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martes, 28 de diciembre de 2010

DIOS SEGÚN ARISTÓTELES


S
i bien es cierto que la filosofía exige un devenir del pensamiento supremamente más riguroso que todos aquellos misticismos espirituales y religiosos (a los que la tradición nos mantiene lamentablemente acostumbrados), también es factible observar nacer de ella una teología, pero proveniente de los más profundos abismos mentales de varios reconocidos y escrupulosos pensadores. Esto no debe entrañar una contradicción, pues, como ya se ha dicho anteriormente en estas páginas, cada Dios es del tamaño de la conciencia que lo elucubra. Justo por esto, analizar el problema de Dios desde el punto de vista de la filosofía, más que parecer algo insólito, es elevar el nivel del debate a uno más sublime, responsable y profundo.

Esta oportunidad será correspondiente a la teología de Aristóteles, el artífice por excelencia de toda la arquitectura filosófica de la Grecia antigua, y por ende, de una muy extensa parte del conocimiento de la humanidad hasta bien entrada la Edad Media. Este titán del pensamiento fue discípulo directo de Platón a la vez de ser su gran amigo, lo cual no evitó que fuera su principal crítico y reformista de la filosofía de aquel.

Bajo una concepción metafísica en la que Platón había dividido el mundo en dos, a saber, en una realidad de las ideas y de las cosas en sí y en una realidad ilusoria, remedo imperfecto de la primera, que sería la que nos rodea y a la que estamos acostumbrados; Aristóteles había analizado esta concepción, la había puesto bajo sospecha, y luego logró refutarla para hacer de lo que había de cierto en ella una filosofía mucho más sólida e inexpugnable. Así fue cómo Aristóteles se coronó como el padre del Realismo, al refutar elegantemente ese dualismo platónico de dividir la realidad en dos planos, y al demostrar que no existe un mundo atrás del mundo, ni por encima del mundo, ni más allá del mundo. Desafortunadamente pareciera que aún hoy varios “pensadores” no se han percatado de esta refutación, e insisten en colocar el centro de gravedad de la verdad en planos místicos, imperceptibles y anacrónicos de realidad alterna. No es de extrañar que muchos “filosofillos” y “espirituales” del hoy sean preponderantemente platónicos. O Kantianos.

Así es pues como Aristóteles establece en su Metafísica, en su Física y en su Psicología retazos de ideas que en conjunto conforman una concepción de Dios bastante particular, muy distinta a las concepciones religiosas comunes, y sobretodo, muy superior. Para entender el dios de Aristóteles hay que comprender primero lo que significa el concepto de contingencia, desde el punto de vista filosófico.

Un fenómeno en la vida es contingente si así como ha ocurrido muy bien pudo haber ocurrido de otra manera. Nosotros, por ejemplo, hemos nacido, pero si las circunstancias hubiesen sido de forma diferente, no estaríamos aquí. Es decir, que nosotros somos contingentes, o para decirlo en otras palabras (a fin de llegar a la rigurosidad filosófica), no somos necesarios: al ser pero con la posibilidad de no haber sido, no tenemos (en nosotros) una razón que fundamente o justifique nuestra existencia. Existe pues una identidad, una especie de equivalencia, entre ser contingente y no ser necesario. Luego, después de unos momentos reflexivos, es fácil concluir que todo en la vida es contingente o innecesario; que así como han ocurrido los eventos que han desembocado en este presente muy bien pudieron haber derivado en algún otro. Vale destacar que gracias a que somos contingentes se demuestra que somos libres, y por lo tanto, responsables de nuestros actos.

Desde la perspectiva aristotélica, si algo es contingente o innecesario, entonces debe su razón a otra cuestión precedente que le haya guardado su fundamento. Si éste algo precedente sigue siendo contingente, entonces debe su razón a un tercer “algo” anterior al que le deba su fundamento. Ascendiendo sucesiva e infinitamente, Aristóteles concluyó que debe existir un ser que sea necesario por él mismo, que no sea contingente. Ese ser sería Dios.

Es por ello que para este filósofo no haría mayor falta demostrar la existencia de Dios, porque si su argumento de la no-contingencia es cierto, tan solo con ver las cosas que nos rodean estamos certificando que Dios existe. ¿Cómo es que las cosas y nosotros existimos? Existimos porque tenemos un fundamento, una razón de ser para existir, y la fuente de ese fundamento es justamente Dios. Por lo tanto, todo lo que existe nos remite inevitablemente a la absoluta necesidad (no-contingente) de una divinidad planificadora.

Por otro lado, Aristóteles reconocía en la contingencia, en lo no necesario, movimiento. ¿Qué es movimiento en este contexto? Movimiento significa una transferencia, un devenir, un transcurrir, un ser que pasa a un no ser. Ser contingente es estar en movimiento, es un “no” a lo inmutable y a lo real en si; al no ser necesario, se es un tránsito y no un fin, se es una relatividad y no un absoluto. Por esta razón, si Dios no es contingente, no puede tener movimiento. La inmovilidad (que implica inmutabilidad) es la primera característica de Dios que se deriva de lo anterior.

Asimismo, si Dios resulta inmovible, entonces no puede ser material. Todo lo que posee materia es susceptible de movimiento, pues lo material cambia, es y no es sucesivamente. Y lo material no solo posee movimiento en cuanto a naturaleza y esencia, sino que también, desde un punto de vista más básico, es susceptible de cambio en cuanto a posición y forma. Por todas estas razones, por ser lo material un sinónimo de lo mutable, la inmaterialidad de Dios es otra de Sus características.

Otra de las implicaciones de la no-materialidad de Dios es su no-posibilidad o no-latencia, sino que empero es inmanentemente presente. Dios es, según las palabras de Aristóteles mismo, el “acto puro”. Explicándolo: la materia, como ya se ha mencionado, implica un movimiento, y este movimiento implica a su vez una latencia de ser. La materia, al cambiar, va deviniendo, va siendo y transformándose constantemente en otra cosa, va sucediéndose a sí misma. Lo material por tanto implica posibilidad, implica un futuro distinto al presente, una potencialidad de “llegar a”, “de ser”, de “convertirse en”. Ergo, si Dios no es material, no puede encerrarse en Él posibilidad alguna, ni potencialidad ni latencia. Dios es. Dios no puede estar siendo, Dios no puede llegar a ser, Dios es el ya; no es ni pasado ni futuro, sino el presente mismo, es la franja justa que divide lo pretérito de lo venidero. Es el pleno instante, el pleno acto, el acontecer mismo ya ejecutado.

Entonces, si Dios es necesario, no-contingente, inmóvil, inmaterial; si no posee latencia ni posibilidad sino que ya es, si es el acto puro, si no coexiste en un plano de realidad alterna Dios es pensamiento puro.sino que existe en esta realidad, la única realidad, ¿cuál es la actividad de Dios? La actividad de Dios sería el pensamiento puro. La única forma de que Dios se mantenga como la causa primera y la justificación primera de todas las cosas, a pesar de ser inmutable, inmóvil, inmaterial, no-latente y existente en el mismo plano real, es, según Aristóteles, que sólo se permita “pensar pensamientos”. O “Noesis noeseos”, como el filósofo dice. Más aún, el único pensamiento en el que puede estar pensando Dios es en Él mismo, porque el pensamiento de Dios no puede dirigirse a las cosas más tanto en cuanto son ellas productos de sí mismo.

Como se puede deducir, esta “especie” de divinidad no puede hacer algo más que pensar, porque sino violentaría su inmovilidad. No puede permitirse el sentir, pues sentir es imperfección. No puede desear, ni apetecer, ni querer, pues esos son síntomas de latencia y carencias. No puede emocionarse; mucho menos, en contraste con las divinidades populares, podría ser juez o verdugo, ni un ente que premie o castigue. Este Dios somos nosotros mismos y todo lo que nos rodea, somos sus pensamientos. La realidad, la única realidad existente, es un subproducto de la intelección pura de Dios, en donde Él sería su base creadora primera y su justificación única primigenia. Cabe destacar que cualquier rito o tradición religiosa en esta concepción está completamente fuera de lugar.

Pues bien, he aquí a grandes rasgos toda la teología aristotélica. Es con certeza una concepción de Dios mucho más avanzada y profunda que la concepción antropológica tradicional (un dios padre, moral, bueno, represor y cumplidor de deseos), aunque para ser rigurosos, todavía persisten en el filósofo algunas ideas muy antropológicas, como eso de un "dios pensante", por ejemplo. En el mismo orden de ideas, bien vale acotar que la arquitectura filosófica de Aristóteles fue válida hasta el siglo XVI, en donde los nuevos avances científicos y el movimiento renacentista que le hizo compañía echaron por tierra sus bases metafísicas y ontológicas. Digamos que el asunto de la contingencia y de las causas primeras fue resuelto luego, sin necesidad de intervenciones divinas.

Hasta una nueva oportunidad. Muchos saludos.






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lunes, 20 de diciembre de 2010

LA APUESTA DE SUNIAGA: UNA AFRENTA A PASCAL


A
parte de la fe como medio de certificar la existencia de los dioses, algunos filósofos y pensadores se han dado a la tarea de demostrarla también por medio de la razón y desde su perspectiva como creyentes. En esta oportunidad no es una demostración, sino más bien un argumento utilitario, lo que se plantea publicar a continuación.

