jueves, 7 de octubre de 2010

EL DESANGRE DE VARGAS LLOSA CONTRA LA IDIOTEZ DE GALEANO



Q
uizás hubiese sido recomendable hacer un análisis general acerca del “Manual del perfecto idiota latinoamericano”, para luego escindirlo en comentarios y reseñas llamativas. Pero me tomaré el atrevimiento de hacer lo inverso en esta oportunidad, pues los tiempos que corren llaman con premura a lo que sin duda tiene importancia actual, y lo que es actual e importante ahora es la ola izquierdista que circula por América Latina.

Uno de los bastiones literarios izquierdistas por excelencia es el libro “Las venas abiertas de América Latina”, escrito por Eduardo Galeano. El libro, según intuyo, había pasado desapercibido durante un tiempo hasta que el mismísimo Hugo Chávez se lo obsequió públicamente a Barack Obama. Eso lo colocó en uno de los libros más vendidos del año 2008 (el segundo en Amazon.com), todo gracias, irónicamente, a la magia maligna del libre mercado…

Chávez: el sueño de las casas editoriales.

Álvaro Vargas Llosa (hijo del famoso y recién Premio Nobel Mario Vargas Llosa), Plinio Apuleyo Mendoza y Carlos Alberto Montaner escribieron el libro en el que se hace un análisis crítico acerca del latinoamericano y su pensamiento resentido. No es nueva la afición del latino de echarle los grandes males a los más grandes (aún) imperios extranjeros, pero lo que sí es novedoso es el despertar de varios individuos coterráneos de este bloque continental, cansados ya de la pregonería y la farfullería “revolucionaria”. Ya las conciencias adormiladas en un “es culpa de los gringos y las europas” pestañean rápidamente y se levantan cuasi asombradas al concluir ahora “mea culpa”.

Bien por ello, y ese despertar conciente de lo que somos y de lo que hemos pecado se recopila en el manual de anti-imbecilidad latina, el cual en uno de sus capítulos da una lista y análisis de las 10 obras literarias latinoamericanas más idiotas. La última de la lista, justamente por ser la más grande en la categoría, es el libro de Galeano.
Remito el siguiente espacio entonces a citar lo que Vargas Llosa (hijo) opina de la Latinoamérica desangrada y hecha literatura:

“Las venas abiertas de América Latina. Eduardo Galeano, 1971

Toda bibliografía mínima (o máxima) que se respete, dedicada a reseñar la biblioteca básica del idiota latinoamericano, tiene que concluir con Las venas abiertas de América Latina, del escritor uruguayo Eduardo («el Trucha», para sus amigos) Galeano, nacido en Montevideo en 1940. No existe un mejor compendio de los errores, arbitrariedades o simples tonterías que pueblan las cabecitas de nuestros más desencaminados radicales. No hay, además, un libro de su género que haya tenido tantas ediciones, traducciones y alabanzas. No se conoce en nuestra lengua, en suma, una obra que —como ésta— merezca ser considerada como la biblia del idiota latinoamericano o, por la otra punta, como el gran culebrón del pensamiento político.

El título, perdidamente lírico, es ya una elocuente muestra de lo que viene detrás: América Latina es un continente inerte, desmayado entre el Atlántico y el Pacífico, al que los imperios y los canallas a sus órdenes le succionan la sangre de las venas, esto es, sus inmensas riquezas naturales. Es tan plástica y tan melodramática la imagen, que hasta un grupo progre de músicos argentinos ha compuesto una canción protesta bajo su advocación, mientras la edición de Círculo de Lectores de Colombia, ilustrada por Marigot, exhibe en su cubierta una enorme bandera norteamericana en forma de cuchillo que destripa sin compasión a una Sudamérica que se desangra. Precioso.

¿Qué diablos es este vademécum del idiota latinoamericano? Es un libro didáctico. Es el libro definitivo para explicar por qué América Latina tiene unos niveles de desarrollo inferiores a los de Europa occidental o Estados Unidos. Y cada afirmación importante que va haciendo, su autor la anota en letra cursiva, con el objeto de que el lector perciba, por un lado, la sutil inteligencia de quien la ha escrito, y —por el otro— para que retenga la sustancia de la reflexión o el dato exacto, y así consiga alcanzar las bondades de esta ciencia infusa que se nos administra en párrafos arrebatados y certeros.

