sábado, 7 de julio de 2012

I, PET GOAT II - Comentarios


El colectivo que se hace llamar "Heliofant", bajo la dirección de Louis Lefebvre, ha concentrado su esfuerzo en la elaboración de una exquisita animación. Una critíca audiovisual que no busca solamente el encanto de la técnica bien ejecutada, ni se queda en la maravillosa estética que presenta, sino que conmueve con su alegórico contenido, que no deja de tener múltiples interpretaciones.

Si gusta, puede ver el corto a continuación:


Desde el principio, unas suntuosas y delicadas manos, demoníacas y femeninas, manejan a los que nos manejan. Dinero y sangre, son sus nombres; actores que nunca han dejado de protagonizar en la trama de la humanidad. ¿Pero dirigidas, entonces, bajo la máscara de la lúgubre femeneidad? Algo que pocos sospecharían, sin duda.

Y los que nos manejan -no es secreto para nadie-, son los que devengan el poder económico y militar, antonomasia actual de los Estados Unidos. No tarda en aparecer, sin embargo, la picarezca sorna al Creacionismo, pues alguien parece haber perdido en el juego del ahorcado al no atinar con la palabra "evolución". No es casual que dicha ingenuidad intelectual sea asociada con el tonto de George W. Bush. El sombrero cónico en su cabeza es casi un pleonasmo visual. 

Por cierto, hablando de sombreros, el buen Obama se diferencia de su predecesor con su birrete. Pero, ¿y ese misterioso 101? Vea la animación y observe detenidamente.

Niños gregarios, individuos genéricos que no parecen pensar y que, además, se encuentran alienados tras la retícula académica, contrastan con la niña despierta (reminiscente a Alicia, pues hasta el conejo aparece) que arroja la manzana de la preocupación. Es que para los poderosos, que los subyugados disientan siempre será motivo de preocupación. No es para menos.

Comienza el fin de la distopía. En medio de un mundo gélido, la fábrica termina por destruírse a sí misma, a la sazón del final inevitable que adviene a la producción por la producción. Osama, ángel negro iluminado por la oriental luna roja, agradece delante de su séquito; no sin olvidarse de que los ángeles negros, por más negros que sean, cayeron del "Cielo". O de la CIA.

Y no es que la libertad se desmorone, es que todo se desmorona. En una metáfora muy cristiana, la serpiente y Jesucristo intervienen en medio de la implosión. Los medios, influenciadores legítimos pero decadentes de la plebe, extraen la masa encefálica de las nuevas generaciones; y pareciera que éste es el heraldo de la serpiente del Edén. Eso, con los jóvenes, porque con los ya maduros el mercado, la pugna inacablable por el dinero es su sentido existencial, Valor simbólico, y quizás alusivo a la masonería, tiene el zarcillo en la oreja izquierda del tentador personaje.

Por otro lado, el portador del Sagrado Corazón, corazón éste dibujado con traza de infante, con inocencia pero flameante, navega en trance atravesando toda la catástrofe. Los bombarderos B-2A Spitit atacan la Mezquita, y no es precisamente La Piedad de Miguel Ángel la que llora inconsolable con Jesús en sus piernas... 

Nuevas generaciones de indígenas autómatas, que con un talante criminal importado, son la representación del miedo ante lo maligno y desconocido para sus ancestros. Los proletarios suramericanos se ahogan aterrorizados en medio de la inmundicia, y a la vista de una izquierda que nunca les salvará. Mientras tanto, en otras lindes, ¿para qué luchar por los oprimidos asiáticos si es el momento de los muertos, de la muerte, y este par está de fiesta?

Pero el apocalipsis ha llegado, y las lenguas de fuego del Sagrado Corazón han descendido a los hombres, tal y como lo vaticinaba San Juan. Más, basta observar que no solo es un descenso de la destrucción, no es solo una destrucción de afuera hacia dentro, sino también de adentro hacia afuera. Y adentrándose por la epiglotis de la humanidad, el flagelo definitivo apenas comienza.