Blaise Pascal fue un físico, matemático, filósofo y teólogo que en 1670 ideó la siguiente argumentación, en afán de mostrar cómo es más ventajoso ser un creyente que un no creyente. En su libro “Pensamientos” explica que:

“Usted tiene dos cosas que perder: la verdad y el bien, y dos cosas que comprometer: su razón y su voluntad, su conocimiento y su bienaventuranza; y su naturaleza posee dos cosas de las que debe huir: el error y la miseria. Su razón no está más dañada, eligiendo la una o la otra, puesto que es necesario elegir. He aquí un punto vacío. ¿Pero su bienaventuranza? Vamos a pesar la ganancia y la pérdida, eligiendo cruz (de cara o cruz) para el hecho de que Dios existe. Estimemos estos dos casos: si usted gana, usted gana todo; si usted pierde, usted no pierde nada. Apueste usted que Él existe, sin titubear.”

Buscando un sentido más pragmático, la misma argumentación puede resumirse y esquematizarse de la siguiente manera:

• Puedes creer en Dios; si existe, entonces irás al cielo.

• Puedes creer en Dios; si no existe, entonces no ganarás nada.

• Puedes no creer en Dios; si no existe, entonces tampoco ganarás nada.

• Puedes no creer en Dios; si existe, entonces no irás al cielo.

Esta argumentación es popularmente conocida como “La apuesta de Pascal”. También es muy conocida su invalidez, pues ha sido harto refutada. No es la intención de las líneas presentes publicar dicha refutación, la cual es accesible en un gran número de publicaciones anteriores. Sólo digamos que haciendo una justa tasación de las palabras de Pascal, el filósofo Mario Bunge ha dicho al respecto que la misma es “a la vez científicamente falsa, filosóficamente confusa, moralmente dudosa y teológicamente blasfema”.

Es factible, en retaliación a Pascal y por medio de su estilo utilitarista, plantear una nueva propuesta para los creyentes. La denomino, no sin salpicarla con algo de sátira, como “La apuesta de Suniaga”. Luego, también esquematizando las ideas, se tiene:

• Puedes no creer en Dios. Si no existe, estarás en lo correcto.

• Puedes no creer en Dios. Si Dios existe, pero no tiene un Plan Divino para su creación, no tendría entonces necesidad de establecerse como un ente rector y juez de actos morales al final de nuestras vidas. Ante un universo (filosóficamente) contingente, no regulado, no planificado; nada en específico, en rigor, tendría razón de ser esperado. En este caso, bien se puede creer o no creer en Dios, sin ninguna ventaja que beneficie alguna de las dos decisiones.

• Puedes no creer en Dios. Si Dios existe, no tiene un Plan Divino, más sí acontece que es un juez de los asuntos morales humanos al final de nuestras vidas, entonces este dios es uno creador y juez. En toda la magnificencia esperada de un ente como tal, una perfecta justicia y moral que emane de Dios no podría de ninguna manera remitir castigos o recompensas eternas a cambio de una vida finita, ni cometer la injusticia de reprender a sus creaciones habiendo sido de Su deseo el que tuvieran serias imperfecciones, ni mucho menos evaluar negativamente el uso de una razón escrupulosa al someterle a una legítima duda en honor a la verdad. En este caso, se podría asegurar que el no creer es más ventajoso, pues implica ante Dios una honestidad de alta valía, congruente con el uso de la razón y de un espíritu amante de las verdades profundas.

• Puedes no creer en Dios. Si Dios existe y tiene un Plan Divino, no existe ninguna responsabilidad en los actos de los seres humanos, pues todo evento ya está predeterminado en Su intención. Esto incluye el negarle o someterle a duda: también estaría dentro del plan.

Finalmente se debe agregar que en cualquier otro caso, diferentes características de un dios nos llevarían a la inevitable conclusión de que es in extremis similar a los seres humanos, y se tendría que concluir que dicho ente no es más que una magnificación de las más imperfectas pasiones y temores. Si Dios existe y resulta de tal manera, al ser tan parecido a nosotros, nos coloca entonces en una posición en la que debemos reflexionar si nos subvaloramos como seres humanos o si hemos sobrevalorado a Dios en cuanto a dios.






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lunes, 6 de diciembre de 2010

DIOS NO ES EL AUTOR DE LOS MILAGROS


E
n un ensayo anterior se analizó la perspectiva de la intervención divina en la vida diaria en una metodología que partía desde el autor del milagro (típicamente asociado con Dios) hasta la realidad material del mundo humano. En esta oportunidad se invertirá la metodología para partir entonces de nuestra realidad a una conclusión que nos arroje las características del posible autor del milagro, presuponiendo como principio, y como ejercicio imaginativo, claro está, que los milagros existan.

Para la presente tarea será importante recurrir a dos definiciones: la definición de milagro y la definición de Dios desde la perspectiva ortodoxa y más frecuente.


Milagro: Evento aislado que ocurre en un particular de forma beneficiosa, de poca probabilidad y sin explicación suficiente, atribuible a una divinidad o ente metafísico.


Dios: Ente metafísico máximo, creador de todo lo existente, al cual se le atribuye las capacidades de omnipotencia, omnisciencia, omnibenevolencia y perfección.


Con lo anterior listo, procedamos a evaluar las implicaciones de los milagros. A continuación enumeraré sólo tres. Pudiesen existir algunas otras, pero para las conclusiones de este análisis sólo bastará con la validez de una sola de ellas. Ofrezco estas tres pues se me revelan de forma bastante explícita una vez comenzados los razonamientos. Helas acá:

1) El milagro implica que alguna divinidad o ente metafísico manifieste su voluntad en querer modificar el curso de los eventos para beneficio de algún particular. Esta “manifestación de voluntad” traducida en ese querer modificar la realidad implica no sólo un cambio de ésta última, sino también un cambio en la postura de la divinidad misma. Existe un antes y un después del milagro, en donde en ese antes la divinidad no habría intervenido y en el después ya lo habría hecho. Por lo tanto durante el milagro hay un movimiento, un cambio o una variación en la divinidad para llevarlo a cabo.
El cambio en la divinidad implica que la misma no es inmutable. Si la divinidad no es inmutable, significa que en efecto puede cambiar en alguna circunstancia, de manera ascendente o descendente, para mejor o para peor, en virtud o en vicio, de alguna manera o de otra. En pocas palabras, la inmutabilidad implica incorruptibilidad, y esta divinidad no poseería tales atributos.

La consecuencia de ello es la imperfección del ente metafísico. Una divinidad que hace milagros no es inmutable, ni incorruptible: ergo no es perfecta.


2) El milagro, tal y como se ha definido, beneficia a algún particular. Esto significa que el curso natural de los eventos es modificado, y si se quiere, supeditado, para esa ocasión tan especial (que es el milagro). Toda la realidad, en vista de su evidente interconexión de todo con un todo, se redefine, pues, en función del acto milagroso. No solo podría ocurrir que todo confabula por voluntad del ente místico para que el milagro ocurra, sino que al ocurrir, lo que antes tendría que pasar de forma natural ya no ocurre, sino que es modificado para convertirse en otro futuro.


Muy bien, esto tiene dos consecuencias simultáneas. La primera de ellas es que el beneficiario del milagro poseerá una fortuna o ventaja sobre los que no son beneficiarios. La segunda consecuencia es que, bajo la alteración del mundo, ante esa interrupción de lo que iba a suceder por lo nuevo que ahora ocurre luego del milagro, algo en la realidad debe perjudicarse necesariamente en algún momento a causa de esta modificación de los eventos. O dicho de otra forma, el milagro tendrá necesariamente algunas consecuencias negativas en su entorno, en virtud del mundo holístico e interconectado en el que vivimos, a través de las causas y los efectos.


Es fácil observar entonces que tanto el beneficio parcial del particular como el mal ocasionado por la alteración de los eventos implican una carencia de igualdad ante los sucesos de la vida. Luego es legítimo denominar como injusto al autor del milagro.

3) Si la realidad es modificable por un ente metafísico, significa que no es perfecta. Si fuera perfecta, cualquier cambio en ella tendría como consecuencia su imperfección, en vista de que la perfección involucra un único y máximo estado de refinamiento. Por otro lado, si la realidad era imperfecta y la intervención divina, por medio de un cambio, la convierte en perfecta, el mundo, antes de ese cambio, tendría que ser, obviamente, imperfecto.


Sea lo uno o lo otro, si el mundo o la realidad es imperfecta, y si se presume ésta como la creación de un Creador, entonces dicho Creador es imperfecto. Se debe analizar esta situación con cautela y claridad.


Un Creador perfecto, necesariamente, da origen a creaciones perfectas, pues de la misma manera en que el color blanco no puede ser artífice de lo oscuro, un ente perfecto no podría emanar de sí, de forma natural, algo imperfecto. Por lo tanto, si la realidad o el mundo es imperfecto, su Creador, en caso de haber tal, ha de ser imperfecto también.
No obstante esa es una de las alternativas.

La otra alternativa es que el Creador siendo perfecto (y aquí tendría que presumirse que sea todopoderoso,Dios no hace milagros. lamentablemente sin demostración) haya sido capaz de crear un mundo imperfecto, tal cual como se ha hecho patente que lo es. Si el mundo y la realidad son imperfectos, todo lo que contienen también corresponde a dicha categoría. Como se ha presupuesto que el Creador de esta clase de mundo o realidad es perfecto, si es además un ente moral, ha de ser moral en perfecto grado.


Si la realidad fue diseñada imperfecta (o susceptible de imperfección) adrede, significa que todo lo que ella engloba, en cuanto a valores morales se refiere, es (o será) imperfecto y siempre corruptible; y no solo eso, sino que también así fue concebida en un principio por su Creador. La maldad, sinónimo de lo corrupto en los ámbitos de la ética, muy bien calza en esta clase de mundo, pero contradice, empero, a un Creador que se ufane de ser perfectamente moral, o por lo menos perfectamente bondadoso.