La estructura del libro también delata su condición de cartilla revolucionaria. En el prólogo se resume el contenido de la obra. Se puede leer el prólogo e ignorar el resto, pues todo queda atropelladamente dicho en las primeras veinte páginas. A partir de ahí, lo que se hace es poner los ejemplos para apuntalar las afirmaciones que se han ido vertiendo. Y esos ejemplos se organizan en torno a las riquezas naturales que nos roban los imperialistas desde el momento mismo en que los depredadores españoles pusieron un pie en el continente: el oro, la plata, el caucho, el cacao, el café, la carne, el plátano, el azúcar, el cobre, el petróleo, y cuanto vegetal, animal o mineral puede servir para alimentar al insaciable Moloch extranjero.

La segunda parte del libro intenta describir las razones que explican los fracasos latinoamericanos en sus esfuerzos por escapar de la miseria tradicional que embarga a las masas. Unas veces los culpables son los ingleses, otras los norteamericanos, siempre los traidores locales. El libro es un constante memorial de agravios montado desde el victimis-mo y la identificación de los villanos que nos martirizan cruelmente: los que importan nuestras materias primas; los que nos exportan objetos, maquinarias o capitales; las multinacionales que invierten y las que no invierten; los organismos internacionales de crédito (FMI, BID, BM, AID).


Artículo del periódico "El Nacional"

La ayuda exterior es un truco para esquilmarnos más. Si nos prestan es para arruinarnos. Si no nos prestan es para estrangularnos: «las inversiones que convierten a las fábricas latinoamericanas en meras piezas del engranaje mundial de las corporaciones gigantes no alteran en absoluto la división internacional del trabajo. No sufre la menor modificación el sistema de vasos comunicantes por donde circulan los capitales y las mercancías entre los países pobres y los países ricos. América Latina continúa exportando su desocupación y su miseria: las materias primas que el mercado mundial necesita y de cuya venta depende la economía de la región. El intercambio desigual funciona como siempre: los salarios de hambre de América Latina contribuyen a financiar los altos salarios de Estados Unidos y de Europa».

¿Hay buenos en esta película de horror? Por supuesto. Y es muy significativo quiénes son los héroes de este pilar de la bobería ideológica latinoamericana. En el pasado, nada menos que las Misiones jesuitas de Paraguay, los creadores de un sistema totalitario en el que los pobres guaraníes hasta tenían que hacer el amor al sonido de una campana. Y luego, en el mismo desdichado país, el enloquecido Gaspar Rodríguez de Francia, un dictador que, literalmente, cerró su nación a toda influencia extranjera, al extremo de sólo permitir dos bibliotecas, la suya y la del padre Maíz. ¿Por qué lo aprecia? Por sus esfuerzos de desarrollo autárquico, por su fiero nacionalismo, por no aceptar el librecambismo, por la militarización que impuso, por el inmenso papel que le asignó al Estado como productor de bienes, por la disciplina de palo y tentetieso con que sujetó a los paraguayos durante casi tres décadas, por su odio al liberalismo. ¿A quién más estima? Al estanciero Rosas, otro tirano, y por razones parecidas, a Fidel Castro, que ha hecho lo mismo que Rodríguez de Francia, pero con mayor torpeza administrativa, aunque Galeano es capaz de afirmar la siguiente falsedad sin el menor rubor: «En Cuba la causa esencial de la escasez es la nueva abundancia de los consumidores: ahora el país les pertenece a todos. Se trata, por lo tanto, de una escasez de signo inverso a la que padecen los demás países latinoamericanos».

