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domingo, 1 de agosto de 2010

"SUMA TEOLÓGICA". QUINTA VÍA.



A
continuación, la quinta y última vía para demostrar la existencia de Dios, concebida por el teólogo y filósofo Santo Tomás de Aquino.

“La quinta se deduce a partir del ordenamiento de las cosas. Pues vemos que hay cosas que no tienen conocimiento, como son los cuerpos naturales, y que obran por un fin. Esto se puede comprobar observando cómo siempre o a menudo obran igual para conseguir lo mejor. De donde se deduce que, para alcanzar su objetivo, no obran al azar, sino intencionadamente. Las cosas que no tienen conocimiento no tienden al fin sin ser dirigidas por alguien con conocimiento e inteligencia, como la flecha por el arquero. Por lo tanto, hay alguien inteligente por el que todas las cosas son dirigidas al fin. Le llamamos Dios”.

De forma transparente Tomás de Aquino expone su Quinta Vía en la forma que actualmente conocemos como el “argumento del diseño”, argumento clásico entre los teístas. Todo se puede resumir en la siguiente frase:

“Pues vemos que hay cosas que no tienen conocimiento, como son los cuerpos naturales, y que obran por un fin”.

Santo Tomás de Aquino escribió la Suma Teológica en el siglo XIII d.C. En aquel entonces, sin teoría de la evolución que ofrecer a la humanidad, era muy sencillo darle toda la razón acerca del argumento del propósito de cada cosa. Ahora sabemos que no existe tal cuestión, sino una adaptación gradual y muy lenta, que a través de millones de años ha moldeado cada elemento vivo a las circunstancias del ambiente. Se sabe hoy pues que no hay diseño en la naturaleza, hay adaptación.

De todas maneras, ¿es posible que existiese algo para refutar el argumento de Aquino en pleno siglo XIII? Pienso que sí.

Mucho antes que Tomás de Aquino, Protágoras de Abdera, en el siglo V a.C., había dicho que “el hombre es la medida de todas las cosas”. ¿Qué quiso decir con eso? Pues, que cada cuestión que rodea al hombre es impregnada de nuestra propia perspectiva como humanos. En pocas palabras, juzgamos nuestra realidad con base a nuestra propia humanidad.

En el caso que nos atañe, afirmar que los elementos de la naturaleza que no tienen conocimiento de sí mismos tienen un propósito en específico, es una falacia por ser nosotros los dadores de dicho propósito. De hecho, el condicionamiento inicial de que tiene que haber un propósito también es falaz y es oriundo del humano, específicamente de su capacidad de planificación a largo plazo. Creemos en el propósito porque simplemente somos capaces de imaginar el futuro. Por ello planteamos objetivos para hacer de él uno que nos gustaría. y son dichos objetivos nuestros sentidos de existencia. Sin imaginación de futuro no hay propósito. Así de simple.

Entonces, no sólo queda la Quinta Vía refutada por argumentos actuales evolucionistas, sino que 1800 años antes, Protágoras ya sabía que todo lo que pudiéramos elucubrar como seres humanos acerca de la naturaleza estaría impregnado de humanidad. Menester sería decir que no sólo el argumento del diseño caería en esa premisa griega, sino también la misma existencia de los dioses. No en vano todos los dioses que han existido en la historia de la humanidad han sido demasiado humanos. ¿Por qué todos los dioses se parecen? Porque todos los humanos se parecen.

Con esta entrega se cierran entonces los argumentos de Santo Tomás de Aquino a favor de la existencia de Dios. Independientemente de que no sean convincentes, es importante honrar a Aquino como uno de los primeros teólogos que apostaron por la razón y por la profundidad de pensamiento para hallar las verdades. Merece el agasajo que todo filósofo se gana al hacer la labor más sublime y más difícil: utilizar el razonamiento humano.

Muchas gracias a todos los lectores.





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sábado, 31 de julio de 2010

"SUMA TEOLÓGICA". CUARTA VÍA.