Aunque el Sagrado Corazón lideriza el Gran Final, Shiva y los otros dioses le secundan en la destrucción. La devastación deja de ser patrimonio del Cristianismo y toma carácter universal. La Puta de Babilonia, antigua seductora de los hombres, recibe su juicio divino mientras se encuentra encerrada en su torre fálica. Todo se desmorona, incluyendo las legiones de esclavos encorbatados que nacieron para mimetizarse en el colectivo, producir y morir. La tundra se destroza, la serpiente que engaña huye, la danza debajo de la luna enorme avisora el término y, finalmente, ese palacio demoníaco que es el mundo del hombre colapsa, con todos sus logros y maravillas, pirámides, tecnologías y castillos, ante el gran Sol de los nuevos tiempos.

Y así, el Sagrado Corazón despierta para verlo.






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domingo, 1 de julio de 2012

EL PECADO ANCESTRAL


El buen Saramago decía que "Dios hizo lo que quiso y quiso lo que hizo". Y es cierto; porque, según los burdos intentos de definir a los dioses, ¿cómo sería posible, pues, que algún ente estuviese fuera de Dios, o fuera de la anuencia de Dios? Si Dios es voluntad pura y conforma el Todo, tal posibilidad no es factible.

Así que, ¿no quería Dios, no era parte del designio de la divinidad, que Adán y Eva le dieran un bocado a la popular manzana? No quedaría más remedio que asentir. Y así, la humanidad entera, generación tras generación, heredó el "flagelo" de la  muerte bajo la simpática mirada del Creador. Pero, además, ¿habrá heredado algo adicional? 

El pecado, esa lacerante y artificial culpa por antonomasia, no solamente manchó de impureza a los primeros humanos del Génesis -que en honor a la justicia, cabría preguntar cómo se puede castigar la desobediencia si los protagonistas de este drama aún no estaban en conocimiento de lo bueno y lo malo-; sino que de alguna manera ha salpicado a todos los que no han tenido absolutamente nada que ver con el Edén, ni con manzanas del conocimiento, ni con tentaciones de serpientes míticas. Y así fue como, desde que esto quedó sentado, el pecado se convirtió en nuestra estampa, incluso sin haber nacido. Pero este es el punto de vista de Occidente...

Una postura de lo más interesante es la de los cristianos ortodoxos. A continuación, bien merece un espacio la opinión de uno de sus integrantes:

"Es un error teológico grave el que cometió el catolicismo romano desde el principio.

Todo nace de un error de traducción de Agustín, que pervierte toda la teología de salvación en Occidente. En su mediocre conocimiento del griego, Agustín tradujo 'eph no pantes hermaton' como 'in quo omnes peccaverunt', que quiere decir 'En (Adán) todos pecaron'. De aquí construye Occidente su idea de pecado original heredado de Adán y su sistema punitivo jurídico sobre la salvación del hombre.

Pero resulta que no significa eso. El verdadero significado es 'Dado que todos pecaron'.

Ese error de Agustín dio pie a la construcción de un macrosistema carcelario en la teología occidental. Si todos pecaron en Adán, también los recién nacidos, bebés y niños concluían directamente del error de traducción agustiniano. De ahí el destino de los niños a lugares horribles, y cosas así.

Qué pena. Desconocer un par de palabrejas en griego ha causado que haya gente que cree que los recién nacidos no bautizados van al limbo.

Huelga decir que el oriente cristiano ortodoxo no cometió este error, y por ello no creen en limbos ni en esa teología punitiva carcelaria occidental, sino en la teología terapéutica oriental. Dios no se venga, Dios reinserta, purifica, cura -todo lo que dispone es para sanar, no para vengar.

El Pecado Original, a grandes rasgos, es el pecado cometido por Adán y Eva (los primeros padres de la humanidad) al desobedecer el mandato divino de no comer del Árbol del Conocimiento del Bien y el Mal, siendo castigados con la expulsión del Paraíso. Por esta razón se condena al pecado a cada uno de los nacidos, -es decir, a la naturaleza humana como tal, tras la expulsión del Edén.

La doctrina romana a este respecto se fijó en el Concilio de Cártago (397), en el Concilio de Orange (529), y en el Concilio de Tranto (1545). Ninguno de estos es considerado "Concilio Ecuménico Válido", por la Iglesia Ortodoxa.