De tal manera se tiene que si el mundo es imperfecto a propósito, un hipotético Creador suyo no podría ser omnibenevolente, pues toda imperfección, en términos morales, implica maldad, y esta maldad tendría que estar asociada necesariamente a la esencia y planes iniciales del Creador.


En resumen y hasta ahora, se podría concluir lo siguiente:


• Si se cree en un milagro, y se presupone que la realización del mismo haya sido directa o indirectamente concebida por alguna divinidad metafísica, la misma necesariamente ha de ser de carácter mutable o cambiante, corruptible, imperfecta e injusta.

• Si se cree en un milagro, y se presupone que la realización del mismo haya sido directa o indirectamente concebida por Dios (bajo una definición ortodoxa de éste), dicho ente metafísico ha de ser de carácter mutable o cambiante, corruptible, injusto; y además, o bien imperfecto, o bien no omnibenevolente. Es decir, no sería Dios el realizador del milagro.


Como se ve, los milagros no pueden ser una manifestación de Dios. En el mejor de los casos, si se insiste en la creencia de los mismos y en su origen divino, han de ser entonces oriundos de alguna otra divinidad o ente superior. Este asunto deriva en una inevitable diatriba, desde el punto de vista del creyente. Si se cree en los milagros, hay que colocar el sistema de creencias particular sobre la mesa y evaluarlo, en vista de las serias repercusiones que tales eventos especiales implican.

En otro orden de ideas, la omnipotencia de Dios podría lucir como un argumento suficiente para explicar todo el desbarajuste lógico que los milagros y la definición de Dios entretejen. No obstante, el tema de la omnipotencia es uno muy amplio, y se tratará en un breve futuro. Adelanto que más que cuestionarse el hecho de la omnipotencia absoluta de los dioses, más genuino será preguntarse hasta qué punto es posible conciliar la omnipotencia divina con el más básico uso de la razón.


Muchos saludos.




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sábado, 27 de noviembre de 2010

EL JESÚS DE NAZARETH HISTÓRICO


S
orprendente es el hecho de que en el mundo actual, sobretodo en occidente, los basamentos fundamentales de la moral, el ideal de vida del humano promedio, sus aspiraciones, sus temores, sus repudios, sus propósitos, incluyendo incluso el tiño en las instituciones y sociedades organizadas; todo ello se encuentre impregnado por el Cristianismo, bien sea en la perspectiva católica, o bien sea en su doctrina protestante y/o reformista. Más sorprendente aún, debo decir, es el hecho de que todo el aparataje del Cristianismo se deba a tres grandes causas: la autoridad, la tradición, y la revelación. Todas ellas se resumen en medida más o menos equivalente en la Biblia, y no existe prácticamente ninguna otra evidencia en la cual apoyarse.

La pregunta legítima que sobreviene a la mente sensata resulta entonces en preguntarse si en verdad es genuina toda la base con la cual el mundo de hoy está sustentado. O en pocas palabras: ¿Jesús existió realmente? La técnica moderna de análisis histórico nos proveerá con precisión la respuesta. En consecuencia, estimado lector, la conclusión a la que lleguemos repercutirá directamente en las bases éticas de su vida.

La Universidad de Yale se vale del internet para proveer algunos cursos abiertos a cualquier persona que tenga ansias de conocimiento. Entre estos cursos, se encuentra la cátedra de Estudios Religiosos, impartida por el profesor David Martin, una eminencia en el área, con una dilatada carrera y reconocimiento profesional. Las clases de la Universidad de Yale son sencillamente magistrales, y en el tópico que nos atañe en este artículo, sería un desperdicio no valernos de tal calidad para expandir nuestro criterio. Veamos, en consecuencia, qué se puede extraer de la siempre polémica figura de Jesús de Nazareth:




Se pudiera pensar que más allá de la Biblia no existe evidencia histórica de Jesús, en vista de que el frecuentemente argumentado párrafo de Flavio Josefo, en donde se explicita a un hombre que “realiza grandes milagros”, fue en efecto una inserción posterior, y por lo tanto falaz. Asimismo, los textos variados que aluden a un “Cristo” en aquel entonces tampoco son de fiar, porque la palabra “Cristo” era usada con mucha frecuencia en aquel momento histórico para denominar a cualquier persona.

No obstante, en aras de un consenso serio por parte de los historiadores para establecer un método eficaz y riguroso de dilucidar la veracidad de los eventos históricos, tenemos en la actualidad una metodología historiográfica harto discutida y refinada, incluso, durante las mismas postrimerías del siglo XX. Son reglas modernas y fundamentales que deben cumplirse unánimemente, las cuales son:


Atestiguación múltiple: Se deben contar con dos o más fuentes independientes que den fe acerca de un hecho.

Disimilaridad: Cuando lo relatado por una fuente va en contra de la tendencia o intención de la fuente misma.

Coherencia social: Cuando las consecuencias extraídas de un presunto evento o personaje en particular poseen congruencia con el actuar o desenvolvimiento de lo que es presunto en su presente, dentro de su mismo contexto (por ejemplo, verificar que el cristianismo como religión o movimiento guarda sentido con los actos de Cristo en vida)
.

Coherencia simple: Cuando un evento o personaje presunto guarda congruencia con el contexto que le rodea y es consecuente con naturalidad con las tres reglas anteriores (por ejemplo, el hecho de que Jesús pudo haber tomado vino).

Además de las reglas mencionadas, es menester explicar dos cuestiones fundamentales. La primera de ellas es la diferencia existente entre lo ocurrido fidedignamente en el pasado y lo que es denominado como historia. De ninguna manera la historia es un devenir fiel acerca de lo que ha ocurrido. Como lo explica perfectamente el profesor Martin, si uno quisiera exponer fielmente lo que fue la Guerra Civil norteamericana, se tendría que revelar cada minúsculo detalle de lo acontecido en ese período, lo que hizo cada persona, lo que pensaron, cada roca que fue movida, cada bala que fue disparada, cada respiración hecha por seres vivos en ese período. Esa sería la única forma de rescatar fielmente lo pasado, y ciertamente es una forma imposible por los momentos. Lo pasado, en cuanto a realidad, ha pasado radicalmente, y no puede volver a aprehenderse.

Por otro lado, lo que profesionalmente se denomina como historia, es una recopilación, una construcción o re-construcción actual de los eventos pasados; es un recuento de lo característico y cierto del evento o personaje que se estudia. No es la realidad de lo que ocurrió, en el sentido de una nueva experimentación de lo que ha sido real, sino una representación actual, un constructo, que es imagen de lo que ha ocurrido.


En este sentido, lo que se desea aclarar es que un evento histórico no es la realidad fiel de un evento pasado.


El segundo aspecto fundamental a aclarar es que, en cuanto a la Biblia, suele pensarse que es un único texto, cuando en realidad nos olvidamos de que es una compilación de varios libros; algunos escritos en diferentes momentos y contextos. Por lo tanto, aunque varios de ellos tengan conexión “filial” o “inspiracional” entre sí, otros muy bien son completamente independientes. Al hacer sección sobre estos últimos, se puede operar con la regla de atestiguación múltiple sin problema.


Con lo anterior suficientemente aclarado, lo enseñado por el profesor Martin en el video se puede reducir en lo siguiente:

• Hay discrepancias importantes entre Mateo y Lucas en cuanto al nacimiento de Jesús y no hay certeza confiable en cuanto a los acontecimientos del traslado de José y María. Todas las historias de la natividad son relatos muy posteriores. Lo máximo que se podría decir es que Jesús nació en Nazareth, y que hubo una intención posterior de hacerlo nacer en Belén, para así poder cumplir con ciertos requisitos proféticos anteriores.


• El Evangelio de Juan es marcadamente distinto de los demás evangelios.


• Hay problemas con el relato de la captura y el juicio de Jesús. No existe similitud en la narrativa entre el El Jesús histórico no es el Jesús teológico.Evangelio de Marco y el de Juan. Muchos de los académicos opinan que el juicio de Jesús no fue real. No solo por las diferencias entre los evangelios, sino porque durante tal evento, ninguno de los apóstoles estuvo ahí para hacer tal testimonio. Por otro lado, los romanos hacían juicios de ese tipo con mucha frecuencia y no dudaban en enjuiciar a alguien con rapidez. Todo el período del juicio en contra de Jesús es demasiado largo y va en contra de la tradición romana. Por lo tanto, los historiadores son muy escépticos respecto al juicio de Jesús y opinan que fue escrito posteriormente, de forma especulativa, por los primeros cristianos.


• Sin embargo, muchos historiadores reputados están de acuerdo con que Jesús de Nazareth fue un personaje histórico, que en efecto existió. Aunque es sumamente importante comprender que el Jesús teológico no es el Jesús histórico, en lo absoluto son equivalentes.


• No hay forma histórica de verificar que Jesús era Dios.


• El letrero en la cruz de Jesús, INRI (abreviatura en latín que significa “Jesús de Nazareth, Rey de los Judíos”), nos dice que ese evento fue histórico, pues el relato proviene de dos fuentes distintas. Mateo y Lucas copiaron sus evangelios a partir del de Marco, pero se sospecha que Juan no lo hizo, por lo que Mateo, Lucas y Marco conforman una fuente, y Juan conforma otra. Por otro lado, el calificativo “Rey de los Judíos”, no es una frase que profese la confesión cristiana de aquel entonces. Los cristianos, de haber modificado ese detalle en la escritura, no lo hubieran hecho de esa forma tan inconveniente. Va en contra de la tendencia de sus escritos y por lo tanto se sospecha que esto sí fue histórico.