A
l igual que en las entregas anteriores, se analizará el argumento de la existencia de Dios formulado por Santo Tomás de Aquino. En este caso, su Cuarta Vía:

“La cuarta se deduce de la jerarquía de valores que encontramos en las cosas. Pues nos encontramos que la bondad, la veracidad, la nobleza y otros valores se dan en las cosas. En unas más y en otras menos. Pero este “más” y este “menos” se dice de las cosas en cuanto que se aproximan “más” o “menos” a lo máximo. Así, caliente se dice de aquello que se aproxima más al máximo calor. Hay algo, por tanto, que es muy veraz, muy bueno, muy noble; y, en consecuencia, es el máximo ser; pues las cosas que son sumamente verdaderas, son seres máximos, como se dice en II “Metaphys”. Como quiera que en cualquier género, lo máximo se convierte en causa de lo que pertenece a tal género -así el fuego, que es el máximo calor, es causa de todos los calores, como se explica en el mismo libro —, del mismo modo hay algo que en todos los seres es causa de su existir, de su bondad, de cualquier otra perfección. Le llamamos Dios”.

Quizás éste sea el argumento de Aquino de menos sustento. Es sencillo ver que a partir de la frase

“La cuarta se deduce de la jerarquía de valores que encontramos en las cosas. Pues nos encontramos que la bondad, la veracidad, la nobleza y otros valores se dan en las cosas”

es un argumento moral que atribuye la bondad (y por supuesto la maldad) como una propiedad intrínseca en la naturaleza.

Toda moral, es decir, todo canon de lo que es bueno y lo que es malo, es oriundo de lo que consideramos beneficioso o perjudicial para nosotros. Al mismo tiempo, es necesaria la capacidad de elegir entre algo beneficioso o algo perjudicial para poder luego hablar de que pertenecemos a un sistema moral. En pocas palabras, lo primero que necesitamos para tener moral es libre albedrío.

Si no se tiene libre albedrío, no se puede elegir. Y si no se puede elegir, cualquier acto que se realice será un único camino posible. Siendo único el camino en el vivir, sería erróneo hablar de bondad o maldad, pues no habría bifurcación posible en los actos para poder valorarlos. Ergo, todo ser viviente que no tenga alternativas en su vivir, que no pueda elegir, que no tenga libre albedrío, no tiene moral. Ejemplo claro de esto es el mundo vegetal (que no tiene otra forma de vivir más que la que ejercita) y el mundo animal (que sólo sigue los designios de los instintos). Por lo tanto, queda demostrado que la naturaleza es amoral, y la premisa base de Aquino queda invalidada.

Ahora bien, en el caso humano (seres que tienen la capacidad de elegir gracias a la conciencia de sí mismos), sí es factible hablar de moral. De hecho, puesto que cada individuo humano puede elegir entre lo placentero y lo no placentero, todos los seres humanos son morales. Sin embargo, como cada individuo es distinto, pues distinta será su moralidad respecto a sus congéneres.

Queda en evidencia entonces que son muchos los sistemas morales que conviven en el mundo humano. Puesto que cada acto de placer o no placer en un individuo es tan genuino como en otro, cada moral es equitativamente válida, por lo que hablar de una moral absoluta sería una verdadera ilusión, además de una total alienación hacia la libertad y la individualidad.

Por ello, no sólo la premisa base de Aquino queda descalificada, sino que sus razonamientos ulteriores quedan invalidados también. Establecer una virtud máxima y una bondad máxima es una forma sutil, pero directa, de establecer una moral absoluta. Y ya que esto no es más que una espiritualización humana sin fundo natural, el argumento de la Cuarta Vía es erróneo.

El quinto y último argumento de Tomás de Aquino será evaluado en la entrega siguiente.





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viernes, 30 de julio de 2010

"SUMA TEOLÓGICA". TERCERA VÍA.



