domingo, 8 de abril de 2012

LA SUPERFICIALIDAD Y LA BANALIDAD

Cuando el carácter de la persona exige un rigor en lo que le rodea, se convierte en una suerte de perfeccionista, siempre ávido de sustancia, de calidad, de belleza. Algo que marca tajantemente la inflexión y distinción en esta clase de individuos es que no solo son amigos de la utilidad, sino que necesitan más que eso. Ya no se trata de que su mundo y las herramientas que lo tienden hacia él sean efectivas, sino que se trata de que, además, sean perfectas. En la gran mayoría de estos eventos, esta perfección es eufemismo de belleza.

Después de una profunda cavilación o después de una muy desarrollada sensibilidad (bien puede que ésta sea consecuencia de aquella), la persona de gusto exigente se exilia a sí misma, se condena (gustosamente) a sí misma a la soledad, a la incomprensión y a la poco frecuente satisfacción de sus más acabados apetitos. Un círculo reducido, una proto élite, es la consecuencia inmediata de lo que ocurre cuando esta clase de espíritus se reúnen en sociedad entre personas de similares inquietudes e intereses. Y es que lo que ha necesitado desarrollo y perfección no abunda ni puede ser popular.

Es importante remarcar que la persona de este talante persigue el único fin de satisfacer ese profundo anhelo de acercarse a lo bello, al arte, a lo sublime, al nivel máximo y más acabado de expresión de sí mismo y de su entorno. La exclusividad, en todas sus vertientes, es solo un corolario y no la meta en las acciones. El dinero nunca es fin, sino es el puente por antonomasia que permite el acercamiento entre este ser sensible y lo acabado.

La moral de esta persona, como es de suponer, proviene de una pensada resolución propia. Es un canon individual que tuvo que ser fraguado en momentos de necesaria introspección. El supremo respeto y dignidad que siente hacia sí mismo, pues se sabe único y exclusivo, le produce el mismo sentimiento hacia cualquier otro tipo de manifestación individual, aunque sea diametralmente opuesta. Su ética proviene de este hecho. No obstante, sabe reconocer lo no-acabado y se aleja de ello, pues se reconoce a sí mismo ahí, en estadios anteriores de su desarrollo estético interno. Esto, que es distinto a la discriminación, es más bien una huida de lo primitivo y de lo tosco.

La simpleza de lo complejo suele ser el sino aquí. La búsqueda aforística, la síntesis sin sincretismos, los absolutos menudos y flexibles. En la elevación del espíritu, el camino se estrecha; y las ideas y emociones, en conjunto con el despertar estético, comienzan a estar repletos de sutilezas y delicadezas, cual ramas ulteriores y finas de un árbol del conocimiento. Curiosamente, en este camino ascendente y delgado, como si de verdad existiera una idea absoluta, estos artistas se encuentran entre sí, incluso deambulando cada uno en su camino individual, sin premeditación; y pareciera entonces que la máxima que reza que “la belleza está en los ojos de quien la mira” es una inocente falacia.

Este acto de elevación y estrechez, que implica una profunda y transitoria transformación interior, un refinamiento y un filtro en lo que satisface los apetitos, alcanza su mejor expresión en lo que a partir de ahora se llamará superficialidad. Es la superficie ese estrato final que se consigue luego de ese viaje que parte desde los abismos más profundos y recónditos del desarrollo estético en el humano. La superficialidad, pues, requiere de una previa profundidad de espíritu. Toda capa requiere un sustrato. “Solo los superficiales se conocen a sí mismos”, decía Oscar Wilde.

En contraste con el movimiento ascendente de la persona superficial, el banal es descendente. Incluso, más que descendente, podría decirse es una caída libre; no ya desde un estrato superior, sino desde un plano ajeno a lo sublime al plano de lo bello. Todo esto, abrupta y artificialmente.

La brusquedad de la banalidad se debe a que a través de la persona de este carácter no ocurre ningún proceso de interiorización ni el pulir de elementos estéticos. El banal copia al superficial, saltándose todo el tramo del autoconocimiento y desarrollo del gusto.

Como se mencionó antes, el superficial no deviene en dinero, sino en lo que puede conseguir con él para llegar a lo que pretende, que es la satisfacción de sus más individuales y refinadas querencias. Es posible que el superficial, en cuanto a su apariencia y costumbres, ofrezca muestras inequívocas de exquisitez y lujo; pero este asunto solo es la inevitable expresión exterior de lo que en su interior alberga. Esta expresión es orgánica, pues si sus necesidades estéticas e ideales son exigentes, natural y espontáneamente exigentes serán, en ocasiones, sus necesidades de vestimenta, alimentación y entorno.

El banal, sin previo proceso reflexivo, no es capaz de deducir un canon ético propio, e imita entonces el del superficial. Pero no es capaz –nunca lo será- de copiar la ejercitada interioridad del superficial, y solo copia entonces su apariencia, sus gastos, su consumo. El banal es aquel que, como no siente mayor inquietud de espíritu hacia la belleza, confunde lo sublime con el valor monetario, convirtiendo así el dinero en el fin mismo. Procura, desde luego, lo más costoso, lo más exuberante y llamativo, la mayor cantidad, lo más ostentoso y hasta exagerado.