Naturalmente, ese discurso sólo puede conducir a la violencia más insensata, como la desatada por sus compatriotas tupamaros. Veamos el párrafo con que termina su libro: «El actual proceso de integración no nos reencuentra con nuestro origen ni nos aproxima a nuestras metas. Ya Bolívar había afirmado, certera profecía, que los Estados Unidos parecían destinados por la Providencia para plagar América de miserias en nombre de la libertad. No han de ser la General Motors y la IBM las que tendrán la gentileza de levantar, en lugar de nosotros, las viejas banderas de unidad y emancipación caídas en la pelea, ni han de ser los traidores contemporáneos quienes realicen, hoy, la redención de los héroes ayer traicionados. Es mucha la podredumbre para arrojar al fondo del mar en el camino de la reconstrucción de América Latina. Los despojados, los humillados, los malditos tienen, ellos sí, en sus manos, la tarea. La causa nacional latinoamericana es, ante todo, una causa social: para que América Latina pueda nacer de nuevo, habrá que empezar por derribar a sus dueños, país por país. Se abren tiempos de rebelión y de cambio. Hay quienes creen que el destino descansa en las rodillas de los dioses, pero la verdad es que trabaja, como un desafío candente, sobre las conciencias de los hombres».

No hay duda: existe algo que Galeano odia con mayor intensidad aún que a los propios gringos, que a las multinacionales, que al liberalismo: la verdad, la sensatez y la libertad. No las soporta. No cree en ellas. Nos le merecen el menor respeto. Su única y más firme devoción es alimentar de errores y locuras a los latinoamericanos más desprovistos de luces hasta perfeccionar la legendaria idiotez ideológica que los ha hecho famosos. Por eso su libro le pone punto final al nuestro. Se lo ha ganado a pulso.

INDEX EXPURGATORIUS

«Lo malo no es haber sido idiotas, sino continuar siéndolo.»"


Saqué usted sus propias conclusiones. Por lo que a mi respecta, si el latino atesora respeto, debe respetarse a sí mismo. El problema no es de ideologías de izquierda o derecha, sino de los basamentos morales, en la axiología misma, paralela a los mecanismos económicos. Amad la educación sobretodas las cosas.




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miércoles, 6 de octubre de 2010

"EL PASAJERO DE TRUMAN". FRANCISCO SUNIAGA. Comentarios.




E
s un gran honor poder referenciar en este espacio a la última novela de Francisco Suniaga, “El Pasajero de Truman”. Dicho honor deviene no sólo por la calidad del trabajo literario, sino porque he decir, aún a costo de heredar famas impropias, que siento un orgullo filial que no puedo ocultar.

Francisco Suniaga es un venezolano margariteño, abogado, internacionalista y profesor universitario. Ha sido columnista de diarios como El Universal, el Nacional y Economía Hoy. Ha sido un frecuente escritor de cuentos, pero no es sino hasta el 2005 que irrumpe de lleno en el mundo literario con sus novelas.


En el caso de su último libro, Francisco sonda esa realidad oculta, que casi cala en los terrenos del mito, al referirnos a Diógenes Escalante. Escalante fue un diplomático venezolano excepcional que ejerció sus labores en importantes cargos durante 40 años con una intachable labor y que tuvo la oportunidad durante un par de ocasiones de asirse con el mando presidencial. Y cabe acotar que no son pocos los que han elucubrado otra Venezuela si Diógenes Escalante hubiese sido presidente.

El relato se desarrolla desde la perspectiva de dos personajes ficticios, uno periodista y el otro secretario personal de Escalante, cuyos recuerdos, ya en las cumbres de la vida, intentan vivificar por última vez los momentos importantes de la vida del emblemático personaje. Se pasean ambos por reflexiones acerca de la idiosincrasia venezolana histórica, por anécdotas curiosas de Diógenes Escalante y de su entorno, y sobretodo, de las razones por las cuales el justo merecedor de la silla presidencial nunca llegó a sentarse en ella.

Diógenes Escalante

El libro se torna interesante desde el punto de vista literario, configurado entre cambios de época que implícitamente el lector reconocerá, viajando intermitentemente entre el presente y el pasado. Sin embargo, desde el punto de vista histórico, a mi parecer, posee un valor impresionante, pues las reflexiones que promueve acerca de la realidad venezolana son prácticamente leyes inmutables, que a la luz de los hechos, desde la colonia hasta la actualidad, se corroboran desde que el país fue país. Tan importantes me parecen dichas reflexiones, que considero justo dedicarles un artículo aparte, transcribiéndolas y considerándolas.

Clave en la historia es la aparición de Ananías, hermano de Escalante, más sin embargo, tan clave es su aparición que en mi opinión su conceptualización no fue del todo acabada en la novela. Como lector quedé con mucha intriga al respecto.