S
anto Tomás de Aquino fue consagrado con su libro Suma Teológica como uno de los teólogos más profundos y como un defensor de la razón aún en los ámbitos de la fe. En esta entrega, de forma similar con las anteriores, se analizará su argumento de la Tercera Vía:

“La tercera es la que se deduce a partir de lo posible y de lo necesario. Y dice: Encontramos que las cosas pueden existir o no existir, pues pueden ser producidas o destruidas, y consecuentemente es posible que existan o que no existan. Es imposible que las cosas sometidas a tal posibilidad existan siempre, pues lo que lleva en sí mismo la posibilidad de no existir, en un tiempo no existió. Si, pues, todas las cosas llevan en sí mismas la posibilidad de no existir, hubo un tiempo en que nada existió. Pero si esto es verdad, tampoco ahora existiría nada, puesto que lo que no existe no empieza a existir más que por algo que ya existe. Si, pues, nada existía, es imposible que algo empezara a existir; en consecuencia, nada existiría; y esto es absolutamente falso. Luego no todos los seres son sólo posibilidad; sino que es preciso algún ser necesario. Todo ser necesario encuentra su necesidad en otro, o no la tiene. Por otra parte, no es posible que en los seres necesarios se busque la causa de su necesidad llevando este proceder indefinidamente, como quedó probado al tratar las causas eficientes (núm. 2). Por lo tanto, es preciso admitir algo que sea absolutamente necesario, cuya causa de su necesidad no esté en otro, sino que él sea causa de la necesidad de los demás. Todos le dicen Dios”.

Tomás de Aquino comienza su argumentación así: “Encontramos que las cosas pueden existir o no existir, pues pueden ser producidas o destruidas, y consecuentemente es posible que existan o que no existan.”. Se entiende que todo lo que existe, por haber sido “creado” o producido posee inmanentemente la capacidad de existir y de no existir, pues también, así como ha sido creado o producido, puede ser destruido. ¿Puede algo, con base a nuestros sentidos, ser creado y nunca destruido? Tomando la prudencia pertinente, por ahora y con base a nuestros sentidos, no. ¿Y podría algo que es destruido nunca haber sido creado? Lógicamente no. Hasta ahora, entonces, concuerdo con Tomás de Aquino.

Ahora bien, es menester recalcar que palabras como “creado” o “destruido” son cápsulas del lenguaje que pretenden asir parte de la realidad y transportarla de esa manera como ideas. Es así que se observa, rigurosamente, que creación y destrucción no existen como tal en la realidad, sino más bien lo que es evidenciable es una transformación, un paso gradual de un estado a otro en un entorno aparentemente constante. En este sentido, la afirmación “encontramos que las cosas pueden existir o no existir…” es un razonamiento mal planteado, pues hablar de existir o dejar de existir no tendría asidero. Todo fue, es y será en distintas morfologías.

Proseguimos sin embargo con los demás razonamientos de Aquino: “Es imposible que las cosas sometidas a tal posibilidad existan siempre, pues lo que lleva en sí mismo la posibilidad de no existir, en un tiempo no existió. Si, pues, todas las cosas llevan en sí mismas la posibilidad de no existir, hubo un tiempo en que nada existió”. Natural sería afirmar que todo lo que tenga la posibilidad de no existir no existirá eventualmente, pero resulta menos evidente decir que algo que tenga esa misma posibilidad de inexistencia no existió en el pasado durante un tiempo. En pocas palabras, asentar esto último sería lo mismo que decir que cualquier cosa que no existe ahora tiene posibilidades de existir en un futuro siempre y cuando sea susceptible de una destrucción eventual.

No está demostrado, por tanto, que cualquier ente perecedero tenga necesariamente un vacío existencial en el pasado sólo por ser perecedero en presente o futuro. Eso asumiendo que “creación” y “destrucción” sean realidades en el universo.

Más adelante, prosiguiendo con la Tercera Vía se tiene:

“Luego no todos los seres son sólo posibilidad; sino que es preciso algún ser necesario”.

Según el contexto, el “ser necesario” de Aquino es un ser que por definición debió haber existido desde siempre. De hecho, es un ser que no puede permitirse posibilidad alguna de existir o no existir. Simplemente fue desde siempre. Ahora bien, si Aquino es capaz de imaginar algo de tal naturaleza sempiterna (aunque forzadamente lo llama “ser”, pudiendo haberlo llamado ente, cosa, algo, etc), ¿por qué no imaginar lo propio respecto al universo, o respecto a las causas en las anteriores vías?