En la iglesia ortodoxa no existe el Pecado Original, lo que existe es el Pecado Ancestral. Dios dotó al ser humano de libre albedrío. Le dio el poder de elegir y tomar sus propias decisiones. Por ende, puede elegir entre hacer lo bueno (vivir en el amor de Dios) o hacer lo malo (alejarse del amor de Dios). De ésto ya nos advertía el apóstol San Pablo.

'Todo está permitido, pero no todo es provechoso. Todo está permitido, pero no todo es constructivo'. (1 Cor. 10-23).

La inclinación natural de hacer el mal -a separarse de Dios- es lo que llamamos el 'Pecado Ancestral', No existe antecedente bíblico contundente ni en los escritos de los Santos Padres de la iglesia para sostener una "Doctrina del Pecado Original".

Creemos que no es posible heredar la transgresión cometida por Adán y Eva (ellos ya pagaron con su expulsión del Paraíso). Nadie carga con culpas ni errores ajenos. Si caemos en pecado, cada uno de nosotros tenemos que comparecer y responder ante el tribunal de Cristo por nuestras faltas. La responsabilidad no es hereditaria sino individual".

No cesa de ser una punzada al espíritu histórico el hecho de que el languidecimiento de la que debería ser la hermosa y orgullosa estampa del humano, y de su devenir natural, haya sido consecuencia de un error de traducción; así como ya es sabido que la fortuna que le sonrió a Constantino en batalla fue el principio que cambió nuestro destino por siglos. ¿Será esta la raíz del estigma que envilece, sin necesidad, nuestra naturaleza?

No hay nadie más interesado en el pecado que el sacerdote. 

Para la reflexión.







Referencias:
1) Junio. 2012. "Pecado Ancestral vs. Pecado Original". Diócesis de México.
2) Junio, 2012. Comentarios de "La farsa del pecado de Abraham o el Limbo de los profetas". Ateísmo para cristianos.


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domingo, 20 de mayo de 2012

REFLEXIONES DESDE EL EXILIO

                           "Monumento al Emigrante". Tenerife, España.


Los venezolanos que vivimos en el extranjero, a diario recibimos críticas por haber “abandonado” el país (aunque este no sea el mejor término, algunos lo describen así). En muchas ocasiones, se nos pide que no opinemos si no nos encontramos en Venezuela. Se les olvida a quienes critican que aunque no estemos, en primer lugar: nacimos, crecimos y vivimos allí; en segundo lugar: el hecho de no encontrarnos en Venezuela, no implica que no nos importe o que nos importe menos lo que allí suceda; en tercer lugar: tenemos gente en el país que nos importa mucho (familia, amigos, conocidos). Encontrarse en el exilio (entendiendo al término como la “separación de una persona de la tierra en que vive”) no es fácil. Hay muchos detalles que se deben tomar en cuenta al comenzar una vida nueva en otro país:

  • Diferencias culturales de toda índole: las costumbres del país que te acoge son completamente diferentes a las de tu país de origen. Por ende, si deseas adaptarte, tienes que aceptarlas y en algunas ocasiones involucrarte en ellas. Se sorprenderían de la cantidad de diferencias culturales que existen: desde la hora de apertura de un comercio hasta la celebración de un cumpleaños. Y si menciono la forma de hablar, dedicaría un artículo entero. 

  • Adaptación al horario y al clima: situaciones climáticas extremas (olas de frío, olas de calor, nevadas, vientos fortísimos, tormentas de arena provenientes del Sáhara, ciclogénesis explosiva –todas estas situaciones verídicas-, y un sinfín de fenómenos meteorológicos a los que no estás acostumbrado y que inclusive, por experiencia propia, pueden afectar tu salud y tu cuerpo). Asimismo, el cambio de horario afecta, y mucho. En España, por ejemplo, hay una época del año en la que oscurece cerca de las 10 de la noche, los días son extremadamente largos y como consecuencia de ello, se pueden sufrir alteraciones del sueño. 

  • Adaptación a otras lenguas: en mi caso particular, al gallego. En otros casos –encontrándose en España-, al euskera y al catalán. Inclusive, si buscas empleo, te pueden exigir que domines la lengua local. De modo que en muchos casos debes estudiarla, así no la utilices en otras localidades fuera de España. 