Por lo demás, el final del relato es algo perturbador, y pienso que lo es para todos aquellos venezolanos que de alguna manera crecieron en aquella generación de Medina, Betancourt y los incipientes movimientos de Acción Democrática como partido político.

¿Cómo hubiera sido Venezuela si el Dr. Escalante hubiera sido presidente? Pues, mi impresión es que hubiera sido exactamente igual. No acuso alguna incapacidad por parte del personaje para esta misión, más bien todo lo contrario. Justo por lo contrario es que éste país hubiera sido el mismo, pues Diógenes Escalante era un político de la más alta talla, que, como todo lo sublime, estaba sólo acostumbrado a lo más excelso, a lo de jerarquía y de nivel. Venezuela no era para la época, ni aún hoy lo es, un país de gobernantes de alto talante, educación, diplomacia y sofisticación. Nos hicimos una nación demasiado pronto, luego nos democratizamos demasiado pronto, y hubiese sido demasiado pronto colocar a un gobernante de tal categoría. No nos lo merecemos aún.

Lea el libro y sabrá de lo que le hablo. Muchos saludos.





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domingo, 3 de octubre de 2010

EL FLAGELO BACTERIAL Y SU SISTEMA LOCOMOTOR


U
na de las maravillas más grandes que he visto en la naturaleza es el mecanismo de locomoción del flagelo bacteriano. No son alas, no son aletas, no son patas, no es propulsión a chorro, no es planeo, no es flotabilidad, no es arrastre. Es nada más y nada menos que un apéndice helicoidal “impulsor” el que le da movimiento a las células bacterianas. Veamos de qué se trata.

En la imagen siguiente, una bacteria es diseccionada para nuestro entendimiento. De todas las cuestiones ciertamente interesantes que dicho microorganismo pudiera tener, concentraremos la atención en esa larga cola que pareciera brotar de su parte inferior:


Esa mal llamada “cola” se denomina flagelo, por lo que, en el caso de las bacterias, se le llama justamente flagelo bacteriano. Pues bien, ¿qué tiene de particular el flagelo bacteriano? Que es un apéndice que es capaz de girar entre 200 a 1000 rpm (revoluciones por minuto) y que además es el órgano locomotor de la bacteria. El mecanismo de giro de dicho apéndice es una estructura ciertamente compleja para un organismo tan básico, y de hecho, ésta es una de las “evidencias” que los apologistas del Creacionismo esgriman para afirmar el Diseño Inteligente en la naturaleza. Más adelante compartiré una simple pero efectiva réplica en cuanto a éste tópico. Por ahora, a lo que me refiero con complejidad y belleza mecánica en un microorganismo se verá expuesto en el video inmediato.



Lo verdaderamente impresionante del flagelo bacteriano es que se vale de un rotor que, ¡gira entre 6000 y 14000 rpm! Eso sencillamente es una velocidad de giro vertiginosa, sobretodo a una escala miniatura. Más aún, la fuerza motriz de lo que sería el rotor es energizada nada más y nada menos que por una bomba de protones, mecanismo que nace a partir de un potencial electroquímico del organismo. Básicamente un gradiente de carga eléctrica y de concentración funge de fuerza motriz para el giro del motor del flagelo.

Me parece bastante curiosa la similitud existente entre los componentes del flagelo y las piezas de un mecanismo. De hecho, cualquiera con afinidad a la mecánica no podría menos que quedarse asombrado al ver un plano de corte de la estructura del flagelo en cuestión y observar en el mismo a los “cojinetes” (o rodamientos), al rotor (muy parecido a las turbinas Kaplan), al eje, al “cableado” y al “sistema de conmutación” expresado en la bomba de protones, y al estator (similar al estator de los motores eléctricos). Por cierto, las turbinas Kaplan giran por lo regular a un máximo de 800rpm…


Por si fuera poco, si medimos la velocidad en “tamaño del cuerpo” por segundo, resulta ser que el flagelo bacteriano es el organismo más rápido sobre la faz de la Tierra. Muy bien se pudiera pensar que el guepardo es el animal más rápido, sin embargo, dicho felino se mueve a la velocidad relativa de 25 cuerpos (de guepardo) por segundo. El flagelo alcanza fácilmente la velocidad de 50 a 60 cuerpos (de flagelo) por segundo. Es decir, en escala, el flagelo es el doble de veloz que el guepardo.