“Por otra parte, no es posible que en los seres necesarios se busque la causa de su necesidad llevando este proceder indefinidamente, como quedó probado al tratar las causas eficientes (núm. 2). Por lo tanto, es preciso admitir algo que sea absolutamente necesario, cuya causa de su necesidad no esté en otro, sino que él sea causa de la necesidad de los demás. Todos le dicen Dios”. Así se cierra la Tercera Vía, no sin finalizar con unos sofismas que enumeraré a continuación:

• La Segunda Vía, como ya se ha evaluado en Suma Teológica- Segunda Vía, no posee la rigurosidad necesaria para hacerla valedera. Ergo, la causa de los seres necesarios queda indefinida.

• Aún admitiendo que exista un ser necesario absoluto cuya necesidad descanse en otros para hacerlos existentes, y aún admitiendo que éste mismo ser necesario no tenga necesidad en algún otro ente; no queda determinado el motivo del origen de las cosas. Después de todo, y en palabras de Aquino, ¿cuál sería el motor interno de ese ser necesario para ser la necesidad de todo lo demás?

• Llamar “ser” a ese algo a lo cual se reduce todo es un razonamiento forzado que atribuye un carácter viviente, personal e individual a ese algo necesario. De ninguna manera queda demostrado que ese algo sea un “ser”.

• No sólo hay una imprecisión en el hecho de tomar a ese algo como un “ser”, sino que existe otro razonamiento forzado al denominarlo “Dios”. No está demostrado, aún asumiendo que sea un ser ese algo, que sea un dios.

• La frase “Todos le dicen Dios”, es un argumento ad populum. Es decir, de ninguna manera un razonamiento se vuelve válido por ser popular.

Queda expedito entonces que los razonamientos de la Tercera Vía de Santo Tomás de Aquino no son concluyentes. La Cuarta y Quinta Vía continuarán en las próximas entregas.






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lunes, 26 de julio de 2010

"SUMA TEOLÓGICA". SEGUNDA VÍA



C
ontinuando con la Segunda Vía de Santo Tomás de Aquino, se tiene su siguiente argumento demostrativo:

"La segunda es la que se deduce de la causa eficiente. Pues nos encontramos que en el mundo sensible hay un orden de causas eficientes. Sin embargo, no encontramos, ni es posible, que algo sea causa eficiente de sí mismo, pues sería anterior a sí mismo, cosa imposible. En las causas eficientes no es posible proceder indefinidamente porque en todas las causas eficientes hay orden: la primera es causa de la intermedia; y ésta, sea una o múltiple, lo es de la última. Puesto que, si se quita la causa, desaparece el efecto, si en el orden de las causas eficientes no existiera la primera, no se daría tampoco ni la última ni la intermedia. Si en las causas eficientes llevásemos hasta el infinito este proceder, no existiría la primera causa eficiente; en consecuencia no habría efecto último ni causa intermedia; y esto es absolutamente falso. Por lo tanto, es necesario admitir una causa eficiente primera. Todos la llaman Dios."

Santo Tomás de Aquino, tomando una idea aristotélica, postula su Segunda Vía desde el punto de vista de las “causas eficientes”. Para nuestra comprensión, Aristóteles había dividido a las causas en estos tipos:

• Causa material
• Causa formal.
• Causa eficiente.
• Causa final.

Un ejemplo para ilustrar todas estas causas sería el siguiente: El apóstol Juan escribe el libro de las Revelaciones para difundir la palabra de Dios por toda la humanidad. La causa material sería el pergamino y la tinta usados, la causa formal sería lo escrito o el contenido (las Revelaciones), la causa eficiente sería el apóstol Juan y la causa final sería difundir la palabra de Dios.

Vemos pues que la causa eficiente se refiere a lo que llamaríamos actualmente “el autor material” de los hechos, o el responsable directo. Con esta información, analicemos el argumento.

El primer axioma de Tomás de Aquino es que “nos encontramos que en el mundo sensible hay un orden de causas eficientes”. Esta premisa, de ser válida, se cumple en el ámbito del mundo sensible, y todo lo que está en él, por definición, es lo que podemos conocer y percibir.