En la banalidad no hay delicadezas, porque aún intentando disfrazarla en las formas (por ejemplo, El banal es un remedo del superficial.cuando se ciñe a la fórmula de protocolo y etiqueta de las “altas clases”), se nota la tosquedad en el manejo y desenvolvimiento de las ideas. El banal cree vehementemente en las fórmulas y en las soluciones prêt-à-porter, y en contraste con el superficial, nunca se pregunta el “por qué” de los asuntos. En todo caso, se pregunta el “para qué”, siempre en aras de una búsqueda de utilidad. Los superficiales saben que la utilidad de las cosas es apenas un estadio primitivo en el proceso de aprehensión de ellas.

En la tosca banalidad se discrimina. No hay respeto a la individualidad del diferente, sino que más bien hay un sectarismo que es una mala copia del natural elitismo del superficial. Por eso el banal se siente superior, cuando es, sin sospecharlo, el estrato más desfavorecido de gracia. De aquí se deduce que lo que históricamente se ha llamado aristocracia no ha sido más que el disfraz costoso del chandala. De aristocracias y noblezas verdaderas, que son las del espíritu, sabían muy bien Nietzsche y Ortega & Gasset.

La diferencia entre superficialidad y banalidad se hace muy necesaria en los tiempos del hoy, en donde precisamente el pensamiento de lo inmediato, de las cápsulas y de las soluciones en cajas parece estar por doquier. Que no haya reduccionismos en afirmar que el arte es perfectamente inútil, y que el superficial, quien es su heraldo, es por lo tanto, un banal.

Un saludo.





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sábado, 31 de marzo de 2012

LA ÉPOCA DE ORO MASCULINA


¿Cuál es el mejor momento de la vida de un caballero? ¿Será acaso cuando puede caerse innumerables veces de la bicicleta sin apenas sufrir daños serios? ¿Será, por el contrario, cuando ha acumulado toda la sabiduría y experiencia de una vida? Acá se os muestra, a continuación, un (nada serio) análisis pseudocuantitativo y cualitativo acerca de esta (muy seria) cuestión. Quizás sirva para forjar un posterior canon ético en el caballero.

Basándonos en el estereotipo de un hombre promedio, y si todo le sale bien a lo largo de la vida, es posible hacer una extrapolación y convenir que, en efecto, es la medianía de la vida en la que los mayores goces se experimentan. La razón es que el ciclo de la existencia, que va desde el nacimiento hasta la muerte, posee semejanza con una parábola vital, en la cual en la etapa de infantes y ancianos reconocemos nuestras máximas limitantes.

Habría que comenzar, por ejemplo, con observar cómo se desenvuelve la belleza física y la salud a lo largo de la vida masculina:

salud vs tiempo lecorvomecanique

El hombre, a despecho de la realidad de la mujer, va forjando su rostro con los años, teniendo su semblante definitivo en la adultez madura. No obstante, la disfunción eréctil es la marca por antonomasia de la decadencia de los últimos años. La falta de fortaleza física, así como los largos vellos ramificados en las orejas, con los dolores de rodilla y coxis, también son factores importantes en la última etapa.

Y de la adolescencia, con la lozanía del acné, una líbido recién descubierta y la estética propia de la hambruna, mejor ni hablar.

Respecto a la independencia y autonomía, típicamente relacionable con el dinero (bien o mal) habido, se tiene:

independencia vs tiempo lecorvomecanique

Pues bien, si todo sale como se estila en estas sociedades, el caballero incrementará su patrimonio, y por ende su independencia económica, a medida que los años vayan transcurriendo. En el caso ideal, la curva siempre será ascendente, aún con los esperados traspiés que cualquiera puede tener en algún momento de la vida. Por supuesto, siempre habrá un tope, o un decremento en la tasa de ascendencia de la riqueza. Los impuestos siempre serán el mejor método de robo por parte del Estado.

Por último, es menester observar qué sucede con la lucidez mental:

inteligencia vs tiempo lecorvomecanique

A medida que se desenvuelve el devenir se puede ser más sabio, pero no siempre más lúcido. Se puede ser de mente profunda y analítica, y mientras la biología lo permita, las ideas del caballero en cuestión serán forjadas con lo mejor de la sabiduría acumulada y su flexibilidad mental. No obstante, es inevitable que en la vejez, aunque se sepa mucho, se ahonde poco.

Es particularmente frecuente asociar al ocaso de la vida con olvidarse del nombre de los hijos, con la tosquedad de una mente ya rígida, y sostener anodinas conversaciones sin sustancia con los vecinos. Nada muy sensual, en verdad.