Tal belleza mecánica en la naturaleza resulta muy peculiar, y no faltan los que le atribuyen eso a una explicación metafísica más allá de la selección natural. Pues bien, tal y como lo había prometido antes, aquí está la explicación evolucionista ante la “complejidad irreducible” del maravilloso mecanismo locomotor del flagelo:



Por hechos naturales como éste es que la biónica está más que justificada como profesión y como pasión. Muchos saludos.




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viernes, 1 de octubre de 2010

PRELUDIO ACERCA DE LA MORAL ADECUADA



E
n un mundo paradójico, en donde el siglo XXI pareciera casi ser el eufemismo de la tecnología y el conocimiento, pero que al mismo tiempo está dominado por los más primitivos misticismos, son pocas las personas que osan separarse del estándar social de lo que es bueno y malo para reinventar la rueda de lo ético.

No constituye una exageración de mi parte afirmar que la gran mayoría de los individuos en el planeta rigen su canon de conducta de lo aprendido tradicionalmente en su entorno. Y mucho de lo que el entorno pudiera influir en ellos es oriundo de las creencias religiosas y/o místicas que les envuelven. Eso ha sido así en cualquier contexto: en cualquier lugar y en cualquier época.

Pero cuando uno se separa convencidamente de los dogmas religiosos, inmediatamente ponemos en duda sus cánones morales de lo bueno y lo malo. No sólo me refiero a la inmutabilidad de los mismos, lo que constituye una falacia evidente, sino a la construcción de dichas normas per se. ¿De dónde nace una moral? ¿En qué nos basamos para construirla? Ya no hay dioses ni entes metafísicos perfecta y sobrenaturalmente morales que valgan en esta posición, así que la pregunta adquiere más vigencia que nunca.

Se puede “evolucionar” del teísmo al deísmo. Se puede evolucionar del deísmo al panteísmo. Pero al final llegaremos siempre a lo que considero el cenit de la sabiduría: el escepticismo. El no saber, irónicamente, denota un gran saber. A este estado han llegado personajes de la talla de Isaac Newton, Sócrates, Pirrón, Protágoras, Voltaire, Descartes, Sartre, Agustín de Hipona, entre muchos otros.

No obstante debo agregar que el escepticismo puro es una contradicción plena en la práctica. Podríamos ser como el mismísimo Pirrón, que en afán de sostener el hecho de que nunca se podía dar un juicio tajante acerca de algo, se cortó la lengua. Aún así, cada vez que Pirrón daba un paso, cada vez que Pirrón veía un cántaro con agua y bebía de él, cada vez que comprobaba la suavidad de su cama para poder acostarse, Pirrón hacía juicios inevitables en su mente. No sólo “opinaba” que la comida le podía servir para alimentarle, sino que la consumía, especulo, sin dubitativos. Me pregunto: ¿Y esto no es emitir un juicio tajante acerca de la realidad? ¿Si realmente no tuviéra certeza de absolutamente nada, qué seguridad tendría Pirrón para dar un paso hacia adelante sin temor de que el suelo desaparezca?

Por eso es que, según la perspectiva que le doy a todo esto, el escepticismo es sólo una cima de la cual sólo se puede avanzar descendiendo. Eso sí, deberíamos descender a un sendero distinto del que provenimos, aunque a veces puede que pudiéramos retroceder, como San Agustín, por ejemplo.

Independientemente de hacia dónde descendamos, armados de la duda metódica que todo sabio debe poseer, la pregunta pertinente es ¿cómo vivir? En efecto, el escéptico siente la vacuidad total de la vida. Se sabe contingente, se sabe fortuito, se sabe sin valor objetivo. Entonces, como soberano de su propia vida, de su propia misión, como regente de sus propios valores y sentidos existenciales, la primera pregunta que debe hacerse es “¿bajo cuáles criterios debo vivir?”