Partiendo de lo anterior, explica que “sin embargo, no encontramos, ni es posible, que algo sea causa eficiente de sí mismo, pues sería anterior a sí mismo, cosa imposible”. Esto no es más que una de las formas del enunciado de la conservación de la energía, o de la primera ley de la termodinámica. Básicamente, nada puede salir de la nada, y si recordamos que nos encontramos en el marco del mundo sensible, estoy completamente de acuerdo. Sin embargo, la afirmación final de que sea “imposible” que ocurra lo contrario, merece estar sujeta al primer axioma. Es imposible, pero en el mundo sensible.

No obstante la lógica predecesora de la Segunda Vía, aparece luego algo que, por lo menos para este servidor, no es evidente. Tomás de Aquino afirma: “En las causas eficientes no es posible proceder indefinidamente porque en todas las causas eficientes hay orden: la primera es causa de la intermedia; y ésta, sea una o múltiple, lo es de la última”. No está claro a qué se refiere con “indefinidamente”, en específico si es un indefinido hacia el pasado o hacia el futuro, inclusive si se refiere a ambos. Supondré pues, que se refiere a la imposibilidad de las causas eficientes indefinidas tanto en pasado como en futuro.

La imposibilidad de mantener indefinidamente las causas eficientes acota la dimensión del tiempo, sobretodo si el indefinido tiene límites tanto en pasado como en futuro. En pocas palabras, de ser éste el caso, el tiempo tendría un comienzo y un fin absolutos.

Pero Tomás de Aquino no sólo establece sus premisas en un tiempo posiblemente lineal y finito, sino que explica que la causa de que eso sea así es el orden. Es el orden lo que explica que las causas eficientes no puedan ocurrir indefinidamente, porque ellas ocurren con “jerarquía”: primero la primera, luego la segunda, luego la tercera, y así sucesivamente. ¿Pero cuál es ese orden que impide que de la tercera pasemos a la cuarta y de ella a la quinta y luego a la sexta, siguiendo la cadena hasta el infinito? No puede ser, en tal caso de haber tal, un orden divino, pues es lo que justamente se intenta demostrar.

No está claro entonces lo que significa que el orden jerárquico de los eventos, por denominarlo de alguna manera, establezca un límite en el futuro. Sopesemos, ergo, si tal límite es factible hacia el pasado.

Justamente el hecho de retrotraer nuestro presente al más lejano pasado es lo que ha despertado (mayoritariamente) el debate acerca de la existencia de Dios o la existencia de una causa primera. Sin embargo, tal y como decía en Suma Teológica- Primera Vía, hay dos prejuicios con los cuales hay que combatir: El tiempo lineal y una primera causa.

Cuando estipulamos que el tiempo es lineal, tácitamente establecemos, como bien razona Tomás de Aquino, que existe una dimensión temporal que gráficamente puede ser representada por una longitud infinita, sin comienzo ni fin. Basándonos en el ámbito del mundo sensible, la forma física de demostrar lo contrario sería asumir que el universo es un sistema cerrado, contabilizar de alguna manera la masa del universo y establecer por tanto una cantidad de energía total existente. El momento en el cual toda esa cantidad de energía estuvo reunida en un solo ente podría establecer cuál fue el inicio del tiempo. Sin embargo, denominar el inicio del tiempo en ese instante sería una convención sujeta a relativismos, pues sería el inicio del tiempo del universo sensible. ¿Qué podríamos decir de lo que antecedía a ese momento? Nada. En pocas palabras, no puede demostrarse rigurosamente un inicio del tiempo si nos atenemos a nuestros sentidos.

Tampoco puede demostrarse rigurosamente que fue necesaria una causa primera. Sí, es efectivamente lógico suponer que todo tiene una causa, pero no es posible, empero, demostrar que todo nació de una causa única. No hay nada, en el mundo sensible, que ofusque una infinitud hacia el pasado, pero veamos lo que tiene que decir Santo Tomás de Aquino al respecto:

“Si en el orden de las causas eficientes no existiera la primera, no se daría tampoco ni la última ni la intermedia”. Que sea esto la premisa base para lo que sigue. Luego:

“Si en las causas eficientes llevásemos hasta el infinito este proceder, no existiría la primera causa eficiente”. Presumo que con “llevásemos hasta el infinito este proceder” se refiere a avanzar infinitamente hacia el pasado, pues hacia el futuro no tendría sentido la frase.