Pues bien, ya que hay circunstancias favorables para cada momento de la vida, ¿cuál es el mejor momento de toda ella? Es sencillo suponer que será la época en donde la suma de belleza, fortaleza, independencia y juventud sean un máximo. Superponiendo las gráficas, se encuentra entonces una particular región sombreada:

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Este especial momento de la vida de todo hombre (promedio), es, mis estimados, su época de oro. Algunas ventajas de este rango áureo en las circunstancias del hombre son las siguientes:

• El hombre se encuentra en el espectro más amplio de ataque, pues dentro de sus objetivos románticos y/o lascivos, muy bien puede optar por las inocentes damiselas recién llegadas a la veintena de años, o bien puede darse el excelente lujo de mantener vínculos de esta especie con damas de dilatada experiencia, que circunden los 40 años de edad y que anhelen revivir momentos de carne febril.

• Si alcanza una lucidez suficientemente buena, el hombre de esas edades sopesará con más detenimiento las posibilidades vitales transcurridas y por transcurrir, muy especialmente las que conciernen a la juventud. En este sentido, sabiéndose en pleno cenit jovial y esperando de la vida no más que un gran tobogán descendiente para los disfrutes de ella, el caballero muy probablemente se dedicará al hedonismo concienzudo de su existencia, aprovechando cada minúsculo espacio para ello.

• La moral, como constructo relativamente caprichoso de cada época y contexto social, mantiene el nivel más bajo de influencia sobre un hombre que, a buen seguro, se ve enmarcado a sí mismo en el poder físico, monetario y mental máximos de su vida.

• Si muere en este rango de edades, se puede contar con la certeza de que se será recordado en belleza. Ideal si el caballero ha realizado algo medianamente importante como para documentársele, retrato incluido, en la educación de las generaciones venideras.

• Es el momento ideal para cometer puntuales infantilidades bajo la excusa de mantener aún las mejores reminiscencias de los momentos de la niñez; esto en contraste, por ejemplo, con la segura tacha de inmadurez que le sería otorgada a un adolescente, o el seguro estigma de “viejo trasnochado” que categorizan a los ancianos que cometen niñerías a destiempo.

• Si se desean, tener hijos en este momento sería los más conveniente, por razones que se clarifican a sí mismas en vista de lo anterior. Tampoco sería prudente tenerlos, por las mismas razones: se acabará lo dorado de la época.

En este breve análisis esencialmente cualitativo, pues, he puesto de manifiesto por qué un caballero que circunda las tres o cuatro décadas, bajo ciertas condiciones, es el rey de su vida. Que sirva esto entonces a los hombres desprevenidos ante su mejor época, y a las damiselas también, para que sepan aprovechar las circunstancias que aquí se han descrito.

Por cierto, damas mías, que es menester decir que un hombre treintañero no es de noviazgos. O se casa o mantiene “affairs” (o ambos), pero sobrellevar ese período de prueba llamado noviazgo, ante el panorama treintañero de la inminente decadencia de la vida, es de personas de descuidado horizonte. A esas alturas no se está para estar tanteando ni tonteando.

Un saludo.






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jueves, 3 de noviembre de 2011

MANUAL DE DEMAGOGIA PARA PRESIDENTES NOVELES


¡Por fin! ¡Por fin, luego de una extenuante campaña, besando niños de dudosa higiene, abrazando ancianas que no sobrevivirán a su mandato, y gritando consignas como si fueran argumentos válidos para defender ideas, al fin, Ud. se ha hecho con la presidencia de su país! ¡Muy bien! Ese logro, si bien es de lo más reconocible, solo es el comienzo; pues como pulula en boca de la sabiduría popular (que bien sabe Ud. que de sabia no tiene nada), “lo difícil no es haber llegado, sino mantenerse”.

El poder del voto lo ha dejado justo en donde quería, pero la democracia es solo un truco, una quimera, para que la plebe juegue a ser importante por un día; ya lo sabe bien. Ahora lo que concierne es no separarse del poder, o por lo menos durar lo suficiente como para tener la posibilidad de extraer una buena tajada monetaria para su merced y los suyos sin que tenga que trabajar seriamente más nunca en su vida.

El primer año de mandato será el tiempo que deberá usar para planificar todas las excusas, eufemismos y subterfugios que le ayudarán a atornillarse en el trono nacional. Durante este período, siempre podrá excusar su inacción bajo el pretexto de que no es posible hacer cambios en la realidad del país en tan poco tiempo. No se preocupe, que la gente siempre es muy condescendiente en esta etapa, y la popularidad que lo llevo a la presidencia aún necesita de un buen pretexto para comenzar a disminuir.

A partir del segundo año, cuando le corresponda dirigirse a la nación para presentar el saldo de su incipiente mandato, o simplemente porque ya es hora de afrontar al pueblo, es el momento de ejecutar las ideas que yacían preconcebidas durante el año anterior para estas circunstancias. Tome sus cuartillas planificadas, colóquese en la tribuna, aclare su voz, y comience.

Anuncie, para dar una certera estocada inicial, un aumento de salario. ¿A quién no le gustaría que se le aumentase el sueldo? Por supuesto, vuestra merced y los de su gabinete saben que dicho aumento cumple la doble finalidad de amortiguar la corrosiva y voraz inflación que carcome todo lo consumible, al mismo tiempo de alegrar a las masas. Pero nadie tiene que enterarse de eso. De hecho, si la inflación de su nación es de las más altas de la región, el sueldo de los lacayos que le eligieron ha de ser relativamente alto también (no más que la inflación, tenga cuidado en no subir los emolumentos demasiado). Si es así, jáctese, y con el pecho henchido vocifere que el salario básico en su país es uno de los más altos de la región. Y eso será, para su beneplácito, cierto.