Y es aquí dónde la reinvención de la rueda ética salta a la vista. Siendo seres sociales que inexorablemente tendremos puntos de vista distintos a otras personas, ¿cómo desarrollar una teoría moral particular con la cual se pueda ser consecuente y con la que no se violente el derecho a la libertad de los demás?

Escuelas de la moral han existido varias desde que el hombre tuvo que negociar con sus semejantes. Pero abarcando desde las morales religiosas, pasando por la aristotélica e incluyendo la kantiana, todo el asunto de la moral se puede ver en tres perspectivas:

• Según la escuela intrínseca.
• Según la escuela subjetiva.
• Según la escuela objetiva.

En posteriores entregas analizaré el tema de la moral con más profundidad. Sin embargo, sólo como preámbulo a este ambicioso tema, dejaré unas palabras de Ayn Rand, fundadora del Objetivismo, que bien valen la pena analizar:

“Toda teoría social se basa explícita o implícitamente en alguna teoría ética. La tribal y primitiva noción de ‘bien común’ le ha servido de justificación moral a la mayoría de los sistemas sociales (y a todas las tiranías) en la historia. El grado, en una sociedad, de esclavitud o libertad está ligado al grado en el que este slogan tribal ha sido invocado o ignorado.

‘El bien común’ (o el ‘interés público’) es un concept
o indefinido e indefinible: no existe tal entidad como ‘la tribu’ o ‘el público’; la tribu (o el público o la sociedad) es sólo un número de hombres individuales. Nada puede ser bueno para la tribu como tal; ‘bueno’ y ‘valor’ únicamente se refieren a un organismo vivo -a un organismo vivo individual-, no a un conjunto de relaciones incorpóreas.

Cuando el ‘bien común’ de una sociedad se considera com
o algo fuera de, y por encima del bien de sus miembros individuales; eso significa que el bien de algunos hombres prevalece sobre el bien de otros; esos otros estando destinados a la condición de animales a ser sacrificados. ¿Qué hace que las víctimas lo acepten, y permite que una sociedad cometa una atrocidad moral de este tipo? La respuesta se encuentra en la filosofía, en teorías filosóficas sobre la naturaleza de los valores morales.

Hay, básicamente, tres escuelas de pensamiento sobre la naturaleza de lo bueno: la intrínseca, la subjetiva y la objetiva.

La teoría intrisicista alega que lo bueno es inherente en ciertas cosas o acciones tales, independientemente de su contexto y consecuencias, independientemente del beneficio o el daño que puedan causarles a los actores y los sujetos implicados. Es una teoría que divorcia el concepto de ‘bueno’ de sus beneficiarios, y el concepto de ‘valor’ de alguien que valore y del objetivo que tenga, afirmando que lo bueno es bueno en sí mismo, por sí mismo y para sí mismo.

La teoría subjetivista sostiene que el bien no guarda relación con los hechos de la realidad; que es el producto de la conciencia del hombre, creado por sus sentimientos, deseos, intuiciones o caprichos, y que es simplemente un ‘postulado arbitrario’ o un ‘compromiso emocional’.

La teoría intrisicista sostiene que el bien reside en alguna especie de realidad, independiente de la conciencia del hombre. La teoría subjetivista sostiene que el bien reside en la conciencia del hombre, independiente de la realidad. La teoría objetivista sostiene que el bien no es ni un atributo de las ‘cosas en sí mismas’ ni de los estados emocionales del hombre, sino una evaluación de los hechos de la realidad realizada por la conciencia del hombre, siguiendo un estándar de valor racional. Racional, en este contexto, significa derivado de los hechos de la realidad y validado por un proceso de razón.

La teoría objetivista sostiene que el bien es un aspecto de la realidad en relación con el hombre, y que ha de ser descubierto –no inventado- por el hombre. Esencial para una teoría objetiva de los valores es la pregunta: ¿de valor para quién y para qué?. Una teoría objetiva no permite ni ignorar el contexto ni robar conceptos. No permite separar ‘valor’ de ‘propósito’, lo ‘bueno’ de los ‘beneficiarios’, ni separar las ‘acciones’ del hombre de la ‘razón’.