En este orden de ideas, estoy completamente de acuerdo con Tomás de Aquino, pues de existir un pasado infinito, realmente infinito por definición, nunca retrocederíamos lo suficiente como para hallar una causa primera. Sería asumir por tanto que el tiempo siempre fue, sin nacer. Prosiguiendo:

“en consecuencia no habría efecto último ni causa intermedia; y esto es absolutamente falso. Por lo tanto, es necesario admitir una causa eficiente primera”.

Bien, la última parte de tal argumento fue expresada impecablemente. Lo que Tomás de Aquino establece es que si el tiempo siempre fue, no hubo causa primera y por lo tanto todo lo que pudo haberse derivado de ellas sería inexistente. Como es falso que todo es inexistente, pues tuvo que haber una causa primera. Tiene razón. Pero este argumento es válido, recordemos, si y sólo sí partimos del mundo sensible.

Para aceptar finalmente una causa primera como creadora de todo lo que existe, debe necesariamente dicha causa escapar de las causalidades. Y se nos presenta entonces una paradoja: ¿Cómo lo causado puede serlo por lo no causado? Aquí es en donde entra comúnmente el argumento místico. Prueba de ello es que Tomás de Aquino no tarda en decir “todos la llaman Dios”. Lo responsable sería decir que por los momentos no se sabe, pues forzar hacia Dios el razonamiento sería un argumentum ad ignoratiam, transfigurado en el popular caso particular del “Dios de los huecos”. De hecho, al suponer que exista una demostración para una causa primera, ésta ha de ser suprasensible, y por lo tanto, no podemos acceder a ella.

Muy bien podríamos, desde otro punto de vista, hacer un ejercicio mental. Supongamos que en la concatenación de las causas y efectos existe algo así como una causa última, y por consiguiente un efecto último. Éste efecto último cerraría bruscamente toda la serie de causas y efectos predecesores. Una pregunta válida sería: ¿Qué evento en el marco de lo sensible podríamos establecer para decir que todo lo que existe desaparecerá hacia la nada? El mundo, con nosotros incluso, podría destruirse, las estrellas se podrían alejar hasta enfriarse o tal vez podríamos implotar hacia un único punto, pero sería lógico pensar que siempre sucederá algo. Sería lógico por tanto decir que el tiempo será siempre, se extenderá indefinidamente hasta el infinito.

Entonces, si no es reprochable una permanencia del tiempo hacia el futuro, ¿por qué habría de serlo hacia el pasado? Como mencioné antes, no se puede demostrar que el tiempo no está establecido indefinidamente hacia el pasado. La Segunda Vía de Aquino es, por lo tanto, válida sólo en un marco de tiempo y espacio local.

Seguiremos en próximas entradas con los siguientes argumentos.




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domingo, 25 de julio de 2010

"SUMA TEOLÓGICA". PRIMERA VÍA



U
no de los trabajos más importantes para el mundo de la teología es la Suma Teológica, concebida y escrita por Santo Tomás de Aquino. En ella, entre otros puntos importantes, el autor explica y parece demostrar por medio de cinco caminos distintos la existencia de Dios. En efecto, dicha demostración, bastión principal de todo creyente, se le conoce como “Las Cinco Vías de Tomás de Aquino.”