  • Alejamiento de la familia, amigos y demás seres queridos: en lo personal, una de las situaciones más duras del exilio. Saber que estás lejos y que tu país de origen está mal, que tu familia y amigos están pasando situaciones realmente difíciles, y, peor aún, que pierdas a un ser querido y que no puedas estar allí, o que no puedas compartir momentos tan importantes como bodas, nacimiento de nuevos miembros de la familia, etc. es, en mi opinión, lo más duro que nos toca vivir a quienes nos radicamos en el extranjero. 

  • Situaciones de xenofobia, racismo e intolerancia: en pleno siglo XXI, aunque sea difícil de creer, el colectivo extranjero aún sufre vestigios de intolerancia por razones de raza y procedencia. En muchas ocasiones, se escuchan comentarios desagradables como “la crisis fue provocada por los extranjeros”, o si se refiere a un determinado crimen, “seguramente fue un extranjero”. Términos como “sudaca” dan cuenta de ello. Que apenas hables y te pregunten “no eres de aquí, ¿verdad?”. Lo notan y te lo hacen saber: no perteneces a este lugar. No siempre es así, pero ocurre aisladamente. 

  • Comenzar de cero: aunado a lo anteriormente expuesto, se debe comenzar de cero. Esto implica, entre otras cosas, estudiar nuevamente si es necesario para que tu nivel educativo sea reconocido u homologado; conseguir empleo, que en ocasiones resulta difícil por el hecho de ser extranjero (falta de confianza y “mala fama”); adquirir vivienda; adquirir vehículo; familiarizarse con el lugar en el que ahora vives –transporte público, calles principales, avenidas, organismos públicos, hospitales, consulados… etc.-; tramitar la documentación respectiva, y mucho más.

  • “Ni de aquí, ni de allá”: acostumbrarse a los cambios que supone vivir en el extranjero, te hace ver las cosas de una forma distinta. Influye tanto en el comportamiento como en la estética, las costumbres, las formas. La influencia es tal que cuando regresas a tu país de origen, te ven como una persona extraña. Algunos van más lejos y te critican que los aires europeos (en mi caso) te han “sofisticado”. Entonces surge una inquietud adicional: en el extranjero, no encajas propiamente en el país que te acoge. Siempre serás extranjero. En tu país de origen, ya no te sienten que pertenezcas a él, te ven como a un europeo (o norteamericano, o canadiense, o australiano –por poner ejemplos-). Luego, no puedes más que inferir: “No soy de aquí, ni de allá”.

Todas estas situaciones, sin duda alguna, te hacen madurar y verlo todo desde otra óptica. Quienes critican u opinan acerca de los venezolanos en el exterior no tienen idea de las experiencias, en algunos casos extraordinarias, en otros casos desagradables, que nos toca vivir. Adicionalmente, no puede ser condenable que queramos una mejor calidad de vida, que queramos brindarles a nuestros hijos un mejor futuro, que a pesar de los inmensos sacrificios que nos toca asumir, queramos vivir en tranquilidad, seguridad y paz. Hacer comparaciones es inevitable, sobre todo cuando viajas a otro lugar y percibes que hay orden, hay seguridad de toda índole, hay respeto a las leyes. Ocurre que nos acostumbramos tanto a la anarquía, al caos, a la agresividad, al desorden, al irrespeto, que no somos capaces de abrir los ojos y ver que hay otro mundo mejor allá afuera. Consejo: viajen, conozcan, observen, comparen y luego, saquen sus propias conclusiones. Y, partiendo de allí, critiquen. Pero critiquen siempre con fundamento.






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viernes, 27 de abril de 2012

BREVES CONSIDERACIONES ANODINAS DEL TIEMPO



Una entrañable amiga me ha preguntado qué opino, filosóficamente hablando, acerca del tiempo. Mucho me temo que solo podía darle una respuesta desde mis pocas entrenadas convicciones, y en un rápido denuedo silogista le he dicho lo siguiente:

"Te diré lo que pienso.

El tiempo, en sí mismo, no existe, pues parte de dos arbitrariedades innatas en el ser humano para entender mejor la realidad: a saber, el inicio de un evento y las unidades en las que se mide ese evento.

Supongamos que acontece un evento A, y luego de una cadena de causas y efectos, un evento B. La cadena de causas y efectos bien puede ser irrelevante entre A y B. Simplemente acontece entre un evento y el otro. Con esto evitamos que el evento A sea simultáneo al evento B en este ejercicio que estoy proponiendo.