• Se piensa que el bautizo de Jesús por Juan el Bautista fue un hecho histórico, pues cumple con la regla de la atestiguación múltiple y además también va en contra de la tendencia confesional cristiana. Cualquier escritor cristiano pudo haber pensado que si Juan es el que bautiza a Jesús y no al revés, eso haría lucir al primero como superior. Sin embargo, fue relatado de esa manera contraproducente, lo cual es un vestigio de que sí fue un hecho histórico.


• La enseñanza de Jesús acerca de la prohibición del divorcio cala en las reglas para ser considerada como histórica, al igual que el suceso en el templo, en el cual Jesús se enfureció con los mercaderes.


• El porte de la espada cuando atraparon a Jesús, cuando estaba reunido con sus apóstoles, también es considerado como histórico. Uno de sus apóstoles (tal vez Pedro) cortó la oreja de uno de los aprehensores de Jesús. Colocándonos en el contexto, si un grupo de judíos, a la medianoche, rodeando al que dice ser su líder y rey, porta armas (así sea alguno), era motivo suficiente para que los romanos apresaran a los involucrados, e incluso los crucificaran. Una revuelta latente de los judíos entre los romanos jamás sería permitida. Esto va en contra de la tendencia teológica cristiana, pues Jesús, según la misma, no fue un criminal, ni tenía motivos violentos.


• Cuando alguien le pregunta a Jesús acerca del bien, en Marco 10:18, y éste responde “¿Por qué me preguntas acerca el bien?; el único que es bueno es Dios". La respuesta, que pareciera renegar de la divinidad de Jesús, va en contra de la tendencia teológica cristiana. Por lo mismo se sospecha de su historicidad positiva.

• En Mateo 18, se piensa que todo lo referente a las reglas de la iglesia es una inserción posterior, y por lo tanto es falsa, no es histórica. Va en contra de la coherencia social en el contexto de Jesús. Los actos de Jesús sencillamente no calzan con la guía o constitución de una futura iglesia.

De todo esto, las conclusiones seguras, que no son víctimas de especulación en cuanto a la biografía e historicidad de Jesús de Nazareth, convergen en lo siguiente, sin permiso de ningún añadido no comprobado:

Jesús fue un profeta judío apocalíptico, quien fue en un principio seguidor de Juan el Bautista. Era un campesino de clase humilde, que hablaba fundamentalmente arameo. Conformó un grupo de confianza de 12 discípulos principalmente (adrede, de acuerdo a las 12 tribus de Israel), aunque su círculo interno incluía a más personas, incluso mujeres. Nunca enseñó el fin de la fe judaica, pero sí enseñó una versión más liberal de dicha ley. Nunca se vio a sí mismo como el fundador del Cristianismo ni como el fundador de una nueva religión; más bien se veía como un guía para el pueblo de Israel, advirtiéndoles y preparándoles para el fin de los tiempos. Fue ejecutado por cargo de sedición, por autodenominarse “Rey de los Judíos”, lo cual iba en contra de la ley, pues sólo el senado romano otorgaba la majestad real.


Por los momentos no se puede concluir más nada de tan especial personaje, y le invito a usted, estimado lector, a que realice un acto de reflexión acerca de este asunto. La vida es una sola, y usted merece que el propósito que se plantee para ella esté bien fundado. Actúe con racionalidad, de acuerdo a su bienestar y al de todos. Usted tiene el derecho de ser escrupuloso en sus verdades, o como siempre sugiere el profesor Martin en sus clases: “de ómnibus dubitandum”.


Muchos saludos.





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"EL LIBRO DE ENOC". Comentarios.


E
l evangelio según Enoc es un libro intertestamentario que, aunque proclama de sí mismo haber sido inspirado por Enoc (séptima generación desde Adán) en los primeros tiempos de la humanidad, fue escrito en realidad entre los 200 años antes del nacimiento de Cristo. Es una recopilación predominantemente apocalíptica, pero es mucho más que un libro profético.

Este evangelio no está en la Biblia porque en el Sínodo de Leodicea, entre el 363 y 364 de nuestra era, fue excluido “por no estar inspirado por Dios”. Sin embargo, la Iglesia Copta (que es una iglesia basada en el evangelio de San Marco, que operaba desde el siglo I en Egipto) sí lo acogió como propio.

En realidad, en contraste con los evangelios gnósticos, como el Evangelio de Judas Iscariote por ejemplo, el Evangelio de Enoc es bastante cercano al Canon Bíblico. La personalidad del dios que suscribe es enteramente fiel al dios del Antiguo Testamento, además de que a través del libro se remite constantemente a eventos claves en la mitología judeo-cristiana, como la caída de los ángeles, la aparición de los Nefilim (hijos gigantes de los ángeles con mujeres humanas), el diluvio universal, la llegada del Mesías, el fin de los tiempos, entre otros.

El evangelio es mucho más que un libro profético, porque a diferencia de todos los demás libros bíblicos, da una imagen detallada de cómo es el Cielo, algunas zonas del Infierno, e incluso de lo que pudiera pensarse (de forma errónea o no, de acuerdo al dogma de preferencia) como el Purgatorio. Sólo el Apocalipsis de San Juan se le aproxima, empero, con no tanto lujo descriptivo; aunque es importante decir que existe también mucha congruencia entre ambas exposiciones del más allá. Además, relata cómo será la historia entera de la humanidad, dividiéndola en semanas (metafóricamente hablando), hasta el mismo fin de los tiempos.

Este libro es una fuente rica en cuestiones curiosas y realmente interesantes acerca del dogma judío y cristiano. Por ejemplo, los arcángeles, dentro del relato, conversan entre ellos demostrando un perfecto libre albedrío en sus palabras. De hecho, ante la aparición de los Nefilim en la Tierra y del caos ocasionado por los ángeles caídos, los arcángeles, observando desde el Cielo, se dirigen al mismísimo Dios de la siguiente manera, con una duda muy inteligente y legítima:

"Pero tú que conoces todas las cosas antes de que sucedan, tú que sabes aquello, tú los toleras y no nos dices qué debemos hacerles al observar eso". (1 Enoc 9:11)

La respuesta de Dios se reduce a dar instrucciones a los arcángeles, para que le informen a Noé la proximidad del Diluvio, en son de limpiar la Tierra. Asimismo, les autoriza castigar a los ángeles caídos, encerrándolos en oscuridad absoluta y sufrimiento, hasta que les toque aguardar por el castigo eterno del Infierno. Con respecto a los Nefilim, Dios dio instrucciones para que se fomentara la guerra entre ellos mismos. Tal vez una respuesta más acertada hubiera sido revelar el por qué si como Dios sabía de todos estos acontecimientos de antemano, los permitió y luego tuvo que castigar…

Lo más impresionante del Libro de Enoc es el detalle con el cual no sólo describe ciertas locaciones del Cielo, sino también el lugar en donde reside el mismísimo Dios. En el contexto del relato, Enoc se encuentra en esos lugares en calidad presencial en ocasiones, y en otras oportunidades a duras penas puede captar los lugares más importantes con visiones (como por ejemplo cuando solamente le es revelada la descripción del trono de Dios por medio de una visión en un sueño).

El Cielo se torna, bajo este libro apócrifo, en un lugar en donde coexiste el Paraíso y las antesalas del Infierno. El infierno propiamente dicho no existe aún para cuando Enoc comienza sus descripciones. Lo que sí hay, empero, son ciertas locaciones en donde los impíos y los ángeles caídos son retenidos para esperar el Día del Juicio. Dichos lugares, no obstante, no están exentos de sufrimiento, lamento y oscuridad.

El lugar en donde reside Dios es un lugar de tono surrealista que a través de las palabras de Enoc se describe así:

“Esto me fue revelado en la visión: He aquí que las nubes me llamaban, la neblina me gritaba y los relámpagos y truenos me apremiaban y me despedían y en la visión los vientos me hacían volar, me levantaban en lo alto, me llevaban y me entraban en los cielos.

Entré en ellos hasta que llegué al muro de un edificio construido con piedras de granizo, rodeado y cercado completamente con lenguas de fuego que comenzaron a asustarme. Entré por esas lenguas de fuego hasta que llegué a una casa grande construida con piedras de granizo cuyos muros eran como planchas de piedra; todas ellas eran de nieve y su suelo estaba hecho de nieve. Su techo era como relámpagos y trueno y entre ellos querubines de fuego y su cielo era de agua. Un fuego ardiente rodeaba todos sus muros cercándolos por completo y las puertas eran de fuego ardiente.

Entré en esta casa que era caliente como fuego y fría como nieve. No había en ella ninguno de los placeres de la vida. Me consumió el miedo y el temblor se apoderó de mí. Tiritando y temblando caí sobre mi rostro y se me reveló una visión:

He aquí que vi una puerta que se abría delante de mí y otra casa que era más grande que la anterior, construida toda con lenguas de fuego. Toda ella era superior a la otra en esplendor, gloria y majestad, tanto que no puedo describiros su esplendor y majestad. Su piso era de fuego y su parte superior de truenos y relámpagos y su techo de fuego ardiente. Me fue revelada y vi en ella un trono elevado cuyo aspecto era el del cristal y cuyo contorno era como el sol brillante y tuve visión de querubín. Por encima del trono salían ríos de fuego ardiente y yo no resistía mirar hacia allá.

