miedo, la inseguridad, la que se disfrazaba de causalidad. “El azar no existe”, “el caos es un orden no entendido”: he ahí mi miedo animal hablando. “Dios no juega a los dados” y de repente Einstein y yo nos hacíamos iguales bajo el techo del temor. Pero el hecho real es que el “hombre está condenado a ser libre”, como bien decía Sartre, y me atrevo a asegurar que no solamente el hombre, sino todo.     
¿Y es que a quien le gusta ser un náufrago del vacío? ¿Será que por ser producto de una madre y un padre, nos condicionamos a negar la orfandad total?     
Y aquí comienza el devenir, la nausea, la alienación. El ver sin observar, el tocar sin sentir, la desrealización. El existir sin vivir. Arrojados al mundo sin ningún sentido, da lo mismo cómo vivir, da lo mismo cómo morir. El más allá vale lo mismo que el más acá. Todo es relativo y subjetivo. Toda verdad tiene bases de arcilla y toda razón no es más que el consenso en un axioma. Aferrarse a un dios personal resulta lo más tentador, pero en seguida te descubres siendo un infante perdido que clama por su madre. Y rectificas.     
Desde el punto de vista de la vida misma, ese vaho es decadencia, porque ese vaho busca la muerte. La vida se vuelve un absurdo, una broma de mal gusto, una realidad dañina a los instintos. Y la risa de tus congéneres te parece inocente e idiota y juras que son ciegos de la más transparente de las celdas. “Las cárceles invisibles” las solía llamar. Aún las llamo así.  
Pero la misma espiritualización de la vida que hace del hombre despierto un lastre que respira, es la misma solución a esta enfermedad. Solo hay que recordar que no se debe moralizar los fenómenos. La vida no es un absurdo, la vida es. Eso es todo. Afirmar que la vida es un absurdo es un absurdo en sí mismo, una suerte de ecuación implícita. No se puede afirmar tal cosa ni desde un punto de vista lógico, ni ontológico ni existencial.     
Desde un punto de vista lógico, la vida no es un absurdo puesto que no entraña contradicción. Si hubiera contradicción, no habría vida. Desde un punto de vista ontológico, la vida no es un absurdo, porque si lo fuera, la vida no sería. La vida es, es evidente. La vida existe, es evidente. Muy aguas abajo, la vida deviene, se desarrolla, se desenvuelve, pero ahí está.      
Ahora bien, ¿por qué la vida no es un absurdo desde un punto de vista existencial? Porque no tenemos derecho a catalogarla como tal. Para ello, necesitaríamos vivir mil vidas más, de mil modos distintos, en mil universos distintos. Luego es que podríamos establecer comparaciones para decir si esta vida es un milagro o no, si es hermosa o no, si es un absurdo o no. E insisto, sólo serían comparaciones, relaciones, calificativos relativos, no valores absolutos. Porque repito: la vida es, y nada más.    
Ha pasado un largo año desde aquella vez con mis amigos, la última vez que tuve contacto con el mar. Un año que ha sido una década para mi. En esa década (que bien vale acotar, también es relativa, subjetiva y oriunda de los caprichos de mi ser) descubrí que el sentido de la última generación de la humanidad es el mismo que el de todas las generaciones de humanos que han sido vomitados en esta tierra. Es el mismo que el de todos los seres vivos que han existido, que el de todos los planetas, soles y universos que han sido y serán: Ninguno.    
Es difícil asimilarlo, pues muy bien me dice la mujer que quiero: “Entre lo cognitivo y lo conductual hay un abismo”. Pero toda vida es conflicto, toda existencia es entropía. Y ante la orfandad natural que nos dejarán nuestros padres algún día, ante la orfandad de Dios que nos dio el Árbol del Conocimiento, ante la orfandad metafísica que nos da la sinceridad con uno mismo, sucede el mayor de los abandonos, o por qué no, la última de las ataduras, el mayor de los conflictos.    
Es aquí en donde tenemos la oportunidad de ser los emperadores de nuestro propio universo. Podemos ser los niños que necesitan las manos invisibles de sus padres para caminar, o podemos ser nuestros propios regentes, darnos nuestro propio sentido y significado. ¿Es tan peligroso jugar a ser nuestra propia divinidad? Yo os invito al riesgo. Lo prefiero antes de volver a ser un catobeplas existencial. 
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martes, 9 de febrero de 2010