Siendo estos argumentos de una importancia trascendental para cualquier ser humano, me he tomado la inquietud de leerlos y analizarlos, a fin de profundizar en ellos y opinar al respecto. A continuación la Primera Vía:

“La primera y más clara es la que se deduce del movimiento. Pues es cierto, y lo perciben los sentidos, que en este mundo hay movimiento. Y todo lo que se mueve es movido por otro. De hecho nada se mueve a no ser que en cuanto potencia esté orientado a aquello para lo que se mueve. Por su parte, quien mueve está en acto. Pues mover no es más que pasar de la potencia al acto. La potencia no puede pasar a acto más que por quien está en acto. Ejemplo: el fuego, en acto caliente, hace que la madera, en potencia caliente, pase a caliente en acto. De este modo la mueve y cambia. Pero no es posible que una cosa sea lo mismo simultáneamente en potencia y en acto; sólo lo puede ser respecto a algo distinto. Ejemplo: Lo que es caliente en acto, no puede ser al mismo tiempo caliente en potencia, pero sí puede ser en potencia frío. Igualmente, es imposible que algo mueva y sea movido al mismo tiempo, o que se mueva a sí mismo. Todo lo que se mueve necesita ser movido por otro. Pero si lo que es movido por otro se mueve, necesita ser movido por otro, y éste por otro. Este proceder no se puede llevar indefinidamente, porque no se llegaría al primero que mueve, y así no habría motor alguno pues los motores intermedios no mueven más que por ser movidos por el primer motor. Ejemplo: Un bastón no mueve nada si no es movido por la mano. Por lo tanto, es necesario llegar a aquel primer motor al que nadie mueve. En éste, todos reconocen a Dios”.

Según el contexto, se entiende “acto” como acción, “potencia” como capacidad o intención de acción y “movimiento” como cambio.

Analicemos la siguiente frase: “Y todo lo que se mueve es movido por otro”. Acorde a lo observado en la naturaleza, es sensato afirmar tal cuestión. No obstante, más adelante Santo Tomás de Aquino expresa que “la potencia no puede pasar a acto más que por quien está en acto”, lo cual quiere decir básicamente que el tránsito entre la intención de ejecutar una acción y la acción misma sólo puede “brotar” del ente que ejecuta la acción.

Ahora bien, analizando en detalle, lo que transcurre entre la intención y la acción es un puente que une ambas situaciones. Ese puente, si nos fiamos de los sentidos (como dice Tomás de Aquino), aunque sea infinitamente pequeño, no ha de ser una nada. Empero, ese puente o esa unión, sea lo que sea, existe para que “intención de acción” y “acción” puedan estar relacionados.

Bien, si esta premisa es cierta, y si ese puente relacionador en efecto existe, constituye entonces en sí mismo un factor de cambio, o en palabras de Tomás de Aquino, “movimiento”. En efecto es un cambio porque por medio de él la “potencia” pasa a la “acción”. Puesto que “la potencia no puede pasar a acto más por quien está en acto”, ese cambio o movimiento emana de lo interior del ente; sería un cambio promovido por el ente mismo.

Luego, estamos ante una contradicción de los razonamientos de Aquino, pues si “todo lo que se mueve es movido por otro”, ¿cómo un movimiento puede ser oriundo del ente mismo? Tenemos las siguientes alternativas:

• O nuestros sentidos nos fallan, y no siempre lo movido necesita de un motor externo (argumento que muy bien pudiera ser utilizado para refutar la idea de la Primera Vía de Aquino).
• O los conceptos como “potencia”, “puente”, “acto” y “movimiento” están mal planteados o mal entendidos.

Para elegir entre una u otra, o incluso para determinar si las dos pudieran coexistir, sería necesaria una revisión rigurosa de los constructos mentales que nos permiten aprehender la realidad (de existir una realidad absoluta e independiente), y por otro lado sería menester atender con rigurosidad los conceptos que utiliza Aquino para explicar las causas y sus efectos. Por lo pronto, la Primera Vía, opino, no se encuentra del todo bien fundada.

Independientemente de lo anterior, surgen nuevas perspectivas e interrogantes que permiten continuar el análisis de este argumento.

Percibo, aunque justifico, una aversión hacia lo que contradiga el funcionamiento de las causas y los efectos. ¿Pero será cierto que así funciona la naturaleza? Hume demostró que existe un problema con el asunto de la causalidad. Expresaba que entre una causa y un efecto no existe una condición necesaria y suficiente para que el segundo suceda al primero. Lo máximo que se podría afirmar al respecto es que entre causa y efecto hay una correlación, pues cuando sucede lo uno parece suceder lo otro. No así una vinculación directa.