La Gran Gloria tenía sede en el trono y su vestido lucía más brillante que el sol y más blanco que cualquier nieve; ningún ángel podía entrar o verle la cara debido a la magnífica Gloria y ningún ser de carne podía mirarlo. Un fuego ardiente le rodeaba y un gran fuego se levantaba ante Él. Ninguno de los que le rodeaba podía acercársele y multitudes y multitudes estaban de pie ante Él y Él no necesitaba consejeros. Y las santidades de los santos que estaban cerca de Él no se alejaban durante la noche ni se separaban de Él.

Yo hasta este momento estaba postrado sobre mi rostro, temblando y el Señor por su propia boca me llamó y me dijo: "Ven aquí Enoc y escucha mi Palabra". Y vino a mí uno de los santos, me despertó, me hizo levantar y acercarme a la puerta e incliné hacia abajo mi cabeza”. (1 Enoc 14: 8-25).

De hecho el Cielo mismo tiene un límite, y a pesar de que ciertas locaciones oscuras y estériles se encuentran en él, hay un lugar en especial en donde hay un “desierto terrible”, en donde nada viviente entra, ni el firmamento existe, ni hay cimientos de tierra, ni la oscuridad es evitable. Es el confín del Cielo y la Tierra, y ríos de fuego se pierden en sus adentros. Según le fue revelado, Enoc explica que este lugar es la “prisión de las estrellas y de los poderes del cielo”, los cuales alguna vez desobedecieron a Dios.

Hasta el propio espíritu de Abel se encuentra en un foso oscuro y profundo, clamando y acusando a los cielos por justicia, hasta que la extirpe de Caín sea eliminada de los hombres. Así de impactante y revelador es dicho texto. Quizás por ello, por impactante, no fue aceptado por los ecuménicos católicos.

En la fase mesiánica del escrito no hay mucha diferencia con otros textos bíblicos y proféticos, en donde se vaticina el Día del Juicio sobre los pecadores, los injustos, los poderosos e incluso sobre los ángeles perdidos. Sin embargo, no sólo se describe con cierto detalle cómo será el castigo de estos ángeles (o “Vigilantes”, según el libro), sino que uno de ellos es la serpiente que tentó a Eva en el Edén. En efecto, esa serpiente tiene un nombre, el cual es G’adri’el. Del texto se infiere que ese ángel de alguna manera se transformó en la serpiente del pecado original, lo cual tiene consecuencias muy interesantes. La más importante consecuencia es que Luzbel, a quien se le atribuye toda la maldad, no fue el artífice de este hecho del Génesis. Cabe preguntar entonces: ¿Cuántos satanes podrían haber entonces? O mejor dicho, ¿quién de todos ellos es el verdaderamente malvado? Un interesante artículo que sostiene una hipótesis al respecto se encuentra en la siguiente vía:

"La primera mentira y el origen del mal"

Luego sobreviene una fase apocalíptica propiamente dicha. Enoc revela de una manera muy metafórica cómo ha sido, es y será el pueblo de Israel hasta el final de los tiempos. Curioso Enoc describe el Cielo a detalle.es que revela que aún después de la segunda venida del Hijo del Hombre, en el futuro, habrá un nuevo nacimiento que colmará de regocijo a la divinidad. ¿Un nuevo comienzo? ¿Un nuevo Mesías? ¿Un nuevo patriarca? Parece que la mitología judeo-cristiana se extiende hasta los confines del futuro, mucho más allá de los castigos proféticos de los juicios divinos, cuestión que consta adicionalmente en la parte final del libro apócrifo. Es en dicha parte que Enoc describe cómo ha sido, cómo es, y cómo será la historia de la humanidad, desde sus inicios hasta el Día del Juicio, a lo largo de 10 semanas metafóricas.

Las semanas en el contexto son períodos de tiempo que parecieran durar 600 años aproximadamente, sin que nada indique que cada una de ellas tenga una duración equitativa. En el texto, por ejemplo, en la cuarta semana, se alude directamente a la entrega de los 10 mandamientos a Moisés:

"Luego, al terminar la cuarta semana, las visiones de los santos y de los justos aparecerán y será preparada una ley para generaciones de generaciones y un cercado”. (1 Enoc 92:6).

Jugando un poco con la historia del pueblo de Israel, y si se consideran algunos cálculos exegéticos, Moisés recibió estos mandamientos aproximadamente en el 1200 A. C. En la sexta semana del relato, se menciona el ascenso de un hombre al Cielo, lo cual haría sospechar de Cristo (con el perdón de los judíos que el comentario amerita). Pues bien, habrían pasado 2 semanas equivalentes a 1200 años. Suponiendo una duración igual para cada una y que además la figura de Jesús tiene la relevancia de la que se sospecha, cada semana equivale a 600 años. En la décima semana es que se realizaría el Juicio Eterno, con lo que se podría estimar que el año aproximado para eso sería 3600 D.C. Malas noticias para los pregoneros de un final inminente.

Tal y como se ha mencionado en líneas anteriores, el Libro de Enoc es un texto apócrifo sumamente interesante desde los puntos de vista histórico, cabalístico y religioso. De los libros apócrifos muy bien podría opinarse que es el más impactante, y que sus ricas descripciones y las consecuencias que de ellas se derivan podrían dejar una marca honda en cualquier persona que desee ahondar en sus dogmas. Y por supuesto, someterlos a debate.

En ocasiones, lo que se expresa es muy importante, pero lo que se deja de expresar resulta más interesante todavía. Tal es la situación con la Biblia y los libros apócrifos, como el Libro de Enoch.

Muchos saludos.





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domingo, 21 de noviembre de 2010

ENTENDIENDO LA NATURALEZA DE DIOS


A
seguro con toda responsabilidad que el concepto de Dios es del tamaño de la conciencia de cada persona. Eso pudiera ser una primera explicación para la gran variedad de deidades que han revoloteado de civilización en civilización en la historia de la humanidad desde que el hombre optó por la desrealización ante la crudeza de su propia muerte. Y ante el afán de muchos de unificar todas las concepciones en un solo ente, es necesario decir que muchas de esas deidades no solo son incompatibles entre sí, sino que son diametralmente opuestas. ¿Cuál es el verdadero Dios? O mejor aún es preguntar, a pesar de mis líneas anteriores: ¿realmente existe Dios?

Sin ánimos de repetir los debates eternos entre la existencia y la no existencia de las deidades, existe una manera, pienso, de acceder a la esencia misma de lo que podría ser ese dios en caso de existir. El igteísmo, como posición escrupulosa, establece que para debatir acerca de Dios es menester primero dejar en claro sus características. Este esquema igteísta es bastante útil, no sólo porque aporta una claridad previa acerca de los términos a utilizar en posibles debates acerca de las deidades, sino porque a través de su esquema muy bien puede descartarse lo que no es Dios.

No se puede demostrar la no-existencia de Dios, puesto que en términos de lógica no se puede demostrar las preposiciones negativas. No es posible negar a Dios, de la misma manera que no es posible negar a cualquier otro ente alocado fruto de la imaginación. No se puede negar, por ejemplo, la existencia de un unicornio rosado metafísico, pues, para demostrar su inexistencia sería necesario revisar cada rincón minúsculo del universo, real e imaginario, para comprobar que en efecto no existe. Obviamente esta empresa estaría condenada al fracaso. No se puede atacar el problema desde una perspectiva negativa, sino desde una afirmativa. Obviamente, el no poder demostrar la inexistencia de un ente no es prueba en lo absoluto de su existencia.

En efecto, no se puede demostrarEl igteísmo es la clave para entender a Dios. la inexistencia de Dios, pero, para los que sí afirman su existencia, sí se puede verificar que la afirmación es correcta o no. Para ello entra en escena justamente el igteísmo, señalando que ya que se asegura la existencia de Dios, definamos entonces sus características para poder evaluar correctamente la veracidad de su afirmación. Esto conduce al problema de Dios hacia un proceso de descarte, por medio del cual toda la bruza imaginativa del hombre queda expelida para quedarnos solamente con la esencia verdadera.

Este servidor, a través de Aforismos Clarividentes, se propone a abordar el problema de Dios desde, como se ha dicho, la perspectiva igteísta, y bajo un estudio sistemático dividido en 3 categorías. Las categorías corresponden a 3 niveles de profundidad y/o complejidad (ascendente) respecto a este tópico, a saber:

1) La concepción de Dios por tradición, autoridad o revelación.
2) La concepción de Dios desde la filosofía antes de Inmanuel Kant.
3) La concepción de Dios desde la filosofía después de Inmanuel Kant.

La razón de este punto de partida subyace en la facilidad inherente de dividir el problema complejo de la verificación de las deidades en tres conjuntos de análisis más sencillos que el problema principal. A su vez, se emprende por el conjunto más sencillo de analizar para continuar hasta el más difícil, que como es de sospechar, es el planteado por la filosofía contemporánea, después de Kant.

La ambiciosa y larga tarea que comenzará a partir de ahora en Aforismos Clarividentes será la de hacer un recorrido desde las creencias más básicas y proto-religiosas (como el animismo, el shamanismo y afines) hasta las complejas consecuencias de la ontología basada en la vida, correspondiente a la época actual en filosofía. Este espacio se alimentará, por tanto, de variados contenidos correspondientes a cada una de las categorías anteriormente mencionadas, con la misión final de extraer las conclusiones globales y consecuencias directas de cada una de ellas.