Ideas y reflexiones (o mentiras perfumadas)

El contenido de "ideas y reflexiones" se puede categorizar, para facilidades de búsqueda, en subcategorías no-rígidas, como Filosofía, Ensayos, Teología y Literatura. Dichas sub-categorías revelan la temática esencial de sus artículos, pero muy bien los mismos pudieran ser una combinación de varias temáticas a la vez.
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FILOSOFÍA
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"El Banquero Anarquista - Fernando Pessoa. Un tributo."

"¿Cómo filosofar?"

"¿Qué es un intelectual? - Jean Paul Sartre"

"Demostración de que la vida NO es absurda"

"Preludio acerca de la Moral Adecuada"

Autores invitados

"Yo solo se que no se nada" - Manuel Zapata González




ENSAYOS
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"Te amoro"

"Breves consideraciones anodinas del tiempo"

"Pensad como político y entenderéis"

"La superficialidad y la banalidad"

"Profetas, Biblias y Ética Comunicacional"

"Nietzsche y el Origen del Alma"

"La Apuesta de Suniaga: Una Afrenta a Pascal"

"Similitudes Éticas entre el Budismo y el Platonismo"

"Dios No es Autor de los Milagros"

"El Jesús de Nazareth Histórico"

"Entendiendo la Naturaleza de Dios"

"El Arte del Buen Morir"

"El Desangre de Vargas Llosa contra la Idiotez de Galeano"

"El Peligro de los Misticismos"

"Con el favor de Dios"

"Fundamentalismo democrático"

"Existencialismo: Don y Maldición. Parte III."

"Existencialismo: Don y Maldición. Parte II."

"Existencialismo: Don y Maldición. Parte I."

"El Neo oscurantismo"

"El Karma como espiritualización de la venganza"

"Crítica a las doctrinas igualitarias. Caso particular: Socialismo"

"Acerca del sentido de la vida y del vértigo de ser libres"

"Psicología de un dios"

"Soy maravillosa"

Autores invitados

"Motivación, capitalismo y desarrollo" - Manuel Zapata González.




TEOLOGÍA
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"Memorias de un exorcista. - Gabriel Amorth. Comentarios"

"El Pecado Ancestral"

"Dios según Parménides"

"Dios según Aristóteles"

"Suma Teológica - Quinta Vía"

"Suma Teológica - Cuarta Vía"

"Suma Teológica - Tercera Vía"

"Suma Teológica - Segunda Vía"

"Suma Teológica - Primera Vía"

"Análisis de "Confesiones" de San Agustín de Hipona. Tercer libro."

"Análisis de "Confesiones" de San Agustín de Hipona. Segundo libro."

"Análisis de "Confesiones" de San Agustín de Hipona. Primer libro."



LITERATURA
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"Liubliana - Eduardo Sánchez Rugeles. Comentarios"

"La vuelta al mundo en 80 días - Julio Verne. Comentarios"

"La Genealogía de la Moral - Friedrich Nietzsche. Comentarios"

"La República - Platón. Comentarios"

"El Libro de Enoc. Comentarios"

"Evangelio de Judas - Rodolphe Passer, Marvin Meyer, Gregor Wurts. Comentarios."

"Lecciones Preliminares de Filosofía - Manuel García Morente. Comentarios"

"1984 - George Orwell. Comentarios"

"El Mito de Sisifo - Albert Camus. Comentarios"

"El pasajero de Truman - Francisco Suniaga. Comentarios"

"La Peste - Albert Camus. Comentarios"










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