¡Ah! Siempre hay posibilidades de que un opositor que quiera hacerse las veces de astuto lo interpele y le acuse de la gigante inflación que Ud. no ha podido manejar. Descuide. Para estos casos, los culpables perfectos son los especuladores: esa raza maligna de comerciantes que elevan los precios desmesuradamente, sin ningún tipo de respeto más que al que le deben a sus bolsillos. Exactamente eso es lo que debe decirle al pueblo; y le creerán, pues, después de todo, ¿quién tendría entre ellos el conocimiento y la lucidez para culpar al banco central de su país por tal desmán? La inflación la causa totalmente el especulador, la fórmula es sencilla y fácil de digerir.



Algo ventajoso adicional que le puede sacar a la inflación es que como los precios aumentan, aumentan también las importaciones (algunos pillos traidores a la patria comprarían bienes en el extranjero a un precio más bajo). Mientras más “movimiento” económico haya, independientemente de cómo sea ese movimiento, más aumentará el indicador de crecimiento económico. ¡Pues enhorabuena! Ante el incremento desmesurado de las importaciones, infórmele a la plebe que está aumentado el crecimiento económico de la nación. Un indicador que crezca económicamente y que no tenga explícitamente el nombre de “deuda”, no puede ser dañino, claro que no.

Otro tema que siempre engatusa, al igual que los sempiternos dogmas de la democracia y la libertad, es la educación. Es verdad, es de lo más irónico que gente no educada simpatice por esquemas políticos en donde se avale la educación, pero es que hay que entender que este concepto simplemente suena bien. Para el pueblo, tener educación es algo agradable, algo así como el camión de basura que pasa a buscar los desechos frecuentemente, o como que se pueda calentar la comida rápidamente en el microondas. Todo el mundo dice que es algo bueno, así que hay que tenerla. Y si tiene Ud. la audacia de acompañar el concepto “educación” con el calificativo “gratuita”, se los meterá a todos en un bolsillo. Garantizado.

No obstante, es más que evidente que una buena dosis de educación sería contraproducente para sus fines. Nada más valioso para sus proyectos que un pueblo inculto. ¿Cómo hacer entonces que el vulgo y que los organismos internacionales certifiquen que Ud. ha invertido en educación, por un lado, y que la población se mantenga ignorante, por otro? Pues, el secreto está en las variables “calidad” y “cantidad”.

Verá: tome parte del presupuesto nacional (menos del 1% está bien), e inviértalo en abrir todas las escuelas que pueda. Construya varias, pero solo enfóquese en la cantidad. De ninguna manera pretenda mejorar el pensum de estudios, o adaptar la enseñanza con base en la actualidad del mundo; ni pretenda tampoco mejorar el sistema docente, ni fomentar el pensamiento crítico. Produzca hombrecillos hábiles para el trabajo, pero que no piensen. De hecho, estipule como fuerte sugerencia que el trabajo es una virtud, expréselo emocionado en todos sus discursos.



Nadie podrá quejarse luego de que Ud. sea un mecenas de la educación. Capitalice ese agradecimiento de la gente y ese aval internacional en popularidad, y disfrute un poco más de los dividendos de ser presidente.

¡Un momento! ¿Qué ocurriría si las empresas privadas, en vista de la situación económica nacional, deciden irse del país? ¿Cómo quedará usted? Pues sin duda, no solo tendrá que importar bienes e insumos desesperadamente, sino que también es bastante probable que deba producir bajo el manto y subsidio de los fondos públicos lo que antes era producido por ese cobarde y malagradecido sector privado. Pues sáquele provecho, y cuando su voz se escuche en el eco de los micrófonos delante de las multitudes, explote el chovinismo, ocurra a la patria, y manifieste con alegría que la soberanía nacional es la causa de que todo ahora se produzca en el país. ¡Aplique el nacionalismo a ultranza! Ese que a la gente sin méritos propios le encanta usar para sublimarse y creerse importante. Suelen ser mayoría.

Después de uno o dos años más, la contracción económica reinante se hará sentir de tal manera que será palpable en las calles la decadencia social y el aumento de la pobreza. Prepárese, pues algunos organismos internacionales entrometidos intentarán cuestionarle. No obstante, existe una manera de tomar ventaja del asunto, pues bien se sabe que estos organismos se mueven por las cifras estadísticas y no por la profundidad de los acontecimientos.

La solución es de lo más simple. Diga: “ha aumentado el índice de igualdad”. Y ya, es así de sencillo. Si los estratos B y C de su población disminuyen su poder de ingreso, y si sus políticas son esencialmente populistas, manteniendo por lo tanto a los estratos D y E en donde estaban; pues, traducido todo esto a cifras, se habrá reducido la brecha entre clase media y clase humilde. ¡Igualdad para todos! Pero recuerde que nadie debe enterarse que la cucharada rasa de la igualdad se ha hecho hacia abajo y no hacia arriba.