La teoría intrisicista y la teoría subjetivista, o una mezcla de ambas, es la base necesaria de toda dictadura, tiranía o variante del Estado absoluto. Se tengan en forma conciente o subconsciente, en la forma explícita de la obra de uin filósofo o en el caos implícito de sus ecos en las emociones del hombre de la calle, estas teorías hacen posible que un hombre crea que el bien es independiente de la mente del hombre y que se puede lograr por la fuerza física.

Si un hombre cree que lo bueno es intrínseco a ciertas acciones, no dudará en forzar a otros a realizarlas. Si cree que el beneficio o perjuicio humano causado por tales acciones no es significativo, considerará que un océano de sangre no es significativo. Si cree que los beneficiarios de tales acciones son irrelevantes (o intercambiables), considerará matanzas al por mayor como su deber moral en servicio a un ‘bien superior’. Es la teoría intrínseca de los valores la que produce un Robespierre, un Lenin, un Stalin, o un Hitler, No es un accidente que Eichmann fuera un kantiano.”


Curso dado por Ayn Rand en el Ford Hall Forum, Boston, el 19 de noviembre de 1967.

En un futuro seguiremos con este tema. Muchos saludos.





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martes, 28 de septiembre de 2010

EL PELIGRO DE LOS MISTICISMOS



E
n el mundo en el que vivimos existe la latencia de una Tercera Guerra Mundial en vista de la proliferación de armamento nuclear en varios países. Cualquiera que sienta la necesidad de usar tan solo uno de esos explosivos en un país que considere enemigo iniciará, sin duda alguna, la tercera entrega de devastación y muerte por excelencia.

Es fácil intuir que en sociedades no-democráticas y teocráticas el peligro aumenta en vista del obvio riesgo de autoritarismo y/o dogmatismo que gobiernos de este estilo parecen promover. En el caso particular de los estados teocráticos, nada impide pues denominar a otras sociedades como enemigas tan solo por el simple hecho de que no se comparte la misma verdad espiritual. Y cuando un estado religioso y fundamentalista tiene armas de destrucción masiva, hay que temer.

Bien, esto parece evidente con los extremistas islámicos, con los fundamentalistas cristianos o con cualquier otro grupo religioso radical que ostente algún poder. Pero mi tesis va más allá. Y esa tesis no es mía solamente, afortunadamente.

Analicemos el origen de tales agrupaciones dogmáticas. Todas se fundamentan en creencias, y más aún, se fundamentan en la fe. En posteriores artículos me gustaría analizar a fondo y con rigurosidad lo concerniente a la palabra “fe”, pero en esta oportunidad la definiré como una “necesidad de creer”.

Todos los seres humanos creen en algo. Ese creer es una extrapolación mental que hacen los individuos para preveer lo que acontecerá en el futuro, y está basado en eventos pasados experimentados, conocidos y certificables. Por ejemplo, es muy fácil creer que mañana podrá salir el sol, pues, aunque no se calcule a diario que el Sol efectivamente sigue su órbita o aunque no se verifique a cada segundo la rotación de la Tierra, es fácil suponer que si a lo largo de toda nuestra existencia el Sol ha salido en las mañanas, es muy probable que salga al día siguiente también. Asimismo se podría creer que ganaremos la lotería al comprar un boleto, pues, en alguna ocasión particular una persona con las mismas probabilidades de ganar que uno efectivamente se llevó el premio.

Éste creer es uno responsable, pues está basado en evidencias pasadas, de alguna u otra forma. De hecho, el creer es inevitable; es, evolutivamente hablando, útil, pues implica un ahorro energético para que hagamos nuestras acciones diarias sin necesidad de una extrema planificación. Al mismo tiempo, existe plena conciencia por parte del que cree de que no siempre ocurrirá lo que uno espera, lo cual es muy positivo pues permite reconocer la contingencia del mundo en el cual vivimos.

En contraste, cuando se experimenta la fe, no es simplemente que se crea en algo, sino que ese algo tiene que suceder de forma imperativa, aún sin evidencias pasadas que lo postulen como probabilidad. Tan importante es la fe, que en la mayoría de las ocasiones constituye la base fundamental de los individuos para construir su vida, su única vida. Como se ve, no sólo es creer, sino es una necesidad de creer.