Se espera, pues, que al final del recorrido, luego de haber ascendido de los misticismos básicos a la filosofía contemporánea, extraer la esencia de aquello que se llama usualmente como Dios, lejos de todo el envoltorio impreciso, sesgado e ilusorio que a lo largo de los siglos ha tenido como caparazón. Y con el resultado obtenido, independientemente de si acontece una negación o una afirmación de la divinidad, se sugerirá una base ética con la cual transitar con solidez en el transcurso de la vida.

Muchos saludos, y que tengamos suerte.





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martes, 9 de noviembre de 2010

"EVANGELIO DE JUDAS". PASSER, MEYER, WURST. Comentarios.


H
ace algunos años paseaba alrededor de los anaqueles de una tienda libros cuando de repente uno llamó poderosamente mi atención. El título pregonaba que el contenido era el Evangelio según Judas Iscariote, frase que inmediatamente tuvo un contraste de polo a polo en mi mente. ¿Cómo el mancillado honor de Judas Iscariote puede comulgar con algo tan santo como lo es la autoría de los evangelios de la Biblia? Con el tiempo aprendí que ese impacto era un prejuicio cultural.

Y como prejuicio cultural al fin y al cabo, tuve mis reservas. Tomé el libro, lo ojeé rápidamente sin leerlo, y lo que me decidió definitivamente a comprarlo fue que la casa editorial era nada más y nada menos que la National Geographic. Parecía literatura seria, y le di entonces una oportunidad.

Es menester un breve contexto histórico. En el año 1970 unos pastores encontraron un códice escondido en unas cavernas en las cercanías de El Minya, en Egipto. El códice, bautizado como Códice Tchacos, contenía varios manuscritos que datan del siglo III D.C., entre ellos el Evangelio según Judas Iscariote, texto religioso que provino de la corriente gnóstica de los primeros cristianos. El manuscrito conseguido es una copia de manuscritos mucho más antiguos, y la referencia más lejana de este evangelio está en las notas del Arzobispo de Lyon, Ireneo, del año 180 D.C, más o menos la misma época en la que se escribieron las Cartas de San Pablo. Por eso se dice que el Evangelio de Judas es intertestamentario.

El manuscrito es auténtico, cuestión que el libro te explica luego de exponer a modo de introducción que los fragmentos, aunque deteriorados, fueron evaluados por el proceso de carbono radioactivo, análisis de tinta, análisis paleográfico y análisis de imagen multiespectral.

En este evangelio Jesús toma un protagonismo sin igual y bastante particular, en lo relativo en los evangelios aceptados en el Canon Bíblico. Aquí no abundan las parábolas, sino que es el mismo Jesús hablando directamente, sin metáforas, sin analogías y sin aforismos. Al mismo tiempo, el protagonismo se enfatiza en la cantidad de diálogos proferidos por dicho personaje, los cuales constituyen casi la totalidad del libro.

¿Alguna vez, estimado lector, se ha preguntado si Jesús, sabiendo que iba a ser crucificado, sabiendo que debía ser sacrificado, por qué no se entregó el mismo? ¿Se ha preguntado también cuál es el valor del sacrificio si se tiene la certeza de la vida eterna, de la resurrección? Pues en este libro se despeja el panorama claramente respecto a estos tópicos. Jesús explica que de todos los apóstoles, Judas Iscariote es el que más le entiende, es el más profundo de todos ellos. Judas es versado entonces por su maestro en los secretos que ninguno de los demás apóstoles podían entender. Aún más…

Desde la perspectiva religiosa judeo-cristiana,¿Cual es el sacrificio más valioso? Sacrificar a tu dios.el sacrificio ha sido una poderosa simbología de alabanza a Dios y de influir en el futuro de la humanidad. Caín y Abel ofrecían sus mejores frutos, sacrificando lo mejor de su sustento, los personajes de la línea abrahámica ofrecían holocaustos sacrificando sus mejores corderos. A lo largo del historial bíblico observamos cómo se sacrifican hasta los primogénitos. El sacrificado recibe entonces, en la medida de su sacrificio, una recompensa divina proporcional. En este contexto, ¿qué es lo más valioso para un apóstol que se pueda sacrificar? Pues sacrificar a su propio dios. El honor de ello se lo concedió el mismísimo Jesús a Judas, su mejor discípulo.

Esto le da una nueva visión a la historia que todos conocemos. Judas ya no es el traidor, sino el apóstol que tuvo el honor de cumplir con la misión que Jesús le encomendó. Fue el elegido, y esto de pronto cobra cierto sentido, pues, ¿no es especial, de alguna manera, aquel que tuvo que inmolar a Jesús? ¿Por qué Dios elegiría a Judas Iscariote y no a algún otro de los apóstoles?

No solamente esto ha sido lo novedoso dentro del manuscrito. Jesús habla elocuentemente acerca de los “eones”, no en el contexto de entenderlos como espacios de tiempo increíblemente largos, sino más bien como entidades espirituales muy avanzadas, con las cuales él se identifica. Jesús pues, no resulta ser el único en su tipo, según el documento.

Este impresionante libro procura ser muy serio, y hay secciones que simplemente están en blanco por no poder recuperarse de los fragmentos originales. El lector muy bien pudiera dejar de entender párrafos enteros, pero tendrá la absoluta certeza de que lo que sí puede leer ha sido perfectamente fidedigno y bien traducido. En afán de ampliar la cultura histórica acerca del cristianismo primitivo, de las censuras de las primeras iglesias, y del rico campo de conocimiento teológico que va ampliándose y reestructurándose cada vez más ante los nuevos descubrimientos, el Evangelio de Judas resulta un libro obligatorio.

¿Qué tan equivocado se puede estar en una fe?

Muchos saludos.





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domingo, 1 de agosto de 2010

"SUMA TEOLÓGICA". QUINTA VÍA.



A
continuación, la quinta y última vía para demostrar la existencia de Dios, concebida por el teólogo y filósofo Santo Tomás de Aquino.

“La quinta se deduce a partir del ordenamiento de las cosas. Pues vemos que hay cosas que no tienen conocimiento, como son los cuerpos naturales, y que obran por un fin. Esto se puede comprobar observando cómo siempre o a menudo obran igual para conseguir lo mejor. De donde se deduce que, para alcanzar su objetivo, no obran al azar, sino intencionadamente. Las cosas que no tienen conocimiento no tienden al fin sin ser dirigidas por alguien con conocimiento e inteligencia, como la flecha por el arquero. Por lo tanto, hay alguien inteligente por el que todas las cosas son dirigidas al fin. Le llamamos Dios”.

De forma transparente Tomás de Aquino expone su Quinta Vía en la forma que actualmente conocemos como el “argumento del diseño”, argumento clásico entre los teístas. Todo se puede resumir en la siguiente frase:

“Pues vemos que hay cosas que no tienen conocimiento, como son los cuerpos naturales, y que obran por un fin”.

Santo Tomás de Aquino escribió la Suma Teológica en el siglo XIII d.C. En aquel entonces, sin teoría de la evolución que ofrecer a la humanidad, era muy sencillo darle toda la razón acerca del argumento del propósito de cada cosa. Ahora sabemos que no existe tal cuestión, sino una adaptación gradual y muy lenta, que a través de millones de años ha moldeado cada elemento vivo a las circunstancias del ambiente. Se sabe hoy pues que no hay diseño en la naturaleza, hay adaptación.

De todas maneras, ¿es posible que existiese algo para refutar el argumento de Aquino en pleno siglo XIII? Pienso que sí.

Mucho antes que Tomás de Aquino, Protágoras de Abdera, en el siglo V a.C., había dicho que “el hombre es la medida de todas las cosas”. ¿Qué quiso decir con eso? Pues, que cada cuestión que rodea al hombre es impregnada de nuestra propia perspectiva como humanos. En pocas palabras, juzgamos nuestra realidad con base a nuestra propia humanidad.

En el caso que nos atañe, afirmar que los elementos de la naturaleza que no tienen conocimiento de sí mismos tienen un propósito en específico, es una falacia por ser nosotros los dadores de dicho propósito. De hecho, el condicionamiento inicial de que tiene que haber un propósito también es falaz y es oriundo del humano, específicamente de su capacidad de planificación a largo plazo. Creemos en el propósito porque simplemente somos capaces de imaginar el futuro. Por ello planteamos objetivos para hacer de él uno que nos gustaría. y son dichos objetivos nuestros sentidos de existencia. Sin imaginación de futuro no hay propósito. Así de simple.

Entonces, no sólo queda la Quinta Vía refutada por argumentos actuales evolucionistas, sino que 1800 años antes, Protágoras ya sabía que todo lo que pudiéramos elucubrar como seres humanos acerca de la naturaleza estaría impregnado de humanidad. Menester sería decir que no sólo el argumento del diseño caería en esa premisa griega, sino también la misma existencia de los dioses. No en vano todos los dioses que han existido en la historia de la humanidad han sido demasiado humanos. ¿Por qué todos los dioses se parecen? Porque todos los humanos se parecen.

Con esta entrega se cierran entonces los argumentos de Santo Tomás de Aquino a favor de la existencia de Dios. Independientemente de que no sean convincentes, es importante honrar a Aquino como uno de los primeros teólogos que apostaron por la razón y por la profundidad de pensamiento para hallar las verdades. Merece el agasajo que todo filósofo se gana al hacer la labor más sublime y más difícil: utilizar el razonamiento humano.

Muchas gracias a todos los lectores.





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sábado, 31 de julio de 2010

"SUMA TEOLÓGICA". CUARTA VÍA.