Una repercusión importante de este paradigma es que si aún en términos lógicos la existencia de Dios fuera comprobable, nada indica que los axiomas de los cuales se parten para llegar a tal conclusión sean los verdaderos, pues son nuestros sentidos humanos la base de todo y es nuestra mente la que une imaginariamente las causas con los efectos.

Por otro lado, existe un prejuicio cognitivo en cuanto a la linealidad de los eventos, así como en el establecimiento del origen de las causas. Presuponemos, por lo que nos relata la experiencia del día a día, que los eventos se desarrollan en una especie de “efecto dominó”, en donde las causas ocasionan efectos que a su vez se vuelven las causas de otros efectos, y así sucesivamente. Nada nos impide pensar, sin embargo, que así como una multiplicidad de causas ocurren, en ocasiones, en un solo efecto, exista también una multiplicidad de causas a nivel meta-teórico que sean el origen de todo lo que es. Es decir, que esas causas varias sean inmanentes a sí mismas, pero que sean unas independientes de otras, necesarias todas para la creación del universo.

Un ejemplo de lo anterior sería imaginar que Dios, en vez de crear el universo a partir de un único punto, lo haya creado a partir de dos o tres (pueden ser arbitrariamente varios). Esos puntos serían independientes uno del otro, irreductibles y necesarios para la creación.

Por supuesto, eso sería una variación del argumento de la causa primera, en donde un motor primero increado haya creado todo lo demás.

Otro enfoque sería suprimir el prejuicio de la causa (o las causas) primera(s) e imaginar sin ningún inconveniente que es completamente factible que pueda existir una infinitud de causas hacia el pasado. Esto es, no hay inicio.

En la Antigua Grecia se pensaba que de hecho el universo era, que es y que será. Por ello admiraban tanto al círculo como figura geométrica, porque, entre otras cosas, no tenía ni principio ni fin. Y es que, ¿por qué no imaginar un tiempo circular? O como pensaba Nietzsche (así como la cultura hindú): ¿por qué no suponer que el tiempo es infinitamente pasado e infinitamente futuro, en cuyo caso, todo lo que es ya ha sido y será de nuevo?

Muy válida parecería la pregunta: ¿Y cómo fue creado entonces un tiempo circular?. Pero responderla sería caer de nuevo en el argumento de la primera causa. Por lo tanto, parece ser una pregunta improcedente (como preguntarse el sentido de LA vida, por ejemplo).

Finalizando, pero no menos importante, queda una cuestión que analizar. Los argumentos del tipo “causa primera”, para cerrar el lazo infinito hacia el pasado, recurren forzosamente al hecho de suponer un motor que todo lo crea, pero que es increado.

Un ente de naturaleza increada, es decir, un ente auto-concebido o espontáneo, ha de ser, por más metafísico que sea, necesaria y diametralmente opuesto a lo que sí es concebido. Esta oposición de extremo a extremo es debida simplemente a la definición de lo que significa “creado”. En pocas palabras, lo increado y lo creado es de naturaleza completamente distinta.

Bien, podemos estar de acuerdo en eso, y hasta podríamos convenir, a nivel metafísico, que ambos tipos de entes existen. No obstante, habría un grave problema al establecer un vínculo entre un conjunto y otro. Sería una intriga mucho más grande incluso que la de la causa primera, pues, ¿cómo es factible que algo tan distinto de lo creado como lo es lo increado tenga un puente que los una? Eso sería como extraer fuego del agua.

Más aún, se asegura que hay una jerarquía entre “increado” y “creado”, siendo lo primero el causante de los segundo. ¿Por qué? ¿A qué obedece tal suposición?

Concluyendo, y respecto a la Primera Vía de Santo Tomás de Aquino, se tiene el siguiente panorama:

• Los argumentos de Aquino, o son contradictorios o no son lo suficientemente rigurosos.
• Existen prejuicios en cuanto a la unión de causas y efectos.
• Existen prejuicios en cuanto a los argumentos que explican las causas primeras.
• Existe una contradicción al establecer lo increado como lo creador.

Seguiremos con los demás argumentos de Aquino en las próximas entregas.




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