Eso explica porqué los asuntos místicos son tan propensos al dogma, pues, al enfocarlos desde la fe, no sólo es legítimo (desde la perspectiva del creyente) que no haya evidencia para tal creencia, sino además que tal creencia deberá ocurrir necesariamente. De lo contrario, el sentido mismo de la vida del creyente no existiría, su necesidad más inmanente se vería frustrada.

Esto está claro en las religiones, sectas y cultos tradicionalmente conformados a lo largo de la historia de la humanidad. El dogma es sinónimo de absolutismo, y cuando el absolutismo pretende alcanzar los cánones morales la violencia y la enajenación de las libertades son inminentes. ¿Pero qué es lo que hace que algunos individuos simplemente crean y otros tengan fe?

La respuesta está implícita en lo que se ha explicado anteriormente. El creer es una herramienta evolutiva que nos ahorra “energía de pensamiento”, y la fe, como radicalización del creer, es prácticamente la antítesis del pensar, además de ser el camino más fácil. ante las inquietudes importantes de la vida. De hecho, tal y como lo decía Friedrich Nietzsche, “la fe es no querer saber”. Tanto es así que, estrictamente hablando, cualquier pregunta que se cuestione los fundamentos de algo basado en la fe tiene una única respuesta: “porque sí”. Y es verdad, esa respuesta es correcta. La fe no es demostrativa por definición, puede carecer de evidencias impunemente. He ahí el peligro que subyace en toda clase de misticismos.

¿Tocar madera para que se cumpla algo, llevar una herradura o una pata de conejo, besar el balón de futbol, darse baños espirituales, recurrir a brujas o hechiceros, mal interpretar las cuestiones metafísicas, entre otras cosas, es peligroso también? La respuesta que doy es afirmativa. Tales supercherías parecieran ser inofensivas y muy lejanas a la realidad de la violencia dogmática, sin embargo, en mi opinión, son la semilla con la que los fundamentalismos se desarrollan.

Puede ser pertinente para muchos confiar en tales o cuales ritos y mitos, pero tal cuestión constituye una irresponsabilidad si no existe una evidencia clara en la cual se sustenten dichas creencias o si se recurre a la desnaturalización de la vida. ¿Qué significa desnaturalización de la vida? Socavar el más acá con ideas de un más allá, entregarse ciegamente a idealismos y romanticismos, y sobretodo, no ser racionales ni congruentes con nuestra realidad humana y física.

Mientras más se confíe en supersticiones, mientras más se le aseguren facultades exentas de comprobación, más se convierte la gente en apologistas de la fe y en enemigos del pensar. Se vuelven aquellas en cultivadoras de una costumbre, una mal sana costumbre, en donde la sociedad no distingue la realidad de la fantasía por excluir de rigurosidad las bases mismas de la existencia de los fenómenos. Y cuando un apologista de lo místico e inexistente tiene seguidores, la moral de ese grupo (por la carencia de evidencias y la necesidad de creer) se transforma en dogma, y es ese dogma lo que transgrede la libertad individual básica de los demás individuos pensantes. Es este momento en el que la moral de una sociedad pretende ser la única, con todas las consecuencias que ya sabemos.

Que sea ésta una lucha declarada en contra de la raíz misma de los dogmas, de los fundamentalismos y de los absolutismos. La característica principal del Homo Sapiens es el uso de la razón, y todo lo que atente contra ella, todo lo que la releve, todo lo que la bloquee es una violación a lo que somos y una enajenación de nuestras capacidades. De todas las cosas en las cuales podemos elegir creer para sustentar nuestra esperanza y nuestro sentido de la vida, son las invisibles, las impalpables, las indemostrables, las especulativas, las más miserables, irresponsables y pérfidas que podemos concebir.

Esta cruzada por la razón y el respeto plural está actualmente liderizada por Richard Dawkins. Científico prominente y debatiente constante en numerosos seminarios, congresos y programas de televisión, es el fundador de http://richarddawkinsfoundation.org , lugar en que cualquier interesado o voluntario puede informarse y colaborar para esta causa.

Una buena introducción de lo que esto significa quizás sea el documental “los enemigos de la razón”, del mismo Dawkins, el cual se puede ver (y continuar luego de la primera parte) a continuación:



No al fundamentalismo. Saludos.






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