Y si aún no le creen con lo de la riqueza, apele siempre a la cantidad monetaria de sus reservas internacionales. Pronuncie cualquier cifra que termine en “millardos de dólares” al referirse a ellas, y no tendrá que angustiarse de que lo acusen de catalizador para la miseria. Evidentemente, bajo ninguna circunstancia mencione el gasto nacional de sus importaciones, ni mucho menos el monto de la deuda pública, pues corre el riesgo de que su pueblo sepa sumar y restar y saque así conclusiones inconvenientes para su proyecto.

Por lo demás, trabaje siempre, y en paralelo con todo lo anterior, en mimetizarse con la gente. No solo le ayudará a mantener la popularidad, sino que también es una inversión a largo plazo. Inevitablemente tendrá que entregar la presidencia en algún momento, y no hay nada más beneficioso para volver al poder que dejar un vínculo emocional importante en la gente. Poco importan sus logros si su carisma natural saltando charcos en las barriadas cala en el corazón de más de uno. Sonría siempre que le de la mano a otros presidentes, vístase alguna que otra vez con el traje típico de país y procure que esté confeccionado por una humilde señora. Decretar días feriados siempre será uno de los mejores obsequios, y contar chistes en las alocuciones será agradecido con sonrisas. Nunca olvide la inclusión de todos los protagonistas de su séquito; haga énfasis en ello con una buena introducción discursiva, imprima pasión en el exordio, bajo el estilo “ciudadanos, ciudadanas; trabajadores, trabajadoras; ingenieros, ingenieras; caballos, caballas…”


En fin, siga estas sugerencias, que si bien no son todas, son algunas de las más importantes para poder hipnotizar tranquilamente a su gente. En su retiro, habiendo sido ya vuestra merced un capítulo histórico del camino de su nación, podrá contar además con una merecida fortuna que le permitirá disfrutar de su vejes con dignidad.

“Saber es poder”. Auguste Comte.






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sábado, 29 de octubre de 2011

YO SOLO SE QUE NO SE NADA


El lugar común que es la frase de Sócrates le ha dado muchas cosas que decir a los filósofos y los no tan filósofos. El personaje que profirió el aserto es de por sí misterioso, sobre todo por el hecho de que no dejó nada escrito y eso da pie a multitud de ambigüedades. Algunos dicen que él es el padre de la filosofía; otros, en cambio, desprecian sus enseñanzas, que según ellos, ni siquiera fueron tales. En cualquier caso, no se puede negar el atino de la frase que no solamente sirve de título a esto que escribo, sino que además es su contenido y su fondo.

El pensamiento brillante que profirió aquel barbudo vale lo que cualquier obra escrita. En él queda expresada la única certeza que debe tener cualquier hombre de genio y es la de saberse ignorante. Partir de la convicción de que se es un ignorante, de que lo que se sabe es aún poco, es el nervio latente que confiere vitalidad a toda aspiración intelectual. Ese conocimiento inseguro de sí mismo, que se asume como poquísimo, que se siente anodino comparado con la amplitud de conocimientos posibles, es el germen de cualquier empresa intelectual. Y a medida que se sabe más se sabe que se sabe menos, en la medida que se hace uno menos ignorante, quiero decir más ignorante, se percata uno de la ominosa realidad que es la de nuestra insondable finitud. Finitud: asumirla y no quererla más. Esa es la máxima de cualquier hombre con inquietud vital, y para llegar a ella, necesitamos movernos a través del hilo conductor que es este juego de palabras del filósofo griego.

De nuestra finitud habla Novalis diciendo: “la filosofía es en realidad nostalgia, un impulso de estar en todas partes en casa”. Nostalgia de sabernos finitos, radicalmente finitos, y no quererlo ser más. Ser menos finitos, infinitos, no morirnos, “estar en todas partes en casa”, sin tiempo o con todo el tiempo; sin espacio, o con todo el espacio; ser cada cosa, ser todo sin dejar de ser nosotros mismos. Conocer, abarcar, multiplicarnos y la realidad concomitante: nuestra propia finitud; que aunque queramos no podemos, que aunque no queramos nos morimos. Al final nos queda sólo eso, saber que no sabemos nada, que somos ínfimos, limitados e irremediablemente nostálgicos.

Pero, ¿para tener nostalgia no hace falta que nos hayan quitado algo, que nos arrebataran algo que nos pertenecía? Cada hombre que piensa, se da cuenta que le han quitado algo, que no puede llegar a ser plenamente sin ello. ¿Y que es aquello que nos da nostalgia entonces? Spinoza escribe: “cada cosa se esfuerza, cuanto está en su alcance, por perseverar en su ser”. Y esa proposición es nostalgia, cuando el judío que elaboraba cristales escribe eso, hace referencia al hombre, al hombre que quiere seguir siendo, al hombre que no quiere dejar de ser nunca el mismo, al hombre que de un tajo, cuando piensa, cuando reflexiona, cuando razona, le quitan o se quita el mismo, la posibilidad de perseverar en su ser. Se da cuenta de que aquello es imposible, de que aquello es absurdo, de que un día aunque no quiera volverá a la nada, dejará de ser, de sentir, de ser nostálgico. De allí la nostalgia, nostalgia de lo que queremos ser y no podemos, nostalgia de algo que pensamos podíamos ser pero no podemos serlo ya.