A
l igual que en las entregas anteriores, se analizará el argumento de la existencia de Dios formulado por Santo Tomás de Aquino. En este caso, su Cuarta Vía:

“La cuarta se deduce de la jerarquía de valores que encontramos en las cosas. Pues nos encontramos que la bondad, la veracidad, la nobleza y otros valores se dan en las cosas. En unas más y en otras menos. Pero este “más” y este “menos” se dice de las cosas en cuanto que se aproximan “más” o “menos” a lo máximo. Así, caliente se dice de aquello que se aproxima más al máximo calor. Hay algo, por tanto, que es muy veraz, muy bueno, muy noble; y, en consecuencia, es el máximo ser; pues las cosas que son sumamente verdaderas, son seres máximos, como se dice en II “Metaphys”. Como quiera que en cualquier género, lo máximo se convierte en causa de lo que pertenece a tal género -así el fuego, que es el máximo calor, es causa de todos los calores, como se explica en el mismo libro —, del mismo modo hay algo que en todos los seres es causa de su existir, de su bondad, de cualquier otra perfección. Le llamamos Dios”.

Quizás éste sea el argumento de Aquino de menos sustento. Es sencillo ver que a partir de la frase

“La cuarta se deduce de la jerarquía de valores que encontramos en las cosas. Pues nos encontramos que la bondad, la veracidad, la nobleza y otros valores se dan en las cosas”

es un argumento moral que atribuye la bondad (y por supuesto la maldad) como una propiedad intrínseca en la naturaleza.

Toda moral, es decir, todo canon de lo que es bueno y lo que es malo, es oriundo de lo que consideramos beneficioso o perjudicial para nosotros. Al mismo tiempo, es necesaria la capacidad de elegir entre algo beneficioso o algo perjudicial para poder luego hablar de que pertenecemos a un sistema moral. En pocas palabras, lo primero que necesitamos para tener moral es libre albedrío.

Si no se tiene libre albedrío, no se puede elegir. Y si no se puede elegir, cualquier acto que se realice será un único camino posible. Siendo único el camino en el vivir, sería erróneo hablar de bondad o maldad, pues no habría bifurcación posible en los actos para poder valorarlos. Ergo, todo ser viviente que no tenga alternativas en su vivir, que no pueda elegir, que no tenga libre albedrío, no tiene moral. Ejemplo claro de esto es el mundo vegetal (que no tiene otra forma de vivir más que la que ejercita) y el mundo animal (que sólo sigue los designios de los instintos). Por lo tanto, queda demostrado que la naturaleza es amoral, y la premisa base de Aquino queda invalidada.

Ahora bien, en el caso humano (seres que tienen la capacidad de elegir gracias a la conciencia de sí mismos), sí es factible hablar de moral. De hecho, puesto que cada individuo humano puede elegir entre lo placentero y lo no placentero, todos los seres humanos son morales. Sin embargo, como cada individuo es distinto, pues distinta será su moralidad respecto a sus congéneres.

Queda en evidencia entonces que son muchos los sistemas morales que conviven en el mundo humano. Puesto que cada acto de placer o no placer en un individuo es tan genuino como en otro, cada moral es equitativamente válida, por lo que hablar de una moral absoluta sería una verdadera ilusión, además de una total alienación hacia la libertad y la individualidad.

Por ello, no sólo la premisa base de Aquino queda descalificada, sino que sus razonamientos ulteriores quedan invalidados también. Establecer una virtud máxima y una bondad máxima es una forma sutil, pero directa, de establecer una moral absoluta. Y ya que esto no es más que una espiritualización humana sin fundo natural, el argumento de la Cuarta Vía es erróneo.

El quinto y último argumento de Tomás de Aquino será evaluado en la entrega siguiente.





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viernes, 30 de julio de 2010

"SUMA TEOLÓGICA". TERCERA VÍA.



S
anto Tomás de Aquino fue consagrado con su libro Suma Teológica como uno de los teólogos más profundos y como un defensor de la razón aún en los ámbitos de la fe. En esta entrega, de forma similar con las anteriores, se analizará su argumento de la Tercera Vía:

“La tercera es la que se deduce a partir de lo posible y de lo necesario. Y dice: Encontramos que las cosas pueden existir o no existir, pues pueden ser producidas o destruidas, y consecuentemente es posible que existan o que no existan. Es imposible que las cosas sometidas a tal posibilidad existan siempre, pues lo que lleva en sí mismo la posibilidad de no existir, en un tiempo no existió. Si, pues, todas las cosas llevan en sí mismas la posibilidad de no existir, hubo un tiempo en que nada existió. Pero si esto es verdad, tampoco ahora existiría nada, puesto que lo que no existe no empieza a existir más que por algo que ya existe. Si, pues, nada existía, es imposible que algo empezara a existir; en consecuencia, nada existiría; y esto es absolutamente falso. Luego no todos los seres son sólo posibilidad; sino que es preciso algún ser necesario. Todo ser necesario encuentra su necesidad en otro, o no la tiene. Por otra parte, no es posible que en los seres necesarios se busque la causa de su necesidad llevando este proceder indefinidamente, como quedó probado al tratar las causas eficientes (núm. 2). Por lo tanto, es preciso admitir algo que sea absolutamente necesario, cuya causa de su necesidad no esté en otro, sino que él sea causa de la necesidad de los demás. Todos le dicen Dios”.

Tomás de Aquino comienza su argumentación así: “Encontramos que las cosas pueden existir o no existir, pues pueden ser producidas o destruidas, y consecuentemente es posible que existan o que no existan.”. Se entiende que todo lo que existe, por haber sido “creado” o producido posee inmanentemente la capacidad de existir y de no existir, pues también, así como ha sido creado o producido, puede ser destruido. ¿Puede algo, con base a nuestros sentidos, ser creado y nunca destruido? Tomando la prudencia pertinente, por ahora y con base a nuestros sentidos, no. ¿Y podría algo que es destruido nunca haber sido creado? Lógicamente no. Hasta ahora, entonces, concuerdo con Tomás de Aquino.

Ahora bien, es menester recalcar que palabras como “creado” o “destruido” son cápsulas del lenguaje que pretenden asir parte de la realidad y transportarla de esa manera como ideas. Es así que se observa, rigurosamente, que creación y destrucción no existen como tal en la realidad, sino más bien lo que es evidenciable es una transformación, un paso gradual de un estado a otro en un entorno aparentemente constante. En este sentido, la afirmación “encontramos que las cosas pueden existir o no existir…” es un razonamiento mal planteado, pues hablar de existir o dejar de existir no tendría asidero. Todo fue, es y será en distintas morfologías.

Proseguimos sin embargo con los demás razonamientos de Aquino: “Es imposible que las cosas sometidas a tal posibilidad existan siempre, pues lo que lleva en sí mismo la posibilidad de no existir, en un tiempo no existió. Si, pues, todas las cosas llevan en sí mismas la posibilidad de no existir, hubo un tiempo en que nada existió”. Natural sería afirmar que todo lo que tenga la posibilidad de no existir no existirá eventualmente, pero resulta menos evidente decir que algo que tenga esa misma posibilidad de inexistencia no existió en el pasado durante un tiempo. En pocas palabras, asentar esto último sería lo mismo que decir que cualquier cosa que no existe ahora tiene posibilidades de existir en un futuro siempre y cuando sea susceptible de una destrucción eventual.

No está demostrado, por tanto, que cualquier ente perecedero tenga necesariamente un vacío existencial en el pasado sólo por ser perecedero en presente o futuro. Eso asumiendo que “creación” y “destrucción” sean realidades en el universo.

Más adelante, prosiguiendo con la Tercera Vía se tiene:

“Luego no todos los seres son sólo posibilidad; sino que es preciso algún ser necesario”.

Según el contexto, el “ser necesario” de Aquino es un ser que por definición debió haber existido desde siempre. De hecho, es un ser que no puede permitirse posibilidad alguna de existir o no existir. Simplemente fue desde siempre. Ahora bien, si Aquino es capaz de imaginar algo de tal naturaleza sempiterna (aunque forzadamente lo llama “ser”, pudiendo haberlo llamado ente, cosa, algo, etc), ¿por qué no imaginar lo propio respecto al universo, o respecto a las causas en las anteriores vías?

“Por otra parte, no es posible que en los seres necesarios se busque la causa de su necesidad llevando este proceder indefinidamente, como quedó probado al tratar las causas eficientes (núm. 2). Por lo tanto, es preciso admitir algo que sea absolutamente necesario, cuya causa de su necesidad no esté en otro, sino que él sea causa de la necesidad de los demás. Todos le dicen Dios”. Así se cierra la Tercera Vía, no sin finalizar con unos sofismas que enumeraré a continuación:

• La Segunda Vía, como ya se ha evaluado en Suma Teológica- Segunda Vía, no posee la rigurosidad necesaria para hacerla valedera. Ergo, la causa de los seres necesarios queda indefinida.

• Aún admitiendo que exista un ser necesario absoluto cuya necesidad descanse en otros para hacerlos existentes, y aún admitiendo que éste mismo ser necesario no tenga necesidad en algún otro ente; no queda determinado el motivo del origen de las cosas. Después de todo, y en palabras de Aquino, ¿cuál sería el motor interno de ese ser necesario para ser la necesidad de todo lo demás?

• Llamar “ser” a ese algo a lo cual se reduce todo es un razonamiento forzado que atribuye un carácter viviente, personal e individual a ese algo necesario. De ninguna manera queda demostrado que ese algo sea un “ser”.

• No sólo hay una imprecisión en el hecho de tomar a ese algo como un “ser”, sino que existe otro razonamiento forzado al denominarlo “Dios”. No está demostrado, aún asumiendo que sea un ser ese algo, que sea un dios.