El mundo no comienza cuando sucede el evento A, sin embargo, para estimar cuantitativamente un lapso entre A y B, suponemos, arbitrariamente, que el tiempo en A es un tiempo cero, y que el tiempo en B, luego de algunas sucesiones, vale algo. 

Pero el tiempo, en términos absolutos, no vale cero ahí. Como te dije, el universo no comienza ahí. Sería, en el mejor de los casos, un tiempo relativo.

¿Pero entonces significa que el tiempo sí comenzó a existir desde que el universo comenzó? Tampoco.

Lo que sucedió al principio del universo fue el Big Bang, que devino en nebulosas, que produjeron planetas, que luego albergaron vida. Digamos que lo que en realidad sucedió fue una cadena infinitamente gradual de acontecimientos (y que aún sucede). Nosotros, ahora mismo, somos el universo explotado convertido en seres humanos; todo en un eterno presente. Se podría hablar, con absoluta propiedad, que así como no hay futuro, no hay pasado.

El concepto de tiempo esta hermanado con el concepto de ritmo, o con el de repetitividad. Nosotros somos seres "rítmicos", y tenemos la ilusión del tiempo en la sangre. Vivimos bajo los ciclos de la respiración, del día y la noche, del nacimiento y la muerte, de las estaciones, del latido del corazón. Incluso creamos música. Todo eso es rítmico, es periódico, y cuando afirmamos inocentemente que hay tiempo entre A y B, en verdad lo que afirmamos es que los sucesos entre A y B pueden ser divididos equitativamente entre un número de cuestiones rítmicas a las que estemos acostumbrados.

Es como decir: ¿cuántos latidos de corazón caben entre A y B? ¿O cuántos aleteos de colibrí? ¿O cuántos segundos? ¿O cuántos años? ¿O cuántos "ratos" de motel? ¿Sabes cómo se define un segundo según el Sistema Internacional de Unidades? Así:

'Un segundo es la duración de 9 192 631 770 oscilaciones de la radiación emitida en la transición entre los dos niveles hiperfinos del estado fundamental del isótopo 133 del átomo de cesio (133Cs), a una temperatura de 0 K'.

Pura arbitrariedad. De hecho, esta es la segunda arbitrariedad humana en estos asuntos del tiempo: las unidades en las cuales se mide.

Tan efímero es este asunto del tiempo como el del "espacio", cuestión que al igual que la mismísima "causa y efecto", es susceptible de toda duda. Tanto es así, que hasta espacio-tiempo llaman a esa invisible e impalpable telaraña que abriga a todas las cosas en el universo. ¿Para qué llamarla espacio-tiempo si en el fondo es la misma cosa? Pero estas son otras menudencias que no vienen al caso.

Lo que se esconde detrás del tiempo es la conjugación de otras "propiedades" o "facultades": Una cadena de hechos, una capacidad adecuada para ordenar el mundo, la memoria, diferencias entre la magnitud de impulsos perceptivos y la finitud de estos, nuestra propia finitud, nuestra inherente concepción del espacio, nuestra mala crianza con la "causalidad"; todo ello confluye a que inventemos el tiempo. 

Por otro lado, ¿qué podemos saber nosotros del tiempo, si para saber de él estamos inmersos en sus entrañas? Eso es como opinar de la vida sin habernos muerto primero.

Un abrazo".

Dejé de escribir y me sometí de nuevo al esquema de ritmos.









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domingo, 22 de abril de 2012

PENSAD COMO POLÍTICO Y ENTENDERÉIS


 Tal parece que desde que los pueblos han tenido la oportunidad de elegir a sus dirigentes, la figura del político se ha venido trastocando en la forma de un orador de turno, afanoso por el poder y entusiasta de las parafernalias. Esto, incluso hasta llegar a deformar el concepto mismo de la política; y en vista de ello, no es despreciable ese creciente número de personas que, víctimas de la impronta reduccionista que define el semblante de los tiempos actuales, asocian todo lo referente a la política, rápida y tajantemente, con la peor inmundicia del ser humano. Y en ocasiones, hay que decirlo, no les faltan razones. 