Y entonces las reflexiones se repiten, se superponen. Pero nostalgia no es resignación, el hombre no se resigna, el hombre se inventa dioses que lo inventaron, el hombre estudia, viaja a otros mundos, busca acabar con su finitud. No se resigna dijimos, no se resigna a ser finito, perecedero, de allí la fe, fe en los absolutos, fe en Dios, fe en la historia, fe en la materia. Filosofar es al final no querer ser más finitos, toda filosofía parte del sentimiento de su propia finitud, y busca acabar con ella. Pero sólo se logra filosofar mirando las cosas con la mirada esencial, que es simple, y sumamente ingenua. Y esa ingenuidad pasa por asumir la frase socrática.

Filosofar es darse cuenta que lo que se sabe no sirve de nada si no se penetra en las cosas. Analizar el fondo de las cosas, o de la cosa, objeto siempre de nuestras reflexiones, que es nuestra finitud. Filosofía de la finitud, redundancia: filosofía es finitud.



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viernes, 7 de octubre de 2011

MOTIVACIÓN, CAPITALISMO Y DESARROLLO



M o t i v a c i ó n

Motivación, según el diccionario: Animar a alguien para que se interese por alguna cosa. Definición parca, pero útil. La palabra motivación la usamos frecuentemente y en situaciones tan diversas, que a veces no nos percatamos que su fondo forma parte fundamental de la historia y abarca parte, no menos fundamental, del devenir de la humanidad.

   El hombre, ese animal racional de Linneo, y sentimental de Unamuno, ese bípedo implume de Platón y Homo Faber o Sapiens, de otros tantos; es además, un animal motivado. Quizá suene demagógico o complaciente, pero todas las denominaciones anteriores son ciertas, tienen algo en común. Y es que todos los que las concibieron añadieron a la palabra animal (o a Homo, es igual), que sola suena igual a tripa o ascensor, un calificativo distintivo, propio de nuestro género, humanizándola. De esta forma, las denominaciones fueron fácilmente asimiladas por el mundo y sobre todo por los que, sensibles de su humanidad, entendieron que el hombre es el único animal que razona, el único que hace, siente y sabe, y como no me viene otro a la mente, el único que, en su condición de bípedo, fue privado de su plumaje-al menos que le quitemos las plumas a un pollo como hizo Diógenes. Ahora bien, dentro de las designaciones anteriores hay una que introduje sin permiso. Dije: animal motivado. Sí, no fue un error y si de algún modo lo fuera, no es por lo de motivado, sino por lo otro, lo de animal. Lo importante de todo esto es saber que cuando la motivación falta el hombre de pie fenece, o por lo menos sus aspiraciones. Ya lector, te darás cuenta por qué.

   Sí bien es cierto, la motivación, definida arriba, pude ser una disposición interna, como venida de dentro y transmitida con la acción y el discurrir del individuo, es más cierto todavía que son pocos los hombres que en un medio sin alicientes, se auto motiven, supeditando sus acciones a un fin más allá de lo aparentemente posible. Gran parte de los individuos son movidos por cuestiones exógenas e inmediatas, y por disposiciones del medio. A qué me refiero, usemos un ejemplo sencillo: En la “Universidad X” el sistema de calificaciones sólo abarca dos categorías si se quiere: la primera, la categoría de aprobado; La segunda: la de no aprobado. Por tanto, el estudiante, independientemente del nivel de conocimientos que posea, sólo podrá pertenecer a una de las dos; es decir, el individuo que cumplió con los requisitos mínimos para aprobar tendrá la misma calificación, que el que habiendo profundizado más en el estudio, debería pertenecer a otro grupo (el de aprobado con creces, por ejemplo). Salta a la vista que los estudiantes en esta universidad adquirirán los conocimientos necesarios para aprobar y no centraran su empeño en conocer a profundidad el material. Porque, en definitiva ¿para qué conocer más si mi nota será igual? Indiscutiblemente, habrá un grupo de individuos -reducido, pienso- capaz de sustraerse de la situación, estos adquirirán sus conocimientos sabiendo que al final la nota no es determinante, sino el conocimiento en sí.

   Concluyo: Son personas marcadas y con disposiciones muy especiales las que pueden hacer frente a su entorno y obrar en grande, la motivación es consustancial a ellos y no requieren que de alguna forma se la inoculen; de resto son pocos los capaces de obrar y superarse sin que el medio los motive y haga posible sin esfuerzos sobre humanos el desempeño de sus vidas. En un medio sin posibilidades, el mejoramiento es difícilmente conseguible.
Si no se desprende de lo dicho antes la relación existente entre la motivación con el desarrollo de las sociedades, trataremos de explicarlo más adelante.