• La frase “Todos le dicen Dios”, es un argumento ad populum. Es decir, de ninguna manera un razonamiento se vuelve válido por ser popular.

Queda expedito entonces que los razonamientos de la Tercera Vía de Santo Tomás de Aquino no son concluyentes. La Cuarta y Quinta Vía continuarán en las próximas entregas.






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lunes, 26 de julio de 2010

"SUMA TEOLÓGICA". SEGUNDA VÍA



C
ontinuando con la Segunda Vía de Santo Tomás de Aquino, se tiene su siguiente argumento demostrativo:

"La segunda es la que se deduce de la causa eficiente. Pues nos encontramos que en el mundo sensible hay un orden de causas eficientes. Sin embargo, no encontramos, ni es posible, que algo sea causa eficiente de sí mismo, pues sería anterior a sí mismo, cosa imposible. En las causas eficientes no es posible proceder indefinidamente porque en todas las causas eficientes hay orden: la primera es causa de la intermedia; y ésta, sea una o múltiple, lo es de la última. Puesto que, si se quita la causa, desaparece el efecto, si en el orden de las causas eficientes no existiera la primera, no se daría tampoco ni la última ni la intermedia. Si en las causas eficientes llevásemos hasta el infinito este proceder, no existiría la primera causa eficiente; en consecuencia no habría efecto último ni causa intermedia; y esto es absolutamente falso. Por lo tanto, es necesario admitir una causa eficiente primera. Todos la llaman Dios."

Santo Tomás de Aquino, tomando una idea aristotélica, postula su Segunda Vía desde el punto de vista de las “causas eficientes”. Para nuestra comprensión, Aristóteles había dividido a las causas en estos tipos:

• Causa material
• Causa formal.
• Causa eficiente.
• Causa final.

Un ejemplo para ilustrar todas estas causas sería el siguiente: El apóstol Juan escribe el libro de las Revelaciones para difundir la palabra de Dios por toda la humanidad. La causa material sería el pergamino y la tinta usados, la causa formal sería lo escrito o el contenido (las Revelaciones), la causa eficiente sería el apóstol Juan y la causa final sería difundir la palabra de Dios.

Vemos pues que la causa eficiente se refiere a lo que llamaríamos actualmente “el autor material” de los hechos, o el responsable directo. Con esta información, analicemos el argumento.

El primer axioma de Tomás de Aquino es que “nos encontramos que en el mundo sensible hay un orden de causas eficientes”. Esta premisa, de ser válida, se cumple en el ámbito del mundo sensible, y todo lo que está en él, por definición, es lo que podemos conocer y percibir.

Partiendo de lo anterior, explica que “sin embargo, no encontramos, ni es posible, que algo sea causa eficiente de sí mismo, pues sería anterior a sí mismo, cosa imposible”. Esto no es más que una de las formas del enunciado de la conservación de la energía, o de la primera ley de la termodinámica. Básicamente, nada puede salir de la nada, y si recordamos que nos encontramos en el marco del mundo sensible, estoy completamente de acuerdo. Sin embargo, la afirmación final de que sea “imposible” que ocurra lo contrario, merece estar sujeta al primer axioma. Es imposible, pero en el mundo sensible.

No obstante la lógica predecesora de la Segunda Vía, aparece luego algo que, por lo menos para este servidor, no es evidente. Tomás de Aquino afirma: “En las causas eficientes no es posible proceder indefinidamente porque en todas las causas eficientes hay orden: la primera es causa de la intermedia; y ésta, sea una o múltiple, lo es de la última”. No está claro a qué se refiere con “indefinidamente”, en específico si es un indefinido hacia el pasado o hacia el futuro, inclusive si se refiere a ambos. Supondré pues, que se refiere a la imposibilidad de las causas eficientes indefinidas tanto en pasado como en futuro.

La imposibilidad de mantener indefinidamente las causas eficientes acota la dimensión del tiempo, sobretodo si el indefinido tiene límites tanto en pasado como en futuro. En pocas palabras, de ser éste el caso, el tiempo tendría un comienzo y un fin absolutos.

Pero Tomás de Aquino no sólo establece sus premisas en un tiempo posiblemente lineal y finito, sino que explica que la causa de que eso sea así es el orden. Es el orden lo que explica que las causas eficientes no puedan ocurrir indefinidamente, porque ellas ocurren con “jerarquía”: primero la primera, luego la segunda, luego la tercera, y así sucesivamente. ¿Pero cuál es ese orden que impide que de la tercera pasemos a la cuarta y de ella a la quinta y luego a la sexta, siguiendo la cadena hasta el infinito? No puede ser, en tal caso de haber tal, un orden divino, pues es lo que justamente se intenta demostrar.

No está claro entonces lo que significa que el orden jerárquico de los eventos, por denominarlo de alguna manera, establezca un límite en el futuro. Sopesemos, ergo, si tal límite es factible hacia el pasado.

Justamente el hecho de retrotraer nuestro presente al más lejano pasado es lo que ha despertado (mayoritariamente) el debate acerca de la existencia de Dios o la existencia de una causa primera. Sin embargo, tal y como decía en Suma Teológica- Primera Vía, hay dos prejuicios con los cuales hay que combatir: El tiempo lineal y una primera causa.

Cuando estipulamos que el tiempo es lineal, tácitamente establecemos, como bien razona Tomás de Aquino, que existe una dimensión temporal que gráficamente puede ser representada por una longitud infinita, sin comienzo ni fin. Basándonos en el ámbito del mundo sensible, la forma física de demostrar lo contrario sería asumir que el universo es un sistema cerrado, contabilizar de alguna manera la masa del universo y establecer por tanto una cantidad de energía total existente. El momento en el cual toda esa cantidad de energía estuvo reunida en un solo ente podría establecer cuál fue el inicio del tiempo. Sin embargo, denominar el inicio del tiempo en ese instante sería una convención sujeta a relativismos, pues sería el inicio del tiempo del universo sensible. ¿Qué podríamos decir de lo que antecedía a ese momento? Nada. En pocas palabras, no puede demostrarse rigurosamente un inicio del tiempo si nos atenemos a nuestros sentidos.

Tampoco puede demostrarse rigurosamente que fue necesaria una causa primera. Sí, es efectivamente lógico suponer que todo tiene una causa, pero no es posible, empero, demostrar que todo nació de una causa única. No hay nada, en el mundo sensible, que ofusque una infinitud hacia el pasado, pero veamos lo que tiene que decir Santo Tomás de Aquino al respecto:

“Si en el orden de las causas eficientes no existiera la primera, no se daría tampoco ni la última ni la intermedia”. Que sea esto la premisa base para lo que sigue. Luego:

“Si en las causas eficientes llevásemos hasta el infinito este proceder, no existiría la primera causa eficiente”. Presumo que con “llevásemos hasta el infinito este proceder” se refiere a avanzar infinitamente hacia el pasado, pues hacia el futuro no tendría sentido la frase.

En este orden de ideas, estoy completamente de acuerdo con Tomás de Aquino, pues de existir un pasado infinito, realmente infinito por definición, nunca retrocederíamos lo suficiente como para hallar una causa primera. Sería asumir por tanto que el tiempo siempre fue, sin nacer. Prosiguiendo:

“en consecuencia no habría efecto último ni causa intermedia; y esto es absolutamente falso. Por lo tanto, es necesario admitir una causa eficiente primera”.

Bien, la última parte de tal argumento fue expresada impecablemente. Lo que Tomás de Aquino establece es que si el tiempo siempre fue, no hubo causa primera y por lo tanto todo lo que pudo haberse derivado de ellas sería inexistente. Como es falso que todo es inexistente, pues tuvo que haber una causa primera. Tiene razón. Pero este argumento es válido, recordemos, si y sólo sí partimos del mundo sensible.

Para aceptar finalmente una causa primera como creadora de todo lo que existe, debe necesariamente dicha causa escapar de las causalidades. Y se nos presenta entonces una paradoja: ¿Cómo lo causado puede serlo por lo no causado? Aquí es en donde entra comúnmente el argumento místico. Prueba de ello es que Tomás de Aquino no tarda en decir “todos la llaman Dios”. Lo responsable sería decir que por los momentos no se sabe, pues forzar hacia Dios el razonamiento sería un argumentum ad ignoratiam, transfigurado en el popular caso particular del “Dios de los huecos”. De hecho, al suponer que exista una demostración para una causa primera, ésta ha de ser suprasensible, y por lo tanto, no podemos acceder a ella.

Muy bien podríamos, desde otro punto de vista, hacer un ejercicio mental. Supongamos que en la concatenación de las causas y efectos existe algo así como una causa última, y por consiguiente un efecto último. Éste efecto último cerraría bruscamente toda la serie de causas y efectos predecesores. Una pregunta válida sería: ¿Qué evento en el marco de lo sensible podríamos establecer para decir que todo lo que existe desaparecerá hacia la nada? El mundo, con nosotros incluso, podría destruirse, las estrellas se podrían alejar hasta enfriarse o tal vez podríamos implotar hacia un único punto, pero sería lógico pensar que siempre sucederá algo. Sería lógico por tanto decir que el tiempo será siempre, se extenderá indefinidamente hasta el infinito.

Entonces, si no es reprochable una permanencia del tiempo hacia el futuro, ¿por qué habría de serlo hacia el pasado? Como mencioné antes, no se puede demostrar que el tiempo no está establecido indefinidamente hacia el pasado. La Segunda Vía de Aquino es, por lo tanto, válida sólo en un marco de tiempo y espacio local.

Seguiremos en próximas entradas con los siguientes argumentos.




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