 Pero cabría preguntarse, ya que es el ciudadano el que elige a su gobernante, quién es el verdadero responsable de las inconvenientes consecuencias de los gobiernos nefastos. No obstante, acusar enteramente al ciudadano de los desmanes ocasionados al otorgar, de buena fe, un cheque en blanco a una persona que promete ser un digno representante del pueblo, no es del todo justo. A fin de cuentas, para la persona promedio siempre será difícil prever si las promesas políticas por fin caerán del abstracto mundo de las ideas a la palpable realidad.


 A todas estas, quizás sea oportuno introducir una tercera variable en este problema de dilatada data. En el caso ideal en el que el ciudadano elija a su representante bajo las mejores premisas posibles, y que a la vez este representante sea congruente en acciones con lo que se espera de él, ¿existiría la posibilidad de que el gobierno de este hombre aún fuese desfavorable? La respuesta, aún en esta idealidad, es afirmativa. 


 Lo que falla, aún en condiciones ideales, es el sistema democrático en sí mismo. Ya en ensayos previos, como el "Fundamentalismo Democrático", se han expuesto cuáles son las razones más limitantes para que el sistema democrático sea susceptible de perfección, pero rescatando la más importante se recuerda que es la apología fundamentalista a la falacia del argumentum ad populum. En pocas palabras, la democracia se sostiene bajo la errónea premisa de que las mayorías siempre tienen la razón. 


 Lo que sucede con esto es que, por un lado, se deja la decisión en las mayorías que, por naturaleza simple, siempre han de ser espontáneamente gregarias e inacabadas; y por otro lado, el político, aún estuviendo preñado de buenas intenciones, se convierte en mercader de popularidades, pues intenta convencer de sus promesas o de su gestión a la mayor cantidad de personas posibles, centrando toda su atención a ello. En el sistema democrático actual, solo esto es lo que lo legitima como representante del pueblo. 


 Alejándose ya de las idealidades expuestas y remitiéndonos a la realidad, toca evaluar el caso en donde la población adolece de educación y en donde el político persigue algo mucho más que la satisfacción de sus coterráneos. En la praxis, contrario a lo que Platón ya había manifestado claramente en "La República" respecto al carácter de lo que debería ser un político, se observa cómo los que aspiran a ser representantes de todos, aún buscando la prosperidad de los suyos, embargan deseos de trascendencia, prestigio, poder y comodidad, tanto para ellos como para los suyos. Esto, que no tiene porqué ser peyorativo en sí mismo, hace, sin embargo, que el conseguir el cargo político y mantenerse en él sea el apetito principal del aspirante. En el proceso suele olvidarse que ejercer política es un servicio público y no la adquisición de un escalafón de superioridad. 


 En el mismo orden de ideas, cuando la masa votante es inculta o adolece de la educación suficiente, es exageradamente susceptible a los sofismas, a las soluciones inmediatas, a la inconsciencia histórica, a la poca memoria y a la emocionalidad del momento. 


 En este sentido y con este panorama (un sistema que favorece la cantidad y no la calidad del votante y unos votantes anodinamente educados), ¿qué posición debe tomar el político para llegar al cargo que anhela? Evidentemente, debe procurar a toda cosa la popularidad, la simpatía de la mayoría. 


 El discurso político se torna entonces para tales fines en el que ya conocemos: un discurso vacío, resonante, de ideas poco trabajadas y simples. El político debe mentir de forma inevitable. Una retórica emocional, llena de sofismas, que apunta siempre a las conciencias más básicas de la masa votante. El lenguaje será predominantemente sencillo, e incluso el político mismo intentará mimetizarse con el más humilde o representativo de la masa. Esta es la clase de discurso, y no otro, que funciona adecuadamente para los estratos poco cultivados y de limitados recursos económicos. Una referencia obligada de esta clase de lenguajes nos las da el mismísimo Goebbels de la Alemania Nazi. 


 Vale destacar que los medios de comunicación, estén o no a favor de este político, deben manejar un criterio editorial que sea complaciente con su público, de tal manera que perviva sobre todas las cosas la existencia del negocio del medio comunicacional como tal. Por este motivo, y por las mismas razones que el político, no toda la información debe ser conocida con todos. Huelga decir, también, que existe un criterio ético muy razonable en esta filtración informativa, pero no suele ser el principal factor. 