C a p i t a l i s m o  y  m o t i v a c i ó n,  o  i g u a l d a d

“Bajo toda la vida contemporánea late una injusticia profunda e irritante: el falso supuesto de la igualdad real entre los hombres.” Ortega y Gasset.

“La igualdad hace disminuir la felicidad del individuo, pero abre la vía para la ausencia de dolor de todos. Al final de la meta estaría ciertamente la ausencia de dolor, pero también la ausencia de felicidad.” Nietzsche.

Muchos sueñan con un mundo donde las desigualdades no existan y donde el dinero se sustituya por el trueque. Pero la verdad es que la desigualdad es propia del hombre y al parecer, el dinero también.

   Nunca entendí el término de igualdad que enseñan en política, no lo comprendí por el simple hecho de que nadie pudo explicármelo jamás; en mi mente, lo que intentaban exponerme sin convicción, rebotaba y se iba por el mismo lugar por donde entró. Esto sucedía, y ahora me doy cuenta, porque contradecía a aquel signo genuino y fácilmente representable, el signo lógico-matemático, que simboliza, simplemente, que dos cosas son similares(o tres, o cuatro). Debemos admitir, y con sinceridad reconocer, que la tan repetida palabra igualdad, referida al hombre en sociedad ¿a eso es a lo que se refiere?, cuando está sola, no tiene significación verdadera o sólo una efímera; en cambio sí lo tiene la otra, la única igualdad, que se usa en las matemáticas y en la lógica, y cuyo significado está bien constituido en nuestro lenguaje. Esa última igualdad, al ser la única cognoscible, es la que tiene posibilidad de representación en mi mente; cuando alguien se refiere a la primera se me aparece inevitablemente la segunda. En fin, de la abstracta igualdad que intentan enseñar algunos, y de la cual hacen referencia las ideologías ramplonas, que cada quien recurra cuando le plazca (como ha sido siempre). Dije, al principio de este párrafo, que la igualdad de los cursis, la igualdad humana- que es un oxímoron igual de absurdo que decir el “cristiano ateo”, o el “gato ladrador”-, contradecía el concepto que tenía ya en mi mente, y lo hacía simplemente porque no me imagino a otro hombre igual a mí ya que al pensarlo me pienso a mí mismo. Mi ejemplo, ciertamente, no tiene representación posible, acaso la tenga y mi imaginación sea más corta que el vuelo de una gallina.

   En todo caso considero que la igualdad aplicada al hombre es atroz. El individuo humano, en tanto individuo, tiene como condición primaria la de ser único, un sistema basado en la igualdad es un sistema falaz en su zócalo. En contraposición a los animales, el hombre propende a la desigualdad; el hombre es tanto más hombre en cuanto más diferenciada sea su acción; cuanto menos lo sea, más por el contrario, se parecerá a las vacas, que no se diferencian unas de otras. Somos todos diferentes porque nuestras capacidades intelectuales son distintas, tenemos entre individuos dispares aspiraciones, disposiciones morales disímiles y concepciones religiosas múltiples. La igualdad es por tanto sólo consumada en el mundo de las ideologías, y las abstracciones; en el mundo de verdad, la igualdad no es posible, como no es posible que un pez, atacado por las ansias de ser distinto, viaje en dirección opuesta a su cardumen; si alguno, ávil nadador, lograse desprenderse de su grupo, no sería por perspicaz, sino porque perdió el sentido de la orientación y sería consecuentemente devorado. El animal distinto es un error, en tanto que en el hombre, la distinción es su característica definitoria. En una palabra: dejémosle la igualdad a las ideologías ramplonas, que mientras, los hombres de verdad, nos nutrimos de su opuesto.

   Respecto al dinero, a algunos les parecerá contradictorio que después de miles de años desde su invención, sigamos utilizándolo. Las relaciones humanas, ya desde fechas harto lejanas, no se conciben sino a través del capital. ¿Por qué persiste? Creo que la riqueza es una fuente de motivación sustancial, y aquí es donde quería llegar.

   Algunos individuos centran sus acciones en descubrir nuevas teorías, otros en escribir novelas, otros en cambio intentan socavar las bases del hombre proporcionando nuevas luces acerca de su fondo. ¿Pero qué hay del individuo promedio? ¿Qué hay del que le interesa más bien poco de que material está hecho? Pienso que ese hombre, caracterizado muy bien por Ortega y bautizado por él como hombre-masa, tiene como una de sus motivaciones fundamentales el dinero. Es la riqueza una de las formas que posee para salir adelante, su motivación parte de ella. La aspiración de superarse por medio del capital, no es desdeñable, ni mucho menos inhumana: ha servido para sacar a países enteros de la pobreza. En China, desde que es el país capitalista por antonomasia, han surgido cerca de 250 millones de personas de la miseria. El capitalismo es pues el sistema que permite al individuo ser el hacedor de la economía, y hace partícipe del desarrollo a todos y no sólo a los más capaces. Es en fin, fuente de motivación.

   Ahora bien, el capitalismo debe entenderse como lo que es, un sistema económico y no más, muchas veces se le atribuyen faltas que son propias de resquebrajamientos más profundos, atinentes al fondo de la sociedad y a sus formas de estructuración reales. La moral, la ley, y la religión. De ellas hablo.

¿V e n e z u e l a   u n  p a í s   m o t i v a d o?

Presenciamos cómo continuamente hacen referencia a la flojera Venezolana para dar explicación a los problemas, muchos se entretienen formulando teorías de parvulario sobre esto. En sus exhaustivos doctorados llegan a la conclusión de que ella forma parte de nosotros porque el calor del trópico afecta a los habitantes de estas tierras negativamente, los menos; y de que estamos destinados por nuestras raíces múltiples a colgarnos de la hamaca, los más. Otros, antropólogos de parrillada dominguera, diseminan y repiten como un loro, que la viveza forma parte de nuestra idiosincrasia así como el gusto por las caraotas. Unos, los tontos menos agraciados, apelan al ¨imperio¨ para explicar los ranchos de petare. De esta forma, tanto el teórico de parvulario, como el antropólogo de parrillada, queda satisfecho, convencido de que todos los problemas se reducen a esta o aquella otra cuestión. Pero al que no le hacen mella estas caracterizaciones pobres y estos culpables tristes, se da cuenta de la abrumadora amplitud del asunto y lo poco susceptible que es de generalizaciones y juicios cortos. En fin: tontos, vivos y flojos hay en todas partes y no creo que Venezuela sea un lugar especial donde convivan en mayor cantidad.

   A veces los problemas es mejor mirarlos de soslayo y no dejarse engañar por las impresiones de frente, que nos deslumbran. Así como la luz, enfocada sobre un objeto en ángulo abierto, aún incidiendo con menos intensidad, abarca un área mayor que si se enfoca perpendicularmente. Cuando hablamos del subdesarrollo de nuestro país es bueno deslindarse de determinismos que complican la labor de comprender. Ignoro en gran medida cuales son las causas, son tantas y tan complejas que no está en mis manos conocer su forma. Ahora bien, siento que en el círculo vicioso de la pobreza y el subdesarrollo existe un factor que es a la vez causa y efecto, hablo de la desmotivación. No creo, como dije, que la flojera, el conformismos, o la viveza sean partes del ser Venezolano, pero si estoy convencido que son el reflejo aparente y mal entendido de la esencia real del problema. Personas conviven en situaciones verdaderamente complicadas; los barrios de Venezuela son, sin lugar a dudas, lugares donde las caracterizaciones simples de las que hablábamos quedan desdibujadas por el acontecer de la realidad, quedan convertidas en juicios injustos. Familias apiñadas, drogas, delincuencia, deserción escolar… Pongámonos en la piel del que sufre en ese entorno y veremos que la desmotivación y la falta de alicientes es el factor verdadero que condiciona a los demás. Las posibilidades de mejorar en un ambiente tan hostil, definitivamente son pocas; es abrumadora y hasta sobre humana la tarea que debe hacer cualquier venezolano para mejorar, en esas condiciones, sus condiciones.

   Para formar sociedades en donde las posibilidades de superación sean verdaderas y no estén enhiestas en un escalón inalcanzable, es necesario la construcción de instituciones sólidas, por un lado; y permitiendo que la riqueza del país sea de todos, por el otro. Esto último no consiste en repartirlas como si fueran regalos, como pretenden los gobiernos megalómanos y con pretensiones de omnisciencia. La verdadera solución es la construcción de una economía donde el individuo y no el conglomerado sea su hacedor y los sistemas de producción estén supeditados a él y no al interés nacional -término tan ambiguo y mal usado, que bien puede significar el interés de todos, como el interés de un degenerado-. Así pues el capitalismo, entendido en los términos planteados y como lo ha demostrado la historia, es el sistema que procura el desarrollo. De esta forma, la posibilidad de que los hombres sean los constructores verdaderos de la economía y no el estado, está relacionada y queda incluida, en una de las circunscripciones fundamentales de la democracia, que es el derecho de que cada quien tenga lo suyo, el derecho en fin: a la propiedad. En una palabra, la democracia subsume a la propiedad y sin esta última, la primera no es. Cuando el sustantivo “propiedad” va acompañado de unos adjetivos adjuntos que bien pueden calificar a un rebaño, como son: “social” o “comunal”, las consignas formadas, “propiedad social” y “propiedad comunal”, respectivamente, se convierten, por un método semiótico, tal vez sintáctico, o mejor, simplemente, por un método sin-tacto, en la negación de la palabra contenida en ellas, en la contra-propiedad, pues; una contradictio in adjecto.

   Para terminar digo, que debemos defender al hombre entendido como ente individual y motivado. Diluir su individualidad en la sociedad, como pretenden algunas ideologías que se revelan nada más por el nombre, es como intentar desviar el curso de un río con un muro de cartón. No nos dejemos llevar por los que construyen con cartón y aceptemos los ejemplos de concreto de la historia; el desarrollo es posible en los términos ya planteados, es decir, entendiendo que el hombre corriente se mueve por motivaciones y que las suyas están muy unidas al capital, no más.









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