 Todo lo anterior conduce a la conclusión de que el político, necesariamente, inevitablemente, debe mentir. Como corolario inmediato, pues, se observa que la verdadera política es la que opera subrepticiamente, entre las personas selectas y directamente involucradas, e independientemente de la matriz informativa. El pueblo, la masa, el votante, nunca sabrá qué es lo que sucede a ciencia cierta. No puede y (no debe) saberlo en este sistema. 


 Cuando el político alcanza el cargo que desea, está obligado a mantener la misma estrategia de apología a la popularidad el mayor tiempo posible. Esto significa que cada aparición mediática, que cada discurso y cada acto de este representante no busca la satisfacción de los suyos como esencia, sino que busca mantener la legitimidad suya en el sistema. Busca votos, votos a través de actos que en el mejor de los casos redundan en el efecto colateral (más no principal) del beneficio de los ciudadanos. 


 Sería legítimo preguntarse: ¿y no es la mejor solución a la popularidad y a la anuencia de la masa que el político haga correctamente lo tiene que hacer? ¿Un buen gobierno no es garantía de un pueblo feliz que recompensará debidamente al político? En primera instancia, pareciera que así lo dicta la lógica. No obstante, es de lo más frecuente conseguirse con que el camino correcto en la guía y cuidado del Estado es impopular. 


 Si el político opta por lo correcto, en algún momento deberá tomar decisiones que no complacerán a la mayoría de los votantes, al mismo tiempo de tener el problema de las soluciones a mediano y a largo plazo, las cuales pueden requerir mucho más allá del período del cargo. Soluciones dilatadas beneficiarán la estampa de la magistratura de los políticos futuros, y decisiones impopulares aumentarán el descontento en la gente, lo que repercutirá en la reducción de esa sacrosanta mayoría. Lastimosamente, toda legitimidad en el sistema democrático se excusa en la libre determinación de los pueblos, independientemente de cuál sea esa determinación. Al político le toca complacer al circo, si pretende asirse bien en el cargo que ostenta. 


 Confluyendo las ideas, se tiene que la responsabilidad política de cada gobierno es una carga compartida entre ciudadano, sistema político y gobernante. Con el fundamentalismo democrático actual, mucho faltará aún para que los votos tengan “calidad” y no solo se les mire en cantidad, mientras mutemos a un nuevo sistema mejorado de representatividad. Quedan por mejorar los actores restantes: el ciudadano y el gobernante. 


 Como se ha dicho hasta la saciedad que la educación de calidad en los ciudadanos es el mejor vehículo hacia una mejor dirección del Estado, no valdrá la pena remarcarlo nuevamente en estas líneas. Pero además de ello, será asertivo saber elegir a nuestros gobernantes. 


 Los heraldos de la educación y el sentido común concluirán que en el perfil de un buen candidato (y por ende de un buen gobernante) comulgan una serie de características vitales, cuyo análisis se invita a discretizar como sigue: 


 • Una historia de vida afín a la dirección que desean tomar los ciudadanos. Sobre todo, la educación del gobernante debe ser conveniente para la dirección del cargo al que se postula. Hay que recordar que el político elegido será el ícono del pueblo que lo eligió. 
• Su prontuario laboral en los asuntos públicos. Es de especial interés el número de logros conseguidos, ponderados con tiempo y recursos utilizados. 
• Mientras menos familiares y allegados directos hayan conseguido cargos de poder a través del político, mejor. 
• Evaluar las ideas y argumentos del político, no desde la emocionalidad, sino desde la mayor objetividad posible. Si se puede, con data estadística y cuantitativa como respaldo. 
• Verificar su sensatez, amabilidad y educación con sus adversarios, así como su despreocupación ante las invitaciones a debate. 


 La vida bien pudiera manejarse con reduccionismos, pero al manejarla así, sin la paleta de colores necesaria para describirla y hacerle frente de forma correcta, poco se puede esperar de los resultados. En política, embadurnar al político de toda nuestras miserias es susceptible de esta misma carencia de sutilezas. Piénselo con detenimiento si opina que toda la responsabilidad es del gobernante de turno. 


 Saludos.





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